La Quinta Estación

De Poesía Iberoamericana

La Quinta Estación

                                                                                                          Jorge de Arco

    Poeta, escritora y traductora, Juana Rosa Pita (1939) lleva publicados más de una treintena de libros. Después de vivir en Washington, Caracas, Madrid, New Orleans y Miami, hace tiempo que encontró grato acomodo en Boston. Desde allí, su labor lírica sigue siendo constante y, fruto de ello, es La Quinta Estación que ahora me ocupa y que llega en edición bilingüe español/italiano.

     “Creo que el conjunto, con los Nuevos motetes, aporta claves esenciales de mi modo de ser, de ver y de sentir, dentro de una poética íntimo-universal en que verdad, bien y belleza son misteriosamente inseparables, así en la vida como en la lengua”, escribe la poetisa habanera en su introducción.

     Es cierto que el conjunto se articula sobre unos pilares líricos donde la prima la estética de un verbo creativo, solidario en su dicción y donde la fragilidad de lo existencial se torna fuerza al par del vigor de la palabra.

     Con el hilván de que cada poema concluye como solución a la adivinanza planteada:

Su oficio es enmendar el mundo

para el sin par misterio disfrutar

de vivir descubriendo: POESÍA

     La autora habanera circunda el enigma, la leyenda y la inmortalidad de versos que tienen alma y pensamiento, que liberan el misterio encerrado en su significante:

El Señor se salvó gracias a uno.

Te quiero junto a mí, mas mientras tanto

 me deleita encontrarte en algún SUEÑO

   Tras las cuatro propicias estaciones, la quinta “connota intermitentes estados de presencia” fuera del calendario y se renombra frente a una atmósfera dichosa, interior e indeleble, donde “toda pregunta implica la respuesta”.

Y así, de la mano de un son endecasílabo y preciso, Juana Rosa Pita se sumerge en una coda titulada “Nuevos motetes” entre los que se reconoce a gusto, ahondando en un mensaje humano y liberador:

Todo es extraño y sencillo a un tiempo,

complejo y familiar: carece en fondo

de interpretaciones pues la vida

reconoce el lenguaje de las nubes.

La vida verdadera

De Poesía Iberoamericana                                            Jorge de Arco

La certeza de un cielo inconfundible

     Testimonio póstumo y emotivo el que abriga “La vida verdadera” de Mariano Altermir y que ahora llega hasta el lector en una esmerada edición (Ars Poetica. Oviedo, 2020).

     Nacido en Salas Altas, Huesca, en 1993, el poeta aragonés dio a la su luz su primer poemario, “Búsqueda”, en 196. Tras un largo silencio, obtuvo en 2004 el premio “Paul Beckett” con “El arte de los sueños, al que seguiría, década y media después “Regiones abandonadas de mi vida. Tres volúmenes, al cabo, que daban cuenta de un quehacer pausado, riguroso, y sostenido sobre un ritmo armónico y de cadencia clásica.

    Al hilo de ese penúltimo libro citado, apunté que su decir surgía como una manera de responderse a las incógnitas del ser humano, como una forma de desasirse del silencio del creador y bordear con su cántico las esquinas de la vida. Desde su soledad, iba desgranado la incierta apuesta que signara la existencia y su voz se tornaba desahogo, conciencia íntima.

En verdad, su palabra se mantuvo siempre bañada por un afán de pulcritud, la cual conjugaba sabiamente con una ensoñación que dejaba abierta las puertas de sus anhelos.

     Ahora, la voz que nos dejó, sigue resonando con vigor en un libro donde anidan ilusiones y heridas muy humanas. Sus versos se alzan desnudos frente a todo lo que aún queda por descubrir, a todo cuanto refleja el combate del ser contra su finitud:

A veces adivino los temores

de esas cosas que tú nunca me dices,

e intuyo lo que esconde ese silencio:

el arriesgado vértigo mortal

de tu salto al vacío de mi vida.

     Dividido en seis apartados, “La belleza de lo inútil”, “Verdades imposibles”, “Búsqueda”, “Un gran sueño”, “El desencanto”, Poética”, más una “Coda”, el poemario signa una geografía que convierte en lumbre el fulgor de la existencia, un mapa interior de sentimientos en los que se adivina la dimensión de lo amado:

Tú eres mi única vida indispensable,

la certeza de un cielo inconfundible,

un lejano espejismo inalcanzable.

