Homenaje al poeta Leopoldo de Luis en el centenario de su nacimiento

De izquierda a derecha Jorge Urrutia, Juan Van-Halen, Emilio Porta y Juan Manuel de Prada

 

Por María José López de Arenosa

El pasado 9 de mayo, la Asociación de Escritores y Artistas Españoles AEAE rindió un emocionado homenaje a Leopoldo de Luis con ocasión del centenario de  su nacimiento.

El acto, en el que se recordó al poeta en toda su dimensión humana y literaria, estuvo presidido por Juan Van-Halen, presidente de la Asociación, y contó con la participación de Emilio Porta, Juan Manuel de Prada y el hijo de Leopoldo de Luis, el catedrático de literatura y escritor, Jorge Urrutia.

Juan Van-Halen se refirió a él como uno de los poetas más importantes del siglo XX.  Colaborador de las revistas Garcilaso y Espadaña en la posguerra, fue también buen conocedor de la filosofía existencialista, especialmente de Sartre y Camus, cuya influencia se reflejó en su poesía. Pertenecer al bando de los vencidos en la Guerra Civil y estar señalado como republicano le llevó a renunciar a su primer apellido –Urrutia―  para su producción literaria, pero jamás hubo en él un ápice de resentimiento.  Destacó Van-Halen su gran categoría humana y su generosidad, así como los muchos años en los que Leopoldo de Luis formó parte de la Junta Directiva de la Asociación impartiendo consejos y sabidurías.  Manifestó, además, su agradecimiento personal por el apoyo que le brindó en sus comienzos literarios y por el prólogo que escribió para su poemario Púrpura y ceniza.

Juan Van-Halen recordó que tuvo el honor de formar parte del jurado que otorgaría el Premio Nacional de las Letras Españolas a Leopoldo de Luis en el año 2003 y de comunicárselo personalmente. Terminó su intervención leyendo el soneto elegíaco En la muerte de Leopoldo de Luis, que le dedicó a su fallecimiento y que reproduzco ―con su permiso y mi agradecimiento por ello―  a continuación de esta reseña.

Emilio Porta recordó su relación personal y literaria con el poeta, quien lo apoyó y aconsejó en los inicios de su carrera literaria. «No es un poeta social, sino un poeta profundo, profundo ante la vida, con una poesía, sobre todo, humanista,» dijo. Para Emilio Porta, cuya intervención concluyó también con un poema dedicado a Leopoldo de Luis, se trata de uno de los máximos representantes de la poesía española del siglo XX, pero también de la dignidad, con una gran sencillez como escritor y como persona que hablaba también a través de sus silencios.

«Tenía la música de los clásicos y la fibra moral del 98 y del 27, pero también una verdad doliente, pero sin resentimiento,» dijo Juan Manuel de Prada, a quien el destino le tenía reservado ser testigo de su fallecimiento, en el año 2005. «Fue una muerte apacible, desvaneciéndose sin sufrimiento.  Estoy seguro de que al morir tenía en mente a su mujer,» dijo.  Destacó cómo Leopoldo de Luis, pese a su estigma republicano, hizo bandera de la reconciliación y del perdón y terminó su intervención con la lectura de la necrológica que publicó en ABC.

La intervención del hijo de Leopoldo de Luis, Jorge Urrutia, estuvo llena de recuerdos personales y familiares e hizo un repaso a su trayectoria literaria, desde sus primeros poemas publicados en la revista Pregón Literario.   Recordó también a los amigos de su padre: Miguel Hernández, Luis Rosales, Dámaso Alonso, León Felipe y José García Nieto, entre otros.  Destacó que para su padre la Asociación de Escritores y Artistas Españoles fue un segundo hogar, especialmente después de enviudar, lo que le ayudó a sobrellevar su soledad, sintiéndose acompañado y en familia.

El acto terminó con la lectura de poemas de Leopoldo de Luis por parte de todos los ponentes, además de Milagros Salvador y Consuelo Triviño.

 

EN LA MUERTE DE LEOPOLDO DE LUIS

 

Se fue Leopoldo por donde solía:

calle de la verdad a media tarde.

Se fue por donde el verso en fuego arde:

plaza mayor de la melancolía.

 

Y le estoy esperando todavía.

El corazón me grita que le aguarde,

que le veré otra vez, que le resguarde

en esta noche eterna de tan fría.

 

La muerte es una sombra silenciosa

que no podrá apagar la voz que truena

en sus particulares universos.

 

Vencerá su palabra luminosa

sobre la nada, sobre la condena,

en la vida sin diques de sus versos.

 

Juan Van-Halen  (2005)

 

(Publicado en “Quien conmigo va”. Col. Los Cuadernos de Sandua, Córdoba 2008.

