Raíces de la luz necesaria

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Por Jorge de Arco

 

Más de cuatro décadas lleva Xavier Seoane (1954) dedicado al ámbito de la cultura en sus muy distintas expresiones. Escritor, profesor, conferenciante, articulista, comisariado de exposiciones…, su pasión por el mundo artístico y literario se ha mantenido constante a lo largo de todos estos años. Y sobre todo en su Galicia natal, donde ha desarrollado la mayor parte de sus actividades.

 

Ahora, la editorial ourensana Linteo, da a la luz una oportuna compilación en versión bilingüe y traducida por el propio autor bajo el título “Elogio del vivir”. El volumen reúne una amplia muestra de trece de los poemarios editados por Seoane hasta la fecha, desde “La nuca del pájaro” (1978) hasta “Espiral de sombras” (2013).

El quehacer del vate coruñés se orilla desde una visión de la existencia en la cual confluyen la celebración del vivir y lo frágil del ser humano ante su finitud. Como es lógico, sus primeros libros se sostienen sobre componentes más gozosos y derraman un verso liberador y cómplice. Tal y como puede leerse, p.ej., en su libro “El canto de la tierra” (1987):

Portada Raíces....

Ved

la transparencia

el aire

olas cubren montañas

valles se abren al mar

el amor es diadema

de inmensidad

como fruto sonámbulo

resplandece el rocío en el huerto irreal

la luz radiante pasa acariciando

hombres bestias y aves

 

La amplitud de su obra deviene en una latente variedad temática que escenifica territorios, protagonistas, acordanzas, experiencias…, las cuales se aúnan a la hora de conformar su personal mapa lírico. A su vez, los elementos ficticios, reales, visionarios, alegóricos, quiméricos, vitalistas y amatorios se ordenan de manera coherente y rigurosa para dar cuenta de un cántico de sobria modulación:

Danzaremos.

En el azul danzaremos

Más allá del silencio danzaremos,

detrás del corazón, en la paz de los cielos,

más allá del deseo danzaremos.

 

En su estudio previo, Xosé María Álvarez Cáccamo analiza con precisión las etapas y claves de la poesía de Seoane. Y en él, reconoce hallar “la inteligente selección de adjetivos vitalizadores, el manejo de un léxico culto y rico en matices y la habilidad rítmica”. Todo ello, sumado a las trascendentes características renovadoras que trajo la Generación de poetas gallegos de los 80, de la que Seoane fue parte muy activa.

 

La lírica del poeta gallego tiene un hálito biográfico que hace de su palabra geografía cercana. El tiempo y el espacio que articulan la verdad de sus textos remiten a un relato solidario que retorna al origen y se deja ganar por la vigencia de unos sentimientos plenos de certidumbre:

 

Regálame tus ojos.

Son pétalos que arrastran lentas aguas.

Regálame tus labios.

Son raíces de la luz necesaria.

Deja

que nuestros cuerpos se alcen

a la intacta serenidad de un grito o un disparo.

Regálame el crepúsculo de todas las derrotas,

la más lenta promesa de los días y los años.

 

Cabe destacar también que el tema de la muerte signa en buena medida el conjunto y, aún a sabiendas de que Seoane revela la falta de opciones ante su íntima caducidad, ensaya la manera de asumir y modelar tan complejo trance:

 

La muerte es un horizonte

en el que todos los sueños

pueden cumplirse

cuando la vida no tiene nada que darnos.

 

En suma, una antología elocuente y llena de atractivos, que acerca al lector el decir de un escritor de largo aliento lirico, con “ese misterio insomne y silencioso” que necesita toda buena poesía.

Neruda, tentativa de hombre infinito

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Por Jorge de Arco

 

Quien junta estas letras tuvo en su adolescencia a Pablo Neruda (seudónimo de Neftalí Reyes Basoalto, chileno, 1904-1973, premio Nobel de Literatura en 1970) como un icono poético fundamental, sin discusión. Los ineludibles Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) siguen reposando en mi cabecera después de mucho tiempo. Y aludo a ellos porque son referencia obligada a la hora de exponer impresiones acerca de tentativa del hombre infinito (Cátedra. Madrid, 2017), su tercer poemario de juventud, y que vio la luz en 1926. El primero fue Crepusculario (1923).

