La nostalgia de la patria y el ansia de libertad

/// Por Norma Sturniolo //

Dramma lírico en cuatro actos, música Giuseppe Verdi (1813-1901); libreto de Temistocle Solera(1815-1878) basado en la obra Nabuccodonosor (1836) de Auguste Anicet-Bourgeois y Francis Cornu, y en el ballet Nabuccodonosor (1838) de Antonio Cortesi. Estrenada en el Teatro Alla Scala de Milán, el 9 de marzo de 1842. Estrenada en el Teatro Real el 27 de enero de 1853.

Producción de la Opernhaus de Zürich, en coproducción con el Teatro Real.

Orquesta titular del Teatro Real. Director musical Nicola Luisotti .Coro titular del Teatro Real, Director Andrés Máspero. Director de escena Andreas Homoki. Escenógrafo         Wolfgang Gussmann . Figurinistas Wolfgang Gussmann,  Susana Mendoza.

Segundo Reparto: George Gagnidze, Eduardo Aladrén , Roberto Tagliavini, Saioa Hernández, Elena Maximova, Felipe Bou, Fabián Lara     

      

La situación territorial de Italia era muy diferente cuando se estrenó Nabucco (1842). Después de la caída de Napoleón, la imposición del tratado de la Santa Alianza con el regreso de las viejas monarquías provocó rebeliones y levantamientos que en Italia devino en una larga lucha a favor de la independencia y de la unidad nacional. Hasta 1861, cuando se proclamó el reino de Italia con Vittorio Emanuele II, el territorio estaba dividido en diferentes estados bajo el yugo de potencias extranjeras. Con el fervor de los nuevos ideales políticos y civiles nacía un corriente cultural que se difundió rápidamente por toda Europa: el Romanticismo. Postulaba la libertad en el arte y en la sociedad y la exaltación de los sentimientos frente a la razón. El Risorgimento fue el movimiento social y político por la liberación y la unificación de Italia y se impregnó del Romanticismo. Durante esos años se luchó por la independencia no solo en las calles con los motines revolucionarios sino también en las artes, en los periódicos y en las sociedades secretas. La música y los textos de las primeras óperas de Verdi se convirtieron en apelaciones revolucionarias más o menos enmascaradas por los libretos que contaban historias de otros tiempos pero cuyo paralelismo con el presente histórico de Verdi era evidente para el público. Los coros verdianos representaban la voz del pueblo oprimido. El pueblo, lleno de emoción y ardor patriótico, cantaba en las calles fragmentos de óperas verdianas. Va pensiero, el coro correspondiente al tercer acto de Nabucco se convirtió en una especie de himno nacional por la libertad. El libreto pertenece al escritor Temistocle Solera con quien Verdi colaboró también en otras obras de fuerte inspiración patriótica como

Foto: Javier Del Real

  I Lombardi alla prima crociata, Giovanna d´Arco y Atila.
Hay una historia relacionada con los orígenes de Nabucco que ha sido muy difundida. Recuerdo cuánto nos impactó a muchos cuando la leímos por primera vez. Con los ojos cerrados podíamos imaginar lo sucedido hasta que vimos la estupenda serie La vida de Verdi dirigida por Renato Castellani con el actor inglés Ronald Pickup. Entonces, la imagen vista en la serie se superpuso a la imaginada. Verdi, con más de cincuenta años, habló de ese episodio relacionado con Nabucco a su amigo, el zoólogo, escritor y político Michele Lessona (1823 –1894) quien escribió sobre lo oído y dictado en su libro Volere e potere (1869), un libro cuyo objetivo era educar a la juventud italiana reuniendo las biografías de italianos que tenían una gran fuerza de voluntad. La vida de Verdi era un ejemplo palmario de ello. El escritor y crítico francés Arthur Pougin ( 1834-1921) publicó entre 1877-1878 una biografía del compositor con el título Verdi. Recuerdos anecdóticos, en forma de fascículos en la revista musical Le Ménestrel. Diez años después de lo dicho a Michele Lessona, Verdi vuelve a hablar del origen de Nabucco, con bastantes modificaciones respecto del primer relato y mucho más atractivas. ¿Esas variaciones se deben a las variaciones típicas de la memoria ya que la memoria, como decía Borges, es una moneda que siempre cambia o a que quiso embellecer lo vivido, dotarlo de mayor teatralidad? No lo sabemos, pero de la segunda versión, que es la popularizada, podemos decir que “si non è vero e ben trovato”. El destinatario de esa nueva versión fue su editor Giulio Ricordi (1840-1919). Él recogió la historia en la traducción al italiano de la biografía de Pougin, que aumentó y anotó el periodista y escritor Jacopo Caponi, bajo el seudónimo de Folchetto y vio la luz en 1881 con el título de Vida anecdótica de Verdi. En 1886 Arthur Pougin publicó una nueva biografía de Verdi en la que incluyó las adiciones de Folchetto con el título Verdi: historia anecdótica de su vida y sus obras.