Con alguna variación en “Escribo tu nombre”. Col. Gotas del Alma, Madrid,  2013)

 

 

Foto de portada: De izquierda a derecha Jorge Urrutia, Juan Van-Halen, Emilio Porta y Juan Manuel de Prada

Las sátiras de Arturo Dávila

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

Bajo el título de “Sátiras” (Hiperión. Madrid, 2018), se reúnen tres poemarios de Arturo Dávila, “Catulinarias” (1998), “Poemas para ser leídos en el metro” (2003) y “La cuerda floja” (2016),  los cuales obtuvieron los premios Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Nicolás Guillén, respectivamente.

Nacido en Ciudad de  México, Dávila lleva años alternando la docencia –es director del Departamento de Lenguas Modernas en Laney College, Oakland, donde enseña español para estudiantes bilingües– con su labor literaria y, es ésta, un excelente oportunidad para acercarse al universo de su quehacer.

 

En la nota que el propio autor firma a modo de epílogo, reconoce que esta trilogía “contiene múltiples ecos, referencias, homenajes” y añade algunos nombres que han ido signando su decir: Quevedo, Ezra Pound, T. S. Eliot, Ernesto Cardenal y Nicanor Parra. Escritores, al cabo, que le han servido para hallar una voz personal con la cual “burlarse seriamente de lo contemporáneos sin referirme específicamente a ninguno de ellos”.

Portada Sátiras Arturo Dávila
Portada Sátiras Arturo Dávila

 

Con un verso ágil y narrativo, el poeta mexicano va conformando un singular imaginario donde la ironía, el amor y la desdicha conjugan con una verdad trascendente: la necesidad de vivir restándole importancia a nuestra condición mortal. Mantener una actitud escéptica, si complaciente, derivará en una manera de afrontar la cotidianeidad con una dosis mayor de vitalismo:

¡Qué felices son los gordos! 

Cuando bajo la mirada

de un sol rubicundo

se deleitan comiendo una hamburguesa

o despachando una docena de tacos,

¡qué alegría!, ¡qué hermosura!

 

Botero lo ha dejado constatado

.
Sancho Panza les da su bendición

desde el umbral de los siglos. 

El mismo Buda sonríe ante sus excesos.

 

Este retablo poético incluye muy distintos protagonistas. En muchos casos, la pluma de Alberto Dávila es osada y punzante, en otras, burlesca y divertida, y en su mayor parte ingeniosa y, por ende, satírica. Confiesa el propio Dávila que esa forma suya –tan lacerante– de hacer versos, le ha credo distintos enemigos que han querido ver su cabeza rodar. “Afortunadamente –dice– la he podido levantar, herida y maltrecha”. Y lúcida se mantiene para hilvanar textos como éste:

 

 

Dices que tu libro es bueno,

Porcillo,

que vas a sorprender a la crítica,

que “derramará más tinta que un pulpo”,

y que te espera la fama.

 

Tienes razón

muchos lectores ya te lo agradecen,

pues no han vuelto a comprar papel higiénico: 

porque tu novela es mala

con m de mierda.

 

     El conjunto que integra la compilación se presenta, en suma,  como testigo de un modo de hacer distinto, tentador, en donde la parodia y la broma juegan un papel destacado, pero sin perder nunca de vista el componente de originalidad que comporta el ámbito de la sátira. Un arte tan complejo como delicado, y al que el poeta mejicano ha sabido sacar –en estas dos últimas décadas– muy buen partido:

 

 

La riqueza Bonifacio,

sólo lleva a la pobreza.

 

Antes no tenías nada

y eras bueno para todo;

ahora que tienes todo

eres bueno para nada

y sabe sacar muy buen provecho.

 

José Angel Buesa, como lluvia en el alma

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

Con buen criterio, la editorial Betania da a la luz una compilación de José Ángel Buesa (1910 – 1982) y, bajo el título de “Sus mejores poesías”, reúne una amplia muestra del decir del vate cubano.

 

La edición y selección ha corrido a cargo de Carlos Manuel Taracido, quien en su introducción afirma: “Fue un poeta natural, no escritor para minorías. Su verso, melodioso y atrayente, se pega al oído. Hilvanaba el verso con una destreza que debiera ser irrefutable, como irrefutable ha de ser su condición de poeta. Fue por muchos años el poeta más leído y recitado en toda Hispanoamérica y el único que logró vender un millón de copias de los más de veinte cuadernillos que conformaron sus libros, una hazaña que no ha podido superar poeta alguno en nuestra lengua”.