 

Antes del éxito inmediato y descomunal de Veinte poemas…, que él mismo no tardó en considerar obra menor y secundaria en su trayectoria, el poeta ya estaba ensayando otras vías de lenguaje. Algunos textos suyos mostraban incluso un cauto interés por la poesía vanguardista. De ahí a la expresión experimental de esta tentativa solamente quedaba el paso definitivo. En su decisiva edición crítica del texto, Hernán Loyola lo define, tal vertebración temática, como nacido de un viaje nocturno y sustentado en un “lenguaje poético de intención vanguardista basado en la ausencia de puntuación y mayúsculas y dispuesto como una cadena heterogénea, deshilvanada, de sintagmas o segmentos yuxtapuestos en asociación más o menos libre o arbitraria, no desprovista, sin embargo, de una subyacente lógica discursiva”.

En efecto, el pretendido rigor formal encierra dos motivos recurrentes en el devenir lírico nerudiano: El yo humilde, atómico, ante la infinitud cósmica, y enfrentado a él, la mujer sacralizada como móvil de persuasión agente y tal vez pasivo.

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El esbozo originario de tentativa del hombre infinito se centra en un primer verso, “he trabajado solo soy el principio de mí mismo”, el cual se va extendiendo hacia una divagación del propio ser confrontado a horizontes por descubrir, aunque este temor a lo ignoto en absoluto le disuade de continuar una búsqueda necesaria: “oh noche mía en mi hora en mi hora furiosa y doliente/ acoge mi corazón desventurado”. Y como queda dicho, el ser que se le enfrenta es el de la mujer corporeizada y casi intemporal, el de la amante casi infinita que se devuelve al territorio de los sueños del hombre, y que nunca deja de reencarnarse como entelequia y respuesta salvadora, inicio y fin del poema más sincero: “al lado de mí mismo señorita enamorada…/ sin embargo eres la luz distante que ilumina las frutas/ y moriremos juntos”.

 

Pablo Neruda se sentía a gusto explorando una dimensión poética que se supone inefable, o, lo que es igual, anhelaba la percepción de un logos indefinible, el acercamiento a una experiencia imposible de abarcar con la palabra única. Eso sí, su constancia y su labor indesmayable se plasma en la autoría de una obra representativa de las distintas orientaciones literarias que jalonan el siglo XX: el simbolismo, la poesía comprometida, las tendencias más reveladoras están presentes en su dilatadísimo quehacer. Todo ayuda a que el concepto de originalidad, tan extenso e intenso en cualquier caso, pueda verificarse como la más importante característica de sus creaciones. Además, su claro dominio de la lengua española y de la sintaxis poética se lo ponían en bandeja: “yo soy el que deshoja nombres y altas constelaciones de rocío/ en la noche de paredes azules alta sobre tu frente/ para abordarte a ti palabra de alas puras”.

Los líricos hilos de Natalia Tentori

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Por Jorge de Arco

 

Galardonado con el premio internacional “Ciudad de Orihuela” de poesía para niños, ve ahora la luz “Arroz con leche” (Faktoría K de Libros. Pontevedra, 2017).

 

Su autora, Natali Tentori, nacida en Buenos Aires en 1982, ha formado parte de grupos de investigación, acción poética y poesía escénica. Es autora del álbum “Una mitología de las flores” y del libro de relatos “Mil clavados”. Ha sido cofundadora y editora de la Revista Infantil de “Juego Poético Cháchara” y en 2008, ganó el concurso internacional de cuentos “Horacio Quiroga” de 2008 en Uruguay.

 

La unánime esencia del poemario parte de un “guiño solidario a la campaña NiUnaMenos contra la violencia de género, desarrollada en Argentina a través de las redes sociales”.

Pero además de esa cómplice intención, la autora bonaerense se afana en alcanzar una atmósfera de matiz femenina, de la que van surgiendo madres, abuelas, hijas…, protagonistas principales, al cabo, del conjunto.

 

Mi abuela me enseñó a bordar,

me mostró un enorme mantel blanco

lleno de pájaros azules.

Ella lo había hecho con su hermana.

Enhebramos los hilos, nos sentamos

ante un género virgen…

 

…, reza el segundo poema del volumen. Y de esos “hilos” familiares y tan sentidos van naciendo los recuerdos, las anécdotas, los sentimientos que tejen la materia temática del libro.

 

Los poemas de Natalia Tentori se acercan mucho a una prosa poética que agranda su intención narrativa. Carente de rima, con ausencia de ritmo y un notable número de asonancias, sus versos se resienten, en ocasiones, ante la falta de cadencia musical:

 

Una anciana viaja

medio día en burroportada arroz.indd

a visitar a su amiga

de sorpresa.

Cuando llega,

la otra está esperando

el mate calentito,

tortas fritas recién hechas.

