Desaparición y regeneración en El ocaso de los dioses

Por Norma Sturniolo

El Teatro Real ha llevado a cabo la proeza de representar una obra tan compleja como El ocaso de los dioses con la que finaliza la tetralogía de El anillo del Nibelungo de Richard Wagner en la sexta ola de pandemia.

Wagner, en una ocasión, añadió a su firma la célebre frase latina Per aspera ad astra (Hacia las estrellas a través de las dificultades). Esta frase viene muy a propósito para referirnos a lo que se ha conseguido a través del esfuerzo de quienes trabajan en el Teatro Real y de la firme decisión de sus directivos.

Todos han hecho posible (per aspera) que se pueda oír y ver la obra wagneriana (ad astra) en estos tiempos difíciles.

Götterdämmerung (El ocaso de los dioses) ,tercera jornada en un prólogo y tres actos del festival escénico Der Ring des Nibelungen con música y libreto de Richard Wagner (1813-1883), se estrenó en el Festspielhaus de Bayreuth el 17 de agosto de 1876.

La tetralogía se ha presentado en Teatro Real en cuatro temporadas sucesivas. A lo largo de las mismas la dirección musical ha estado a cargo de Pablo Heras-Casado y Robert Carsen ha sido el director de escena. La puesta en escena que se ha visto en las cuatro temporadas es la creada para la Ópera de Colonia en el año 2000. Heras-Casado ha estado al frente de la Orquesta titular del Teatro Real y el coro cuyo director es Andrés Máspero.

Foto: Javier del Real

Los papeles principales están interpretados por Andreas Schager (Siegfried), Lauri Vasar (Gunther), Martin Winkler (Alberich), Stephen Milling (Hagen), Ricarda Merbeth (Brünnhilde), Amanda Majeski (Gutrune) y Michaela Schuster (Waltraute).

La literatura sobre la interpretación de la tetralogía de El Anillo es abundantísima. Queda claro que como obra de arte que es, está abierta a múltiples interpretaciones y también que, con el paso del tiempo se puede poner de relieve más un aspecto que otro. La propuesta de Robert Carsen acentúa el aspecto ecológico de destrucción de la naturaleza, acorde con las constantes advertencias de nuestro tiempo, Ya desde el año 2000 se ha extendido la utilización del término Antropoceno para referirse a esta época en que la acción del hombre ha producido profundos daños en la naturaleza. Sin embargo, no hay que olvidar que este tema tiene un eco romántico. Por poner un ejemplo sobresaliente de ello, cabe recordar la serie de cinco cuadros creada por el pintor Thomas Cole (1801-1848) que denominó The Course of Empire (1833-1836) cuyo primer cuadro muestra una naturaleza esplendorosa y en los sucesivos se va viendo amenazada. Tituló al cuarto cuadro Destruction y al quinto, Desolation donde se refleja el trágico desenlace.

En el prólogo de El ocaso de los dioses aparecen las Nornas que no son iguales, pero sí semejantes a las Parcas romanas o Moiras griegas. Tienen en sus manos el hilo de la vida de los mortales e inmortales. En ese prólogo, la primera Norma rememoran las vejaciones infligidas a la naturaleza. El primer vejador es el poderoso dios Wotan: Del fresno del Mundo,/Wotan desgajó una rama;/el asta de una lanza/cortó el Fuerte del tronco./Con el paso del tiempo/la herida destrozó la fronda/apagadas cayeron las hojas/ y seco murió el árbol. Y más adelante, la segunda Norna: Entonces ordenó Wotan  a los héroes del Walhall / despedazar las ramas marchitas / y el tronco del Fresno del Mundo. /El fresno cayó; / ¡el manantial se secó eternamente!

Foto: Javier del Real

Quizás, el insistir escenográficamente en la destrucción de la naturaleza opaque un poco el lado mítico. Pero es una opción interesante que nos interpela desde el escenario. Por otra parte, música y texto muestran sobradamente otros aspectos de la obra como la ambición desmedida, la codicia destructiva unida al deseo de poder absoluto con la posesión del anillo, el fatum propio de la tragedia griega que se cierne sobre todos los personajes incluidos los mismo dioses.

Pablo Heras Casado ha culminado la dirección musical de la tetralogía demostrando su compromiso con una obra de enorme complejidad. El ocaso de los dioses es de una enorme exigencia para todos los que intervienen en ella.

El tenor Andreas Schager interpreta a un Sigfrido convincente y transmite la ingenuidad, el arrojo y la nobleza del personaje.

Ricarda Merbeth, encarnando a Brünhilde, tiene la difícil tarea final en la que queda sola en el escenario con el largo parlamento que nos hace pensar en la posibilidad de una muerte y resurrección a través del fuego purificador.

Brünhilde es el personaje que, por amor, prefirió ser mujer a diosa, quien devuelve a las hijas de Rin, el anillo creado con el oro que les pertenece y quien no solo se arrojará a la pira en la que yace el cadáver de Sigfrido sino que arrojará la antorcha a la fortaleza del Walhall, la morada de los dioses.

Ese fuego final que todo lo destruye hace pensar en la idea del fuego como elemento purificador que desencadenará una regeneración, como el medio sacrificial para que se produzca una resurrección de la vida primigenia.

La belleza musical y la fuerza espiritual de El ocaso de los dioses nos cautiva y nos seguirá interpelando mucho después de asistir a su representación.

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