Cartografía vital

 

Por Jorge de Arco

 

Porque es la lluvia el clima que más quiero”, dejó escrito tiempo atrás Prieto Bracci. Y he recordado el bello endecasílabo del autor italiano tras la lectura de “Todas las lluvias son la misma tormenta” (Libros del aire. Cantabria, 2018) de Javier Bozalongo.

Con este libro, obtuvo el poeta tarraconense (1961) el premio “Blas de Otero” convocado por la Concejalía de Educación y Cultura del Ayuntamiento de Majadahonda. Un nuevo título, pues, que suma el quinto poemario editado hasta la fecha por Bozalongo, quien alterna su tarea de escritor con la de responsable de la editorial granadina Valparaíso.

Ocho años después de que viera la luz su última entrega, “La casa a oscuras”, el lector hallará entre estas páginas una cartografía vital donde alma y cuerpo pugnan por ganar su particular batalla. Ya refería Aristóteles en su “Moral a Nicómaco” que “Los padres y los dioses nos han hecho el mayor de los beneficios, porque son los autores de nuestra existencia”. Y desde esa intimidad, desde esos lazos sólidos que abundan en la múltiple unicidad del ser, parecen vertebrarse buena parte de estos poemas que cantan y cuentan de lo cotidiano y lo nostálgico, de lo verdadero y lo anhelado.

Y sobre todo del amor. Porque la sonora soledad del sujeto se dirige hacia un estadio de reconciliación que convierte su perspectiva en comunión, en trascendido regreso:

 

De cualquier arcoíris

se puede deducir una tormenta.

 

Cualquier adiós

fue antes bienvenida.

 

Los amantes merecen el descansoPortada Poesia agosto

sólo si son capaces

de avivar el incendio de sus cuerpos.

 

En tu risa puedo leer las lágrimas

que precedieron al abrazo

y en los pasos de cualquier madrugada

puedo escuchar cristales rotos.

 

Además, la melancolía del sujeto lírico se afana en dar cuenta de instantes de lumbre, de domésticos territorios que fueron una vez  paisajes de estirpe común y bienaventurada. Los pecados no son  ya contradicción, los silencios no son arrepentimiento sino solidaria conciencia y la pretérita ausencia se ha tornado memoria cómplice, llama que abraza una nueva costumbre.

Los años y las vívidas experiencias comportan una madurada distancia desde la que el yo asume una realidad inmanente. El universo gira ahora en derredor de una materia que resulta a su vez temerosa y sugestiva:

 

 

 

Como cerrar los ojos

frente al televisor

y sentir que la luz

atraviesa tus párpados

a más velocidad

de la que eres capaz de soportar.

 

Infinitas imágenes

mientras buscas el aire

y piensas sin querer

que este dolor podría

dejar a los demás

sin recuerdos futuros.

 

No es un túnel ni un valle

                  {ni un abismo.

Es sólo miedo.

 

A esta primera parte del conjunto, “Temporal”, le sigue “El resto de mi vida”, un personal itinerario que Javier Bozalongo traza al par de territorios ya hollados. Así, al hilo de una onírica declaración, “Yo soñé ser avión (…) y poderme volar a cualquier parte”, su voz resuena entre las avenidas de Nueva York, los parque de Berlín, los puentes de Dublín, las palomas de Venecia, los templos de China, las luces de Granada…. Y frente a esos momentos, a esas horas llenas de remembranzas y aventuras, se detiene para decir en el sentir de “El cartógrafo”:

 

Ha roto el pasaporte que tenía guardado,

decidido a que el viaje sea a partir de ahora

tan solo el recorrido de sus dedos

sobre atlas y mapas.

 

Al cabo, un poemario sobrio y de muy grata lectura, en donde los instantes relatados brillan con el color de quien da cuerda a la esperanza. Y a la fragilidad de la vida.

 

Javier Bozalongo (Tarragona, 1961) Ha publicado los poemarios Líquida nostalgia (2001), Hasta llegar aquí(2005), Viaje improbable (2008) y La casa a oscuras (2009) además de antologías de su obra en Costa Rica, México, Ecuador y Argentina. En 2016 publicó su primer libro de relatos, Todos estaban vivos(Esdrújula Ediciones), y en 2017 un volumen de aforismos, Prismáticos(Trea Ediciones). Su nuevo libro, Todas las lluvias son la misma tormenta, ha sido galardonado con el Premio de Poesía Blas de Otero y será publicado en noviembre de 2017.

Siguiendo las Huellas de Jorge de Arco

Por Juana Rosa Pita

                            …la verdad y la libertad son amantes exigentes, porque tienen pocos novios.

                                                                                                                                Albert Camus

 

Un poeta que desde los inicios asume con garbo apasionado las exigencias de verdad y libertad, que en la poesía lírica son tan difíles como impresindibles, nos hace un regalo innombrable al entregarnos, como acaba de hacer Jorge de Arco (1969), una hermosa y reveladora selección personal de sus primeros casi cinco lustros de trayectoria poética. Poesía portadora de esas certidumbres que solo a fuerza de fervor logra el poeta para sí y sus lectores:  “poemas que han ido surgiendo” –en sus propias palabras– “de la mano de lo vivido”.