Se ven y estalla una risa de tormenta

truenos resuenan en sus panzas

el burro corre asustado

y ellas a carcajadas

cataratas de alharaca

como esqueletos de fiesta bailan…

 

 

     El ámbito pretérito que sobrevuela estas páginas convierte en íntimo recuerdo las vidas que continúan entrelazadas. La memoria de otro tiempo se anuda al corazón y a la pluma de la poetisa argentina y, de su ensoñadora realidad, crecen sugerentes instantes, resueltos con una ilimitada y certera semántica.

 

Los elementos míticos, fantásticos y reales que pueblan la Naturaleza, son también protagonistas de estos textos donde se dibuja un universo entrañable y fraternal y donde se aúnan los hábitos, los rituales, las celebraciones… que miran hacia un tiempo y un espacio muy íntimos:

 

En Cuzco subiendo la montaña

una mujer coya lleva a su hija en la espalda

dentro de una tela que se llama aguayo.


La niña lleva en la espalda una muñeca

atada con otro aguayo más pequeño

y las tres cantan una canción

que llama a la Madre Tierra.

 

La ilustradora colombiana Elizabeth Bulles ha mezclado sabiamente sus bellos retratos con una atractiva y cromática vegetación, completando así, el fiel empeño de un libro de grata y seductora lectura.

Con una brisa del norte

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Por Jorge de Arco

 

     Bajo el título de “Nortes” (Norbanova. Madrid, 2016), se edita el tercer poemario de Antonio Linares Familiar. Este salmantino (Peñaranda de Bracamonte, 1962) afincado en Madrid, lleva años alternando su labor docente con su actividad lírica y traductora.

 

En 2011, veía la luz “El perfil de la torre”. En esta entrega, Antonio Linares apoyaba su contemplación sobre un tiempo distinto y renovador, y sus ojos se detenían en los perfiles y las luces de una Naturaleza fraternal y sanadora:

 

La mirada se torna familiar

ante el diálogo de las piedras;

los días caen entre los surcos

arados con sal de lagrimas

bajo un sol en agonía,

mientras, ajeno a mi caminar,

busco una flor azul.

 

Ahora, en “Nortes”, la “flor” sobre el que pinta su cotidianeidad, se va plagando de incertidumbres, de ausencias, de aguaceros, de nombres, de soledades, de insomnios… que susurran junto al corazón la llama del tiempo inexorable.

La memoria se derrama y se recuesta en los silencios que sirven de reflexión a un yo poético esperanzado si descreído:

 Nortes portada

Miro hacia donde no estoy

y descubro una figura

perdida en la esquina de la edad:

con una señal me indica

trazos de mi sombra y

con una brisa del norte

los arrastra hacia una escalera de caracol

y nos reúne a la mesa

par diluirnos en este momento.

 

 

En el decir del vate salmantino se funden elementos de indudable interés: un personal simbolismo, una íntima reflexión sobre el  ceremonial de la existencia y una visión realista y, en cierta medida, descarnada, sobre la finitud del ser humano. Elementos, al cabo, que se conjugan de manera solidaria bajo una luz común y reveladora.

 

Dividido en cuatro apartados, “Norte de lugares y memorias”, “Norte de las convicciones”, “Norte de los silencios” y “Norte de la (in)con(s)ciencia”, el volumen va trazando un mapa de andanzas y remembranzas, de soles y lunas, de  pavesas y llamas.., que sostienen las pretéritas y las vigentes vivencias que conforman el día a día del poeta:

 

Aquí ahora, asumo los requisitos de estar vivo.

Injerto mi alma en su cauce,

disuelvo los miedos en la esperanza

para que mis cenizas en alguna mirada

sean viento, lluvia, árbol, o una lágrima.

 

Después de leer -y releer- los versos de Antonio Linares, he recordado, al poeta suizo Hans Grapp, quien dejara escrito en su libro “Monólogos del tiempo”: “Mi Norte no tiene fronteras./ Mi Norte es una herida,/ una palabra huérfana./ Mi Norte es el rincón de mis anhelos”.

Los anhelos, sí, las inquietudes, las preguntas, que van surgiendo al hilo de estas paginas, conforman el universo almado de un escritor de palabra viva y verdadera, honda y  desnuda, que pugna por salir ileso de la desigual batalla contra la vida:

Escucha a las urracas,

graznan mis pecados

más allá de esta copa

que se vierte sobre mi tumba.

 

Palabras en la tarde de Juan Cueto

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Por Jorge de Arco

 

Bajo el título de “Palabras en la tarde”, se reúne una atractiva antología de Juan Cueto-Roig (Verbum. Madrid, 2017), escritor cubano, nacido en Caibarién y exiliado en 1966, que reside actualmente en Miami.