   Buesa editó su primer poemario en 1932, “La fuga de las horas”. Contaba entonces con veintidós años y en la siguiente década publicó otros diez volúmenes: “Misas paganas”, 1933; “Babel”, 1936; “Canto final”, 1938; “Oasis”, 1943: “Hyacinthus”, 1943: “Prometeo”, 1943: “La vejez de don Juan”, 1943; “Odas por la Victoria”, 1943; “Muerte divina”, 1943 y “Cantos de Proteo”, 1944.

Esta etapa de febril creación coincidió con la complicidad de la crítica y de los lectores, quienes aclamaron la emotividad de su poesía y la solidaridad afectiva de un verso que nacía desde el corazón:

 

Gracias, amor, si hiciste que llovieraBUESA antologia

en el último instante de este día,
pues, por ser una lluvia triste y fría,

hubo un rayo de sol sobre una hoguera.

 

Gracias, amor, si tu designio era

que lloviera del modo que llovía

para ofrecerme en una flor tardía

todo el perfume de la primavera.

 

Gracias, amor, si no la merecía,

gracias, amor, aunque la mereciera;

gracias también por la melancolía.

 

Que llueve dentro cuando escampa afuera,

y haz que vuelva a llover de esa manera

como llueve en mi alma todavía.

     El autor isleño viaja con su verbo por referencias temporales y espaciales varias. Y éstas, a su vez, le sirven para alumbrar los estados de ánimo que generan las edades. En algunas ocasiones, pretende sacudirse la enredadera vital que conduce hacia la inquebrantable finitud, el habitual fatalismo del ser humano. Y, en su ánima, reconoce que queda lugar para vertebrar la tristura, pero también la dicha que escriba con su duradera la llama los dones de la existencia:

 

Mi corazón, un día, soñó un sueño sonoro,

en un fugaz anhelo de gloria y de poder;

Subió la escalinata de un palacio de oro
y quiso abrir las puertas… Pero no pudo ser.


y quiso abrir las puertas… Pero no pudo ser.

 

Mi corazón, un día, se convirtió en hoguera,
por vivir plenamente la fiebre del placer;
Ansiaba el goce nuevo de una emoción cualquiera,

un goce para él solo… Pero no pudo ser.

 

La sensación de embriagador latido que envuelve el conjunto de estos versos se une a su íntima sensación de anhelo y residencia en la tierra. El yo lírico se cobija en un existir donde las heridas pretenden ser  efímeras, ajenas a cuanto la vida conjuga en su multiplicidad y progreso ontológicos. El amor, el olvido y la muerte se van presentando como tipologías temáticas recurrentes y sobre esta materia irán alzándose textos de calado hondo y sugestivo.

     En suma, una compilación donde lo romántico ahonda sin premura en la cotidiana realidad y dinamiza la  meditación de lo perdurable, muy cerca del profundo sentimiento:

En el áureo esplendor de la mañana,

viendo crecer la enredadera verde,

mi alegría no sabe lo que pierde


y mi dolor no sabe lo que gana.

 

Yo fui una vez como ese pozo oscuro,

y fui como la forma de esa nube,

como ese gajo verde que ahora sube

mientras su sombra baja por el muro.

 

La vida entonces era diferente,

y, en mi claro alborozo matutino,


yo era como la rueda de un molino

que finge darle impulso a la corriente.

 

Pero la vida es una cosa vaga,
y el corazón va desconfiando de ella.

 

webmaster: Ana Lucía Ortega

Tres noches sin estrellas

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

Desde una convicción de final de trayecto y pensado como su último libro, se edita “La negación de la luz” (Acantilado. Barcelona, 2017) de Juan Antonio Masoliver Ródenas. El volumen incluye dos poemarios: el ya citado, que da título al conjunto y “El cementerio de los dioses”.

En esta doble entrega, el autor barcelonés (1939) despliega un verso de honda sabiduría donde trata de manera valiente la realidad de la vida y de la muerte. Con un lenguaje meridiano en su intención, ajeno a paradojas, va sintetizando las coordenadas del espacio y el de tiempo ya vividas, a la vez que va saciando la verdad de tantos instantes como la vida le fue brindando:

 

Tres noches sin estrellas
es demasiada oscuridad
para los que vivimos días
de luz y de almas. Es
como un tañido perdido
en el silencio, como un desierto

de agua habitado

por la memoria de lo nunca vivido

ni conocido ni amado. Saciedad

de la nada, palacios ajenos
a la luz y al deseo

de tu presencia, que es hoy

búsqueda y anhelo y dolor

en un cielo para siempre

vacío de estrellas.