 
Ya desde el título austero, Huellas/ Antología 1996-2018 (Ars poetica, Colección Beatus Ille: Oviedo, 2018)  promete la desarmante autenticidad que le concede a todo el que se ha acercado anteriormente a sus versos.  Ocho libros representados por un total de treinta y seis poemas, reunidos por el autor a modo de ofrenda, con urgencia conmovedora, tras el “duelo incurable” de haber perdido a su madre, como nos confiesa en su liminar: “Yo creí que con tanta luz no se atrevería la muerte y, sin embargo, ahora tengo que dejarle aquí encendidos estos poemas –estas huellas suyas y mías– para que su memoria me siga alumbrando”.
La memoria es la clave de este volumen en que los recuerdos van iluminando desde el inicio lo que sin ella sería solo oscura residencia del olvido. Función de la poesía es retomarla mediante la luz del alma y el sonido, convertirla en casa iluminada, no solo porque la oscuridad es capaz de entristecer hasta a los ángeles, sino “para saber qué piel o qué perdón/ nos va poniendo a salvo del silencio”. Estos versos son de Lenguaje de la culpa (1998), segundo poemario del autor de La casa que habitaste (Premio “San Juan de la Cruz2 2009), ese “ámbito oscuro” en que sólo se oyen ya pisadas fantasmales. Poesía como punta de bastón o brújula. Porque la memoria a la que aspiran “Los hijos del alba” es, acaso, la inalcanzable memoria viva que libere de las sombras y la melancolía, dando al corazón “la verdad de cada hora”.

 

Y sucede que “Agua es el hombre”, y si trata de alzar en torno a sí una cárcel verbal, casa d efulgor perdurable, es para remediar, con su “feraz constancia” (La constancia del agua, 2007), el hecho de que él mismo es río, cuando no diluvio, que tiende a arrastrar todo (escaleras de infancia, playas, azoteas entrañables, y hasta “la piel del paraíso”) en su corriente. Si cómplice es la llama doble del amor y el erotismo que ondea en versos de intensa delicadeza desde De fiebres y desiertos (1999): “Condéname a tus manos (. . .) no me concedas ya nunca clemencia”, hasta otros de Las horas sumergidas (Premio “José Zorrilla” 2013): “Hay una isla al borde de tus ojos,/ un inmenso país/ de ofrendas y caricias”.

 

Decía Borges que le bastaría ser recordado por algún verso. Huellas está sembrado de versos definitivos, inolvidables, como “La dicha es el recuerdo de lo que no se tuvo”,  “Es la hora del trigo y los arcángeles”, “¿Quién sabe del misterio de las islas?”: plenos de hallazgo y sugerencias. Hay que celebrar la generosa constancia vital e imaginaria de Jorge de Arco: novio fiel  de la verdad y la libertad bajo palabra.

 

DOS POEMAS DE “HUELLAS”,  de Jorge de Arco

Foto Jorge de Arco 2017
Jorge de Arco

 

ESTÍO

 

MI voz es la campana

que rompe

el cristal de la tarde

abandonada.

De mis ropajes van cayendo

las tercas gaviotas del estío,

y el resol que se cuela en mi garganta

es un bordón repleto de vendimias,

de frutos y de rezos,

de palabras añiles y lunares.

 

Hacia el Sur se dirigen los vencejos,

los siglos más hermosos de mi infancia.

Rebusco en los andenes, las alcobas,

los puentes de mi piel,

y vuelve

el tacto ardiente y julio de la cal,

el mismo aroma a abuela y albahaca,

la calima febril de sus abrazos.

 

Un pueblo se despierta en mis adentros,

y en mis venas, sus calles;

voy diciendo su rubia melodía,

la luz caliente y sepia de mi ayer.

 

UNA SED IMPOSIBLE DE AZOTEAS

 YO te esperaba al filo

de las tardes calladas, asomado

a la reja que el cielo

apoyaba en mi frente.

El otoño era dócil con nosotros,

con el paisaje tímido

que velaban mis labios.

Olía a incienso

cuando la lluvia hacía fantasmal

el coraje de amarnos

y un fulgor lacerante

se clavaba en el norte de mi cuerpo.

 

Yo te esperaba

del brazo de las calles,

sorbiendo en las aceras aquel frío

que helaba el corazón cansado de otro tiempo.

Quisiera haber vivido entonces

en una casa sin

años, sin escaleras,

sin sombras, sin las alas

de los vencejos idos, recordando

el silencio de un hombre,

la lenta muerte de los días. SoloCubierta Huellas-01

de tu piel y de tu boca,

aguardaba el instante

exacto del reloj

para asomar mi vida a ese cristal

de agua que devolviera tu figura.