Foto: Javier del Real


Verdi en su relato habla del estado de desolación tras el rotundo fracaso de Un giorno di regno (1840), su segunda ópera, la primera fue Oberto conte di San Bonifacio (1839) y por las muertes sucesivas de sus hijos y la de su primera mujer Margarita Barezzi en julio de 1840 . Desesperado por las desgracias familiares y con el fracaso de su segunda ópera que fue abucheada y silbada se convenció de que ya no debía buscar consuelo en el arte y tomó la decisión de no volver a componer jamás. Pero, una tarde de invierno, al salir de la galería Cristoforis se encontró con el empresario de La Scala, Bartolomeo Merelli, que se dirigía al teatro y lo acompañó hasta su despacho. Allí, en un momento dado, Merelli cogió el libreto de Temistocle Solera sobre Nabucodonosor y se lo entregó a Verdi para que lo leyera a pesar de la oposición del compositor. Al regresar a su casa, arrojó el manuscrito sobre una mesa y al caerse quedó abierto.

“Sin saber cómo -explica- me quedé mirando la página que tenía ante mí y leí este verso: Va, pensiero, sull´alli dorati. Leí los versos siguientes y quedé muy impresionado, tanto más porque formaban casi una paráfrasis de la Biblia, libro cuya lectura era muy importante para mí. Leí el primer fragmento, luego otro, pero, firme en mi decisión de no volver a componer, traté de dominarme. Cerré el libro y me fui a la cama. ¡Inútil! Nabucco seguía presente en mi pensamiento; no podía dormir. Me levanté y leí el libreto, no una vez sino dos y tres veces, de tal manera que a la mañana siguiente podía decir que me sabía el poema de Solera de memoria, desde la primera letra hasta la última”
Si comparamos esta versión transmitida a Ricordi que es la que se ha popularizado, con la que había dado a Lessona diez años antes y que se publicó en Volere è potere es evidente que la de 1869 era menos memorable:

«El joven maestro llegó a casa con su libreto, pero lo dejó en un rincón sin llegar a guardarlo, y durante cinco meses siguió leyendo novelitas. Un buen día, a finales de mayo, el bendito libreto cayó en sus manos: leyó la última escena, la de la muerte de Abigaille, se acercó al piano, ese piano que había estado mudo durante mucho tiempo, y musicó esta escena, se había roto el hielo. Como el que ha salido de una oscura prisión y vuelve a respirar el aire puro del campo, Verdi se encontró de nuevo en su atmósfera preferida. En tres meses Nabucco estuvo compuesta, terminada tal y como la conocemos hoy».
¿Cuál de las dos versiones es la verdadera? ¿O ninguna de las dos? Eso no es lo fundamental, lo destacable es que en la dada a Ricordi , Verdi procede como el hombre de teatro que sabe causar un efecto emocional duradero y que otorga a Va pensiero un lugar preponderante que se corresponde con el que desde un principio le otorgó el pueblo italiano.

Foto: Javier del Real


Nabucco se estrenó el 3 de marzo de 1842 con enorme éxito, fundamentalmente porque el público italiano se identificó con el pueblo hebreo e identificó a los babilonios con los austríacos. Los hebreos soñaban con liberarse del yugo babilonio como los italianos, del yugo austríaco. Ya desde los primeros versos palpita emocionada la añoranza: Va, pensiero, sull’ali dorate/ va, ti posa sui clivi, sui colli,/ ove olezzano tepide e molli /l´aure dolci del suolo natal! (Vuela pensamiento, con alas doradas, /pósate en las praderas y, en las cimas / donde exhala su suave fragancia/el dulce aire de la tierra natal!)

