Conocer las vidas de Lope de Vega Carpio

Un viaje por su Casa-Museo

Claudia Santamaría Ruiz

Me gusta indagar en eso que podríamos llamar la multiplicidad identitaria de las personas, ¿quién se oculta tras la etiqueta? La historia popular suele reducir a los personajes de nuestra cultura a la abreviatura: de Juana sabemos que estaba loca, y de Felipe, que era hermoso. Lo triste, a la vez que comprensible por la densidad historiográfica, es que las figuras se desdibujan en caricaturas. El caso de Lope de Vega no es distinto: el fénix de los ingenios o monstruo de la naturaleza se mitifica en el imaginario colectivo. Sin embargo, la tendencia sintética de la historia encuentra un evidente enemigo en los esfuerzos museísticos, especialmente cuando estos se dedican a prestar una mirada exhaustiva a las facetas de un personaje en la intimidad de lo que fue el hogar sus últimos 25 años de vida. El Museo de Lope de Vega es un excelente espacio para vincularnos, por unos minutos, con varias dimensiones del clásico y a lo largo del recorrido, uno se acerca a la polifacética existencia del genio. 

Imagen 1: Naranjo en el patio interior

La Casa Museo de Lope de Vega, musealizada en 1931, se encuentra en la calle Cervantes (paradójico, dada su sabida enemistad). En las varias dependencias nos podemos aproximar a la vida de Lope: el niño prodigio y padre de diecisiete; dramaturgo y poeta de más de mil obras; soldado, preso y sacerdote; quizá astrólogo; secretario y estimado del Duque de Alba; y entre otros, mujeriego. La ruta comienza por el patio interior de la casa, un lugar que capta la atención de viandantes ya que desde la puerta principal se encuadra este pequeño retiro verde en el centro de Madrid. El patio conserva un pozo original de 20 metros de profundidad y el lugar recrea de forma fiel su huerto, el gallinero e incorpora un lustroso naranjo y un granado, en homenaje a las etapas del autor en Valencia y Granada respectivamente. 

Imagen 2: Sala de reuniones en el estudio

Unas escaleras de madera dan acceso a la primera planta. En ella sorprende la pequeña capilla con una imagen central de San Isidro. Lope de Vega era un amante acérrimo de Madrid, su querida «Babilonia» y con su patrón, San Isidro, compartía un especial y coetáneo vínculo de admiración. Esta conexión se ilustra en un hecho singular, entre 1596 y 1597, el máximo exponente del teatro barroco español dedicaría su pluma al escrito «Isidro», en apoyo al proceso de canonización del Santo, que culmina en 1622. En la capilla también albergan dos relicarios de Santa Cecilia y Santa Catalina, piezas que pudieron pertenecer al mismo Lope de Vega. 

A parte de la religión y el labrado de su pequeño jardín, Lope cultiva y vive de sus letras, traducciones, y demás creaciones literarias por lo que la sala de su estudio ocupa un especial lugar en el museo. La capilla conecta con esta sala a través de una puerta, que simboliza el lazo del autor a la religión y el arte. En el proceso de restauración se ha intentando mantener la amplitud de las dimensiones del estudio, y la Biblioteca Nacional ha donado varios libros del Siglo de Oro español que aportan una sensación de inmersión real en la época y abundancia en cuanto a patrimonio bibliográfico se refiere, (por ahora sin ninguna obra del propio autor). 

La sala contigua es el estrado, una preciosa habitación de ámbito principalmente femenino, con aires moriscos, donde las mujeres se juntaban para escribir y pintar: un espacio donde socializar y compartir, que ostenta un gran espejo de plata, enmarcado madera de ébano, y que lejos de buscar reflejar vanidades buscaba iluminar potenciando la luz natural. En el centro, un brasero en ausencia de chimeneas, y las paredes cubiertas de tapices de la real Fabrica de Tapices para conservar el calor.

Imagen 4: El estrado
Imagen 3: Tapiz de pared

Al lado, su habitación personal, la más austera de todas: una cama alta verde, con una pequeña ventana que dejaba ver directamente la capilla. Del otro lado, el comedor, algo poco habitual en el siglo XVII ya que donde se solía comer era en la cocina. Una cocina, que, por cierto, resulta ser una estancia muy significativa en las visitas temáticas gastronómicas que organiza el museo. En la cocina: vasijas, troncos de maderas y unos platos de cerámica reales de Talavera de la Reina. En clave anecdótica, de Lope se sabe que desayunaba torreznos con aguardiente y que, de sus tres mujeres de servicio, Lorenza Sánchez destacaba por sus guisos, pero no por sus postres.

Imagen 5: La cocina

En las últimas habitaciones de la primera planta asombra la alcoba de las niñas. Un piso arriba, abuhardillado, otra alcoba para niñas y otra para las criadas. También se encuentra la alcoba de invitados, que, según legislación de la época, debía estar al servicio de la Corona mediante la «Regalía de los aposentos», un impuesto que cualquier casa en el Reino de Madrid con dos alturas tenía la obligación de cumplir, hospedando a invitados del Rey. En la casa, Lope albergó a Alfonso de Contreras, capitán que escribió sus memorias de guerra e inspiraron a Arturo Pérez-Reverte en Alatriste.

Imagen 6: Diajeros de protección en cuna

En una tónica sentimental, los escritos de Lope dejan ver sus varios amores, aunque con pseudónimos, como el de Marta de Nevares, Amarilis, su último amor cuando ya este era sacerdote. 

Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa,
sin dejarme vivir, vive serena
aquella luz, que fue mi gloria y pena,
y me hace guerra, cuando en paz reposa.

Marta de Nevares murió invidente y con accesos de locura, y su hija en común, Antonia Clara, se fugó con Cristóbal Tenorio (protegido del Conde Duque de Olivares y mano derecha de Rey). Ambos fingirían el rapto de Antonia, con dinero y joyas de la casa, (estratagema empleada por el mismo Lope de Vega con su antigua esposa legítima, Isabel de Urbino). Tenorio acaba repudiando a Antonia y la abandona sin recursos, y sin honor, por lo que Lope la acoge y en estos dramáticos sucesos halla inspiración para Fuente Ovejuna, donde la honra es protagonista temática.

Quién fue de verdad Lope de Vega siempre quedará como un misterio, parcialmente resuelto, que solo él podría concluir. Mientras tanto, la visita a esta fantástica recreación de su hogar en los últimos años de vida, parece ser una buena vía de entrada al espíritu, vida y colores del prolífico fénix Lope de Vega.

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