 

Esta compilación aglutina poemas de sus dos libros editados, “En la tarde, tarde” (1996) y “Palabras en fila, en clase y en recreo”, además del apéndice “Últimos poemas”.

 

El decir de Cueto-Roig tiene una intención esclarecedora, un fondo de serena coherencia y su expresión se orilla al par de un verso solvente. Testigo de cuanto sucede en derredor de sus días y su corazón, sabe modular los tempos líricos y envolverlos en la sonora música callada que dicta su oficio de creador. Así, en su poema titulado “En la tarde, tarde” escribe:

 

Que no sea en la noche,palabras-en-la-tarde

ni en la mañana;
que tampoco se prestan las mañanas

para muertes ni despedidas.

 

Que sea en la tarde, tarde.

A esa hora en que parten las aves

en plácida fuga.

Y que llueva.

Una lluvia de invierno

pertinaz y sombría

que borre horizontes

y el color suprima.

 

Sí, quisiera morir

en una tarde borrascosa y fría,

como lo hace a veces

sin darse cuenta el día.

 

El vate cubano domina las formas tradicionales y sabe conjugar su verso al hilo de variadas estrofas –sonetos, décimas…-, sin dejar atrás, en otros casos, el son del verso libre.

En sus textos, el lector hallará una temática diversa y una manera muy personal de modelar su discurso; de ahí, que surjan ecos irónicos, resonancias de honda meditación, apuntes amatorios y notas que sirven de sentido homenaje a poetas compatriotas. Virgilio Piñera, Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Alejo Carpentier, Lezama Lima y Eliseo Diego tienen aquí su emotivo espacio reservado.

De este último, precisamente, escribe Cueto-Roig:

 

Tendrá que ver cómo hablaba

cuando nombraba las cosas

tan despacio, tan hermosas

en su voz las recreaba,

que más que hablar transmutaba

en oro en polvo, la nada.

Y al relatar la jornada

de sus urbanos paseos

convirtió en Campos Elíseos

con su voz a una calzada.

 

En este inventario íntimo de anhelos y regresos, de adioses y esperanzas, hay una otredad de solidaria contemplación, una forma de mirar el mundo de la cual extrae el sujeto lírico su material. Entre “flores aladas”, bajo la “geometría del silencio”, junto a “la papaya y el plátano”, al lado de “los nombres y las cosas”…, su cántico sigue bordeando el azar del futuro, la incertidumbre del mañana. Y todo ello, dicho mediante un verbo  que no quiere hundirse en los fríos  abismos de la existencia:

 

Tiene algo de lágrima el agua,

toda agua.

Lo insinúa tímido el rocío.

Lo sugiere la lluvia,

su tristeza,

la gota en el cristal

…hasta el mar:
de un dios quizás

esa única inmensa lágrima en el espacio.
 

El volumen se completa con una selección de poemas traducidos por el propio Cueto y que recoge las voces en castellano de William Shakespeare, Emily Dickinson, William Butler Yeats, Archibald McLeish, Carl Sandburg, Wendel Berry, e.e.cummings, Constantino Cavafis y Abel Meeropol.

Felipe Lázaro , exilio y residencia

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Por Jorge de Arco

 

Con el titulo de “Tiempo de exilio” (Betania. Madrid, diciembre, 2016), ve la luz una atractiva antología de Felipe Lázaro.

Este cubano, nacido en Güines en 1948, abandonó su isla en 1960 y tras residir hasta 1967 en Puerto Rico, llegó a España, donde se licenció en Ciencias Políticas y Sociología, participó en múltiples actividades como promotor cultural y fundó la editorial Betania, que actualmente dirige.

 

Esta florilegio, que abarca cuarenta años de creación poética (1974 – 2014) -y amplía la que se editase trece años atrás, “Fecha de caducidad -1974 -2004”-, contiene un anexo, que recoge 16 poemas publicados en revistas, compilaciones o libros dedicados a otros autores, bajo el epígrafe de “Tiempo de exilio”

El resto del conjunto reúne textos integrados en los otros cinco volúmenes publicados por Felipe Lázaro hasta la fecha: “Despedida del asombro” (1974), “Las aguas” (1979), “Diritambos amorosos” (1981), “Los muertos están cada día más indóciles” (1987) y “Un sueño muy ebrio sobre la arena” (2003)tiempo-de-exilio_p1

 

Su condición de exiliado ha marcado en buena medida la identidad lírica de Felipe Lázaro:

 

Todo exiliado es un sobreviviente

que rescata del naufragio la patria

convirtiéndola en su única balsa,…

 

escribe en el poema “Fecha de caducidad”.

