BCN FILM FEST. Cines Verdi. Segunda entrega.

IGNASI JULIACHS, Barcelona

Un buen nivel medio enfilando ya los últimos días del certamen prosigue la cita de abril en Barcelona con el buen cine y su vínculo con la literatura, la historia, el cine clásico, el arte y, en suma, la cultura. El BCN Film Fest está manteniendo un buen nivel medio. Entre los nuevos títulos vistos hasta ahora, cabría mencionar, dentro de la sección dedicada en particular a la comedia, Cinema amb Gràcia, el curioso remake de una de las películas más apreciadas del cine británico de los cuarenta, “Un espíritu burlón”, según la pieza teatral de Noël Coward, que  dirigiera el gran David Lean. El remake, igualmente británico, dirigido por el televisivo Edward Hall  (las series Downton Abbey, Agatha Christie’s Partners in Crime), cuenta con Judy Dench para el impagable personaje de la pitonisa Madame Arcati, que encarnara Margaret Rutherford en la cinta de Lean. Dan Stevens es Charles Condomine, Rex Harrison en el film de 1945; Ruth Condomine la interpreta Isla Fisher, otrora Constance Cummings; y la insidiosa e impertinente Elvira Condomine es Leslie Mann, quien intenta sustituir a Kay Hammond en un tono menos dulce y más malévolo. Aunque parezca un tópico decir que el film clásico es mejor, aquí es cierto si bien la película contiene suficiente interés aunque sólo sea por lo ocurrente de la historia original y, desde luego, por una fotografía y puesta en escena deslumbrantes para la recreación de los años 30. La dirección opta por un tono excesivamente histriónico en personajes y trama, y se le percibe demasiado la voluntad de querer agradar. David Lean aplicaba un tono muy British y una sutileza que aquí, el director, quizá obligado a lograr un producto más acorde con los tiempos, no acaba de perfilar. Pero, como decimos, la historia de este menage a trois a la postre post mortem sigue manteniendo la misma frescura y atrevimiento de entonces, con todos los equívocos y embarazo que se derivan de un marido que habla a la esposa difunta, llena de celos y ansia de venganza, ante la todavía viva, que la primera entiende una impostora, mientras la segunda teme delire su esposo, aquí un escritor en crisis de inspiración. No obstante, no ayuda un desenlace un tanto aparatoso.  

“La familia Bloom” –Australia, EUA–, fuera de competición, nos devuelve una Naomi Watts que parece no tener suerte en sus incursiones estivales en Tailandia. Ya sufrió lo indecible en “Lo imposible” y aquí acaba parapléjica debido a un desafortunado accidente. En ambos filmes, además, se recogen peripecias familiares reales. El film, dirigido por el asimismo televisivo y australiano Glendyn Ivin, se basa en el libro homónimo del mediático autor australiano Bradley Trevor Greive con el concurso del padre de la familia, Cameron Bloom. La propuesta es lo que es, una historia de superación personal, para Sam Bloom (Watts) y para su familia, por cuanto uno de los hijos arrastrará la culpa de haberle propuesto a la madre ir al lugar donde se despeña, y en lo concerniente al marido, los dos hijos restantes, y la madre de Sam, que deben también lidiar con una situación desgarradora. Una cría de urraca caída del nido, que se llevan a casa los niños para que no muera, acabará como uno más de la familia y contribuirá grandemente a que Sam salga del hoyo depresivo en que se hunde tras la tragedia. Cinta discreta, pues, dirigida con sensibilidad, muy apropiada para una sobremesa de sábado. La urraca protagonista quizá debiera recibir algún premio.

El film danés a competición “The Good Traitor” se configura como uno de los más sugerentes del certamen por su singular propuesta, que nos descubre unos hechos históricos del todo sorprendentes en tiempos de la ocupación alemana de Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial. La danesa Christina Rosendahl aborda el oprobio internacional que significó que los daneses permitieran a los alemanes entrar en el estado igual que si se pasearan. Esta es la olvidada historia del embajador danés en Estados Unidos, Henrik Kauffmann, quien se mostró ante Roosevelt como representante de una Dinamarca libre, y que se hizo con el oro que su país tenía en Norteamérica para ayudar otras embajadas mientras ofrecía Groenlandia para las bases estadounidenses. La cinta combina hábilmente estas maniobras arriesgadas y tensas que lo enfrentaban a su propio gobierno con su vida marital, en peligro asimismo dado que al tiempo estaba enamorado de la hermana de su esposa, ésta un pilar de gran ayuda para Kauffmann. Un biopic de presupuesto modesto, nada hagiográfico, muy bien interpretado y de estructura clásica que sin duda lo tiene todo para interesar y agradar al público en general.

Igualmente peculiar y chocante ha sido “Yalda, la noche del perdón”, en la sección oficial, film iraní de Massoud Bakhshi, que hábilmente, mediante la técnica de limitarse a exponer la historia, lo que puede dar lugar en su país a una interpretación distinta a la que en realidad pretende, arremete contra una práctica que en occidente interpretaremos sencillamente como atroz: la emisión por televisión de un reality show en que la hermana de un marido sesentón supuestamente asesinado por su mujer casi adolescente –típico matrimonio por conveniencia de un estado donde sólo cuentan los hombres–, debe o no decidir perdonar a ésta ante una audiencia masiva en todo el país, de acuerdo con la ley del ojo por ojo. La joven ya ha sido condenada a muerte y sólo ese perdón puede salvarla. No se trata pues de un simple despecho o aceptación como podemos suponer en cualquier reality occidental, pues aquí se está jugando literalmente con la vida de una persona de resultarle denegado dicho perdón. Como decimos, atroz, y el director lo expone con sutil ironía: el programa se titula “La alegría del perdón”.  

Fuera de competición, Fernando Trueba ha aportado su biopic de producción colombiana «El olvido que seremos», basada en la novela de Héctor Abad Faciolince, sobre el médico Héctor Abad Gómez, su padre, a quien sorprendentemente encarna con casi inexistente acento Javier Cámara. Biopic plano y por momentos aburrido o cuando menos anodino de una figura capital del país, dado, a tenor de lo expuesto, el altruismo y la entrega sin reservas del biografiado para con la población más vulnerable de Medellín en lo concerniente a la asistencia sanitaria. Esta actitud lo hizo involucrarse políticamente en pro de los derechos humanos, comprometidos en el país en la coyuntura de los ochenta.  

En la sección Cinema amb Gràcia, se ha visto una deliciosa comedia francesa, “Envidia sana”, de Daniel Cohen (El chef: La receta de la felicidad) que hábilmente juega con la ironía de que el éxito editorial de una sencilla dependiente de boutique de ropa modifica y trastorna a sus más queridos en lugar de lo más probable, que sería que a ella se le subieran los humos. Efectivamente, su compañero sentimental se ve empequeñecido y anulado, y un matrimonio hasta entonces muy amigo se llena de envidia: su amiga de la infancia intenta imitarla escribiendo inútilmente una novela, para finalmente devenir una runner con el fin de paliar la frustración, y su marido intenta despuntar en escultura y, luego, ante el fracaso, en la cría de bonsáis. Subyace esa enfermedad de nuestro tiempo: el triunfo a toda costa, y los sentimientos encontrados cuando alguien del entorno lo logra. Bérenice Bejo compone una mujer que sigue siendo la misma pese a sus best sellers, desconcertada al comprobar que sus más queridos se alejan de ella, lo que crea situaciones hilarantes. La acompañan Vincent Cassel, Florence Foresti y François Damiens. 

Fuente: La Vanguardia

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