Evocaciones de plumas mágicas

// Por Mónica Uriel //

Un «silencioso» Juan Rulfo, un «frío» Jorge Luis Borges, el «obrero de la literatura» Mario Vargas Llosa y su gran amigo Alfredo Bryce Echenique, a quien daría el Premio Cervantes, se pasean por el libro de memorias del escritor José Esteban, español, aunque se siente «muy peruano», dijo en entrevista con ANSA.
    De hecho, su próximo libro será «Galdós y el Perú», en el que cuenta que el autor de Episodios Nacionales pensó hacer una obra basada en una de las «Tradiciones peruanas» (1872), del peruano Ricardo Palma, con quien se carteaba.

«Cuando Galdós leyó ‘Tradiciones peruanas’ se quedó impresionado», afirma Esteban, que se siente «muy peruano por los incas, por la literatura peruana y por César Vallejo». En la larga vida -87 años- de Esteban siempre «ha habido hispanoamericanos», como refleja en su libro de memorias «Ahora que recuerdo» (Editorial Reino de Cordelia).
    De Bryce Echenique le sorprendió que al entrar con él en un restaurante en Perú «todos los que estaban allí le aplaudieron.
    Nunca he visto que se quiera tanto a un escritor», señala.
    «Yo creo que produce ternura por sus héroes abandonados, su antihéroes, con los que la gente se refleja».
    En cambio «a Vargas Llosa la mitad de Perú lo odia, y la otra mitad lo quiere», dice Esteban, que en una ocasión le dijo lo que piensa de él: «Cuando eras comunista escribías mucho mejor».
    Al escritor peruano le define como «un obrero de la literatura» después de que en una ocasión le dijo a Juan Carlos Onetti que escribe todos los días ocho horas.

    «Qué horror!», comenta Esteban, quien se define como un «vago muy trabajador», lo que le ha llevado a publicar dos o tres libros por año como «Vituperio -y algún elogio- de la errata», «Viajeros hispanoamericanos en Madrid», «Diccionario de la bohemia» y «Café Gijón», en el que narra anécdotas de las tertulias de escritores que había en el siglo XX en este café madrileño fundado en 1888.
    «Ahora los poetas prefieren los McDonald’s. La decadencia de la poesía es espantosa», comenta Esteban, quien dice que aprendió «más en un café que en la universidad».
    Hablando, defiende, «se gana el tiempo» y no «se pierde», como le dijo Vargas Llosa en una ocasión en alusión a las tertulias de escritores en el Café Gijón que sigue habiendo, ahora en formato de comida, lentejas, los lunes, con una larga sobremesa.
    De vuelta a las memorias, recuerda como un «descubrimiento maravilloso» cuando conoció a Juan Rulfo, persona «silenciosa» a la que «le gustaba que yo hablara».
    El español Blas de Otero «también era silencioso pero no quería que yo hablara», rememora Esteban aún perplejo.
    En cambio, Esteban siempre pensó que Borges «era malvado» y que «en realidad sí veía» hasta que un día le invitó a su casa de Buenos Aires y se dio cuenta de que no veía nada mientras el argentino desayunaba con dificultad.
    Lo describe como un hombre «muy listo» y «frío», que había ninguneado a Antonio Machado pero «tenía sus obras completas en su librería», y al que regañó por «haber criticado a Cervantes».
    Recuerda que «solo hablaba de dinero, como todos los argentinos, pues eran tiempos de inflación».
    A Esteban le llaman «el último bohemio», algo que a él no le gusta, pues «la bohemia es eterna»; en todo caso «sí soy el último bohemio de mi generación».
    A él en cambio le habría gustado «ser amigo de Lorca y Cernuda, haber pertenecido a la Generación del 27. Nací tarde», dice.
    De entre los escritores actuales, él no daría el Premio Cervantes a ningún español: «Se lo daría a José Balza y a Bryce Echenique».
    De su gran amigo, de 83 años, de quien destaca la obra «Un mundo para Julius», no entiende que haya dejado de escribir. «¿Estando bien de la cabeza, por qué no escribir más?», pregunta.

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