 

Yo te esperaba,

te he esperado tantas

veces, tantos abrazos, tantos siglos,

que cada tarde

seguirá siendo

un pedazo de tierra por morder,

una sed misteriosa de azoteas,

la imposible codicia

de un futuro perfecto.

 

La autora, Juana Rosa Pita, es escritora y crítica cubana

Liliana Ancalao, Viento y Semilla

 

Por Jorge de Arco

 

Hace siglos que la literatura viene siendo testigo válido y fiable de su tiempo, indisoluble forma de resistencia frente a los desvaríos políticos, económicos y sociales de la historia. Escritores y artistas han sido –y son– la voz del pueblo y han vertebrado a través de la palabra el sentir de su época: dichas, desdichas, placeres, sufrimientos, venturas, desamparos…

La poesía se mantiene –hoy día– como eficaz herramienta para denunciar la injusticia, el abuso, y la inmoralidad. Y, precisamente, desde estas premisas, ve la luz “Resuello” (Marisma, 2018) de Liliana Ancalao. La autora argentina (1961) reúne en esta entrega su poemario “Mujeres a la intemperie” y varios ensayos aunados bajo el título “Andás bien”.

 

    Su condición de mujer, poeta y mapuche –al margen de su actividad docente y de investigación–, la ha convertido en una convencida activista en pro de la recuperación y conservación de la cultura mapuche. Desde la marginalidad de una tradición que ha visto violentada tantas veces su identidad, Liliana Ancalao se posiciona rotunda:

 

     «La función de nuestra poesía como actividad actual del pueblo originario mapuche es aportar a la tarea colectiva devolver la transparencia al territorio. Un territorio de tiempos y espacios reconstruidos desde la memoria y la militancia.

Vivimos en un territorio del cual se ha escrito mucho, un territorio sobre los que los vencedores militares y financistas de la guerra del desierto de la pacificación de la Araucania han mentido durante ciento veinte años.

Vivimos en un territorio saqueado en el que sobrevuela la rapiña con garras sacrílegas, despiertas». 

 

El espíritu solidario de las letras se ha mantenido siempre vigente a la hora de batallar contra lo adverso. Su intrínseca estética sugeridora ha ejercido sobre la historia el infinito poder de la memoria y ha servido como denuncia mediante la multiplicidad de su semántica. No en vano, cuando años atrás la UNESCO fundó en Verona la Academia Mundial de la Poesía, expresó su convencimiento de que su principal fin era la de “recolocar la poesía en el centro del mundo”. Y, también Liliana Ancalao, quiere con sus versos favorecer el diálogo entre culturas y fomentar el respeto y la tolerancia:

 

Yo a las palabras las pienso

y las rescato del moho que me enturbia05_Resuello_ok.indd

cada vez puedo salvar menos

y las protejo

son la leña prendida de Atahualpa

que quisiera entregar a esas mujeres

las derramadas las que atajan sus pájaros.

 

La percepción de mantener hacia la Tierra Madre una ética ecológica es otro de los grandes temas que ocupan y preocupan a la autora argentina. No se trata sólo de respetar los dones que nos concede la Naturaleza, sino de girar nuestra conciencia hacia una integración total con el entorno. De ella, nos nutrimos, y a ella debemos otorgar nuestro profundo agradecimiento:
 

Este es un olmo

y señala mi hermano

un tallo y unas hojas

alzándose del suelo

desafiantes

pienso que el viento nos trajo su semilla…

 

 

En suma, “Resuello” es una bella compilación donde la palabra eleva la universalidad de su voz y sirve de nexo vehicular para confrontar el dolor de una comunidad que ha vivido el miedo y el desconsuelo. Y donde el poder balsámico del verbo demuestra ser capaz de trasformar la intrahistoria y colectivizar las preguntas y respuestas del mañana.

Pablo Anadón: La niebla de los años

 

Por Jorge de Arco

 

El Vasar Poético

 

Crítico, traductor, editor y poeta, Pablo Anadón (1963), ha publicado hasta la fecha siete poemarios. Ahora, ve la luz un nuevo volumen de versos bajo el título de “Hotel Hispania. Poesía 2009 – 2014” (Pre-Textos. Valencia, 2017).

 

En estos seis años, el vate argentino ha ido puliendo su decir y desde una óptica de emotiva contemplación ha articulado un cuadro íntimo y sugeridor. Sus textos vienen envueltos bajo el manto de un acontecer confesional, que lleva al lector hasta una atmósfera de complicidad. El pasado ya es imborrable en la memoria del yo, pero a su vez responde a la actual existencia. El tiempo no se alza como antagonista de cuánto resta por venir, sino que se presenta como aprendizaje para afrontar las dichas y las sombras del vivir:

 

La noche en vela, se consume

Silenciosa en el lento

Goteo de las horas.

 

Hay quien, en la penumbra,

Busca un cuerpo o una copa

Para saciar una insondable sed.

 

Y hay quien, al resplandor

Difuso de una lámpara,

Acodado en la mesa,

 

Espera una palabra,

La palabra precisa

Que le dé, finalmente, la ilusión

 

De una vida cumplida.