 

En el prefacio a esta renovada edición, Francis Sánchez ahonda en las claves líricas del vate cubano. Además de la ya anotada temática del exilio, advierte de que su poesía va refrenando los sentimientos dramáticos” y se inclina hacia  tonos de aliento festivo, irónico”, donde surge “la búsqueda de la felicidad sin el plomo de la política”. Los textos de trama amatoria constituirían el tercer apartado de su tipología argumental.

 

La relectura de estos textos me ha devuelto el son acompasado, revelador y valiente de un poeta que apuesta por llamar a las cosas por su nombre, y que batalla, por igual, en pro de la justicia y de la integración, de la felicidad y la esperanza:
Al final, somos como líneas paralelas,

la nada más temática y plural:


intentar siempre un exilio que nunca termine.

 

Los versos del vate cubano se suceden y se crecen con la necesaria  hondura que la poesía necesita, con el latido veraz que haga removerse y conmoverse al lector:

 

Tan fría es la ausencia

 que hasta el silencio

 se hiela.

 

Al decir de Felipe Lázaro, se une otro aspecto relevante: la nostalgia, la cual agrandándose al par del tiempo vívido y vivido y que torna ansiedad la memoria. Y hay espacio, también, para la existencia, para el olvido, para el dolor, para la ternura, para el deseo…:

 

 Eres mar y eres tierra a la vez:


mujer poblada de la más estricta belleza.

Eres una larga y pausada sonrisa

una tierna mirada sedienta de placer.

(…)

Y aún así seremos lo que quisimos ser:

amor y algo más que amor,

sexo y algo más que sexo, hueco o relleno,

furia o abismo.

 

Felipe Lázaro ha ido ha ido trascendiendo su voz, madurando su cantico, y esa depuración verbal ha derivado en  un verso de mayor rotundidad, de sonora dicción.  Todo ello, resulta aún más palpable, cuando el poeta afronta el tema de la mortal existencia, cuya sombra sobrevuela con intensidad esta antología: “La muerte espera apacible su mejor hora (…) como una gata en celo aúlla su vaticinio,/ me cerca las cejas hasta poblarlas de espanto,/ cerciorándose de que no escape a sus llamadas”.

 

Al cabo, una antología enriquecedora e ininterrumpida, gratamente humana, dadora de verdades y de enigmas.

DE MADRID, AL CIELO

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DE POESÍA IBEROAMERICANA                                               

 

Jorge de Arco

 

DE MADRID, AL CIELO

 

    

      Cuando el otoño va ganando terreno y su luz cobriza va cerniéndose sobre Madrid, el color de su cielo se torna inolvidable. Sus reflejos pueblan de luz la memoria y es fácil volver a la infancia de los parques, al placer de contemplar, boca arriba, el pasar de puntillas de los días, con sabor a felicidad y sosiego.

En sus amaneceres silenciosos pareciera que Madrid se vuelve fábula de poetas, y de nuevo el príncipe Ocno Bianor nos resucitara del olvido aquella ciudad griega que hizo llamar Mantua para honrar a su madre. Después sería Mantua Carpetananorum -para diferenciarla de la italiana- y también Viseria, Ursaria u Orsaria, por la abundancia de osos en estos territorios para más tarde hacerse arábiga y Magerit, “madre del saber”, “lugar de aires y vientos saludables”.

 

Siempre he vivido en esta villa de asombros, de madroños, de inauditos remedios para cualquier mal. Y en ella he saldado amoríos y soledades, y de ella me he alejado muchas veces, para siempre volver… “Adiós, Madrid; adiós tu prado y fuentes/ que manan néctar, llueven ambrosía”, escribió Cervantes.

Porque Madrid hace ausencia en quien debe abandonarla, y la melancolía del que marcha se volverá deseo de retornar, de alzarse de nuevo entre sus secretos, al mediodía o en la medianoche, cosida su alma a la de esta metrópoli heroica. “A la luz que tus aires aposenta/ Cervantes le dio voz, Velázquez brío/ Quevedo sombras, Calderón afrenta/ rodeando las llamas su vacío./ Y Goya con sutil mano violenta/ máscara de garboso señorío”, dejó dicho Bergamín.