Yo apenas sé quién soy. Quizás he muerto

intentando vivir y hacer creíble

que todo lo imposible es lo más cierto.

     En su prefacio, Carlos Murciano anota que “el lector tiene ante sí un conjunto de piezas por completo cerradas, donde los personajes, objetos y territorios nombrados nacen alejados de cualquier injerencia que afecte a su acontecer”. Porque el vate oscense quiso, sin duda, que estos textos fueran también memoria viva de su pasión por la escritura, por la verdad que esconde la lírica.

     En suma, un libro para degustar lentamente y sumergirse en la conciencia de un poeta cercano y virtuoso:

Soy como un dios herido, y sin embargo,

mi amor por las palabras va en aumento;

me destruyo al unirlas, me fragmento

hasta encontrar el nexo más amargo.

Desde que tú viniste 

De poesía IBEROAMERICANA                                            Jorge de Arco

    Conocí la poesía de Amaya Blanco (1979) hace ya más de una década. En 2009, vio la luz su primer libro, “Letras de tierra”, que venía avalado por la concesión del premio “El Ermitaño”. Por entonces, su voz derramaba el ímpetu juvenil y emotivo que suele acompañar los inicios líricos, pero, a su vez, ya se adivinaba un decir sugestivo, sincero, desde el cual se articulaba un discurso pleno de coherencia:

Soy yo

te hablo

desde los minerales.

Mi voz de savia y clorofila

se alimenta de luz

de lluvia

y de recuerdos.

   Tras la aparición en 2010 de “Materia viva”, un breve e intenso cuaderno lírico, Amaya Blanco ha estado formando y alimentando su voz a través de lecturas, traducciones, …, de muy diversa índole, además de acercarse a la docencia a través de la enseñanza de Escritura Creativa. Todos estos años se han visto ahora aunados en torno a “La voz encinta” (Ayuntamiento de Talavera de la Reina, 2019), premio “Joaquín Benito de Lucas” de Poesía.

A través de él, y como anota en su introducción Mercedes Escolano, sabe el lector que “tras un primer intento frustrado de maternidad, por fin el hijo ansiado va creciendo en su interior, pequeña semilla de la Naturaleza, átomo girando en su inverso”. Dicha frustración lleva a la poeta malagueña a reconocer:

Abajo, más abajo,

donde ya no se puede ir más hondo

allí está mi tristeza,

tan sólo yo lo sé

y eso me basta.

    Dividido en cinco apartados, “La búsqueda”, “La ilusión”, La desesperanza”, “La buena esperanza” y “El hallazgo”, el volumen signa el atlas íntimo de un proceso de reconstrucción personal en el que la sombra y la dicha se reparten las deshoras de un complejo laberinto emocional. Con sabia tensión versal y con un ritmo muy bien trenzado Amaya Blanco va puliendo su verbo y dejando entrever el gozo de la procreación y del descenso que provoca su ruptura:


No importa que te sigan

otros hermanos tuyos.

Tú eres mi primogénito,

no consiento olvidarte.

     A sabiendas de que habrá otra oportunidad para que el corazón abrigue un nuevo latido, el yo lírico se afana en rescatar alma y cuerpo, y tornar ese triste adiós en un lazo posible y deseado con los seres que vendrán. Al cabo, como ya nos enseñase Antígona, cuidar a los que se fueron es integrarlos aún más en nuestro acontecer.

Sin dar la espalda a lo común, sus consiguientes poemas van abriendo las puertas a un mañana que anhela una semántica más feliz:

Ya nada me importuna

porque estoy habitada

      y sólo eso importa.

    En uno de sus poemas, Emily Dickinson dejó escrito: “Perdemos al ganar./ Y, al saberlo, tiramos/ nuestros dados de nuevo”. Amaya Blanco lanza, sí, los dados de su poesía y de sus deseos y en las dos últimas secciones remonta un vuelo que nace desde sus adentros. Su batalla contra el tiempo y el espacio da sus frutos y su palabra se encarama hasta el bordón de su alquimia mejor:

Todo el vocabulario,

el tremendo y sublime,

de todos los idiomas de la Tierra

debería reunirse para hacer una alquimia

e inventar un vocablo poderoso,

infinito, irrompible,

que expresara siquiera una centésima

cómo ha cambiado el mundo

desde que tú viniste a hacerlo cierto.

