Obituario

D.E.P., Ángel Las Navas, el ángel de ACPI

María José López de Arenosa

Ángel Las Navas Pagán, el socio más antiguo de ACPI nos dejó el pasado 9 de abril, festividad de Jueves Santo.

Ángel nació el 19 de noviembre de 1927 y hasta hace unos meses, cuando el cáncer de garganta fue apagando su voz, fue un miembro muy activo de nuestra asociación.

En junio de 2018 tuve el honor de participar en la presentación de dos libros suyos reeditados: su ensayo La importancia de la tercera edad, y la colección de relatos Tras el ideal de una anhelada vocación.  El acto tuvo lugar en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles y estuvo presidido por su secretario y director general, José López Martínez.

María José López de Arenossa, José López Martínez y Ángel Las Navas

La anhelada vocación de Ángel Las Navas fue mecida y alimentada en el ámbito familiar. Su bisabuelo, abogado de profesión, también escribía y fundó un periódico económico, El Economista (que, hasta donde sé, nada tiene que ver con la cabecera actual).  Una parte de su gran biblioteca y sus muebles hubo de sacrificarse en la chimenea para sobrevivir los duros inviernos de la guerra. Su hija, Alfonsa Asíns y García, abuela de Ángel, fue una mujer muy culta y formaba parte de una peña literaria, pero la vocación por la escritura le llegaría sobre todo a través de su madre, Agustina Pagán Asíns. En 1978 recopiló y publicó los poemas de su madre en un libro titulado Mis musas y yo, prologado por el escritor, periodista y poeta José López Martínez, socio ilustre de ACPI.

«En la vida ―me dijo un día Ángel― hay que hacer todo con amor: escribir, las obras de caridad, el trabajo… todo con amor.» Y con amor y esa sabiduría que solo dan los años escribió La importancia de la tercera edad. El título no es ningún un panegírico ni reivindicación de la vejez, ni mucho menos de sus dolencias, sino un conjunto de reflexiones hechas durante lo que él llama la Edad de Oro del ser humano. La más rica en sabiduría, decía, porque desde ella se contempla la existencia como desde una alta cima: con serenidad y perspectiva y también con un sentido filosófico en el que no faltan la intuición y la penetración psicológica. Reflexiona Ángel sobre el humanismo cristiano de hoy, sobre el futuro de Europa y –muy importante- sobre la alegría como terapia; la alegría cuya ausencia se hace notar en nuestras ciudades con consecuencias para nuestra salud física y psíquica.

Fue la suya una vida larga, fructífera, rica en experiencias y en sabidurías que arrancó con una niñez marcada por la guerra en Madrid.  Sus padres se salvaron de ser llevados a la checa por milicianos por su condición de católicos practicantes. Fue el propio Ángel, con ocho años, quien les llamó por teléfono para alertarles para que no regresaran a su casa, pues habían ido a buscarlos. El hambre y el miedo fueron para él constantes durante toda la guerra y tuvo muy presente su propia memoria histórica de aquellos años, pero jamás desde el odio o el rencor.  No ocultó su honda preocupación por la deriva política en la España actual y su temor a una reedición del Frente Popular que desembocase en una Tercera República.

La primera vez que vi a Ángel fue durante una conferencia que él mismo dio en el salón de actos del Centro Internacional de Prensa, hace unos diez años.  Nuestra relación se fue estrechando durante la presidencia de ACPI de José Manuel González Torga (q.e.p.d.), con quien Ángel tenía una gran amistad y a quien ayudé en las labores de secretaria general ante el abandono de sus funciones de quien ostentaba el cargo.  Más tarde, cuando Sully Fuentes llegó a la presidencia de ACPI y yo misma ocupé la secretaría general, Ángel se convirtió en mi Ángel de la Guarda y nuestra amistad se consolidó.

Entre los puntos en común que teníamos estaban algunas amistades y conocidos de nuestras familias. Incluso me presentó a unos parientes míos de Navarra con quienes tenía una antigua amistad.  El hecho de compaginar la literatura y el periodismo con el trabajo en banca fue otro factor de afinidad. En el caso de Ángel, desarrolló su actividad laboral en el servicio de publicaciones del Banco Hispano Americano, al tiempo en que colaboraba con colaboraciones en periódicos y revistas entre los que destacan El Informador, de Guadalajara (México) y algunas revistas de coches y aviación, temas sobre los que tenía grandes conocimientos. 

Hombre de profundas creencias cristianas, me llamaba por teléfono una o dos veces por semana para hablar de lo que fuera menester. Cuando ya no podía salir de su casa iba yo allí a visitarle, donde vivía con su inseparable hermana, Maria Jesús.  En su alma generosa nunca faltaba una palabra de aliento y se despedía diciendo que nos encomendaba a mis hijos y a mí en sus oraciones. Vivir sabiendo que Ángel rezaba por nosotros era, sin duda, una gran tranquilidad espiritual para mí y en una de esas visitas me regaló una medalla de la Virgen de Fátima para mi hija Paloma. Ni siquiera en las últimas semanas de su vida, cuando el cáncer le impedía articular palabra, faltó a su cita telefónica conmigo. Si no le llamaba yo, lo hacía Kiara, su cuidadora, para saludarme de su parte. A petición mía le ponía el teléfono al oído para que yo pudiera enviarle palabras de ánimo a las que él no podía responder más que con un algún forzado balbuceo, pero el cariño mutuo nos llegaba igual.

Ángel nos deja su ejemplo de cómo la última etapa de la vida nos ofrece innumerables oportunidades para seguir formándonos intelectual y humanamente; para seguir ―como él―  perseverando en nuestros sueños, nuestra vocación y nuestras ilusiones.

Agradezco a la vida haberlo puesto en mi camino como ejemplo de generosidad, bondad y sabiduría. Gracias, Ángel por tantos ratos buenos y tantas enseñanzas. Descansa en paz y brille para ti la Luz Perpetua.

María José López de Arenosa es ex secretaria general de ACPI y vicetesorera de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles.

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