 

Pablo Anadón establece un diálogo liberador con el cual pretende ahuyentar una soledad creciente y, en ocasiones, involuntaria. Su temor nace del tránsito de la edad, de la batalla signada por el humo fugitivo de los días, que acaba hiriendo, inevitablemente, su existencia.

La esposa y los hijos ocupan un lugar prominente en el segundo apartado del libro y en él se encuentran poemas de altísima temperatura lírica, plenos de emotividad. Así sucede con “Escuchando música con Mariana”, un bellísimo himno paterno-filial:

 

Y pensar que en un tiempo

(Mítico para vos y para mí

Tan próximo y no obstante tan borroso

En la memoria, una fotografía

De un instante feliz, fuera de foco)

Cabías toda entera entre mis brazos

 

(…)

 

Y del pasado vuelo hacia el futuro.

Allí te veo, sola, ya sin mí.

Oyendo nuevamente estas canciones,

Y me pregunto si estará el recuerdo,

Entonces de este instante con tu padre.

 

Aunque sea brumoso como una mala foto,

Si a pesar de la niebla de los años,

La muerte y la distancia,

Este abrazo de hoy podrá ampararte.

 

 

El poeta cordobés se alimenta de la palabra y de esa misma palabra nace todo aquello que lo rehabilita y lo convierte en perdurable. Lo fijo, lo que sabe presente y presencia se torna, pues,  privilegio. Desde su interior, se hace aún más consciente de que cuanto hay en derredor es imprescindible para que el alma siga reconociéndose en su esencia vívida.

 

 Un libro, a fin de cuentas, que diagrama de forma cálida y emocionante las huellas de un inventario personal. Y también común:

 

Pero miro el paisaje

Que, incluso en este día

Gris y lluvioso, muestra una infinita

Gama de azules, verdes y ocres,

 

Y lo comparo con el de mis versos

Que se diría todo escrito en sepia:

Así también los días y los años

Hoy me parecen una música

 

Que amamos en un tiempo,

Y nos hizo tan larga compañía,

Y cuya melodía

Apenas si podemos recordar.

Homenaje al poeta Leopoldo de Luis en el centenario de su nacimiento

 

Por María José López de Arenosa

El pasado 9 de mayo, la Asociación de Escritores y Artistas Españoles AEAE rindió un emocionado homenaje a Leopoldo de Luis con ocasión del centenario de  su nacimiento.

El acto, en el que se recordó al poeta en toda su dimensión humana y literaria, estuvo presidido por Juan Van-Halen, presidente de la Asociación, y contó con la participación de Emilio Porta, Juan Manuel de Prada y el hijo de Leopoldo de Luis, el catedrático de literatura y escritor, Jorge Urrutia.

Juan Van-Halen se refirió a él como uno de los poetas más importantes del siglo XX.  Colaborador de las revistas Garcilaso y Espadaña en la posguerra, fue también buen conocedor de la filosofía existencialista, especialmente de Sartre y Camus, cuya influencia se reflejó en su poesía. Pertenecer al bando de los vencidos en la Guerra Civil y estar señalado como republicano le llevó a renunciar a su primer apellido –Urrutia―  para su producción literaria, pero jamás hubo en él un ápice de resentimiento.  Destacó Van-Halen su gran categoría humana y su generosidad, así como los muchos años en los que Leopoldo de Luis formó parte de la Junta Directiva de la Asociación impartiendo consejos y sabidurías.  Manifestó, además, su agradecimiento personal por el apoyo que le brindó en sus comienzos literarios y por el prólogo que escribió para su poemario Púrpura y ceniza.

Juan Van-Halen recordó que tuvo el honor de formar parte del jurado que otorgaría el Premio Nacional de las Letras Españolas a Leopoldo de Luis en el año 2003 y de comunicárselo personalmente. Terminó su intervención leyendo el soneto elegíaco En la muerte de Leopoldo de Luis, que le dedicó a su fallecimiento y que reproduzco ―con su permiso y mi agradecimiento por ello―  a continuación de esta reseña.

Emilio Porta recordó su relación personal y literaria con el poeta, quien lo apoyó y aconsejó en los inicios de su carrera literaria. «No es un poeta social, sino un poeta profundo, profundo ante la vida, con una poesía, sobre todo, humanista,» dijo. Para Emilio Porta, cuya intervención concluyó también con un poema dedicado a Leopoldo de Luis, se trata de uno de los máximos representantes de la poesía española del siglo XX, pero también de la dignidad, con una gran sencillez como escritor y como persona que hablaba también a través de sus silencios.

«Tenía la música de los clásicos y la fibra moral del 98 y del 27, pero también una verdad doliente, pero sin resentimiento,» dijo Juan Manuel de Prada, a quien el destino le tenía reservado ser testigo de su fallecimiento, en el año 2005. «Fue una muerte apacible, desvaneciéndose sin sufrimiento.  Estoy seguro de que al morir tenía en mente a su mujer,» dijo.  Destacó cómo Leopoldo de Luis, pese a su estigma republicano, hizo bandera de la reconciliación y del perdón y terminó su intervención con la lectura de la necrológica que publicó en ABC.