Verdi manifestó: “Con esta ópera se puede decir verdaderamente que comenzó mi carrera artística”. A partir de Nabucco comenzó para Verdi un periodo de intensa actividad tanto que la calificó como sus años de galera. Los coros de las siguientes óperas encendieron el patriotismo italiano y convirtieron a Verdi en un símbolo del Risorgimento. Los gritos de ¡Viva Verdi! y las pintadas en las paredes Viva V.E.R.D.I. se convierten en un mensaje en clave que quería decir Viva Vittorio Emanuele Re d’Italia Nabucco. El grito de ¡Viva Verdi! también se escuchó en la representación del Teatro Real. La energía, el vigor, la emoción verdiana se contagió al público. El Coro Titular del Teatro Real (Coro Intermezzo) dirigido por Andrés Máspero demostró una vez más su gran calidad. Supo transmitir el dolorido sentir de los oprimidos y tuvo que bisar Va pensiero ante los repetidos aplausos del público.

Recordemos brevemente el libreto de Temistocle Solera que está dividido en cuatro partes : Jerusalén, El impío, La profecía y el El ídolo roto. Los hebreos, derrotados por los babilonios, se refugian en el templo con el gran sacerdote Zaccaria. El rey de los babilonios, Nabucodonosor, llega al templo. Zaccaria ha apresado a Fenena, hija de Nabucodonosor y amenaza con matarla, pero Ismaele, sobrino del rey de Jerusalén, la socorre. Los judíos maldicen al joven porque que con su conducta ha traicionado a su pueblo. Nabucco saquea el templo de Jerusalén y ordena matar a todos los judíos. Fenena e Ismaele están enamorados y ella se convierte a la religión hebrea. Abigaille la otra hija de Nabucco también está enamorada de Ismaele. El comprobar que Ismaele prefiere a Fenena, el enterarse de que en realidad es un esclava y su gran ambición desencadenan sus deseos de venganza y poder. Difunde la noticia de que Nabucco ha muerto en batalla y se hace con la corona de la cual es heredera legítima Fenena.

Foto: Javier del Real

Regresa Nabucco y exige que le rindan honores como a un nuevo Dios. Su soberbia recibe un castigo divino porque un rayo cae sobre él y enloquece. Abigaille se queda con la corona y planea exterminar a los judíos y a Fenena, convertida a la religión de los hebreos. Los judíos aguardan desolados su próxima muerte pero Zaccaria les da ánimos profetizando que quedarán libres. Nabucco recupera la razón, se arrepiente y pide clemencia al dios de los judíos. Recupera el reino e impide la masacre. Abigaille se envenena, pide perdón y dice a su padre que permita a Fenena casarse con Ismaele.

El coro, representante del pueblo, es el gran protagonista de esta ópera. No solo representa a los hebreos sino también a los babilonios. El Coro del Teatro Real cumplió con creces su cometido. Los otros dos protagonistas son Nabucco y Abigaille. El barítono georgiano George Gagnidze interpretó a Nabucco y transmitió con su voz potente el carácter soberbio del rey que pasa por la locura y el arrepentimiento. La soprano madrileña Saioa Hernández destacó con su bella voz que parece estar hecha para papeles verdianos, pero no solo como cantante sino también en el plano actoral. Transmitió los matices de furia y venganza y las del dolor propio de una mujer herida. El público la ovacionó. El bajo italiano Roberto Tagliavini otorgó solemnidad a Zaccaria destacando en el aria de la profecía. La mezzosoprano rusa Elena Maximova y el tenor aragonés Eduardo Aladrén en sus repectivos papeles de Fenena e Ismaele compusieron una pareja creíble y los secundarios Simon Lim, Fabián Lara y Maribel Ortega desempeñaron muy bien sus roles. 

La puesta en escena de Andreas Homoki sobre una minimalista escenografía de Wolfgang Gussmann, se sitúa en la época en que se estrenó y se basa solo en un panel móvil de color verde, como los suntuosos vestidos de Abigaille y la parte austriaca. El pueblo aparece vestido como en el cuadro El cuarto Estado de Giuseppe Pellizza da Volpedo que puso en los créditos de Novecento el cineasta Bertolucci, quizás lo más atractivo. Tanto la escueta escenografía como los movimientos de los cantantes fueron poco afortunados, como su insistencia en intentar llevar el foco de la atención hacia una rivalidad entre hermanas, a las que también representó en la imagen de dos niñas. 

La dirección de la orquesta de Luisotti fue la propia de un gran conocedor de la obra del Maestro de Busseto y por eso la orquesta sonó con esa combinación verdiana de energía y lirismo desde la obertura.

Verdi confesó: A solas con mis notas, el corazón me late fuertemente y las lágrimas fluyen a raudales de mis ojos.

Ese sentimiento desbordado de emoción también alentó a los espectadores de la ópera. Verdi es universal y llega a todos los corazones. También nosotros exclamamos agradecidos: ¡Viva Verdi!

Foto: Javier del Real

                

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