Cafés centenarios de Madrid

Fernando Martín Sánchez, Universidad Pontificia Comillas de Madrid

Mayo de 1888, primera hora de la tarde. Una pareja de amigos camina por el céntrico Paseo de Recoletos. Manos en la espalda, paso lento acelerado. Discuten sobre política, toros, literatura, filosofía… Están arreglando el mundo. De pronto el calor se vuelve intenso, y necesitan beber algo. Advierten a lo lejos un establecimiento que parece estar de inauguración. Según se aproximan comienzan a vislumbrar lo que parece el letrero que da nombre al comercio: «Gran Café Gijón», en el 21 de Recoletos, entre la calle Prim y Almirante. En la puerta se encuentra don Gumersindo Gómez, natural de Gijón y propietario del local. No duda en invitar a entrar a los nuevos clientes. El interior, decorado con mesas de mármol, sillas de terciopelo rojo y cuadros en sus paredes, impresiona a nuestros protagonistas. Pronto se acercan a tomarles la comanda: horchata y agua de cebada. Pronto llegan más madrileños, dispuestos a descubrir lo que aquel local podría ofrecerles. El ambiente en el interior invita a charlar con los otros comensales que se encuentran alrededor. Poco a poco se forman pequeños grupos, en los que se habla de política, toros, filosofía, literatura… Esta tarde de mayo de 1888 que se presentaba como otra más ha cambiado radicalmente, y de tertulia en tertulia nuestros protagonistas descubren a gente tan interesada como ellos en estos y otros temas. 

Pasadas unas semanas desde la inauguración, Don Gumersindo, al ver el éxito que el local tenía entre los naturales de Madrid y gente incluso de otras partes del territorio nacional, decide ampliar el local hacia el Paseo de Recoletos con una terraza, para aprovechar el buen tiempo de los meses de primavera y verano. 

Febrero de 1914. El Café Gijón se traspasa. Don Gumersindo, con ganas de volver a su patria querida, decide iniciar un proceso de compraventa para el Gijón. Benigno, gran amigo del hasta ahora dueño del café y propietario de una barbería en la calle del Almirante, pronto muestra su interés. Por la módica cantidad de 60.000 pesetas don Benigno López Jabato se convierte en el nuevo propietario del Café Gijón. La Primera Guerra Mundial, que estalló pocos meses después de la transacción aquí narrada, y la neutralidad característica de España en los conflictos internacionales, propició el traslado de grandes personajes europeos a la capital, que, como no podía ser de otra manera, frecuentaron el Gijón

Antes de la Guerra, durante las semanas anteriores y posteriores al traslado, habían aparecido ya por el local personas tales como Benito Pérez Galdós, José Canalejas, Santiago Ramón y Cajal, Ramón María del Valle-Inclán, Jacinto Benavente… E incluso se habló de la presencia de la mismísima Mata-Hari. 

Foto de Victor Lerena

Septiembre de 1925. 10 años después de la adquisición por parte de don Benigno del Café Gijón, e intuyendo que el negocio seguiría en auge, se decide reformar el local. El encargado es el arquitecto Luis Laorga, que suele frecuentar el café y participar de sus tertulias. Con su reforma se eliminaron las cocheras, ampliando el establecimiento y permitiendo la existencia de más mesas y más salas, necesarias para las reuniones que allí se mantenían. 

Pocas semanas después de estrenar la reforma fallece, con sesenta años de edad, don Benigno López Jabato, segundo propietario del Café Gijón. Pasó el local entonces a manos de la viuda, doña Encarnación López Fernández. Ella hizo del Café Gijón el gran lugar de Madrid, llevándolo a su máximo esplendor. 

Previendo la competencia que los cafés próximos a Cibeles podían tener con el Gijón, decidió abrir otro establecimiento en el mismo Paseo de Recoletos en el 1928. Ciertamente tuvo éxito, y supo aprovechar el modelo de negocio que tanto gustaba a los intelectuales madrileños: buenas bebidas que hacía de acompañantes a tertulias sobre temas elevados. 

Las tertulias. Alguien exponía un tema y a su término, se discutía sobre el mismo. Durante los comienzos fueron los hombres los que monopolizaron estas reuniones: García Lorca, Dalí, Rubén Darío…, pero pronto empezaron a llegar las primeras pioneras, en su mayoría escritoras, con nombres como Mercedes Formica, jurista de renombre que en la posguerra abogó por el feminismo e impulso la reforma del código civil que culminó en 1980 para la mejoría de los derechos de las mujeres casadas. 

El Gijón de la Guerra Civil. Durante los tiempos de la Segunda República el Café Gijónseguía siendo referencia, y las tertulias fueron monopolizadas por el ambiente y el pluralismo político de la época. La guerra provocó además que los tertulianos se dispersaran según ideologías, haciendo del Gijón un lugar de encuentro para los milicianos. Al término del conflicto, el establecimiento se convirtió en un lugar de reunión para los oficiales del bando ganador. 

La reforma del 49. Tras la guerra llegaron los años de la decadencia provocada por la hambruna y la lenta recuperación económica. EL Gijón llegó incluso a inundarse de aguas fecales por una avería en el alcantarillado en el 43, provocando su cierre durante una semana. La crisis llegó también a reputados tertulianos, que dejaban a deber. Sin embargo, a pesar de las dificultades, el café permaneció abierto, mientras que otros establecimientos de renombre cerraban. La imagen destartalada que ofrecía el Gijón provocó que un numeroso grupo de tertulianos presionara a doña Encarnación para que llevara acabo una segunda reforma, y así ocurrió. Se incluyó iluminación eléctrica, sustituyendo el gas, se bajo el techo y las paredes se forraron con madera de roble. Severo Ochoa, Manuel Alexandre y otros tantos fueron incorporándose a las tertulias del café recién renovado, ofreciendo una variedad interminable de temas a tratar. 

Cuentan que el mítico título de La Colmena, de Camilo José Cela, esta inspirado en El Gijóny los personajes que por allí pasaban a diario. Fue publicado primero en Buenos Aires, evitando la censura del régimen por las escenas eróticas que narraba, pero bajo el ministerio del Interior de Fraga se autorizó la primera edición. 

Desde entonces el mítico Café Gijón no ha dejado de ser eso, un mítico lugar de reunión donde poder hablar largo y tendido. En palabras José Bárcena, autor de La partitura Interminable «en el precio de un café iba incluido el deseo de soñar y encontrar amigos». 

Foto de Roberto García Faldón

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