     En suma, un poemario envuelto en una delicada materia humana, que respira, siente y se vertebra sobre un verso sólido y confesional.

Una luz que irradia esperanza

De Poesía Iberoamericana                                               Jorge de Arco

Una luz que irradia esperanza

Hace tiempo que la poesía de Ezequías Blanco viene acompañando de manera fiel a un amplio grupo de lectores. Quienes hemos seguido su obra, sabemos de su fidelidad por su manera de ahondar en el conocimiento del alma humana, de aprehender los asombros que oculta el corazón, de enraizar en sus adentros la metamorfosis del amor, de reconstruir, en suma, la médula vital del pasado, del presente y del mañana.

Cuando en 2013 vio la luz su antología “La realidad desentendida (1978 – 2012)”, descubrí que entre las esquinas de su contemplación se divisaba siempre una sutil admiración, un cotidiano avatar que sostenía firme un verso honesto y solidario: “Nadie hable de destrucción o desencanto/ mientras haya manos que puedan impedirlo”.

Ahora, con “Tierra de luz blanda” (Los Libros del Mississipi. Madrid, 2020), su voz vuelve a sonar por entre las páginas de un libro que relata una doliente experiencia hospitalaria. Desde ese ingrato escenario, y sin embargo sanador, el poeta zamorano traza el diario revelador de aquel tiempo:

Te llevan por espacios trasparentes

donde no hay nada a qué aferrarse

(…)

El temblor es el dueño de toda vanidad

del palacio que ayer fuera tu cuerpo

y de la que hoy yace entre sus ruinas.

 Los ecos del desasosiego resuenan con insistencia y dejan paso a espacios donde las heridas quedan abiertas, donde el temor de un adiós definitivo se torna vívida presencia.

En cierta manera, la existencia se convierte en tiempo en blanco, tiempo para el silencio. Porque los instantes que se relatan carecen de color. Ni el día ni la noche ofrecen diferencia. Es tiempo, sí, que se ha hecho fragilidad, fugaz relumbre:

Nunca las agujas del reloj

asesinaron al tiempo de una forma tan lenta.

Nos empobrecen las horas cuando no se pasan.

Al miedo le has arrancado casi todo lo que tienes

y no estás hoy para proclamaciones.

Los sentidos te anulan, te aferran a la tierra

a través del dolor.

 Claro que tras las aristas del sufrimiento, queda el anhelo de volver a ser, de despertar de ese letargo involuntario y reconocerse en lo que otrora fuera fortaleza e ímpetu. Y así, Ezequías Blanco, se afanará en proclamar la sólida urdimbre de saberse triunfador en la batalla contra el acabamiento. Y no simple huésped, visitante de efímero de este universo:

Cuando nada se espera

y la vida parece un túnel sin salida

siempre surge una luz

que irradia la esperanza.

 Y, de ese modo, el habitar con su circunstancia será suficiente para poner en pie los deseos y conseguir aunar el espíritu y la contemplación. En la paz de su interior, encontrará el yo poético la corteza terrenal que sustantive y justifique su vivir.

 En suma, un poemario hondo y sugeridor, envuelto en la precisión de una palabra bien acordada y cómplice en su humano mensaje:



Buscaré cada día los lugares

donde nadie confunde los caminos

donde muy poco importan las derrotas

….Y sobre un viejo banco

dormiré eternamente soñando con palmeras

El tiempo del paraíso

De Poesía Iberoamericana.               Jorge de Arco

Eliseo Diego. El tiempo del paraíso

     En 1949, Eliseo Diego dio a la luz “En la calzada de Jesús del Monte”. Contaba entonces veintinueve años y, un lustro antes, se había editado el primer número de la revista “Orígenes”. Junto a su director, Lezama Lima, Eiseo Diego tuvo ocasión de compartir una época dorada de la lírica cubana junto a Cintio Vitier, Fina García Marruz, Gastón Baquero, Virigilio Piñera, José Rodríguez Feo, Ángel Gaztelu… Aquel viaje común fue un período pleno de productividad, donde también dramaturgos, narradores, músicos, filósofos dejaron una impronta difícilmente superable.