 

Tantos ilustres personajes han sido testigos de su hálito acogedor y tantos han vertido sobre ella pluma, pincel, inspiración… En este siglo veintiuno, Madrid nos sigue llenando con su misterio, con sus sueños, y fiel a su capitalidad permanece como marco indispensable para muchas y muy variadas iniciativas culturales.

 

Ahora, con la reciente publicación de “De Madrid, al cielo” (Editorial Verbum, 2016), esta metrópolis de aliento único retoma su autenticidad lírica.

La antología que me ocupa recoge más de sesenta voces que dedican su cántico a esta valerosa y sugestiva urbe. Se abre el volumen con textos de Luis de Góngora, Tirso de Molina, Francisco de Quevedo, Calderón de la Barca…, para después memorar el decir de Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Miguel Hernández…, y dar paso a un buen número de poetas hispanoamericanos como el uruguayo Mario Benedetti, la argentina María Dinova, los peruanos Alfredo Perez Alencart y Segundo Hoyos Campos, el guatemalteco Héctor Rodas Andrade, la ecuatoriana Siomara España o la colombiana Andrea Naranjo Merino, que escribe en su poema “Movida”:

La noche pasó

como pasa la vigilia

entre el sueño y la distancia.

La movida aún se yergue

en una calle de grandes fauces

junto al viaje que recluyó

el hidalgo en su memoria.

 

Mas no acaba aquí la nómina nacional ni internacional, pues también los textos de Cecilia Álvarez Ángel Guinda, Juan Carlos Mestre, Ángel Petisme, Beatriz Hernanz, Almudena Guzmán, Nuria Ruiz de Viñaspre Beatriz Villacañas o Verónica Aranda…, se unen a los de los iraquíes Abdul Hadi Sadoun y Muhsin Al-Ramli, el saudí Saleh Zamanan, el cubano Luis Rafael o el puertorriqueño Mario

Antonio Rosa:
Madrid, de mis encuentros, Madrid, de mis insomnios.

Ciudad abierta en la herida alegre de las voces, cuerpo de aire,

que se posa de espejos en la lengua de los ojos

para cantarte.

 

El escritor ibicenco José Manuel Lucía Megía afirma en su prefacio que este Madrid “es de todos porque a nadie pertenece, a nadie nunca ha pertenecido. Un Madrid que es de encuentro y de sueños, de esperanzas y de realidades. Un Madrid que es un cruce de caminos donde no tiene sentido la palabra extranjero. Un Madrid que es vida y que da vida a quien sueña”.

 

Y a buen seguro que continuará dándola, pues en su callar y en su bullicio, en su eterno pálpito, habrá segura lumbre que siga encendiendo el alma poética.

 

 

Para espantar el miedo

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Por Jorge de Arco

 

Por vez primera, se reúne en un solo volumen toda la poesía de Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquía, 1965). Esta dramaturga, ensayista y novelista colombiana ejerce la docencia en la Universidad de los Andes y, desde hace tres décadas, vive con devoción su entregada actividad al campo de las letras.

 

 

Su obra lírica se inició en 1989 con “De circulo y ceniza”. A éste, le seguirían, “Nadie en casa” (1994), “El hilo de los días” (1995), “Ese animal triste” (1996), “Todos los amantes son guerreros” (1998), “Lección de anatomía” (2006), “Las herencias” (2008) y el más reciente de sus poemarios -ganador del Premio “Casa de América” 2011- “Explicaciones no pedidas.

 

 

El decir de la poetisa colombiana se articula desde la certidumbre de una cotidianeidad que libera su interior, desde la verdad de un cántico que resucita los instantes alados e  inventaría los paisajes, los nombres y los presagios de una vida de penumbras y soles, de ausencias y presencias:

 

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“Frente a la enorme puerta te detenías.

La noche te apretaba los riñones

y un agua clara y tibia corría hacia tus pies.

Había luz en las rendijas, voces

apagadas, secretas: torpes ruidos

que no debías oír. Quizá ese pedregoso

suspirar fuera llanto. Quédate allí en cuclillas,

silenciosa. No tiembles.

Pronto pasarás esa puerta. Para siempre”.

 

 

En una reciente entrevista, afirmaba Piedad Bonnett: “Creo que en general los procesos de creación necesitan tiempo, lentitud (…) Depende también de cómo emerge de uno, porque la poesía es muy mágica, muy subconsciente, la poesía asocia cosas más allá del dominio que uno tiene”.