La intervención del hijo de Leopoldo de Luis, Jorge Urrutia, estuvo llena de recuerdos personales y familiares e hizo un repaso a su trayectoria literaria, desde sus primeros poemas publicados en la revista Pregón Literario.   Recordó también a los amigos de su padre: Miguel Hernández, Luis Rosales, Dámaso Alonso, León Felipe y José García Nieto, entre otros.  Destacó que para su padre la Asociación de Escritores y Artistas Españoles fue un segundo hogar, especialmente después de enviudar, lo que le ayudó a sobrellevar su soledad, sintiéndose acompañado y en familia.

El acto terminó con la lectura de poemas de Leopoldo de Luis por parte de todos los ponentes, además de Milagros Salvador y Consuelo Triviño.

 

EN LA MUERTE DE LEOPOLDO DE LUIS

 

Se fue Leopoldo por donde solía:

calle de la verdad a media tarde.

Se fue por donde el verso en fuego arde:

plaza mayor de la melancolía.

 

Y le estoy esperando todavía.

El corazón me grita que le aguarde,

que le veré otra vez, que le resguarde

en esta noche eterna de tan fría.

 

La muerte es una sombra silenciosa

que no podrá apagar la voz que truena

en sus particulares universos.

 

Vencerá su palabra luminosa

sobre la nada, sobre la condena,

en la vida sin diques de sus versos.

 

Juan Van-Halen  (2005)

 

(Publicado en “Quien conmigo va”. Col. Los Cuadernos de Sandua, Córdoba 2008.

Con alguna variación en “Escribo tu nombre”. Col. Gotas del Alma, Madrid,  2013)

 

 

Foto de portada: De izquierda a derecha Jorge Urrutia, Juan Van-Halen, Emilio Porta y Juan Manuel de Prada

Las sátiras de Arturo Dávila

 

Por Jorge de Arco

 

Bajo el título de “Sátiras” (Hiperión. Madrid, 2018), se reúnen tres poemarios de Arturo Dávila, “Catulinarias” (1998), “Poemas para ser leídos en el metro” (2003) y “La cuerda floja” (2016),  los cuales obtuvieron los premios Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Nicolás Guillén, respectivamente.

Nacido en Ciudad de  México, Dávila lleva años alternando la docencia –es director del Departamento de Lenguas Modernas en Laney College, Oakland, donde enseña español para estudiantes bilingües– con su labor literaria y, es ésta, un excelente oportunidad para acercarse al universo de su quehacer.

 

En la nota que el propio autor firma a modo de epílogo, reconoce que esta trilogía “contiene múltiples ecos, referencias, homenajes” y añade algunos nombres que han ido signando su decir: Quevedo, Ezra Pound, T. S. Eliot, Ernesto Cardenal y Nicanor Parra. Escritores, al cabo, que le han servido para hallar una voz personal con la cual “burlarse seriamente de lo contemporáneos sin referirme específicamente a ninguno de ellos”.

Portada Sátiras Arturo Dávila
Portada Sátiras Arturo Dávila

 

Con un verso ágil y narrativo, el poeta mexicano va conformando un singular imaginario donde la ironía, el amor y la desdicha conjugan con una verdad trascendente: la necesidad de vivir restándole importancia a nuestra condición mortal. Mantener una actitud escéptica, si complaciente, derivará en una manera de afrontar la cotidianeidad con una dosis mayor de vitalismo:

¡Qué felices son los gordos! 

Cuando bajo la mirada

de un sol rubicundo

se deleitan comiendo una hamburguesa

o despachando una docena de tacos,

¡qué alegría!, ¡qué hermosura!

 

Botero lo ha dejado constatado

.
Sancho Panza les da su bendición

desde el umbral de los siglos. 

El mismo Buda sonríe ante sus excesos.

 

Este retablo poético incluye muy distintos protagonistas. En muchos casos, la pluma de Alberto Dávila es osada y punzante, en otras, burlesca y divertida, y en su mayor parte ingeniosa y, por ende, satírica. Confiesa el propio Dávila que esa forma suya –tan lacerante– de hacer versos, le ha credo distintos enemigos que han querido ver su cabeza rodar. “Afortunadamente –dice– la he podido levantar, herida y maltrecha”. Y lúcida se mantiene para hilvanar textos como éste:

 

 

Dices que tu libro es bueno,

Porcillo,

que vas a sorprender a la crítica,

que “derramará más tinta que un pulpo”,

y que te espera la fama.

 

Tienes razón

muchos lectores ya te lo agradecen,

pues no han vuelto a comprar papel higiénico: 

porque tu novela es mala

con m de mierda.