 

Masoliver Ródenas busca a través de su yo poético un cobijo para el vacío, una lumbre frente a la oscuridad, un recuerdo queTres noches... Portada niegue la ausencia…, y, todo ello, lo tatúa en el horizonte de un corazón desnudo, inacabado, con el que quisiera aplacar el dolor de lo perdido. La autenticidad de su palabra radica en la manera en la que indaga en la raíz de su ser. Hombre y lenguaje forman una alianza de días y de memoria que late en el umbral más puro del deseo. Su existencia es posesión, luz perdurable, nostálgico enigma, ayer:

 

El niño que vive todavía en mí

está destrozado, sin saber
ni siquiera por qué vive,
por qué llegan las noches

con ruidos que han de herirnos

para siempre.
No hay reposo
en la magra vida del anciano

en la amenaza de sus días

funestos.

Y al abrir la cancela
el niño es una lápida sin nombre,

pues carecen de nombre
las cosas que han dejado de existir.

 

En “El cementerio de los dioses”, el autor catalán se reconoce en la guarida que signa el amor y quiere comprender los rostros que nacen detrás del rumor del verbo, entre los sueños del asombro, bajo la nieve inocente. La soledad se aparece como un tigre acechante y habita como música en el aire muy cerca de la edad de su espíritu:

 

Vivo la tristeza de no saber  tocar la cítara

a mis setenta y cinco años. De no saber

besar con los ojos abiertos, ni tejer,

ni entender lo que pienso, cada vez

mi cerebro más lleno de barro

y de tentaciones que no puedo

cumplir.

 

Mediante una alquimia de homogéneas cavilaciones, de vívidas creencias, de empíricos sentimientos, Masoliver Ródenas escribe el trayecto de su destino, el íntimo mapa de su mañana. Tan íntimo devenir recorre la realidad de quien anhela reconocerse y anudar su conciencia a la estatura de su vívido acontecer.

En suma, un volumen que brilla entre las sombras de expresividad versal, que abraza la voz de un poeta mayor y solidario:

Voy al cementerio de los dioses

Donde me espera todo el pasado,

el mal vivido y el mal escrito.

La liturgia de las horas

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

Desde que en 2001, obtuviera el premio Adonáis con “Una interpretación”, Joaquín Pérez Azaústre (1976) ha editado otros cinco poemarios -“Delta” (2004), “El jersey rojo” (2006, Premio Internacional Fundación Loewe Joven”), “El precio de una cena en Chez Maurice” (2007), “Las Ollerías” (2011, Premio Internacional Fundación Loewe) y “Vida y leyenda del jinete eléctrico” (2013 Premio Internacional Jaime Gil de Biedma)- reconocidos con prestigiosos galardones y bien valorados por la crítica.

 

     Ahora, en su nueva entrega “Poemas para ser leídos en un centro comercial” (Fundación José Manuel Lara. Vandalia Sevilla, 2017) explica el poeta cordobés que dio inicio a esta lírica aventura, cuando paseando por un centro comercial, tuvo la impresión de estar atravesando las ruinas rutilantes de nuestra memoria sentimental. Por eso, no es casual la cita de Barry Brummett que sirve de pórtico: “Los centros comerciales son instrumentos retóricos de la cultura capitalista, textos retóricos gigantes”.

 

El volumen, si dividido en siete apartados -“La edad de oro”, “Salas abandonadas”, “Cine épico”, Sesión de tarde”, “Edición para coleccionistas”, “Agencia de viajes” y “Liquidación por cierre”-, viene signado por una común intención, por un hilo temático que nace desde un espíritu que quiere y necesita alzarse para contemplar desde un espacio distinto la confusión reinante en este nuevo siglo.

Y así puede adivinarse desde el primero poema del volumen, “Petrópolis”:

En esta habitación de hotel no soy un hombre,

ni soy un hombre más, ni un único hombre,

ni mucho más que un hombre a punto de morir.

El espejo del baño me muestra un hombre muerto,

que ya sabe que ha muerto,

que planeó la liturgia de las horas contadas

y las pocas palabras que aún podré escribir.

 

     La alternancia de la prosa y el verso, el uso de referentes cinematográficos y de aspectos autobiográficos, la expresión cotidiana y meditativa, el aroma nostálgico y futuro de los versos…, se conjugan de forma precisa y conforman un conjunto unitario, de solidaria condición vitalista:

Y pensar que esta noche voy a tenerte aquí,Portada

que vas a estar aquí como un vuelo de hojas

que silenciosamente hubiera huido del día

con su espiral pequeña, con su abrigo menudo

y la discreción pura de un diamante de aire.
Secretos de una piel, reverberación blanca,

mecánica de hielo, no hay sangre en la nevera

ni ningún testimonio sobre el sabor de un hombre.

Si entras por la ventana, porosidad en apuros,

camisones de lluvia con levedad aparente

mientras bailas descalza con cerezas de postre,

destaparé la caja de metal azulado

para que entres y duermas, y descanses.