     Después de aquel primer volumen citado, el vate cubano publicó otros nueve poemarios: “Por los extraños pueblos” (1958), “El oscuro esplendor” (1966), “Versiones” (1967), “Muestrario del Mundo o el Libro de las Maravillas de Bolonia” (1968), “Los días de tu vida” (1977), “A través de mi espejo” (1981), “Inventario de asombros” (1982), “Soñar despierto” (1988) y “Cuatro de oros”. De manera póstuma, se editaron ya otros tres: “En otro reino frágil” (1999), “Poemas al margen” (2000) y “Otros poemas” (2001).

     Y, de todos ellos, da buena cuenta “Nos quedan los dones” (Cátedra. Letras Hispánicas), una excelente compilación preparada por Yannelys Aparicio y Ángel Esteban.

     En su amplio y jugoso estudio, ambos antólogos desvelan las principales claves humanas y líricas de Eliseo Diego: “Lo más destacable de su obra es que obtiene desde su primer libro de versos un tono inconfundible, así como una capacidad para controlar los tiempos y los espacios, y un modo muy personal de tratar poéticamente los objetos y los lugares, los volúmenes, la luz y las sombras, las circunstancias históricas y personales, como si fueran materiales exclusivamente líricos y no contaminados por la contingencia del existir…”.

     Esa identidad tan definitiva en su forma de hacer, esa determinación verbal a la hora de afrontar la creación, seguía generándole una humilde duda, mucho tiempo después de haber iniciado su andadura:

Me da terror este papel en blanco

tendido frente a mí como el vacío

por el que iré bajando línea a línea

descolgándome a pulso pozo adentro

sin saber dónde voy ni cómo subo

trepando atrás palabra tras palabra

     Su honestidad a la hora sostener la reescritura de sí mismo y de su sólita conciencia, repercute en su lirica de manera acentuada. Aprehender la verdad de lo existente, solidarizarse con la singularidad de la existencia, marcan en buena medida un cántico que pretende restaurar en cada verso la voluntad de una vida inclinada hacia una materia amatoria y anhelante:

El tiempo del Paraíso es el suave gotear del agua

cuando acaba de llover entre las hojas del plátano.

     Al cabo, la palabra del vate cubano va enmarcando hermosos espacios de un tiempo ido y, a su vez, recobrado, real y misterioso, en constante batalla contra el olvido. Imágenes hechas verso y verdad, que son toda una vida, que se pasean ante los ojos del lector, y se reconocen desde el asombro y la satisfacción. Poemas, sí, de otra edad, pero que pueden sentirse muy adentro, casi como si fueran nuestros:

Un poema no es más

que una conversación en la penumbra

del horno viejo, cuando ya

todos se han ido, y cruje

afuera el hondo bosque; un poema

no es más que unas palabras

que uno ha querido, y cambian

de sitio con el tiempo, y ya

no son mas que una ancha,

una esperanza indecible;

un poema no es más

que la felicidad, que una conversación

en la penumbra, que todo

cuanto se ha ido, y ya

es silencio.

Astrología interior

De POESÍA IBEROAMERICANA                          Jorge de Arco

   

     La reciente edición de “Astrología interior” (Deslinde. Madrid, 2020) acerca al lector la  obra lírica de Beatriz ViIllacañas. Desde que en 1991 diera a la luz “Jazz”, su poesía ha ido perfilándose y situándose en un estadio de receptivo advenimiento. A través de una palabra madurada, ajena al artificio, la escritora toledana no cede en su afán de afrontar el enigma que rodea al ser humano y hallar, a la postre, esas respuestas necesarias que convierten la vida en un continuo acto de afección.

    Se recoge en esta compilación una muestra de sus diez poemarios publicados, además de un breve apéndice con textos dispersos. En su nota previa, reconoce la autora que “estos poemas nacen del universo interior que nos habita, pues en él coexisten las luces y las sombras, las tormentas y la calma, la belleza y el misterio”. Y, precisamente, frente a ese mestizaje de escenarios, su verso testimonia, en buena medida, la llama de su verbo y su mensaje:


El poema

podrá vivificar

las marchitadas flores del lenguaje

y confrontar

el intimidatorio silencio de la muerte.