 

     El conjunto que integra la compilación se presenta, en suma,  como testigo de un modo de hacer distinto, tentador, en donde la parodia y la broma juegan un papel destacado, pero sin perder nunca de vista el componente de originalidad que comporta el ámbito de la sátira. Un arte tan complejo como delicado, y al que el poeta mejicano ha sabido sacar –en estas dos últimas décadas– muy buen partido:

 

 

La riqueza Bonifacio,

sólo lleva a la pobreza.

 

Antes no tenías nada

y eras bueno para todo;

ahora que tienes todo

eres bueno para nada

y sabe sacar muy buen provecho.

 

José Angel Buesa, como lluvia en el alma

 

Por Jorge de Arco

 

Con buen criterio, la editorial Betania da a la luz una compilación de José Ángel Buesa (1910 – 1982) y, bajo el título de “Sus mejores poesías”, reúne una amplia muestra del decir del vate cubano.

 

La edición y selección ha corrido a cargo de Carlos Manuel Taracido, quien en su introducción afirma: “Fue un poeta natural, no escritor para minorías. Su verso, melodioso y atrayente, se pega al oído. Hilvanaba el verso con una destreza que debiera ser irrefutable, como irrefutable ha de ser su condición de poeta. Fue por muchos años el poeta más leído y recitado en toda Hispanoamérica y el único que logró vender un millón de copias de los más de veinte cuadernillos que conformaron sus libros, una hazaña que no ha podido superar poeta alguno en nuestra lengua”.

   Buesa editó su primer poemario en 1932, “La fuga de las horas”. Contaba entonces con veintidós años y en la siguiente década publicó otros diez volúmenes: “Misas paganas”, 1933; “Babel”, 1936; “Canto final”, 1938; “Oasis”, 1943: “Hyacinthus”, 1943: “Prometeo”, 1943: “La vejez de don Juan”, 1943; “Odas por la Victoria”, 1943; “Muerte divina”, 1943 y “Cantos de Proteo”, 1944.

Esta etapa de febril creación coincidió con la complicidad de la crítica y de los lectores, quienes aclamaron la emotividad de su poesía y la solidaridad afectiva de un verso que nacía desde el corazón:

 

Gracias, amor, si hiciste que llovieraBUESA antologia

en el último instante de este día,
pues, por ser una lluvia triste y fría,

hubo un rayo de sol sobre una hoguera.

 

Gracias, amor, si tu designio era

que lloviera del modo que llovía

para ofrecerme en una flor tardía

todo el perfume de la primavera.

 

Gracias, amor, si no la merecía,

gracias, amor, aunque la mereciera;

gracias también por la melancolía.

 

Que llueve dentro cuando escampa afuera,

y haz que vuelva a llover de esa manera

como llueve en mi alma todavía.

     El autor isleño viaja con su verbo por referencias temporales y espaciales varias. Y éstas, a su vez, le sirven para alumbrar los estados de ánimo que generan las edades. En algunas ocasiones, pretende sacudirse la enredadera vital que conduce hacia la inquebrantable finitud, el habitual fatalismo del ser humano. Y, en su ánima, reconoce que queda lugar para vertebrar la tristura, pero también la dicha que escriba con su duradera la llama los dones de la existencia:

 

Mi corazón, un día, soñó un sueño sonoro,

en un fugaz anhelo de gloria y de poder;

Subió la escalinata de un palacio de oro
y quiso abrir las puertas… Pero no pudo ser.


y quiso abrir las puertas… Pero no pudo ser.

 

Mi corazón, un día, se convirtió en hoguera,
por vivir plenamente la fiebre del placer;
Ansiaba el goce nuevo de una emoción cualquiera,

un goce para él solo… Pero no pudo ser.

 

La sensación de embriagador latido que envuelve el conjunto de estos versos se une a su íntima sensación de anhelo y residencia en la tierra. El yo lírico se cobija en un existir donde las heridas pretenden ser  efímeras, ajenas a cuanto la vida conjuga en su multiplicidad y progreso ontológicos. El amor, el olvido y la muerte se van presentando como tipologías temáticas recurrentes y sobre esta materia irán alzándose textos de calado hondo y sugestivo.

     En suma, una compilación donde lo romántico ahonda sin premura en la cotidiana realidad y dinamiza la  meditación de lo perdurable, muy cerca del profundo sentimiento:

En el áureo esplendor de la mañana,

viendo crecer la enredadera verde,

mi alegría no sabe lo que pierde


y mi dolor no sabe lo que gana.

 

Yo fui una vez como ese pozo oscuro,

y fui como la forma de esa nube,

como ese gajo verde que ahora sube

mientras su sombra baja por el muro.

 

La vida entonces era diferente,

y, en mi claro alborozo matutino,


yo era como la rueda de un molino

que finge darle impulso a la corriente.

 

Pero la vida es una cosa vaga,
y el corazón va desconfiando de ella.

 

webmaster: Ana Lucía Ortega

Tres noches sin estrellas

 

Por Jorge de Arco

 

Desde una convicción de final de trayecto y pensado como su último libro, se edita “La negación de la luz” (Acantilado. Barcelona, 2017) de Juan Antonio Masoliver Ródenas. El volumen incluye dos poemarios: el ya citado, que da título al conjunto y “El cementerio de los dioses”.