Y, en verdad, que esa diversidad de “asociación” a la que se refiere, se manifiesta de manera evidente en este volumen. Sus versos se orientan hacia la visibilidad profunda de la palabra, hacia el conjurado cromatismo de una lírica que resplandece como un sugestivo don:

 

 

“Hoy que han tapiado todas mis ventanas,

el tragaluz, las fieras celosías,

que han cosido mis ojos con esparto

y han sellado este cuarto donde ardieron hogueras

(y donde tejió el sueño sus fantasías)

debajo de mis párpados alumbra un par de soles

y un cielo de memoria

arde eterno en mis noches y mis días”.
Piedad Bonnett va reescribiendo a lo largo de sus libros su dicha y su zozobra, su música y su lluvia, su silencio y su sortilegio, y lo  dejo impreso en estas páginas para que el lector se apropie de todo ello, de toda su realidad, de todos sus sueños.

Su lenguaje nace de un acordado compás y con personal pericia sabe cómo fusionar la cadencia y la emotividad de su verbo para extender su mensaje más allá de la sed que nace de su lírica fábula existencial:

 

 

“No sabes lo que llevas

en tu valija. Cuando la abras

volarán golondrinas

y murciélagos a los que harás cantar

para espantar el miedo”.

 

 

Al cabo, un volumen abarcador y luminoso, que aúna la obra de una autora que tiene la destreza de relatar sus experiencias y hacerlas trascender hasta universalizarlas. Y convertirlas en cómplice identidad, en solidario hechizo para el lector.

 

La Luz precisa de la Sombra

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Por Jorge de Arco

 

“Materia del asombro”, la antología de Jesús Munárriz aparecida en Hiperión es, en su género, una obra singular y sugeridora. Publicada en Monterrey (México) en la primavera del pasado año, ha visto la luz en España (2º edición) meses atrás.

Se trata de un volumen abarcador (1970 – 2015) donde el firmante de la selección, Francisco Javier Irazoki, ha optado por agrupar los poemas en apartados temáticos: “Primeras señales”, “Visiones”, “Palabras cívicas”, “Siete nombres”, “Naturales” y “Últimos asombros”. En cifras, se reúnen aquí muestras de diecinueve obras y cuarenta y cinco años de creación.

En la nota previa, el propio Irazoki, escribe: “La cifra 75 sirve para contar el número de composiciones incluidas y la edad de Jesús Munárriz a la hora de editar esta antología”.

 

Quien esto escribe, ha sido fiel a la trayectoria de este oriundo de Navarra, nacido en San Sebastián en 1940 y afincado en Madrid desde la década de los 70, por demás sobresaliente editor, cuya colección “Poesía Hiperión” es objeto de referencia de la actual y pasada poesía nacional e internacional, a las que, además de con sus versos, ha enriquecido con su traducción de poetas de otras lenguas. Al hilo, precisamente, de tan noble labor, dedica Munárriz un sentido y sincero poema, “Monólogo del poeta editor”:

 

“A mí también recuérdenme

más por los que edité que por los que escribí,

aunque éstos los tracé con mis mejores artes

y a algunos les gustaron”.

 

En una reciente entrevista, el propio Munárriz afirmaba que “en la poesía cabe todo, si se sabe cómo portada-la-luzsdecirlo”. Y no cabe de duda de que esta compilación da muestras sobradas de cómo se dice la buena poesía y de cómo la variedad temática de sus textos deriva  en sonora virtud.

En sus páginas, el lector hallará muy distintos paisajes que el yo poético recrea y revive no sin cierta nostalgia. Así, Jena, Turingia o Weimar, se entremezclan con Madrid, Bogotá o un pedazo de la infancia en Navarra:

 

“Me veo hace ya cuarenta años

en el mercado viejo de Pamplona,

que entonces era el único,

la mañana del sábado

en vísperas de Nochebuena.

Voy de la mano de mamá, bien abrigado;

nieva al pasar por el Ayuntamiento”.

 

A su vez, diferentes protagonistas desfilan por la mente y la pluma del autor; unos, cercanos y amigos, como Chicho Sánchez Ferlosio, otros, siempre admirados y queridos: Hölderlin, Van Gogh, José Asunción Silva… A éste último, precisamente, dedica una bella y emotiva elegía, “Silva”: “…nos sigue sorprendiendo, fascinando,/ nos sigue conmoviendo,/ nos sigue provocando/ la belleza”.

 

Y junto a estos instantes e instantáneas citadas, surgen momentos que remiten a una lírica donde prima la enseñanza, la revelación, el conocimiento, el poder, el diálogo, el abandono, la dicha, el desconsuelo, el erotismo… Todo ello, mecido por una precisa música donde el ritmo versal acompasa la verdad de cuanto aquí se canta y cuenta: “La vida, la vida, la vida/ te está esperando; ve a buscarla,/ descúbrela, disfrútala,/ emprende el vuelo, abre tus alas”.