Con el rumor de los enjambres

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

Con su habitual esmero, el Fondo de Cultura Económica reedita “Vengo del norte”, poemario con el que Aurelio González Ovies obtuviera un accésit del “Adonáis” en 1992. Era éste, entonces, su cuarto libro, tras haber obtenido con los tres anteriores los premios “Ángel González” (1990), “”Ateneo-Jovellanos” (1991) y “Juan Ramón Jiménez”.

 

Veinticinco años después, se brinda la ocasión de reencontrarse con una obra que sorprende por su vigencia,  reivindicadora de una búsqueda permanente del yo lirico y anhelante de un sobrio intimismo comunicativo. Estos versos apuestan por una persuasiva tensión que deviene en creativa libertad, desde la cual surge una esencia íntima que susurra al oído la inminencia de cuanto se ha vivido y resta por vivir:

 
Vengo del norte,

de donde la tristeza tiene forma de alga,

de donde los siglos son muy anfibios todavía,

de donde las grosellas son un veneno puro,

para beber un trago cada noche.

(…)

Quiero vallar aquí la eternidad para

                            [todos los míos.

 

     En su prólogo titulado “La palabra”, Francisco Álvarez Velasco anota que en este volumen están “los temas y motivos que el autor asturiano nunca ha abandonado: la memoria impregnada de melancolía, el doloroso sentir de que el tiempo huye (…), el amor a la naturaleza y a los que le rodean y lo ayudan a hacerse como hombre y como poeta”.

Y, en verdad, al recorrer estas páginas plenas de humanismo y de realidad, se atisban esas claves señaladas al par de la vivísima intuición lírica de la que hace gala González Ovies. La existencia se presenta como una espacio de remembranza que es, a su vez, permanencia y mudanza. Junto a éstas, queda el fulgor de las deshoras que estuvieron muy próximas y, ahora, aguardan el mañana:

 

Vengo del norte,

de donde las sirenas siguen llamando a Ulises,

de donde los recuerdos se borran con la lluvia,

de donde los destinos se reman con los brazos

   muy abiertos.

Ella viene conmigo,

para daros a luz una provincia de perfumes.

Ella trae las cenizas del gélido nordeste.

Vengo del norte,

a encender las luciérnagas de vuestra soledad,

a tatuaros la piel con el rumor de los enjambres.

 

Una declaración de intenciones, al cabo, que sitúa al lector ante  una verdad que nace como relato de un viaje interior. El poeta se asoma al universo que lo rodea con los ojos, con los oídos y con el tacto. Su verbo, ungido de soledades, dialoga con lo pretérito y lo venidero, y por ende, se esfuerza por hallar en los paisajes del ayer el rumbo preciso para afrontar su mortal condición.

“Estas son las tierras honradas de Aurelio González Ovies, siglos de signos grabados sobre el barro emocional de la cultura y las rocas de la decencia que todavía cimentan la cabañuelas y el faro del lenguaje”, escribe Juan Carlos Mestre en su precisa introducción, “El lugar”.

Y, éstas, son también, las imágenes cromáticas que se dan cita en este hermoso poemario, en el cual conjugan con exactitud el vitalismo y la derrota, el esplendor y la calma, las promesas y los adioses, la dicha y las lagrimas.

 

     Poesía, en suma, que respira desde el corazón y que hace de su verso emocionada llama que no quisiera ser pavesa nunca:

 

Soy recuerdo y soy faro,

y soy costa que espera vuestros ágiles remos,portada vengo del norte

vuestro asomo de muelle, vuestra mirada libre.

(…)
Es muy fácil soñar lo que nunca seremos,

lo que, a pesar de todo, hemos perdido.

 

   muy abiertos.

Ella viene conmigo,

para daros a luz una provincia de perfumes.

Ella trae las cenizas del gélido nordeste.

Vengo del norte,

a encender las luciérnagas de vuestra soledad,

a tatuaros la piel con el rumor de los enjambres.

 

 

Webmaster: Ana Lucía Ortega

 

Las soledades de Pablo Medina

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

       Novelista, traductor y poeta, Pablo Medina (La Habana) lleva décadas entregado al ámbito de las letras. Su tarea docente como profesor de literatura en el Emerson College de Boston no le impide mantener, a su vez, una intensa actividad literaria.

Desde que en 1975 viera la luz “Pork Rind and Cuban Songs” (1975), el escritor cubano ha mantenido su fidelidad al verso en sus siete poemarios ya editados.

Ahora, se publica “Soledades” (Betania. Madrid, 2017), una nueva entrega donde podrán hallarse muy distintos territorios, personajes, escenas…, en las que el yo poético revive y reinventa su ayer y su mañana.