Nada como un poema

para servir de puente entre dos mundos.

     El viaje que signa su decir es la búsqueda de esa música antigua que ya naciese con ella. La precisión métrica acompaña y da calidez a un cántico de plástica expresividad, sustentado sobre un deseo de revelación, de retorno a un ámbito de luz primigenia, de encuentro con el ser que la sustenta desde el principio y que debe revelarse al concluir el viaje de retorno. 

El anhelo por fijar un aquí y un ahora que ponga orden a la hora de cumplir sus promesas refuerza simbólicamente la conciencia de su interior y deviene en el desdoblamiento de un yo poético que se torna solidario.

Espérame,

descubrirás mis ojos,

cuando el cuerpo se ajuste a la sustancia

y la vida a la idea de sí misma.

Hay una desnudez

que se ajusta

a la piel de los enigmas

y es caricia perfecta.

Pasa y cierra la puerta:

soñaremos a dúo.

     La variedad estrófica (soneto, haiku…) y la solvencia con que Beatriz Villacañas afronta su quehacer revitalizan su discurso y lo convierten en cómplice de lo creado. Sabedora de que la poesía es “un arma de seducción voraz”, su verso se inclina sin cesuras hacia los territorios de un amor mayúsculo, abarcador de sus actos.

Como un corazón que late desde la íntima sustancia, la celebración de lo amatorio propicia el asombro y la verdad de su geografía. Y junto al manantial que crece por sus palabras, se sintetiza, a su vez, la sabiduría de una forma almada y común, dadora de una poesía honesta y conciliadora:


Te amo

porque crezco en tu voz

y me reduzco.

Porque haces brotar un nuevo abismo

en el país exiguo de mi cuerpo.

(…)

Porque eres mi universo paralelo

gloria de las raíces del enigma,

del deseo y el terror

detrás de nuestra sombra.

Porque eres a la vez

símbolo y carne.

Dos veces extranjeros

De poesía Iberoamericana                                                       JORGE DE ARCO

DESTINO Y CORAZÓN

Hollar territorios que están lejos del hogar, sentir muy lejos las raíces familiares, saber que sabemos que “vamos de un país a otro/ sin volver a casa/ y sentimos que somos/ dos veces extranjeros”.

Con esta transparencia versal se abre, precisamente, “Dos veces extranjeros” (Pre-Textos. Valencia, 2019), de Catalina González Restrepo (1976). La autora colombiana suma con éste su quinto poemario, y, en él, abraza con delicadeza las promesas incumplidas, los anhelos rotos, los abrazos idos…, pero también el gozo posible, la mirada dichosa, las horas solidarias:

Enamorarse de alguien como tú

hace veinte años.

Visitar la ciudad extranjera

donde te fue infiel tu amante

y no sentir nostalgia.

El tiempo, con sus dolores y cicatrices,

nos ha enseñado a amar

sin rendirnos al deseo.

Para poder aliviar las dudas resultantes de todo lo vivido, González Restrepo rearma su verso desde una sustancia conciliadora que aúna cuerpo y alma. Sus gestos memoran la inocencia perdida, aquella esperanza detenida para siempre y que, sin embargo, pugna por no apagarse, por perdurar, por seguir siendo protagonista de la aventura de existir.

Verso a verso, el yo va desdoblando su conciencia, alternando estados anímicos variables -angustia, revelación, rebeldía, resignación…-, que le procuran miradas divergentes:

Un golpe de deseo te despierta en la madrugada:

la imagen del amante que tuviste a los dieciséis,

tan nítida como si estuviera vivo.

Te imaginas su hermoso cuerpo deshecho,

recuerdas el arrebato cuando ibas a visitarlo.

Oyes la música de los que están muertos.

Extranjera, recorres ciudades en sueños.

     Con el fin de desprenderse de esas pavesas aún inflamadas, la poetisa de Medellín yuxtapone su ser hasta hallar el amor como unidad y vínculo axial. El tiempo se aparece entonces como irreversible taxonomía y la enfrenta a la mudanza que hace posible cada sentimiento.

