Del hombre que supo pintar la luz del Mediterráneo

 

Por Ana Lucía Ortega

 

 

La primera vez que escuché hablar de Sorolla fue en La Habana. La ocasión de conocer de primera mano sus obras, expuestas en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, surgió cuando grababa, para la televisión nacional, el programa El sol parte en busca de razones… de la exitosa serie informativa En Pantalla, que, como diría mi abuela, duró lo que un merengue en la puerta de un colegio, por su carácter crítico y glásnostoniano*.

El espacio televisivo de marras tenía la intención de ensalzar a la mujer cubana, y con buen criterio pensamos, que una obra de arte sería ideal, para expresar la excelencia del sexo femenino. La mujer cubana del siglo veinte ya era madre, hija, esposa, trabajadora y miliciana combatiente, e incluso, se transformaría en inventora de alimentos para entretener el estómago, en una isla esquilmada por “el período especial en tiempo de paz”.

Aunque la “Gitana Tropical” de Víctor Manuel, sería una de nuestras protagonistas en El sol parte en busca de razones, encontramos en el Museo de Bellas Artes suficientes estímulos pictóricos, para crear un programa lleno de alusiones hermosas y positivismo. Sin embargo, entre tantas obras de arte de las tradicionales escuelas europeas, y los vibrantes, coloridos e inolvidables cuadros nacionales, los Sorollas me atrajeron como solo lo hace un imán.

Sería por esos trazos líquidos de sus marinas, esas caras desdibujadas cuyos semblantes hablan, por esas ráfagas de aire que rozan la cara y levantan el cabello de quien está observando la pintura, las transparencias de los tejidos, las sombras, las luces. ¡Cuánta intensidad encierra cada cuadro! El Todo. La Nada. Lo sublime. Lo insignificante.

Comprendí que sería imposible no amar a Sorolla.

Ahora, en Madrid, se acaba de inaugurar simultáneamente la exposición “Sorolla y la Moda”, en la casa museo del artista (General Martínez Campos, 37) y el Thyssen-Bornemisza (Pº del Prado, 8). Estará abierta hasta el 27 de mayo, y hasta el momento en ambas sedes, está contando con bastante afluencia de público. La colección de pinturas está acompañada de vestidos, sombreros, calzado, guantes y mantillas de la Belle Époque, expuestos en un montaje sorprendente e innovador. Muchos de los cuadros van acompañados de piezas textiles de colecciones privadas, muy parecidas a las que lucen los retratos, y da la impresión de que la modelo está posando para el artista. Sugerente y fascinante.

Clotilde con sombrero 1910 Óleo sobre lienzo (Museo Sorolla, Madrid inv.901)
Clotilde con sombrero 1910
Óleo sobre lienzo (Museo Sorolla, Madrid inv.901)
Sombrero (Circa 1905-1910) Paja, terciopelo y pluma Colección Ana González-Mora
Sombrero (Circa 1905-1910)
Paja, terciopelo y pluma
Colección Ana González-Mora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El pintor valenciano Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia 1863-Madrid 1923) supo pintar la luz del Mediterráneo pero además, perfiló el retrato de la sociedad humilde y la aristocrática con una eficacia perfecta. En la exposición alusiva a la moda, no faltan los detalles interesantes, como el cartel que alude a la necesidad del artista de regalar a su mujer e hija, vestidos y calzado que eran de su gusto, mientras se encontraba de viaje: «…Dime las medidas de tu cuerpo saleroso…que nada me hace más feliz que comprarte prendas bonitas…»

 

Foto de portada:

Destaca en la sala “Paseo a orillas del mar” (1909) y el centro está ocupado por los vestidos de verano y la sombrilla

*glásnostoniano 

Con este “palabro” aludo al proceso de rectificación del socialismo y el comunismo ruso que tuvo lugar en la década del ochenta del siglo pasado en la antigua Unión Soviética. Glásnost en ruso significa “claridad, transparencia”

Publicado inicialmente en El blog de ana lucía ortega, periodista y escritora