Lorca, por el pecho sin fin de la blancura

    De Poesía Iberoamericana                Jorge de Arco

LORCA, por el pecho sin fin de la blancura.

    

Cuatro años después la muerte de Federico García Lorca, vio la luz “Poeta en Nueva York” (1940), en la editorial mexicana Séneca y en la norteamericana Norton. Sabido es que el borrador de aquel poemario -escrito entre 1929 y 1930, durante la estancia del escritor granadino como estudiante en la Universidad de Columbia- se lo entregó el propio Federico a José Bergamín. Se trataba de un documento con 96 páginas mecanografiadas y, 26 de ellas, manuscritas.  Algunos de aquellos textos ya habían aparecido previamente en “Revista de Occidente”, “Litoral”, “Planas de Poesía”…

     Las notables diferencias encontradas entre la versión lorquiana y la primera edición impresa generaron amplia controversia. En 1999, se supo que la actriz Manuela Saavedra tenía consigo el original. La Fundación García Lorca peleó arduamente en los tribunales para reclamar la propiedad del manuscrito, pero la justicia dio la razón a actriz y la Fundación lo adquirió en 2003 a través de una subasta en Christie’s por un precio de 200.000 euros.

     Ahora, al cumplirse ochenta años de aquella citada publicación, la editorial Demipage ha querido rendir homenaje al vate andaluz con un cuidado volumen que sirva como una “refrescante actualización”. Las originales ilustraciones de Jean Assénat “se alzan como rascacielos huecos, suenan a metrópoli deshumanizada, saben a capital dentada y a humanidad confinada. Tinta negra sobre fondo blanco, arañazos o trazos de un pulso herido del siglo XXI”.

     Tras el éxito de su “Romancero gitano”, Lorca sintió que sus horizontes podían ser aún más amplios. Además, una crisis personal y un cierto bloqueo a la hora de encontrar nuevas fuentes de inspiración, lo hicieron sentirse “cargado de cadenas”, como el mismo como confesaba en una carta. Nueva York generó un profundo cambio en su manera de mirar el mundo y en la forma de concebir su quehacer lírico. En cada uno de estos poemas hay una multitud de discursos e interpretaciones posibles. Resulta relevante su ruptura con la Naturaleza, producida, sin duda, por la tecnología industrial de la gran urbe. Ese “yo dividido” fragmenta su interior y pronuncia su universo desde un ámbito renovador y simbólico: “Yo estaba en la terraza luchando con la luna./ Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche./ En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos/ Y las brisas de largos remos/ golpeaban los cenicientos cristales de Broadway”.

Lorca da vida a objetos que normalmente no los tendrían. Y lo hace, a través de una superposición de imágenes y contrastes que son capaces de crear sentidos y conceptos evocadores de sentimientos: “La aurora de Nueva York gime/ por las inmensas escaleras/ buscando entre las aristas/ nardos de angustia dibujada./ La aurora llega y nadie la recibe en su boca/ porque allí no hay mañana ni esperanza posible./ Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes/ como recién salidas de un naufragio de sangre”.

     Una oportunidad, al cabo, para adentrarse entre las luces y sombras de un poemario que no es sino un grito, una denuncia contra la discriminación, contra la enajenación del ser humano, y que pretende hallar un tiempo renovado donde aún quede espacio para la dicha del corazón: “Amor, amor, un vuelo de la corza/ por el pecho sin fin de la blancura./ Y tu niñez, amor, y tu niñez”.

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