En esta doble entrega, el autor barcelonés (1939) despliega un verso de honda sabiduría donde trata de manera valiente la realidad de la vida y de la muerte. Con un lenguaje meridiano en su intención, ajeno a paradojas, va sintetizando las coordenadas del espacio y el de tiempo ya vividas, a la vez que va saciando la verdad de tantos instantes como la vida le fue brindando:

 

Tres noches sin estrellas
es demasiada oscuridad
para los que vivimos días
de luz y de almas. Es
como un tañido perdido
en el silencio, como un desierto

de agua habitado

por la memoria de lo nunca vivido

ni conocido ni amado. Saciedad

de la nada, palacios ajenos
a la luz y al deseo

de tu presencia, que es hoy

búsqueda y anhelo y dolor

en un cielo para siempre

vacío de estrellas.

 

Masoliver Ródenas busca a través de su yo poético un cobijo para el vacío, una lumbre frente a la oscuridad, un recuerdo queTres noches... Portada niegue la ausencia…, y, todo ello, lo tatúa en el horizonte de un corazón desnudo, inacabado, con el que quisiera aplacar el dolor de lo perdido. La autenticidad de su palabra radica en la manera en la que indaga en la raíz de su ser. Hombre y lenguaje forman una alianza de días y de memoria que late en el umbral más puro del deseo. Su existencia es posesión, luz perdurable, nostálgico enigma, ayer:

 

El niño que vive todavía en mí

está destrozado, sin saber
ni siquiera por qué vive,
por qué llegan las noches

con ruidos que han de herirnos

para siempre.
No hay reposo
en la magra vida del anciano

en la amenaza de sus días

funestos.

Y al abrir la cancela
el niño es una lápida sin nombre,

pues carecen de nombre
las cosas que han dejado de existir.

 

En “El cementerio de los dioses”, el autor catalán se reconoce en la guarida que signa el amor y quiere comprender los rostros que nacen detrás del rumor del verbo, entre los sueños del asombro, bajo la nieve inocente. La soledad se aparece como un tigre acechante y habita como música en el aire muy cerca de la edad de su espíritu:

 

Vivo la tristeza de no saber  tocar la cítara

a mis setenta y cinco años. De no saber

besar con los ojos abiertos, ni tejer,

ni entender lo que pienso, cada vez

mi cerebro más lleno de barro

y de tentaciones que no puedo

cumplir.

 

Mediante una alquimia de homogéneas cavilaciones, de vívidas creencias, de empíricos sentimientos, Masoliver Ródenas escribe el trayecto de su destino, el íntimo mapa de su mañana. Tan íntimo devenir recorre la realidad de quien anhela reconocerse y anudar su conciencia a la estatura de su vívido acontecer.

En suma, un volumen que brilla entre las sombras de expresividad versal, que abraza la voz de un poeta mayor y solidario:

Voy al cementerio de los dioses

Donde me espera todo el pasado,

el mal vivido y el mal escrito.

La liturgia de las horas

 

Por Jorge de Arco

 

Desde que en 2001, obtuviera el premio Adonáis con “Una interpretación”, Joaquín Pérez Azaústre (1976) ha editado otros cinco poemarios -“Delta” (2004), “El jersey rojo” (2006, Premio Internacional Fundación Loewe Joven”), “El precio de una cena en Chez Maurice” (2007), “Las Ollerías” (2011, Premio Internacional Fundación Loewe) y “Vida y leyenda del jinete eléctrico” (2013 Premio Internacional Jaime Gil de Biedma)- reconocidos con prestigiosos galardones y bien valorados por la crítica.

 

     Ahora, en su nueva entrega “Poemas para ser leídos en un centro comercial” (Fundación José Manuel Lara. Vandalia Sevilla, 2017) explica el poeta cordobés que dio inicio a esta lírica aventura, cuando paseando por un centro comercial, tuvo la impresión de estar atravesando las ruinas rutilantes de nuestra memoria sentimental. Por eso, no es casual la cita de Barry Brummett que sirve de pórtico: “Los centros comerciales son instrumentos retóricos de la cultura capitalista, textos retóricos gigantes”.

 

El volumen, si dividido en siete apartados -“La edad de oro”, “Salas abandonadas”, “Cine épico”, Sesión de tarde”, “Edición para coleccionistas”, “Agencia de viajes” y “Liquidación por cierre”-, viene signado por una común intención, por un hilo temático que nace desde un espíritu que quiere y necesita alzarse para contemplar desde un espacio distinto la confusión reinante en este nuevo siglo.

Y así puede adivinarse desde el primero poema del volumen, “Petrópolis”:

En esta habitación de hotel no soy un hombre,

ni soy un hombre más, ni un único hombre,

ni mucho más que un hombre a punto de morir.