    Signado por cuatro secciones, “Dos veces extranjeros”, “El lugar que no está en ninguna parte”, “Contra el reloj” y “Herencia”, el volumen reafirma la voluntad primigenia y reconduce la edad hasta el bordón de la certidumbre. Porque lo que fue tentación es ahora cicatriz, lo que fue ternura es ahora escalofrío.

    En suma, un libro que hace inventario de los secretos, los silencios y los conjuros de ser semilla y río, celada y paraíso, destino y corazón:

A nosotros el amor nos habla de un lugar

que no está en ninguna parte,

basta con sentarnos al lado del otro

y cerrar los ojos para sentirnos allí.

Mapa de la nieve. Poesía iberoamericana

Por Jorge de Arco.

El reino del recuerdo


Con “Mapa de la nieve”, obtuvo Coriolano González Montañez, el premio Julio Tovar (2018). Más de una decena de poemarios avalan la trayectoria de este autor tinerfeño, quien en 1984 diera a la luz su primer libro, “Dublín, entre el mar y la sangre”.

Tres años atrás, se editó “Mapa del exilio”, un volumen donde se adivinaba la verdad y la lastimada conciencia con la que el vate isleño iba trazando la llama de su existir. Desde su misma desnudez vital, sus gestos y sus latidos hallaban refugio en un decir que inundaba el ayer de nostalgia:

El peine de mi abuela se conservó.
Al fondo de la gaveta,
debajo de cepillos de dientes,
de trabas, de maquinillas.
Lleno de polvo.
Cuando lo cojo y me peino
mi abuela se peina conmigo.

Ahora, en esta nueva cartografía del alma, Coriolano González Montañez se adentra por las veleidades del reino del recuerdo y explora la metamorfosis del ser humano al hilo de su edad mutable. Despojado, así, de la tentación de someter el vivir a las deshoras de los anhelos, perfila también su existencia de manera visionaria:

Acontecerá un último verano.
Un último cielo luminoso
que me hará entrecerrar los ojos
y contemplar a un niño saltando
sobre la arena volcánica.
(…)
Seré luz y mariposa
En un verano que vendrá.

Al margen de esos momentos que alumbran el mañana, Las remembranzas, como decía, van ganado espacio entre estas páginas que giran como una lenta ronda de sombras idas y que remiten, al cabo, al lugar donde todo empezó, donde la ilusión vestía la esperanza a manos llenas. Porque las antiguas estancias, los familiares pretéritos, los viejos lugares de la dicha, son quienes ahora retornan a modo de fotografía, de canción, de ensueño…, aunque lleguen envueltos en la pesadumbre de lo inasible.
Con un verso narrativo y muy bien modulado, el yo lírico relata, además el dolor, la ausencia, el sufrimiento que se va desprendiendo
del corazón:

Que escuchen que una vez fuimos héroes.
Que recuerden que el mundo inabarcable
​​​ [abría sus horizontes.
Que sepan que fuimos inmortales
[que fui inmortal.
Y cuando todo acabe y arrojen mis cenizas,
-sabes por qué te lo digo-
Olvídame.
No te olvides de olvidarme.

Con fecunda naturalidad, Coriolano González Montañez ha vertebrado un poemario latidor, en el que reivindica la necesidad de mantener muy viva la llama amante y familiar, la misma que podría alumbrar “un futuro/ lleno de luz”.

Las máscaras del viento

POESÍA IBEROAMERICANA                                       JORGE DE ARCO

LAS MÁSCARAS DEL VIENTO

Un nuevo título se suma a la amplia trayectoria literaria de Aureliano Cañadas. Con quince poemarios ya editados, ve ahora la luz, “Laberinto” (Nazarí. Granada, 2019), un volumen en el que las voces de Ariadna, Teseo y Minotauro cobran trascendental protagonismo.Y lo hacen desde un ámbito mitológico y sugeridor, donde la verdad y el ensueño se aúnan en una mágica simbiosis.