 

Ya dejo escrito la uruguaya Delmira Agustni que “la poesía es lo que queda después del asombro”. Jesús Munárriz lo sabe desde hace tiempo. De ahí, que esta sugestiva “Materia del asombro”, resulte un generoso ejemplo de compromiso y autenticidad tras décadas de entrega literaria: “Todo en mi obra es sugerencia,/ adivinanza, trampatojo;/ la luz precisa de la sombra,/ de encubrimiento el esplendor”.

Un ensayo de ensayos

depoesiaIberoamericana

Por Jorge de Arco

 

Nacido en Villa de María (en la Córdoba argentina), Rafael Flores lleva casi cuarenta años asentado en Madrid. Poeta, novelista y autor de varios libros de narrativa breve (“En una caja oscura”, “Conversaciones con el búho”, “Cuentos de sombra errante”…), Flores es uno de esos escritores que Rupert Woolder definía como “desbordado por su propia vocación”. Porque a esa actividad creadora que señalo, hay que añadir sus artículos y ensayos en diarios y revistas, su larga labor al frente de un taller literario, sus programas radiofónicos y su especialización en algo tan esencialmente argentino, el tango, en torno al cual ha dado a conocer diversos trabajos de investigación y divulgación.

 

Ahora, en la Editorial Babel de su tierra natal, reúne una serie de esos trabajos dispersos, bajo el título de “Semblanzas, prólogos y vivencias”: once textos en total que se inician con “Para nuestra amistad con Rimbaud”, fechado en 1986, y se cierra con “Onetti y la mueca de lo soñado”, de 1994.Portada Un ensayo

No hay, pese a que esos datos lo pudieran sugerir, rigor cronológico en la ordenación de Flores, que ha obedecido a otros criterios; porque encontramos páginas de 2001, 2015 e incluso 2016, junto a las ya citadas y alguna de 1995. Esto, que pareciera irrelevante, no lo es, porque demuestra la intención del autor de dar -en lo posible- coherencia  a la ya apuntada diversidad.

 

Con Rimbaud y Onetti, Flores alinea aquí a Oliverio Girondo, Pedro Milessi, Alicia Contursi, Julio Quesada, Jorge Luis Borges, José Viñals, Albert Camus y nuestro Ramón Gómez de la Serna, por tantas razones ligado al ámbito rioplatense. Se incluye también en este volumen el prólogo que los compañeros del Sindicato Perkins –un esforzado gremio de trabajadores perseguidos durante la dictadura- encargasen a Rafael Flores para “un magnífico libro de testimonios y memoria que recupera su lucha en la década de 1970”.

Como bien explicita el título del libro, hay elecciones derivadas de la admiración y su influencia -¿afinidades electivas?-, pero también ”vivencias”, es decir, personajes con los que se han compartido horas, criterios y experiencias.

 

El decir de Rafael Flores discurre de manera acompasada a través de un prosa directa, fluida, que facilita al lector adentrarse en los personajes y escenarios que va proponiendo. Además, el análisis de sus protagonistas se vertebra sobre sugerentes consideraciones, lejos, como ocurre en otros casos, de las afirmaciones categóricas.

Valgan como muestra algunos ejemplos, tal el que dedica al conjunto literario de Oliverio Girondo:

 

“Una obra que uno siente latir en las raíces de la condición poética, fuera de escuelas y filosofías, fuera de sí mismo, como en la danza, en el puro poema”.

 

Y el que se refiere a su añorado compatriota:

 

“Tal vez, Borges, siga siendo lo que él intuyó ser: un yo universal, un yo imposible… O acaso un día retorne, igual a sí mismo, horrorizado otra vez por los espejos que acabarían  ganándole la partida”.

 

 

Y el que dedica al Juan Carlos Onetti, del que afirma:

Onetti toma el pulso al siglo que vivimos desde el rincón de las jóvenes repúblicas latinoamericanas, ávidas de lo nuevo y conjetural. Mirándole en perspectiva advertimos de que reconoce a Joyce, a Proust y sobre todo a Faulkner. Camina con similar inquietud al mismo tiempo que lo hacen los existencialistas. Pero es un ciudadano de la urbe rioplatense convertida a un conexo laberinto -Buenos Aires-Montevideo- con voces culturales propias alimentadas en su impresionante e impresionante magma suburbial”.

 

Al cabo, un excelente y atractivo ensayo de ensayos, que tiene en su dinámica variedad su mejor virtud.