Dividido en cinco apartados, “Hacia la Isla”, “El sueño de la razón”, “Manual de las estrellas”, “El gran despertar” y “Cuaderno de Bitácora”, el libro oscila entre el aprendizaje y la revelación, entre el tiempo y el poder, entre el asombro y el abandono, ente la dicha y la tristura. Y todo ello, a través de un discurso heterogéneo e insomne:
Paraíso perdido entre la luna linterna

y un rayo silente.poesiaportada_diciembre20171

 

En el patio yo me entendía con los arcabuceros.

Hay hombres que son piedras

y otros que son pétalos.

 

No hay nada que no sea sacrificio,

umbral, término de un franco tirador

que no disputa los derechos de las alimañas.

Cuando llega el sufragio de los platos rotos.

 

Un ocaso azafranado nos espera,

allí donde hay playa,

franja verde, tierra firme,

ahora espectro, ausencia

 

ganso ciego ante el mar

husmeando la concupiscencia.

 

En las esquinas de su quehacer, se alinean también el extrañamiento de un verbo reflexivo y dialogante. Sus soledades andan y desanda lo vivido, batallan con cuanto se ha convertido en anhelo y se refugian es escenarios más allá de lo terrenal.

Lo creado se convierte entonces en misterio, en visionaria conceptualización, en fidelidad a su propio y ajeno acontecer:
Y así queda patente en su poema “El concierto de la indiferencia”:

 

Hay días soleados en que uno está ausente.

Se abre la tarde como un gran melón.

El sol pare ochenta y ocho teclas.

 

Me dirigía al parque y apareció

una memoria en traje de baño,

junto al mar, mirando al horizonte,

 

pero no tenía cara y no tenía alma,

como la belleza del hielo o del azar,

como el concierto de la indiferencia.

 

Con fecunda naturalidad, Pablo Medina ha vertebrado un volumen en el que reivindica un estado de permanente alerta. A través del amor y del deseo hilvana un azar comunicativo que, sin embargo, no siempre puede revelarse en una primera lectura. Su lenguaje se extrema y mantiene una tensión lirica que surge con liberadora intimidad.

 

Un poemario, en suma, sonoro y multiforme, evocador y cósmico:

 

Los lagos dilatados de tus ojos

son como las bocas de Dios,

insaciable comelotodo,

gran artista del ocio y de la furia.

Los campos elíseos se sumergen

en los humos de las factorías.

Cae una lluvia de cenizas.

Hay un nido debajo del silencio,

nido llanto, nido escombro, nido nada.

 

webmaster: Ana Lucía Ortega

Presentación del disco Brasas de la memoria, de José López Martínez en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles

 

Por María José López de Arenosa

 

El pasado 16 de noviembre, en el salón de actos de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, presidido por un busto Antonio Machado, obra de Belliure, y flanqueado por los retratos de ilustres figuras de nuestras letras como Jacinto Benavente, Núñez de Arce, el premio Nobel José Echegaray, se presentó un disco con los poemas del libro de José López Martínez, Brasas de la memoria.

 

José López Martínez, a la izquierda de la mesa
José López Martínez, a la izquierda

Un espacio incomparable para escuchar, además de los poemas de José López Martínez, sus propias reflexiones. «Este libro recoge la palpitación literaria de toda una vida,» dijo.

La presentación corrió a cargo de Emilio Porta, vicepresidente de la Asociación y Mercedes Rodríguez de la Torre declamó algunos de los poemas del libro, editado por Vitruvio, que cuenta ahora con esta versión oral en la que también podemos escuchar la voz del propio autor hablando sobre su poesía.

Emilio Porta hizo una semblanza de José López Martínez quien, además de ser director general de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, es autor de más de 30.000 artículos sobre literatura publicados a lo largo de una larga y fructífera vida entre los que cabe destacar cientos de ellos publicados en La Estafeta literaria.   Autor de libros como Lugares de la Mancha, Castillos de España, Los museos de Toledo y director de los suplementos culturales del periódico Lanza de Ciudad Real y de las revistas La Hora y Luces y sombrasLa suya es una trayectoria inabarcable en estas líneas como escritor que ha cultivado casi todos los géneros.  «Nadie en España sabe más sobre Don Quijote que José López Martínez,» afirmó al referirse a él como el autor vivo que más sabe sobre Cervantes y Don Quijote.  El libro que hoy nos ocupa, es su cuarto poemario, entre los que cabe destacar En el mar riguroso de la muerte, con el que ganó el premio Rabindranath Tagore.

José López Martínez (Tomelloso, 1931), se ha mantenido siempre fiel a La Mancha que, en su caso, además de un origen geográfico, es una vocación cuya impronta queda plasmada en gran parte de la obra de este paciente e infatigable artesano de la palabra en permanente búsqueda de la perfección en el sentido y la forma poética, de la armonía y la metáfora precisa.

En Brasas de la memoria José López Martínez vuelve sobre sus pasos, sobre su propia memoria, y nos sumerge en su lírica rica y en las profundidades de su alma de poeta a través de las palabras, como dice en uno de sus poemas.

 

«Hablar, escribir, soñar acaso

ha de ser la función de las palabras,

que cada cosa por su nombre llegue

a fecundar nuestro conocimiento.»

 

Brasas de la memoria, está hecho de evocaciones y de tiempo y, como bien señala en el prólogo el poeta Miguel Galanes, «responde al inventario más íntimo y personal, tras haberse removido la conciencia, mientras se vuelve a retomar y hacer de nuevo el camino encontrando en el amor la verdad, y lo hasta ahora no hallado.»

 

Los limpios amaneceres, Vigencia de juventud, Mañana gris de la memoria, Nadie nos había dicho, Hoy me despierto, Cuando crece el amor, Alerta, es la palabra… son algunos de los poemas que pudimos escuchar.  El amor, título de otro de los poemas de este libro, es un tema recurrente en la poesía de López Martínez:

«El amor es lo único

que vive tras la muerte,

la referencia clara

de nuestra propia historia.

 

Me estremece pensar en

aquellos que mueren sin que nadie recuerde

su paso por la vida, »

 

Pero como reza otro título, La vida es eso, dolor. Y tristeza «de los amaneceres grises, cuando cae sobre nosotros la lluvia del desamor.»

Llueve sobre los paisajes es el título del soneto dedicado a su gran amigo Juan Van-Halen y que constituye, a mi modesto parecer, una de las composiciones más sublimes y perfectas de este poemario.   No se olvida José López Martínez de sus compañeros de oficio que le han precedido a lo largo del tiempo y acompañado a lo largo de toda su vida: Quevedo, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Leopoldo de Luis y el último dedicado a Joyce y Sara Bernacle.

«Cuando Bécquer dice, Poesía eres tú, está mintiendo a la amada. La poesía es él [Bécquer], que es el creador del poema,» reflexionó López Martínez.  La poesía no estaría en el objeto del poema, sino en el poeta y en su mirada. Siguiendo su tesis, me atrevo a responderle en los mismos términos:  poesía eres tú, Pepe.

Fue una tarde memorable para los amantes de la poesía en general y los admiradores de José López Martínez en particular en la que nuestra sensibilidad se vio reconfortada con un acercamiento a su figura y a su obra y amenizada con su rico anecdotario con las grandes figuras de la literatura del siglo XX a las que trató.  Pero, parafraseando a Cervantes en su elogio a Góngora, «temo agraviar en mis cortas alabanças, aunque las suba al grado más supremo.»

José López Martínez, autor de Brasas de la memoria, junto a la autora del reportaje
José López Martínez, autor de Brasas de la memoria, junto a la autora del reportaje

Narciso, la historia de su sed

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

Bajo el título de “Narciso y ecos” (Fundación José Manuel Lara. Colección Vandalia. Sevilla, 2017), ve la luz el nuevo libro de Juan Vicente Piqueras.

Este valenciano del 60 -actor, guionista, locutor de radio, traductor, profesor…-, con residencia actual en Lisboa, tiene en su haber una extensa obra lírica, que alcanza casi la veintena de poemarios.

 

Hace tiempo que su decir viene signado por una reposada madurez, por un destacado vitalismo, donde los límites entre el ayer y el mañana pretenden alcanzar un punto de cálida unión. Sus versos abordan el dolor, la ausencia, la memoria, el amor…, y parecen querer construir una morada para refugiar el espíritu y alimentar la fe del alma.

 

Esta vez, Piqueras aborda el tema de Narciso y la condición de solitario a la que se ve abocado: un fugitivo incesante ante el miedo a enfrentarse a su verdad. El propio autor confesaba que el proceso de gestación ha sido muy extenso, casi obsesivo, y que al par de los poemas iban surgiendo aspectos íntimos y complejos que dominaban su día a día: “la sed, el desierto, el agua, los espejos, los pozos, la huida de lo que se necesita (…) lo fatal, el que soy, el que hago yo aquí, el dónde, el cuándo, el no tener un lugar en el mundo, y la voluntad de ser preciso y musical, al expresar este desasosiego”.

 

Sobre estos mimbres, el sujeto lírico siente y piensa a través de la figura de un Narciso atrapado por su ensimismamiento, el mismo, al cabo, que sufre la sociedad contemporánea:

 

Narciso en el desierto, sediento de sí mismo,

del agua equivocada de lo que cree ser,

busca un oasis que le sea espejo,

un espejismo donde reflejarse,

alguna voz que convertir en eco

un gran amor que transformar en propio,

un libro donde hablar de sí consigo,

un cuaderno de arena donde escribir: yo soy,

yosoy yosoy yosoy hasta acabar la tinta,

hasta la flor marchita entre las páginas

de un libro de agua que lleve su nombre,

la historia de su sed, y nadie lea.

 

El discurso del vate valenciano sitúa al lector ante la realidad de un tiempo complejo, en ocasiones irrespirable. La soledad a la que aspira el ser humano resulta no sólo una falacia, sino un estado de ánimo cercano a un laberinto de infelicidad.

La mejor forma de sentirse cómodo con la propia conciencia no es el abandono, la desconexión, sino verse reflejado en un diálogo con el prójimo que nos rodea y nos completa:

 

He huido tanto que me he dado alcance.Narciso y ecos

 

Me he visto por detrás huir de mí,

perseguirme.

                       En qué tregua

de huir me toqué el hombro

y al volverme me dije: ¿adónde vas?,

¿de quién estás huyendo?

 

No supe responder.

 

Tiemblo. Lo escribo.

 

El volumen lo conforman poemas, aforismos y fragmentos en prosa que agilizan la lectura y generan una visión de mayor verosimilitud, de mayor pulsión semántica.

Los textos de Juan Vicente Piqueras atesoran, en suma, el fulgor de la pureza lírica, el enigma que esconde la consciencia literaria. Y todo ello, tamizado por una grata música, por unas tonalidades rítmicas que consuenan con exactitud ante la cotidianidad del hombre y su

irremisible cadena -¿condena?- vital:
     Narciso sabe gramática y las fases del amor para él son los modelos de las conjugaciones: Amar – Temer – Partir. O dicho de otro modo: pasión exacerbada – temor a que la misma lo devore -huida del incendio que él mismo ha provocado y que el aire de su huida avivará.

Mercedes Roffé, el rostro en el espejo

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

Mercedes Roffé (Buenos Aires, 1954) lleva décadas entregada al ámbito de la poesía. Tiene en su haber doce poemarios y está considerada una de las voces más destacadas de la actual lírica argentina. Ahora, ve la luz “Las linternas flotantes” (Madrid, 2017), una oportuna reedición de este libro de Roffé, el cual tuviera ya su primer bautismo en 2009.

 

La poetisa bonaerense escribe:

 

El poema es el rostro en el espejo

más verdadero que el rostro y que el espejo.

El poema es el flujo de la sangre

más allá del cuerpo

(…)
El poema es el ritmo de lo otro en mí

más allá de mí, siempre más allá.

 

Y, precisamente, desde ese azogue revelador va alumbrando un decir que se hace brasa, nostalgia, remembranza. La distancia que roza sus párpados se torna reencuentro y la presencia cambiante de la realidad busca la raíz ensoñadora de la palabra más sincera.

Su entorno es una hilera de cromáticas sensaciones donde se conjugan “el azul del azul” o el “verde vida del prado”, mientras la luz que alienta los versos salpica la febril mudanza de lo que ayer fue palpable:
Un álgebra superior

equipara

el día y la nocheMercedes Roffé... Portada

lo que será y lo que ha sido

lo que vendrá y el origen

sereno de las cosas

tumulto y paz

convulsión y mar calma

la realidad se ofusca

           [en el retorno.

 

La multiplicidad del verbo de Mercedes Roffé permite al lector sumergirse como un ilusionista en el lado desconocido del tiempo y del espacio. El yo lírico devela las estancias íntimas por las que pasea su conciencia y dibuja un detallado mapa de sus silentes sentimientos.

Hay preguntas que surgen como fogonazos de incertidumbre y que parecen no encontrar respuesta sino detrás de las umbrías madrugadas:

 

¿El amor será al cuerpo

lo que la contemplación

                      [al alma?

¿Ese sosiego?

¿Esa intuición?

del todo en el instante?

¿Ese relámpago en el que

lo real se revela

acorde con su eco?

¿Será aquel hiato en

     [el fluir del tiempo

el único hogar y

    [patria verdadera?

 

Los veinte poemas que integran el conjunto retratan el fuego y el olvido, la sombra y la sangre, la máscara y el horizonte donde las reminiscencias de la vida cobran trascendente tentación.

En su prefacio, afirma Ángeles Mora: `Las linternas fotantes´ es un libro que quiere ser total y al mismo tiempo particular, que arrastra, que nos presenta una especie de ontología de nuestro mundo, de nuestro ser, desde el origen y la infinitud del universo”.

 

Un volumen, al cabo, ungido por el poder del amor, por la insistencia y el misterio de la palabra extendida en sus cinco sentidos:
Ese vaivén

Esa duda que insiste

somos

Esa esquirla clavada en el costado

del ángel que nos guarda.