El espejo del baño me muestra un hombre muerto,

que ya sabe que ha muerto,

que planeó la liturgia de las horas contadas

y las pocas palabras que aún podré escribir.

 

     La alternancia de la prosa y el verso, el uso de referentes cinematográficos y de aspectos autobiográficos, la expresión cotidiana y meditativa, el aroma nostálgico y futuro de los versos…, se conjugan de forma precisa y conforman un conjunto unitario, de solidaria condición vitalista:

Y pensar que esta noche voy a tenerte aquí,Portada

que vas a estar aquí como un vuelo de hojas

que silenciosamente hubiera huido del día

con su espiral pequeña, con su abrigo menudo

y la discreción pura de un diamante de aire.
Secretos de una piel, reverberación blanca,

mecánica de hielo, no hay sangre en la nevera

ni ningún testimonio sobre el sabor de un hombre.

Si entras por la ventana, porosidad en apuros,

camisones de lluvia con levedad aparente

mientras bailas descalza con cerezas de postre,

destaparé la caja de metal azulado

para que entres y duermas, y descanses.

Con el rumor de los enjambres

 

Por Jorge de Arco

Con su habitual esmero, el Fondo de Cultura Económica reedita “Vengo del norte”, poemario con el que Aurelio González Ovies obtuviera un accésit del “Adonáis” en 1992. Era éste, entonces, su cuarto libro, tras haber obtenido con los tres anteriores los premios “Ángel González” (1990), “”Ateneo-Jovellanos” (1991) y “Juan Ramón Jiménez”.

 

Veinticinco años después, se brinda la ocasión de reencontrarse con una obra que sorprende por su vigencia,  reivindicadora de una búsqueda permanente del yo lirico y anhelante de un sobrio intimismo comunicativo. Estos versos apuestan por una persuasiva tensión que deviene en creativa libertad, desde la cual surge una esencia íntima que susurra al oído la inminencia de cuanto se ha vivido y resta por vivir:

 
Vengo del norte,

de donde la tristeza tiene forma de alga,

de donde los siglos son muy anfibios todavía,

de donde las grosellas son un veneno puro,

para beber un trago cada noche.

(…)

Quiero vallar aquí la eternidad para

                            [todos los míos.

 

     En su prólogo titulado “La palabra”, Francisco Álvarez Velasco anota que en este volumen están “los temas y motivos que el autor asturiano nunca ha abandonado: la memoria impregnada de melancolía, el doloroso sentir de que el tiempo huye (…), el amor a la naturaleza y a los que le rodean y lo ayudan a hacerse como hombre y como poeta”.

Y, en verdad, al recorrer estas páginas plenas de humanismo y de realidad, se atisban esas claves señaladas al par de la vivísima intuición lírica de la que hace gala González Ovies. La existencia se presenta como una espacio de remembranza que es, a su vez, permanencia y mudanza. Junto a éstas, queda el fulgor de las deshoras que estuvieron muy próximas y, ahora, aguardan el mañana:

 

Vengo del norte,

de donde las sirenas siguen llamando a Ulises,

de donde los recuerdos se borran con la lluvia,

de donde los destinos se reman con los brazos

   muy abiertos.

Ella viene conmigo,

para daros a luz una provincia de perfumes.

Ella trae las cenizas del gélido nordeste.

Vengo del norte,

a encender las luciérnagas de vuestra soledad,

a tatuaros la piel con el rumor de los enjambres.

 

Una declaración de intenciones, al cabo, que sitúa al lector ante  una verdad que nace como relato de un viaje interior. El poeta se asoma al universo que lo rodea con los ojos, con los oídos y con el tacto. Su verbo, ungido de soledades, dialoga con lo pretérito y lo venidero, y por ende, se esfuerza por hallar en los paisajes del ayer el rumbo preciso para afrontar su mortal condición.

“Estas son las tierras honradas de Aurelio González Ovies, siglos de signos grabados sobre el barro emocional de la cultura y las rocas de la decencia que todavía cimentan la cabañuelas y el faro del lenguaje”, escribe Juan Carlos Mestre en su precisa introducción, “El lugar”.

Y, éstas, son también, las imágenes cromáticas que se dan cita en este hermoso poemario, en el cual conjugan con exactitud el vitalismo y la derrota, el esplendor y la calma, las promesas y los adioses, la dicha y las lagrimas.

 

     Poesía, en suma, que respira desde el corazón y que hace de su verso emocionada llama que no quisiera ser pavesa nunca:

 

Soy recuerdo y soy faro,

y soy costa que espera vuestros ágiles remos,portada vengo del norte

vuestro asomo de muelle, vuestra mirada libre.

(…)
Es muy fácil soñar lo que nunca seremos,

lo que, a pesar de todo, hemos perdido.

 

   muy abiertos.

Ella viene conmigo,

para daros a luz una provincia de perfumes.

Ella trae las cenizas del gélido nordeste.

Vengo del norte,

a encender las luciérnagas de vuestra soledad,

a tatuaros la piel con el rumor de los enjambres.

 

 

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