Helados en las cuatro estaciones del año

Por Luis Cantarell Gregori

Las heladerías siguen siendo un triunfo y costaría imaginar un mundo sin ellas. Tanto como Casablanca sin Sam y su piano, o Roma sin la Vespa en la que Audrey Hepburn volaba aferrada a Gregory Peck.
Gente de cualquier edad sale o entra del local mientras otros optan por quedarse en el interior degustando tranquilamente el momento, tal vez a cierta distancia de la realidad.


Aunque un helado también da para debatir sobre lo divino y lo humano. El cliente puede llegar a ser un transgresor desde la tranquilidad del asiento.
Ninguna de las caras que veo ante mí puede ocultar su regocijo: la vista fija en un punto la mente alejada de los problemas cotidianos. El mundo roza al degustador sin lograr demasiado; el momento es un paréntesis necesario.

Se pueden sentir esos segundos de silencio ante el mostrador, es un silencio de infancia, de patio de colegio, uno mismo sentado en un banco cualquiera mientras descubre el bocadillo de la merienda. En mi memoria quedan las imágenes, hasta los sonidos casi secretos del día en que me acercaba a «la mona» para comprar mi palulú, o mi caña de azúcar, por veinticinco pesetas.

Los nervios y el silencio previo recuerdan tanto a este momento ante el mostrador de la heladería, que volvería a ellos una y otra vez.
El helado es ese momento que nos distingue, el pellizco de novedad y parque de juegos al que aún no hemos ido, acercándonos con el respeto y la parte salvaje de un niño ante el lugar nuevo y sagrado por explorar.


El cuerpo dulce y artesanal se deforma cada vez con mayor celeridad. Las moléculas apelmazadas de ese amasijo de texturas se descomponen y el helado llora.
Mi compañía de esta tarde elige un helado más, y al salir del establecimiento al paisaje cuajado de murmullos adultos veo en sus
ojos esa pillería tan de nosotros a los siete años.
Personitas, adultos —algunos trajeados, otros deportistas—…
Todo el mundo que sale de allí ama el helado. ¿Será por esa mezcla de sabores?, ¿acaso un regreso a la infancia cayendo desde el paladar?, ¿qué tendrá exactamente esa crema dulce y untosa, valiente y melancólica?

En realidad, da igual, lo importante es que allí, todos disfrutamos
manchándonos. Sea compartido o de forma individual, el helado sigue moviendo montañas.

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