     El poeta almeriense ha sabido vertebrar un diálogo candente, solidario, desde el que implementar la gloria de la estirpe, el enigma del ser humano, la desesperanza del corazón. En estas páginas laten también los siglos que redimieron de tanta soledad a los dioses y que reordenaron la dicha y el dolor del universo:

Ninguna de las máscaras del viento,

la delicada brisa, el huracán,

ninguno de los múltiples disfraces

del agua, lluvia, río, enfurecidas olas,

(…)

son tan conmovedores

como la voz de un hombre

solo, como una sola

de sus palabras.

     Claro que, al par de este trío de protagonistas, el yo lírico también se sirve de un discurso unívoco. Y así, los grandes temas de la lírica, el amor, el paso del tiempo, la muerte…, se asoman por estos versos y habitan con su serena desnudez las estancias de lo verdadero.

El modulado ritmo que Aureliano Cañadas impone a su decir constituye una de las claves del libro. De su musicalidad, nace la búsqueda de una otredad que sea espejo de lo vivido:

Haber perdido el hilo de Ariadna

en esta soledad

donde son tan inútiles los ojos.

Tantear los muros de la desesperanza

con las húmedas manos de qué sino de sangre.

Escuchar esa voz

cada vez más cercana, cada vez más aullido.

Y saber que jamás nadie escapó a su furia.

     Para destapar la piel de la que está hecho el paraíso, el poeta quiere sanar las heridas que recubren la corteza de lo perdurable. Su verbo pretende, pues, trazar un discurso que determine el umbral de la soledad y no detenga su lenguaje ante el fuego nila ceniza, ante la gracia ni la inocencia.

Los ecos de un destino inamovible crean, a su vez, una atmósfera opresiva, donde la libertad tiene sus brazos casi vencidos de batallar

contra un enemigo silente. Sin embargo, no hay tiempo para el descanso. Es hora de seguir en pie:

No tengo miedo alguno.

Una vez y otra vez, cuando tu saña

busque mi corazón, sólo hallará el vacío.

Porque yo soy Teseo y aprendí

       que no basta la fuerza de mi brazo.

En suma, un poemario que nos acerca el inextinguible mito, la remembranza del hombre y que se envuelve en un cántico hondo, de emotiva lumbre lírica.

Entre el deseo y la verdad

DE POESÍA IBEROAMERICANA                                           JORGE DE ARCO

La expedición perdida del británico John Franklin al Ártico, la ruta de Siskiyou que despertó la fiebre del oro de California, la demencia de las pacientes del Doctor Charcot del Hospital La Sâlpetrière y las ocho mil personas que fueron confinadas por la lepra a la isla hawaiana de Molokai, conforman la temática de Bajo la luz, el cepo, de Olalla Castro (Hiperión. Madrid, 2019). Desde que en 2012 obtuviera el premio internacional de poesía “Piedra del Molino”, la autora granadina (1979) ha editado tres poemarios, al que se suma éste, galardonado con el “Antonio Machado en Baeza”.

     Ambientado en los argumentos citados -todos ellos acontecidos en el siglo XIX-, el volumen viene signado por una dicción fluida y de acentuado lirismo narrativo. Las imágenes se suceden envueltas en una sugerente plasticidad, alimentadas por un brillo que renombra los anhelos pretéritos:

    Era tan grande aquella sed de blanco.

   Ansiábamos el hielo y sus destellos

   (…)

   Soñábamos con ir siempre más lejos,

   con ser los primeros en pisar esa nieve.

     Son las mujeres las que ponen aliento a estas páginas que simbolizan la batalla contra un tiempo de injusticia y desamparo sociales, de abusos y desigualdades que latieron en el alma huida de su existencia. Porque el drama de su dolor, de sus historias suspendidas en el aire abarca, en buena medida, su empeño y su fracaso:

   Durmamos ahora

   sobre esta blanca miseria que nos une

   pues cuando haya porvenir,

   no habrá descanso.

     El monstruo de la libertad fingida y la obstinación de la mentira revelan también la desolación de aquellas féminas que fueron abandonadas, humilladas y despojadas de su condición humana.

     Un libro, sí, de honda reflexión, que golpea la conciencia, que memora la tristura de la historia y de muchos de sus protagonistas:

   Soy este dolor que me recuerda

   que entre el deseo y la verdad,

   un cuerpo se interpone.

   (…)

   Soy la soga-dolor

   que anuda mi cuello a este anuncio de muerte.