Viaje al interior de la desolación

El segundo recital del barítono Florian Boesch en el XXVII ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela

Norma Sturniolo

Una obra cumbre del Romanticismo, el ciclo de los veinticuatro lieder que integran el Winterreise (Viaje de invierno) de Franz Schubert sobre poemas de Wilhelm Müller ha sido la obra elegida para el XXVII ciclo de lied en el Teatro de La Zarzuela. El barítono austríaco Florian Boesch, artista residente de la temporada 20/21 del CND, interpretó las conmovedoras canciones schubertianas en su segundo recital en este ciclo, acompañado al piano por Justus Zeyen. 

Fotografía de Florian Boesch & Justus Zeyen realizada por Rafa Martín

Franz Schubert (Viena1797-ibidem1828) se había inspirado con anterioridad en los poemas de Ludwing Wilhem Müller (Dessau 1794-1827) para componer otra obra maestra, el ciclo de La bella molinera. Müller había publicado sus poemas en 1820 y Schubert compuso La bella molinera en 1826 a la edad de veintiséis años.

Los doce primeros poemas de Viaje de  Invierno de Müller se publicaron con el título de Wanderlieder von Wilhelm Müller verfasst. Die Winterreise. In 12 Lieder (Canciones errantes de Wilhelm Müller. Viaje de invierno. En 12 lieder ) en 1823. Al año siguiente, en 1824, se publicó la colección completa que incluía 12 poemas más, con el título Poemas de los papeles legados por una corneta del bosque errante. Canciones de la vida y el amor. Una vez que Schubert conoció la colección completa, terminó de musicalizar los poemas en octubre de1827 a los treinta años de edad, muy avanzado su deterioro físico debido a la  sífilis contraída en los años en que por primera vez tomó contacto con la poesía de Müller. La experiencia dolorosa del compositor pudo ser el desencadenante de su atracción por los versos sombríos de Müler.

Winterreise se publicó el 31 de diciembre de 1828, seis semanas después de la muerte de Schubert a los 31 años de edad y, quince meses después de la muerte de L.W. Müller, a los 32 años de edad. 

La belleza de Winterreis sigue conmoviéndonos y seguirá haciéndolo porque narra, describe paisajes del alma humana con una precisión no de un psicólogo o un filósofo sino de un artista genial. Es mucho más que el viaje atormentado de un ser que ha sido abandonado por su amor. Schubert enriquece la figura romántica del caminante. Muestra sus emociones, sus dudas, sus pensamientos, sus sueños, sus añoranzas y su angustia existencial. El viajero lleva consigo una tremenda carga de desolación y aflicción. Ese estado en el que falta el calor del amor se desplaza hacia la naturaleza y por eso es una naturaleza fría, helada yque sobrecoge. Una  naturaleza que se corresponde perfectamente con los paisajes helados y en ruinas del pintor alemán Caspar David Friedrich. Es el espejo del estado emocional del caminante. En ese trágico y poético paisaje aparecen símbolos que hablan a un corazón desgarrado. 

Este fascinante ciclo ha sido estudiado, recreado, cantado incesantemente, hasta se han hecho versiones dramáticas. Hay novelas inspirados en él, entre otras, la novela de Andrés Neuman El viajero del Siglo  que ganó el Premio Alfaguara 2009, autor también de la traducción de los poemas de Müller, que publicó la editorial Acantilado. El tenor británico Ian Bostridge, obsesionado con esta obra, escribió un libro, con originales asociaciones, que ha sido publicado por la editorial Acantilado, titulado Viaje de invierno de Schubert, Anatomía de una obsesión, con traducción de Luis Gago. El propio Schubert consideraba estos lieder muy especiales. Según se cuenta los había calificado de “espeluznantes” Y parece que cuando los cantó en casa de Schober, los asistentes no supieron cómo reaccionar y Schoeber  dijo que solo le había gustado la canción “El tilo”. Entonces Schubert aseguró: «A mí me gustan estas canciones más que todas las demás, y a vosotros también os pasará lo mismo»”.

El barítono Florian Boesh ha afirmado que este ciclo es  “una de las mejores obras de música, arte y poesía jamás creadas.” En la presentación del barítono austríaco se decía, con razón, que su profunda y expresiva voz se perfila como el instrumento idóneo para llevar a buen puerto esta cumbre del romanticismo alemán. Florian Boesh hace suyo el sentir del misterioso caminante del que no sabemos quién es pero sí conocemos sus tribulaciones.

Por otra parte, Boesch tiene una perfecta y clara dicción y una gran poder de comunicación. Las distintas etapas del caminante fueron expresadas con la bella voz de Boesch que acabó el ciclo en un casi susurro, así como en otros momento alzó su voz e imprimió fuerza y pasión a su canto como en el lied que hace referencia a las lágrimas heladas que ruedan por la mejilla del solitario protagonista. También en el que aparece un cuervo ( símbolo de la muerte) que vuela incesantemente alrededor de la cabeza del caminante quien acaba preguntándole si tiene la intención de apoderase de su cuerpo como presa.

En una etapa del camino, el protagonista se deja llevar por la ilusión y sueña con flores brillantes que florecen en mayo, con prados verdes y alegres cantos de pájaros, pero el paisaje que lo rodea es muy distinto. Cuando se despierta hace frío, está oscuro y los cuervos graznan. En el sueño el paisaje amable se corresponde con un amor mutuo, con una hermosa doncella, con abrazos y besos, con alegría y éxtasis. Pero ese es un mundo ilusorio alimentado por el deseo. La realidad es diferente. Aunque cabe preguntarse si ese paisaje hostil del despertar  es real o se trata de  la proyección del angustiado del caminante.

A medida que sigue caminando el tono se vuelve más sombrío. Florián Boesch llega al último lied, Der Lieiermann (El hombre de la zanfoña) como el protagonista del mismo a la última etapa. Su voz susurra ese misterioso lied que nos habla de un anciano que toca una zanfoña, descalzo, sobre el hielo con un plato de limosna vacío sin que nadie lo mire ni lo escuche y con unos perros gruñendo a su alrededor. El misterioso anciano ajeno a todo sigue girando su zanfoña y de pronto, el caminante le pregunta si puede ir con él y hacer girar la zanfoña con sus canciones. Y ahí acaba el lied. No hay respuesta. ¿Qúe sucederá? ¿Quién es el anciano? ¿Quién el caminante? Esta es otra cualidad fascinante de este ciclo. El misterio que lo envuelve.  Con respecto a la figura del anciano que toca la zanfoña, la interpretación generalizada  es la de que representa la muerte. Ese acabar con una  pregunta sin respuesta me recuerda a un romance donde se interrumpe la narración como sucede en el Romance del Conde Arnaldos.  Los receptores no saben si el infante que se acerca a la nave en la que un marinero produce un canto mágico, se irá con él o no.

Antes de concluir, no quiero dejar de mencionar el buen hacer de Justus Zeyen que, como es habitual, demostró su depurada técnica. Una velada hermosa a pesar de los tiempos inciertos y de la desolación que se vierte en este ciclo, pero es una desolación transformada en arte, donde el dolor se convierte en belleza y también en catarsis. 

Fotografía de Florian Boesch & Justus Zeyen realizada por Rafa Martín

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *