El diputado Rufián, entre El rock de la cárcel y el Borriquito como tú

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Tribulaciones de un peluquero charnego

Por: María José López de Arenosa – Opinión

Contactar con el autor: mjarenosa@hotmail.com

 

[…] ven aquí volando a rocanrolear

que el rock de la cárcel va a comenzar, el rock

todo el mundo bailar […]

 

Un retrato de Luis Bárcenas presidía el altar con velas y flores colocado en la entrada de la sede de Esquerra Republicana de Catalunya de Barcelona.  «Es nuestra fuente de inspiración», dijo el diputado Rufián mientras estrechaba la mano del peluquero.  Le tengo una especial devoción. Nadie me ha ayudado tanto como él. Tenga en cuenta que soy hijo de Twitter y pienso en 140 caracteres. Ni uno más. Bárcenas me facilita mucho el trabajo para mandar mensajes rotundos y sin matices para echar a Rajoy».

― Pero, si el dos de octubre Cataluña va a ser independiente, no entiendo esa obsesión. ¿Qué más les da a ustedes quién gobierne en España? Podrían acusarles de injerencia en asuntos internos de un país vecino.

El señor de Murcia sudaba la gota gorda cardando y poniendo laca al tupé de Rufián para que se mantuviese erguido sin doblegarse ante los embistes, por fuertes que fuesen. De no ser por la naricita respingona, su poca talla, sus ojillos minúsculos y otros detalles menores, le habría parecido que estaba peinando al mismísimo Rey del Rock redivivo.  «Dime cómo te peinas y te diré quién eres», le dijo mientras su cliente tarareaba el Rock de la cárcel.

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Rufián había convocado a sus camaradas para el ensayo general y quería que su look fuese más Elvis que nunca. La cresta que coronaba su cabeza era como una tiara plebeya y republicana.  El diputado quería que fuese una seña de la identidad catalana tan reconocible como el peinado de Carles Puigdemont, declarado de Interés Turístico Internacional, según adelantó Joan Marsé en una primicia mundial para El País. «Será difícil igualar ese éxito», pensó el artífice del flequillo del President.

― No tenemos mucho tiempo― dijo Rufián. Me gustaría hacer el preestreno del Rock de la cárcel  en el Congreso de los Diputados antes de que la Guardia Civil nos meta en el furgón. La guitarra es un arma más cómoda que la impresora y da mucho más juego. ¿Cree que le gustará a Soraya?

― No le quepa la menor duda. El factor sorpresa es muy importante y más tratándose de la vicepresidenta, que tiene respuesta para todo. Dudo que ese día vaya pertrechada con castañuelas para darle la réplica. Pero si está inspirada, igual hasta se anima con una rumba de Peret, ese gran catalán y español, y le canta el Borriquito como tú. Un espectáculo memorable para que los españoles veamos que no todo va a ser fútbol y que nuestros impuestos están bien empleados.

― Me despidieron de mi trabajo anterior por absentismo laboral. Me aburría mucho, ¿sabe? ¿Cree usted que podremos seguir como diputados en Madrid cuando declaremos la independencia? Echaré de menos los juegos florales parlamentarios.  ¡Qué tiempo tan feliz!

― Lo comprendo. ¡Con lo bien que se vive contra España! Lo pasan ustedes en grande en esta cárcel de sus libertades. Pero los catalanes no se merecen que les ponga los cuernos dedicando su tiempo y su talento al parlamento español. Aunque los españoles estén deseando tenerle en el hemiciclo como emisario de un gobierno extranjero y tenga usted el corazón partío y le guste viajar a la capital de España, está casado con la república de Cataluña y ha prometido serle fiel todos los días de su vida.  ¡No vea qué collejas me suelta Eutimia cuando miro a otra por la calle!  Dice que elegir es renunciar.  Por eso usted, que ya selló su compromiso, tendría que dejar inmediatamente su escaño en Madrid.

Se abrió la puerta y entró Joan Tardá. «Yo solo pasaba por aquí», dijo, como si hubiera visto a Belcebú cuando Andrés le saludó con la cabeza. Llevaba toda una vida defendiendo su pelambre como símbolo de la rebeldía y resistencia del pueblo catalán frente al peine invasor y los peluqueros le ponían siempre en guardia.  El señor de Murcia que, además de tener un gran apego a su instrumental de trabajo, era consciente de que la barricada de enredos y nudos era infranqueable, ni siquiera se ofreció para darle servicio y siguió con el penacho rufianesco.

― Si nos mandan a vivir entre barrotes de los de verdad tendremos que esforzarnos para mantener alta la moral. Por eso he pedido a todos que vengan hoy a ensayar el Rock de la cárcel.

― Le sugiero que ponga a Carme Forcadell para dirigir el coro. Tiene un don innato para acallar las voces disonantes.

― Está usted en todo. Ponerla de espaldas será un gesto de consideración hacia el público, que se ahorrará la visión de su cara de navaja fría. Lo que más me gusta de usted, es que también es charnego. Hablamos el mismo idioma.

― Sí, el español.

― Necesito un consejo, Andrés, y le suplico que sea sincero.  ¿Usted le compraría un crecepelos a Raül Romeva?

Poco a poco iban llegando los convocados.  Forcadell, Puigdemont, Anna Gabriel, Artur Mas, Raül Romeva y hasta el mismísimo Molt Honorable Jordi Pujol.

El joven diputado de orígenes jienenses saltó para incorporarse al grupo en cuanto el peluquero dio por concluida su tarea.  Mientras este guardaba lacas, cepillos y peines, la música retumbaba y las caderas de un Rufián eufórico amenazaban con dislocarse e incluso con declarar unilateralmente la independencia de su amo.

«Los fans de Elvis que juran que vive, están en lo cierto», pensó mientras dirigía una última mirada al improvisado escenario, ya en pleno ensayo.

 

Un día hubo una fiesta aquí en la prisión

la orquesta Junqueras empezó a tocar

tocaron rockanroll y todo se animó.

Tardá se puso en pie y empezó a bailar el rock

todo el mundo a bailar,

todo el mundo en la prisión

corrieron a bailar el rock.

 

Uno del tres percent le dijo a Pujol

vente con Rufián, vamos a cantar

que la Agencia Tributaria nos quiere escuchar.

Anímate Artur Mas a rocanrolear

que el rock de la cárcel va a comenzar, el rock

todo el mundo bailar

todo el mundo en la prisión

corrieron a bailar el rock.

 

La CUP desafinaba para no variar

ellos iban por libre, faltaría más.

Junqueras no sabía darle al saxofón,

Romeva resoplaba junto a Puigdemont

y toda la cárcel se puso a bailar el rock

corrieron a bailar el rock.

 

«Si Cataluña se declara independiente, yo seguiré siendo peluquero.  Pero, ¿esta criatura? ¡Alma de cántaro! Sin tener –todavía– un escaño en el parlamento catalán, ¿en qué teatro podrá desarrollar su prometedora carrera artística?  ¿Tendrá que pedir la readmisión en la empresa de trabajo temporal donde tanto se aburría antes de su salto al estrellato?»

No entendía mucho de aquelarres y quizás por eso ni Eutimia ni él sabían por qué razón la Guardia Civil no había empezado por el principio, deteniendo a los autores intelectuales –y confesos– de los delitos de desobediencia en lugar de jugar al ratón y al gato con los dueños unas imprentas. Razones jurídicas que el corazón de un peluquero no alcanzaba a comprender.

Al doblar la esquina de la calle Calabria con la Gran Vía de las Cortes Catalanas se cruzó con unos furgones de la Guardia Civil y se puso a tararear alegremente…

 

Borriquito como tú.

¡Tu-ru-rú!

Que no sabes ni la U

¡Tu-ru-rú!

Borriquito como tú

¡Tu-ru-rú!

Yo sé más que tú…

 

 

Foto montaje: Autora

 

Julian Assange nuevo icono del prusés

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Tribulaciones  de un peluquero charnego

Por María José López de Arenosa – Opinión

Contactar con el autor: mjarenosa@hotmail.com

 

 

Después de cumplir con los encargos de Eutimia, Andrés González, nuestro peluquero  más cotizado, aprovechó que había salido el sol para pasear por los alrededores de Harrods antes de su cita en el 10 de Downing Street para cardar la melena de la primera ministra.

Se sobresaltó al ver tras los visillos de un balcón un espectro extraño, una figura fantasmal. ¿Sería el niño fotofóbico de Los otros, ya crecidito?  Una docena de curiosos, casi todos periodistas, se había congregado en aquella esquina y un cámara de la televisión catalana le puso al corriente.

—Assange apoya el prusés— le dijo satisfecho.

El señor de Murcia se quedó absorto mirando aquella pálida figura y sintió lástima.  Más de cinco años de encierro viendo pasar la vida entre las brumas de Londres, tras los visillos de un balcón en la esquina del culo de saco donde está la embajada de Ecuador, habían nublado la visión de la realidad al fundador de Wikileaks.  Se sorprendió más de los estragos que había causado el aburrimiento en el okupa más famoso del mundo, que el hecho de que las aguerridas feministas de la CUP se hicieran las suecas  y no estuvieran  allí protestando por la intromisión oportunista de alguien acusado por violación que, para colmo, había apoyado a Marie Le Pen.

—Al menos habrá pagado los cinco euros.

—¿Cuáles?— preguntó el cámara.

—Los de la colecta solidaria para pagar la multa de Artur Mas.

Pensó en la alegría de Raül Romeva.  Puigdemont le comentó en una ocasión, mientras le recortaba el flequillo, los desvelos del Consejero de Asuntos Exteriores, Relaciones Institucionales y Transparencia de la Generalidad de Cataluña para encontrar una figura carismática y de fama mundial que apoyase el prusés.

—Copito de Nieve, el gorila albino, icono de Barcelona, era independentista y decía una y otra vez que Espanya ens roba, pero se nos murió justo cuando estaba aprendiendo a decirlo en catalán— dijo el President a su peluquero, sin ocultar su desolación.

—Será difícil encontrar a alguien con ese perfil, President.

Romeva no estaba entre sus clientes ni tenía visos de llegar a serlo. Pero sabía que, quizás por tener la mollera a la intemperie, don Raül era un hombre muy sensible. Su propia madre declaró en una entrevista: “es una de esas personas que si le llaman tonto se pasa toda la noche sin dormir”.

Un hito en la gloriosa historia de la diplomacia catalana

El consejero calvo había sabido invertir bien el tiempo ahorrado en el sillón de la barbería. Había recorrido el mundo buscando una figura icónica, reconocible en todas partes y capaz de aprender catalán o por lo menos que pudiera decir con soltura que Barcelona és bona si la bossa sona.  Por fin, cientos de miles de euros y veinte meses de trabajo rendían su fruto: un apoyo en Europa para el prusés, de un australiano acogido a sagrado en territorio ecuatoriano de Kensington.  Un hito en la gloriosa historia de la diplomacia catalana que Raül Romeva, madrileño por nacimiento y catalán por adopción, habría de celebrar descorchando una botella de cava del Penedés.  Don Raül podía dormir, por fin, a pierna suelta.

Andrés miraba absorto a aquella alma en pena. No era la primera personalidad internacional en sumarse al proceso independentista. Antes lo había hecho Nicolás Maduro, pero la pálida figura del australiano le daba un aire más cosmopolita y más respetable que la del ex conductor de autobuses y ahora conductor sin frenos de la gran ruina venezolana.

En honor a la verdad, no había sido el único apoyo en el continente europeo para la causa. Arnaldo Otegui, el terrorista y prócer de la nación vasca, ya había desfilado en la Diada con su ofrenda floral, como corresponde a un hombre de paz.  La vomitona que le dio a la pobre Eutimia viéndolo por televisión y acordándose de las 54 víctimas mortales y más de doscientos heridos de ETA en Cataluña, dejó la alfombra del cuarto de estar para tirarla.

Esto era diferente y más respetable.  Aunque estuviera acusado de violar a dos activistas suecas que, al contrario que las nuestras, eran implacables y no estaban dispuestas a que se fuera de rositas, Julian Assange le daba al prusés  una vitola…, un aire de glamour… un… no sabía qué del que carecía el etarra con su cara de bruto y su pasado sangriento. Otro a quien jamás cortaría el pelo, aunque por razones distintas a las de Romeva.

El fundador de Wikileaks no le parecía a Andrés tan inteligente y simpático como Copito de Nieve, pero comprendía el entusiasmo del consejero quien pensaría, de buena fe, que los catalanes llegarían a quererlo tanto como al añorado bípedo.

El cámara de TV3 le contó que el famoso inquilino de la sede diplomática llevaba muchos años preparándose para el momento de la verdad —que ya había llegado—, estudiando a fondo la Historia de España y los agravios cometidos contra Cataluña. En su debut se hizo un pequeño lío con Sancho Panza y Pedro Sánchez, pero ahí estaba Pérez-Reverte para darle clases a golpe de twit y aclararle que el escudero de Don Quijote no se llamaba Pancho Sánchez.  Y gracias a un manual de catalán sin esfuerzo podía lanzar twits en esa lengua con una soltura que era la envidia de Donald Trump.

La manutención del fichaje estelar era un punto delicado que se había resuelto con inteligencia. No corría a cargo de las mermadas (e intervenidas) arcas del ayuntamiento ni de la Generalidad, sino del erario ecuatoriano.  Todo un detalle que él, como contribuyente, le agradecía. La pela es la pela, en Badalona o en Caravaca de la Cruz.

Un acuerdo ventajoso para todos

El arreglo con Assange parecía muy ventajoso para todas las partes implicadas y confirmaba que el pseudoministro de Asuntos Exteriores de la Generalidad no tenía un pelo de tonto.  ¿Había algo más congruente para ganar credibilidad que fichar a alguien con experiencia —según dos suecas—  en violaciones, para violar la Constitución española?

El australiano también obtenía buenos réditos del acuerdo.  Había encontrado una vía para salir –sin pisar la acera—  del callejón del olvido de la mano de sus nuevos amigos sin necesidad de pagar una campaña en los medios.

—Un artista— pensó Andrés, acordándose de que Iberdrola le había subido la factura de la luz y Assange tenía calefacción gratis.

La condición de albino que el fundador de Wikileaks compartía con Copito de Nieve, el llorado gorila de Barcelona, le daba un aspecto de recién salido de un baño de lejía. No podía decirse de él que daba el toque de color a la gesta independentista, pero de eso se encargaba la CUP.

—Este chico necesita un poco de sol en Castelldefels, un bañito en el mar y un horizonte más amplio.

La brisa marina y la luz mediterránea, pensaba Andrés, harían milagros y le darían una visión más clara de las bondades de nuestro Estado de Derecho para que no tuviera que pisar los charcos del patio de aquel edificio y chapotear en el fango del odio a España que, a fin de cuentas, no le había hecho nada.

—Incluso en la jaula vacía del zoo de Barcelona estaría mejor que aquí—pensó. Los niños le alegrarían la vida tanto como a Copito, aunque no sé si lleguen a quererlo tanto.

Ahora que volvía a estar en el centro de la atención mundial, el señor Assange necesitaba un peluquero para representar a los catalanes dignamente.  Sus guedejas desaliñadas pedían a gritos un toque de tinte.  El castaño claro le daría un aire a Putin que le sentaría francamente bien y él mismo podría aplicárselo a buen precio.

Mientras, a unas manzanas de allí, las campanas del Big Ben daban los cuartos — Sol, Fa, Mi, Si…—,  en la esquina de Hans Cres se abrió el ventanal.  Julian Assange saludó a la multitud, la docena de personas allí congregadas que aplaudía entusiasmada.  Al señor de Murcia la escena le recordó a la del edificio de La Equitativa, en Madrid, frente al Congreso de los Diputados, cuyas simpáticas figuras se asoman al balcón cuando el reloj da las doce del mediodía. Carlos III, la duquesa de Alba, Goya, el torero Pedro Romero y una manola dan una vuelta, saludan a los madrileños con una coreografía perfectamente orquestada y vuelven a resguardarse del bullicio de la ciudad.  Además de echar en falta la música del carrillón, se quedó esperando la aparición del resto del elenco para completar el cuadro:  Artur Mas, Carme Forcadell, Raül Romeva y la madre superiora de la congregación con el misal en la mano. Seguramente estaban dentro, en un salón, dando buena cuenta del ceviche que les servía  el mayordomo de la embajada mientras redactaban el siguiente twit en la cuenta de Julian.

—Míster Assange, míster Assange! ¡Un toque de color! A little color for your hair!, gritó, atusándose la cabeza por si acaso no le entendía.

Julian Assange puso su mejor cara de whaat???  Y el peluquero, hombre de recursos, abrió su maletín y alzó las tijeras para ofrecerle sus servicios.

Todo fue muy rápido.  La gente corría despavorida y los policías que custodiaban la legación ecuatoriana lo tiraron al suelo, donde quedaron esparcidos los peines, cepillos, lacas, la maquinilla y todas armas del supuesto terrorista que no entendía a qué venía tanto revuelo.

Què pot sortir mál?

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Los pelillos a la mar de Carles Puigdemont y Theresa May

 

Por María José López de Arenosa – Opinión

 

Contactar con el autor: mjarenosa@hotmail.com

 

La irresponsabilidad y malicia de David Cameron y Artur Mas catapultaron, muy a su pesar, a dos personajes inesperados para dirigir los destinos del Reino Unido y de Cataluña: Theresa May y Carles Puigdemont, quienes tienen en común algo más que haber llegado a sus respectivos cargos sin haber sido votados directamente por sus electores.

Entre los frutos de la casualidad, el destino o el azar, que comparten la señora May y Puigdemont está su peluquero.  Sí, querido lector. No levante usted la ceja con asombro. Así es, y a las pruebas me remito. No tiene usted más que echar un vistazo a las numerosas fotografías de ambos que circulan en internet para corroborarlo. Algunos afirman que el artista se llama Pep y es de Mataró. Otros que, no, que de ninguna manera; que se llama James y sus modales y lealtad recuerdan al señor Stevens, el mayordomo de Lo que queda del día, la novela de Kazuo Ishiguro, cuya película homónima interpretó magistralmente Anthony Hopkins. Están muy equivocados.

Las indagaciones de la legendaria agencia de detectives Pinkerton conducen a un señor de Murcia, Andrés González, cuya familia emigró a Sabadell cuando era niño. Aclaro, antes de que las feministas se me echen encima, que la posibilidad de que tan insignes molleras pudieran estar a cargo de una mujer quedó descartada desde el primer momento. Por mucho que odie a sus semejantes, ninguna peluquera sería capaz de semejantes creaciones a golpe de tijera y secador. En cuanto a la mano que mueve con entusiasmo el hacha para cortar el flequillo de Anna Gabriel, no voy a aventurarme hoy porque esa es harina de otro costal.

Aunque se inició en una barbería de barrio, Andrés supo aprovechar el auge de las peluquerías unisex y con la movilidad europea se lanzó al estrellato convirtiéndose en un profesional que, si bien es desconocido para el gran público, se lo disputan políticos de la talla de Theresa May y Carles Puigdemont.

La primera se encontraba ya entre su selecta clientela cuando David Cameron, ese gran ludópata de las urnas apostó por el referéndum escocés.  Como había adquirido cierta confianza con la señora May, Andrés se aventuró a preguntarle por el futuro del Reino Unido en el caso de que ganara el “Sí” a la independencia de Escocia.  “Don’t worry, Andrew”, respondió condescendiente doña Theresa mientras él le ahuecaba con esmero la melena para evocar la forma de un tomate de su añorada huerta murciana.  Prefería llamarle Andrew para no acordarse de que estaba utilizando mano de obra extranjera, lo que podría generar suspicacias entre sus paisanos; algo que debía evitar como responsable de inmigración.  “El primer ministro estudió en Eton y en Oxford. Está sobradamente preparado para saber lo que tiene que hacer y cómo hacerlo”.  Andrés se sintió muy reconfortado. ¿Qué podría salir mal?

Cada vez que nuestro señor de Murcia expresaba alguna inquietud sobre política británica con su inglés chapurreado, su clienta le explicaba que, como ex alumno de la celebérrima universidad de Oxford, el primer ministro estaba a otro nivel intelectual que le situaba más allá del bien y del mal. Aunque por los pelos —nunca mejor dicho— el resultado de las urnas lo corroboró. Escocia se quedaba dentro del Reino Unido y los escoceses dejarían de dar la tabarra una temporada.

Cortar cabelleras ilustres entre el Reino Unido y España le otorgaba acceso a información de primera mano y también le daba buenas ideas para su familia. Ni en sus mejores sueños habría imaginado que sus nietos podrían estudiar en Londres –incluso en Oxford— gracias al programa Erasmus.  No, no era una idea descabellada.

 

Elecciones plebiscitarias

 

Mientras tanto, aquí en España, concretamente en Barcelona, Artur Mas, otro ludópata de las urnas, adelantaba las elecciones catalanas —las terceras en cinco años— tras el fiasco de su referéndum ilegal. Elecciones plebiscitarias, las llamó. Organizó una gran coalición independentista que garantizaría la victoria por goleada y por obra y gracia de la ley electoral catalana. Pero aquí también falló algo y su coalición, Junts Pel Si, tuvo que cortarle la cabeza (políticamente hablando) para complacer a los anarquistas de la CUP abriendo paso a Carles Puigdemont.  El cráneo del nuevo presidente de la Generalidad, coronado por un voluminoso flequillo causó sensación. Recordaba a un calabacín –naturalmente, murciano— e hizo las delicias de los caricaturistas.

La vida sonreía a Andrés y mientras él paseaba por la Diagonal comentando sus grandes planes de futuro con Eutimia, su mujer, David Cameron hacía lo propio dando vueltas en su despacho de Downing Street pensando en su gran órdago.  La adrenalina descargada con el referéndum escocés se había reducido ya a niveles mínimos y su ludopatía plebiscitaria exigía urgentemente una nueva dosis. Su nueva apuesta, presentada como promesa electoral de obligado cumplimiento, ensalzaría su figura, pasaría a los libros de Historia como el gran estadista que era y dejaría a los críticos con la Unión Europea a la altura del betún. Con el mismo espíritu de quien vuelve al casino tras una racha de suerte, Cameron volvió por sus fueros para fortalecer su posición en el partido conservador. “¿Debería el Reino Unido permanecer en la Unión Europea o salir de la Unión Europea?” Esa era la pregunta del Brexit que el pueblo soberano debía responder.

Mientras daba el toque final de laca al cogote de la señora May, nuestro  humilde peluquero se atrevió a preguntarle con timidez qué pasaría si ganaba el “Sí” al Brexit.  Una vez más, la ministra del gobierno de su Graciosa Majestad lo tranquilizó con una respuesta flemática y condescendiente:  “Andrew… ¿recuerda usted que el señor Cameron estudió en Oxford, igual que yo? Él  sabe qué es lo que tiene que hacer y cómo hacerlo”.

Sin duda, pensó Andrés, David Cameron sabía lo que hacía y no iba a tirarse a la piscina sin comprobar si había agua. A fin de cuentas se había educado en Eton, el colegio más prestigioso del mundo, como corresponde a los grandes hombres de Estado británicos. En algún tabloide leyó algo sobre su pertenencia, durante sus años universitarios, al polémico Club Bullingdon (tuvo que apuntar el nombre para recordarlo y soltarlo después en el bar de su barrio), conocido por agrupar a lo más granado de la aristocracia estudiantil con aficiones a la bebida y al vandalismo. Según aquel artículo, el ex alcalde de Londres, Boris Johnson, formaba también parte de aquella elitista asociación, dato que restaba credibilidad al periodista —seguramente un envidioso—, para otorgársela a sus distinguidos miembros pues, sin duda, para llegar tan alto y velar por el bien común sus trayectorias tenían que ser impecables.

 

¿Qué podría salir mal? 

 

David Cameron quitaría argumentos a los ignorantes que se quejaban de la competencia de los polacos, portugueses y españoles que, como él, se beneficiaban de la libre circulación de personas trabajando honradamente. Sin duda, el primer ministro lo tenía todo bien calculado –atado y bien atado, que diría otro por estos pagos— para salir airoso y políticamente fortalecido. No había nada que temer. Los descontentos con la UE se callarían en un pispás —en un abrir y cerrar de urnas—, y él, Andrés González , seguiría cruzando el Canal de la Mancha para peinar testas ilustres gracias a Ryan Air, con la misma naturalidad con que otros toman el puente aéreo o el AVE Madrid-Barcelona y presumiendo siempre de murciano y español.

“Siempre nos quedará París”, respondió lacónicamente cuando Eutimia irrumpió nerviosa en la habitación aquella mañana de junio para comunicarle el resultado del Brexit que había oído por la radio. Intentó explicarle, una vez más, que Cameron tenía una mente brillante, educada en las instituciones más prestigiosas del mundo y sus decisiones jamás pondrían en riesgo la rutilante carrera de un peluquero de altos vuelos como él. Seguro que un hombre tan alto de miras y tan preocupado por el bien común tenía un as en la manga, la fórmula para que todo siguiera igual. Nadie en su sano juicio prescindía de un buen peluquero así como así. “Un buen peluquero es tan importante como un buen neurólogo”, —-solía decir a sus amigos—, sólo que en vez de trabajar en las profundidades del cerebro con las neuronas, lo hace sobre la cubierta y esto le da un conocimiento del ser humano y sus vanidades que ya quisieran tener muchos hombres de ciencia”.

Sintió lástima por ella al ver su gesto preocupado mientras se abrochaba la bata de Harrods que él le regaló por Navidad. A pesar de la fama de lista que tenía en su pueblo, no dejaba de ser una mujer muy elemental que, al contrario que él, vivía ajena a los círculos de poder. “No seas tontorrona. ¿Qué puede salir mal?” “Nada, supongo que nada”, respondió aturdida, intentando acallar esa vocecita interior tan pedestre y vulgar que invitaba a la desconfianza.

Todo sucedió con enorme rapidez. David Cameron tuvo que marcharse a su casa o, mejor dicho, a las playas de Córcega para esconderse del ridículo y el whatsapp de Theresa May solicitando un peinado urgente para la votación del Partido Conservador no se hizo esperar. Sin rivales en su partido y sin haber sido votada para ello, la señora May se mudó al 10 de Downing Street el 13 de julio de 2016 con el pelo perfectamente cardado.

Con May en Downing Street y Puigdemont en el palacio de San Jaime se dispararon las teorías conspiratorias con un misterioso peluquero en el epicentro de las redes sociales. Ajeno a todo eso, no tardó Andrés en advertir que, además de Oxford, Theresa May compartía con su antecesor en el cargo la afición por las apuestas de riesgo para consolidar su posición en su propio partido. Pero la suya no sería un referéndum, sino unas elecciones anticipadas –muy anticipadas- para afianzar su liderazgo.

“El problema con las urnas es que las carga el diablo”, le susurró tímidamente al oído mientras le recortaba la melena. Como su inglés no era muy bueno, le pareció que la respuesta de la primera ministra era algo así como nuestro “¡pelillos a la mar!”   Algo avergonzado por su atrevimiento, barrió los mechones grises esparcidos por el suelo.  ¿Cómo iba a darle él, un pobre señor de Murcia, lecciones a una mente preclara, formada, al igual que la de su antecesor y sus numerosos asesores, en Oxford?  No había más que echar un vistazo a las encuestas para responder la pregunta retórica de su clienta: What could go wrong?

Algo no salió como se esperaba y mientras los sesudos analistas debatían en televisión sobre lo que pudo salir mal, descargando la culpa sobre los encuestadores y sondeos de opinión, la señora May se apañaba con sus nuevos socios parlamentarios del partido Unionista de Irlanda para seguir en Downing Street.

 

Socios de los antisistema

 

La semana pasada, mientras Andrés le peinaba la melena, Carles Puigdemont afirmaba categórico: “Espanya ens roba. Pero después del referéndum de independencia que, por supuesto, ganaremos, la doble nacionalidad nos permitirá a los catalanes cobrar las pensiones de la Seguridad Social española y beneficiarnos de la pertenencia de  España a la UE sin poner un céntimo ni renunciar a nada. Se van a enterar de lo que vale un peine.” A Andrés, buen conocedor del precio de un peine, le parecía todo un poco raro. Era como divorciarse y seguir casado, obligando a Eutimia a dejarle la casa y el coche para que él viviera con otra señora, mientras ella pagaba la hipoteca, la gasolina, el seguro y hasta las medicinas.

Aunque fuese un presidente sobrevenido, sin haber sido votado directamente por los ciudadanos, Puigdemont no se comparaba con Theresa May. Sus socios, los chicos antisistema de la CUP no eran tan antipáticos como los energúmenos irlandeses que la tenían como rehén en el Palacio de Westminster. ¡Donde iba a parar!

Los anarquistas ya no eran los enemigos de la burguesía catalana. Ahora eran sus socios. O quizás era al revés, y ellos eran los socios necesarios para que los antisistema cumplieran su objetivo de arrasar con todo. En fin… ¿qué más daba el orden de los factores? Eran unos simpáticos alborotadores que le acompañaban alegremente, no hacia el borde de una piscina sin agua, sino el de un acantilado majestuoso bajo el cual podía contemplar un Mediterráneo azul y más catalán que nunca. La vista era sobrecogedora y él, Carles Puigdemont, seguiría avanzando por aquel precipicio imponente con su flequillo al viento dirigiendo al pueblo de Cataluña. Mirando arrobado hacia el horizonte, alzaría las tablas de la Ley de Transitoriedad como lo habría hecho el mismísimo Moisés. Todo ello con paso seguro, triunfal, y sin necesidad de bajar la vista para ver si en ese terreno bajo sus pies que España reclamaba como suyo había algún pedrusco con el que pudiera tropezar.

“Las urnas las carga el diablo”.  El susurro del peluquero en su oído despertó al Molt Honorable de su cabezada. “Haremos el referéndum porque llevamos cuarenta años haciendo lo que nos sale de la barretina y en eso nadie tiene más experiencia que nosotros.  Què pot sortir mál?  ¿Qué puede salir mal?”.  Lo dijo bostezando, pero sin despeinarse, detalle que Andrés agradeció, pues ya había terminado su trabajo.

El señor de Murcia sacudió discretamente la caspa de los hombros del president. No es que desconfiara de su cliente por no haber estudiado en Oxford. Ni muchísimo menos. Ni Eutimia ni él habían terminado el colegio y sabían con toda seguridad que cuando algo podía salir mal, salía muy mal.  A ver ahora cómo la tranquilizaba cuando viera que ni el referéndum ni la Ley de Transitoriedad reparaban en las becas Erasmus y que a sus nietos ni siquiera les quedaría París.

¡No exagere, señoría!

Adaptado por ACPI: Mosaico Skyline Barcelona

 

Por Juan José Echevarría – Opinión

Contacto con el autor: juanjoseechevarria@hotmail.com

 

A principios de 2016, un año y medio antes del atentado de las Ramblas, un policía belga alertó a un mosso d’Esquadra, en concreto a un jefe de la relevante labor policial de información, de las sospechas existentes sobre Abdelbaki es Satty, quien había viajado a los países bajos con la intención de liderar religiosamente alguna comunidad musulmana local. El contenido de sus prédicas y la imposibilidad de demostrar que carecía de antecedentes policiales, aunque solo fuera por tráfico de drogas, le obligaron a regresar a España.

Probablemente, Bélgica se libró así de un grave atentado, que el destino quiso que fuese en Barcelona, aunque tal vez se hubiera impedido si sobre Satty se hubiera impuesto una vigilancia preventiva a su regreso a nuestro país. No fue así, los Mossos no lo hicieron, ni tampoco compartieron tal información con el resto de policías, con la Guardia Civil y Policía Nacional.

A su regreso y durante más de un año, Satty continuó de imán en la mezquita de Ripoll, un pueblo con apenas diez mil habitantes, adoctrinando a una docena de jóvenes en la Yihad. Ni, los Mossos, la policía desplegada por toda Cataluña, ni la Guardia Civil, ni la Policía Nacional se dieron cuenta de tales hechos.

A las once y media de la noche del 16 de agosto pasado una potente explosión redujo a escombros una vivienda en Alcanar, donde la célula terrorista almacenó durante meses, mediante su traslado a ella, de más de un centenar de botellas de gas, explosivos y tornillería. Los Mossos se hicieron cargo de la investigación y tras rechazar en dos ocasiones la ayuda de los expertos en explosivos de la Guardia Civil, calificaron el suceso como un caso de drogas.  Una juez se personó a la mañana siguiente, el fatídico 17 de agosto, en Alcanar y preguntó a los Mossos si no se trataría de terrorismo, a lo que fue contestada con un: ¡no exagere señoría!  A las cinco y media de la tarde de aquel día, un miembro de la célula, Younes Abouyaaqoub, atropelló mortalmente a catorce viandantes de las Ramblas y luego acuchilló a una persona más en su huida. Esa misma noche, otros cinco yihadistas mataron a una persona más en Cambrils.

Eso son los hechos. Luego está la interpretación política. Para la Generalitat, Cataluña ha demostrado que puede ser un Estado independiente, con una policía perfectamente capacitada y preparada para minimizar el desafío islamista.

Los elogios a los Mossos, que después de todos esos hechos logró la neutralización de la célula en cuatro días, han llegado desde muchos sectores, incluidos los no independentistas, destacando el comportamiento de la policía catalana como defensora de los derechos de todos los catalanes frente a la agresión terrorista. Así lo hizo el periódico El País en un editorial que pecó cuando menos de ingenuidad.

Publicado el 26-agosto-2017 en Blog de Juan José Echevarría

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Adaptado por ACPI: Mosaico Skyline Barcelona
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Madama Butterfly o la seducción de una heroína trágica, frágil y digna.

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Por Norma Sturniolo

Fotos cortesía Javier del Real

Merece destacarse el esfuerzo del Teatro Real por acercar el arte de la ópera a un público amplio. La difusión dada a la representación de Madama Butterfly es admirable. Se barajan cifras importantísimas como las de 120.000 personas en municipios de toda España. La retransmisión en el canal de Facebook del Teatro Real ha sido superior a 800.000.  En Twitter la retransmisión de MadamaButterfly fue trending topic nacional con el hashtag #madamaendirecto, alcanzando una audiencia de 18.000.000 de usuarios con todas las publicaciones. También TVE ha obtenido una excelente cifra de seguimiento en la retransmisión en La 2, con 335.000 espectadores.

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Esta política de divulgación de la ópera está realizada con total acierto porque lo que se ofrece aúna calidad, atractivo y un alto grado de emoción, posibilitando la empatía del público con lo que ve.

Si Madama Buttlerfly es una de las óperas más populares y emocionantes del compositor de Luca, esta Butterfly puede conmover incluso a los más remisos, tanto por los intérpretes como por la reposición de la inteligente y creativa dirección de escena de Mario Gaz, la espléndida escenografía de Ezio Frigerio, los exquisitos figurines de Franca Squarciapino, la dirección musical de Marco Armiliato y dirección del coro de Andrés Máspero. Sobresaliente la interpretación de la soprano Ermonela Jaho en el papel protagonista y de Enkelejda Shkosa en de la fiel Suzuki. Conviene recordar que se representa en el coliseo madrileño desde el 27 de junio al 21 de julio de 2017.

 

El director de escena Mario Gaz opta por el juego de la ficción dentro de la ficción. El juego metaficcional, a veces, produce un distanciamiento, pero, en este caso, el resultado es todo lo contrario, hay un emocionante acercamiento a lo que sucede en escena. Mario Gas sitúa la historia en un plató cinematográfico en los años 30 y los espectadores presenciamos la ópera en sí, la supuesta grabación cinematográfica que se hace de la misma y su reproducción en blanco y negro en una gran pantalla.

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Aparecen un director de cine, los técnicos con su equipo y por encima de los subtítulos, se proyecta la filmación con unos primeros planos que nos permiten apreciar todos los gestos de los personajes. Es como si pudiéramos ver parte de su interioridad, y, sobre todo, nos acerca a esa mujer niña Cio- Cio San o Butterfly, que tiene quince años al comienzo de la historia y al final se suicida con 18. Asistimos a su viaje que es gozoso al principio pero que, muy pronto, se torna doloroso. Pasará desde la inocente, casi pueril felicidad a la posterior esperanza en el regreso del su gran amor y a la necesidad del autoengaño. Todos saben que el oficial de la marina americana de quien se ha enamorado la ha abandonado. Ella, por el contrario, cree que volverá. Pero, ¿su confianza es total o necesita creer para no morir de dolor, servirse del autoengaño para seguir viviendo? Cuando no hay ningún resquicio para la esperanza, la trémula niña se convierte en una mujer capaz de devolverse el honor a sí misma. La música del compositor de Luca, arrebatadora, tiene ecos orientales con los que se subraya la delicadeza del mundo que rodea a Butterfly y, a la vez, su crueldad. ¿Acaso Butterfly tiene una posibilidad de vida mejor acatando a los suyos? A todas luces parece que no. Se insiste en la soberbia del americano, por supuesto que su soberbia queda patente en el primer acto, así como en el conflicto entre dos civilizaciones, una de las cuales se considera superior a la otra, pero no se hace suficiente hincapié en la condición femenina en una sociedad feudal, en la marginación de una mujer pobre como Butterfly en dicha sociedad. ¿Cuál sería su futuro si aceptara las propuestas de quienes la rodean? ¿Casarse con el pretendiente Yamadori que abandonó a sus mujeres, por lo cual podemos prever que haría lo mismo con Butterfly? ¿Volver a ser una geisha obligada a entretener a los demás? Ella sueña con algo diferente, con un amor verdadero. Ama la belleza por eso se encandila con las bellas palabras que no está acostumbrada a oír. Además de la fascinación que le produce el extranjero debido a una extrema juventud más propensa a la ensoñación , la seducen las palabras del yankie Pinkerton que la llama de formas muy bellas, nombres que ellas recuerda con devoción.

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Imposible no conmoverse con ese sueño de amor de Butterfly y más aún cuando la vulnerable japonesa está interpretada por unaButterfly 1826 soprano tan entregada a su papel como la albanesa Ermonela Jaho que transmite todo esa riquísima gama de matices que va desde la fragilidad y los movimientos casi de niña al comienzo de la historia hasta el terrible desgarramiento del final. Jaho hace suyo el personaje y nos transmite su temblor de mariposa herida.

¿Cómo no conmoverse con la obra de Puccini (1858-1924) ese gran conocedor del alma femenina? Recordemos sus propias palabras “ si la obra no me conmueve, si el libreto no me llega al corazón, si no me hace reír y no me hace llorar, si no me exalta y me sacude, no hay nada que hacer . No es cosa para mí. Resultaría una falsedad, una desarmonía”.

 

El emocional maestro, al referirse a Butterfly, afirmó en una de sus cartas “La ópera me conmovía siempre cuando la releía al piano

Sentir, emocionarnos, abrirnos al sufrimiento y los sueños, las grandezas y las debilidades de personajes que son muy humanos y reconocer el poder transformador del arte es algo que hay que agradecer a obras como ésta.

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Neruda, tentativa de hombre infinito

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Por Jorge de Arco

 

Quien junta estas letras tuvo en su adolescencia a Pablo Neruda (seudónimo de Neftalí Reyes Basoalto, chileno, 1904-1973, premio Nobel de Literatura en 1970) como un icono poético fundamental, sin discusión. Los ineludibles Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) siguen reposando en mi cabecera después de mucho tiempo. Y aludo a ellos porque son referencia obligada a la hora de exponer impresiones acerca de tentativa del hombre infinito (Cátedra. Madrid, 2017), su tercer poemario de juventud, y que vio la luz en 1926. El primero fue Crepusculario (1923).

 

Antes del éxito inmediato y descomunal de Veinte poemas…, que él mismo no tardó en considerar obra menor y secundaria en su trayectoria, el poeta ya estaba ensayando otras vías de lenguaje. Algunos textos suyos mostraban incluso un cauto interés por la poesía vanguardista. De ahí a la expresión experimental de esta tentativa solamente quedaba el paso definitivo. En su decisiva edición crítica del texto, Hernán Loyola lo define, tal vertebración temática, como nacido de un viaje nocturno y sustentado en un “lenguaje poético de intención vanguardista basado en la ausencia de puntuación y mayúsculas y dispuesto como una cadena heterogénea, deshilvanada, de sintagmas o segmentos yuxtapuestos en asociación más o menos libre o arbitraria, no desprovista, sin embargo, de una subyacente lógica discursiva”.

En efecto, el pretendido rigor formal encierra dos motivos recurrentes en el devenir lírico nerudiano: El yo humilde, atómico, ante la infinitud cósmica, y enfrentado a él, la mujer sacralizada como móvil de persuasión agente y tal vez pasivo.

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El esbozo originario de tentativa del hombre infinito se centra en un primer verso, “he trabajado solo soy el principio de mí mismo”, el cual se va extendiendo hacia una divagación del propio ser confrontado a horizontes por descubrir, aunque este temor a lo ignoto en absoluto le disuade de continuar una búsqueda necesaria: “oh noche mía en mi hora en mi hora furiosa y doliente/ acoge mi corazón desventurado”. Y como queda dicho, el ser que se le enfrenta es el de la mujer corporeizada y casi intemporal, el de la amante casi infinita que se devuelve al territorio de los sueños del hombre, y que nunca deja de reencarnarse como entelequia y respuesta salvadora, inicio y fin del poema más sincero: “al lado de mí mismo señorita enamorada…/ sin embargo eres la luz distante que ilumina las frutas/ y moriremos juntos”.

 

Pablo Neruda se sentía a gusto explorando una dimensión poética que se supone inefable, o, lo que es igual, anhelaba la percepción de un logos indefinible, el acercamiento a una experiencia imposible de abarcar con la palabra única. Eso sí, su constancia y su labor indesmayable se plasma en la autoría de una obra representativa de las distintas orientaciones literarias que jalonan el siglo XX: el simbolismo, la poesía comprometida, las tendencias más reveladoras están presentes en su dilatadísimo quehacer. Todo ayuda a que el concepto de originalidad, tan extenso e intenso en cualquier caso, pueda verificarse como la más importante característica de sus creaciones. Además, su claro dominio de la lengua española y de la sintaxis poética se lo ponían en bandeja: “yo soy el que deshoja nombres y altas constelaciones de rocío/ en la noche de paredes azules alta sobre tu frente/ para abordarte a ti palabra de alas puras”.

Bomarzo en el Teatro Real y la sugerente estética de la ensoñación

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Por Norma Sturniolo

Fotos Javier del Real

 

 

Del 24 de abril al 7 de mayo en el Teatro Real se representa Bomarzo, ópera del músico Alberto Ginastera (1916-1983) basada en la novela homónima del escritor Manuel Mujica Láinez (1910-1984) que es, asimismo, el autor del libreto. Ambos, músico y escritor, son argentinos.

 

Bomarzo, estrenada en el Lisner Auditorium, en Washington, D.C en 1967, está considerada una obra fundamental del reportorio operístico contemporáneo. Esta nueva producción del Teatro Real es una coproducción con De Nationale Opera de Ámsterdam. La orquesta titular del Teatro Real está dirigida por David Afkham, actual director de la ONE, la dirección de escena corre a cargo de Pierre Audi, la escenografía e iluminación,de Urs Schönebaum, la coreografía de Amir Hosseinpour y Jonathan Lunn,  los figurines, de Wojciech Dziedzic, la dramaturgia, de Klaus Bertisch y el video de Jon Rafman, el coro titular del Teatro Real, dirigido por Andrés Máspero y la escolanía de los Pequeños Cantores de la Orcam dirigidos por Ana González. Todos realizan una labor encomiable.

 

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En el exigente papel protagónico de Pier Francesco Orsini, hay que destacar al tenor británico John Daszak que da muestras de su solidez como cantante y como actor. Está siempre presente en el escenario y debe memorizar un texto extenso y complejo.

 

Cabe recordar el argumento de la ópera para entender la opción de Pierre Audi.

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Mujica Láinez cambió el orden cronológico de la novela. Decidió emplear la técnica de la analepsis, es decir, eligió alterar la secuencia cronológica de la historia. El libreto comienza con el momento próximo a la muerte de Pier Francesco Orsini. En su agonía, el duque rememora distintas escenas de su pasado donde hay una asfixiante omnipresencia del horror que le produce su cuerpo debido a su joroba a la que nombra repetidamente. Ese rechazo, esa repulsión a esa parte de su cuerpo la aprendió de su propia familia. Todos lo desprecian menos su abuela que lo adora y termina siendo nociva para él, inculcándole la ambición por el poder y la idea de inmortalidad.

 

La ópera comienza con el duque bebiendo una pócima que le da un astrólogo asegurándole que la misma le dará la inmortalidad pero sobre esa pócima su sobrino ha vertido veneno, vengando así el asesinato de su padre. Y el duque moribundo recuerda escenas de su vida pasada desde la niñez donde hay sufrimiento, violencia, fantasías eróticas, sexo, bisexualidad, impotencia e incitado por su abuela, sed de poder e inmortalidad. Hay perversión y crueldad.

 

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Rememora cuando es travestido y violado por los hermanos, encerrado por su padre en una habitación con un esqueleto, multiplicado en los espejos el reflejo de sí mismo con su monstruosa joroba cuando va a ver a la prostituta Pantasilea, las muertes de sus hermanos, el casamiento con la bella Julia Farnese que prefiere a uno de sus hermanos. Todo es angustioso y  desasosegante en esta ópera que consta de dos actos y 15 escenas, todas con la misma estructura interna y articuladas por interludios, a la manera de la ópera Wozzeck de Alban Berg. Hay un predominio de los instrumentos de percusión y algunos instrumentos exóticos como la mandolina y la viola d’amore, entre otros. La música mezcla atonalidad con una escritura que se acerca al modal y hay formas arcaicas tradicionales como el madrigal, la musetta, o la villanella. La dirección musical de David Afkham como la del coro por parte de Máspero y la escolanía a cargo de Ana González son excelentes.

Las partes corales van desde el canto a base sólo de consonantes hasta la utilización fonética de la palabra ‘amor’ en cuarenta y cuatro idiomas.

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Habiendo leído la novela y conociendo el libreto de la ópera que reduce la acción a casi una acción interior porque todo se desarrolla en la rememoración del protagonista, considero que la opción de Pier Audi es una lúcida exploración del mundo desasosegante, opresivo, lleno de angustia y obsesiones del duque, un mundo que refleja lo deforme y la desazón de una mente encerrada en sí misma, donde la tortura primera del rechazo familiar se convierte en autotortura. Tanto el decorado, como las luces y las proyecciones del videoartista Rafman traducen ese mundo mental, un mundo que nos acerca al drama de ese personaje dice de sí mismo  poco antes de morir que es un pobre monstruo de Bomarzo, pobre monstruo pequeño, ansioso de amor y de gloria, pobre hombre triste.

De la Monarquía al Estado – nación

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Por Juan José Echevarría – Opinión

La presentación de la novela histórica la “Colosal Guerra Dominicio-Española 1863-1865”  de José Rafael Laine Herrera, fue una oportuna ocasión de conocer uno de los acontecimientos más desconocidos, a ambas orillas del Atlántico, de la historia reciente iberoamericana.

 

Sabido es que lo que hoy se conoce como República Dominicana se independizó en 1821, dentro de la primera oleada revolucionaria que vivió el hemisferio occidental. Más ignorado es lo que vino a continuación, con un incipiente Estado preso de su propia posición geoestratégica. En efecto, la desconexión con el reino de España fue seguida de inmediato de una invasión de Haití, la porción oeste de la compartida isla que desde los primeros años de la conquista recibió la denominación de La Española. La violencia y estado de guerra consiguiente se extendió durante décadas, asolando la isla y contrastando con la situación de las cercanas Cuba y Puerto Rico, donde aquella primera oleada independentista no había arribado. BanderaRepDominicana

 

Esas circunstancias explican la posición de una parte de la población dominicana favorable al regreso de la soberanía española, liderada por el general Pedro Santana, hecho que se concretó en 1861, pero que desató un nuevo ciclo de violencia, materializado en una nueva guerra que no finalizó hasta 1865 y que se saldó con la definitiva expulsión de España. Contienda sangrienta con decenas de miles de muertos.

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Cuestión interesante al respecto es la diferencia entre 1821 y 1861. En la primera de las fechas, la Monarquía Hispánica, un imperio con tres siglos de existencia abandonó la isla, regresando cuarenta años después como un Estado-nación. La diferencia no es baladí y explica muchas de las circunstancias que sobrevolaron el primer siglo de la Contemporaneidad: el XIX.

 

La primera oleada revolucionaria acabó con el imperio español. Las independencias de las primeras décadas del XIX pusieron fin a aquella estructura estatal diseminada por grandes extensiones del planeta, compuesta por múltiples reinos y virreinatos sobre las que pivotaba la figura de un monarca. De esa implosión surgieron dos decenas de Estados-nación, entre ellos la República Dominicana, pero también México, Perú, Argentina y… España. Todos ellas desgajadas de aquel tronco común: de la Monarquía Hispánica. Un nuevo tiempo había empezado: el protagonizado por los nacionalismos.

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Cuarenta años después, los barcos que llegaron a la Española no eran de aquel imperio ya desaparecido, sino de un Estado-nación que se había construido en el ínterin, al igual que otras ramas de aquel árbol hacían lo propio, entre ellas la propia República Dominicana. El enfrentamiento de ambas naciones, jóvenes en edad, provocó aquella colosal contienda, que Laine Herrera describe y que desde aquí invitamos a su lectura.

¿Aprender inglés o wólof? Desmontando los argumentos de Izquierda Unida

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Por María José López de Arenosa – Opinión

 

Bajo el título Informe Bilingüismo (sin preposición), Izquierda Unida presentó un documento contra la educación bilingüe en la Comunidad de Madrid que denuncia la concentración de recursos “que se detraen de otros programas educativos como el de compensación de desigualdades.”

La adquisición de una segunda lengua es un tema complejo que ha generado tantas teorías como académicos y científicos dedicados a su estudio. Destaca entre ellos Noam Chomsky, padre de la gramática generativa y de la teoría de Gramática Universal y uno de los intelectuales y activistas favoritos de la izquierda por causas ajenas a la lingüística y a quien, curiosamente, no se cita en este informe.  En lugar de recurrir a la literatura especializada, los voluntariosos muchachos de IU despachan el asunto apoyándose en autores ajenos a la ciencia del lenguaje y haciendo una interpretación sesgada de los trabajos que cita; un popurrí  que tiene entre sus contundentes citas bibliográficas la carta de una madre al periódico El País.  Ese es el nivel.

¿Educación bilingüe al alcance de todos o sólo para la (carísima) escuela privada?

La educación bilingüe encierra no pocos obstáculos. Conlleva requisitos, como profesores nativos para impartir las materias en inglés y, en el caso de la escuela pública, su contratación tiene el problema añadido de que buen número de docentes tienen plaza vitalicia por oposición.

El ambicioso (y costoso) proyecto de educación bilingüe de la Comunidad de Madrid es mejorable, pero desde el punto de vista social es justo al revés de lo que define  IU “como un elemento de segregación en las aulas”.  Una educación bilingüe al alcance de todos contribuye a eliminar barreras socioeconómicas y no a aumentar la brecha, como alega su informe, del que extraigo algunas perlas, que para eso me he molestado en leerlo íntegramente y en buscar sus fuentes bibliográficas:

  • «… la mayor parte de las familias “asocian” [las comillas son de los autores] que una consecuencia de matricular a sus hijos e hijas en un programa bilingüe es la necesidad de un apoyo externo, bien sea en el propio entorno familiar, bien en academias o clases particulares. Apoyo que las familias de contextos sociales más desfavorecidos no disponen o no pueden permitírselo».

La palabra “asocian”, con su entrecomillado, sugiere que el apoyo externo  es una percepción subjetiva de los padres, no una necesidad demostrada.  No obstante, es cierto que los alumnos de entornos desfavorecidos obtienen, estadísticamente, peores resultados académicos. Con o sin bilingüismo, esto es una realidad sangrante; razón por la cual la situación socioeconómica del alumno es uno de los baremos del informe PISA (de lectura obligada para quienes diseñan políticas educativas y que los responsables de Educación de IU ni siquiera mencionan).

Siempre ha habido padres que ayudan a sus hijos con las tareas o pagan clases particulares de Matemáticas o cualquier otra materia y quienes no pueden hacerlo por falta de medios o formación. Otros, entre los que felizmente me encuentro,  hemos preferido que nuestros hijos aprendan a estudiar solos asumiendo sus responsabilidades, con sus derrotas y victorias. En el colegio, como en cualquier otro ámbito, alguien tiene una bicicleta mejor, una casa más grande o un papá más guapo, listo y pudiente. Flaco favor haremos a nuestros niños si “asociamos” las diferencias y dificultades como agravios y barreras y no los educamos en la diversidad económica, social, física y cultural asumiendo sus propias limitaciones como retos a superar porque tendremos criaturas sobreprotegidas e inadaptadas.

Resulta falaz definir el programa de bilingüismo de la Comunidad de Madrid como “la herramienta de discriminación social más ambiciosa que se ha creado en España” por el hecho de que algunos alumnos dispongan de apoyo fuera del aula y otros no.  ¿Es una herramienta de discriminación poner la educación bilingüe al alcance de todos, independientemente de sus recursos o extracción social?  ¿Hay algo más elitista que los colegios privados bilingües que sólo una minoría ―muy minoritaria― puede pagar?

Según estas mentes preclaras la implantación del inglés «refleja no solo una cierta mentalidad colonial, sino que asume que la finalidad primordial de la educación obligatoria se debe orientar a su inserción en el futuro mercado laboral».

¡Acabáramos…! ¿Será mejor orientar la educación para la inserción en el paro?

Un segundo idioma, ¿para qué?

Se pregunta IU si la dinámica de conocer segundos idiomas para tener éxito en un mundo cada vez más interconectado «es o debe ser la finalidad de la educación obligatoria para la clase trabajadora. Porque parece que más bien se orienta para un determinado modelo de negocio internacional destinado a determinadas élites».

El conocimiento de otros idiomas no es una finalidad educativa, sino disponer de una herramienta que permite seguir aprendiendo, como ocurre con la lectura o la multiplicación. Objetar que los más desfavorecidos puedan participar activamente en la economía global me recuerda la prohibición de que los esclavos negros de EEUU aprendieran a leer y escribir porque podrían abrirse a otras ideas y horizontes y buscar oportunidades lejos de sus amos. ¿Qué mejor para dominar al otro que mantenerlo aislado e ignaro de sus posibilidades de desarrollo?

  • «No se tendrá el máximo provecho si no utilizan el inglés fuera del aula en un entorno real […]. La alternativa evidente ―nos dicen― es la inmersión, largas estancias en otros países, bibliotecas bilingües en los centros educativos, intercambios de estudiantes, etc.  El aprendizaje de idiomas necesita ayudar al alumnado para pensar en la lengua adquirida como si fuera la nativa. Para conseguir esto hacen falta recursos en forma de becas y dotaciones a los centros».

¿No contradicen estas líneas su propio argumento de que la educación bilingüe concentra demasiados recursos que privan  a “otros programas educativos como del de compensación de desigualdades”?   Parafraseando a Orwell, algunas desigualdades son más desiguales que otras.

Y la cuenta, ¿quién la paga?

Tal vez no sepan los autores del documento que los centros educativos de este programa ya cuentan con bibliotecas bilingües y el uso del inglés como lengua vehicular en nuestras aulas es una suerte de inmersión lingüística para quienes no tienen oportunidad de utilizarlo fuera del colegio. En cuanto a los programas de intercambio que IU propone, como su nombre indica, suponen traer a España alumnos extranjeros en igualdad de condiciones a las de los que enviaríamos fuera y que, no os olvidemos, son menores de edad.  ¿Con qué países firmaríamos los acuerdos? ¿Dónde se alojarían estos menores? ¿Quién asumiría la responsabilidad de su tutela y la gestión de su tiempo libre los fines de semana?  ¿A partir de qué edad los enviaríamos fuera de España teniendo en cuenta que la óptima adquisición de una segunda lengua se produce a edades tempranas?

Si enviamos miles de niños a la vez a estudiar a países de habla inglesa, ¿no acabarían hablando entre ellos en español?  ¿Alguien piensa que basta con enviarlos un solo curso o los veranos para un completo dominio del idioma? ¿Convertimos los internados extranjeros en parte obligatoria de la educación? Los mismos niños que necesitan apoyo externo, ¿se vuelven más listos al cruzar el Canal de La Mancha y podrán estudiar solos? A pesar de las becas, ¿cuántas familias podrían o estarían dispuestas a enviar a un hijo a estudiar al extranjero?  ¿No sería esto un agravio comparativo hacia los niños cuyas circunstancias –de salud, por ejemplo—  no les permitieran alejarse de sus familias?

Ni de cuánto costaría todo esto ni cómo se haría y lo único que está claro es quiénes pagaríamos la cuenta. Tampoco se mencionan las dificultades de los alumnos castellanoparlantes en nuestras comunidades autónomas bilingües españolas, como Cataluña, Vascongadas, Valencia o Galicia. ¿Allí el bilingüismo no plantea problemas?

Hay argumentos (es un decir) sorprendentes como este:

  • ”Y ya hay quien presume de la categoría bilingüe del colegio de su prole”, denuncia el informe.

¡Ay, la vanidad! ¿Vamos a utilizar este pecadillo tan español como prueba irrefutable de las perversidades del sistema?   ¿Son los alardes de la vecina del quinto restregándonos en las narices la escuela de su retoño los razonamientos de ese  “debate serio de toda la comunidad escolar” que reclama IU?

Pero hay más…

  • «Parece que el propósito de la derecha conservadora y de los sectores neoliberales está siendo utilizar el inglés como un elemento discriminatorio y de ventaja comparativa para las clases sociales más altas».

¿Creía usted, amable lector, que democratizar la competencia en la lengua de Shakespeare, otrora reducida a las élites, era algo bueno para los bolsillos rotos de quienes no pueden pagar un exclusivo colegio bilingüe o veraneos en Irlanda?  Pues estaba equivocado. La derechona ultramontana y liberal tiene un plan premeditado para extender el inglés como una hidra y asegurar así la ventaja comparativa de las clases más altas que, naturalmente, son las únicas que le votan.

¿Por qué inglés y no wólof?

No niego las deficiencias y retos del programa bilingüe de la Comunidad de Madrid o de cualquier escuela privada. En el caso de la enseñanza pública, tengo mis reservas sobre si el reciclaje de los profesores les ha dado un nivel de inglés como para impartir sus asignaturas en esa lengua con la misma soltura y riqueza léxica que si lo hicieran en español.  Además, el inglés nunca debería primar sobre nuestro idioma.  Pero de ahí a decir que:

  • «Ninguna administración educativa ni centro considera implantar un programa bilingüe en wólof (la lengua del alumnado que proviene de Senegal y Gambia), en árabe o amazigh (los idiomas del alumnado marroquí), o rumano, que hablan tantos chicos y chicas de nuestros colegios que provienen de Rumanía, con quienes el alumnado de primaria y secundaria sí que tienen que convivir en sus centros. No veremos en la inmensa mayoría de los centros educativos prácticamente ningún compañero inglés, francés o alemán. Pero los niños y niñas deben aprender cuanto antes esos idiomas. Con vistas a tener mayores ventajas competitivas en el futuro mercado laboral».

Preocupa, y mucho, que unos políticos que aspiran a gobernar —solos o en compañía de otros—,  tengan una visión tan corta de miras y piensen que una segunda lengua se aprende para hablar con el compañero de pupitre y lamenten que la enseñanza del inglés, francés o alemán tenga como objetivo competir en el mercado laboral.

Tenemos un senador de ERC de origen indio que no habla español ni para jurar su cargo y quizás algún día tengamos representantes de origen senegalés, dispuestos a defender nuestros intereses en wólof en el parlamento europeo.  Pero mientras el wólof o el amazigh no sean lingua franca en el mundo de la ciencia, del comercio, de la técnica y de la política internacional, ¿no será más práctico aprender inglés?

Inglés, ¿un idioma para camareros?

  • «Las investigaciones coindicen [sic] en que el conocimiento de “esos” segundos idiomas [con énfasis despectivo al entrecomillar el demostrativo “esos” referido a los segundos idiomas, que son el inglés, francés y alemán, como algo ajeno a nuestra cultura], “es ampliamente reconocido como esencial para que los trabajadores tengan éxito en un mundo de negocios cada vez más interconectado y para el desarrollo en el comercio internacional de un país” (Ginsburgh & Prieto-Rodríguez, 2011; Fidrmuc & Fidrmuc, 2009). La pregunta es si ésta es o debe ser la finalidad de la educación obligatoria para la clase trabajadora. […] también sería necesario el inglés en un modelo de desarrollo de un país basado en el turismo y la emigración, afianzando un precariado en constante rotación por puestos de trabajo temporales, precarios y mal pagados».

No sé si la lectura que IU hace de los escritos de Ginsburgh & Prieto-Rodriguez (Returns to Foreign Languages of Native Workers in the EU) y de Fidrmuc & Fidmurc (Foreign Languages and Trade) es sesgada o simplemente errónea por estar escritos en  uno de “esos” segundos idiomas tan ajenos a su comité de sabios que producen erisipela a sus integrantes.  Ambos trabajos analizan con modelos económicos los beneficios de hablar otras lenguas, tanto en términos salariales, como es el caso de Ginsburgh & Prieto, como de desarrollo e integración comercial en el caso Jan y Jarko Fidrmuc.  Pero el temor de nuestros aprendices de brujo a que su claque se aburguese y los mande al paro convierte en Belcebú algo que es bueno para el empleo, los salarios y el equilibrio de nuestra balanza comercial.

¿Es la educación bilingüe una condena a la precariedad del trabajo temporal en el sector servicios para el turismo o la emigración? Pensar que el inglés sólo sirve para pedir o servir un café o no pasar apuros con la sueca de turno como Alfredo Landa en las películas sesenteras es  una simplificación indigna del área de Educación de un partido político fuera del cual, intuyo, estos señores no han tenido que buscar trabajo.

El inglés, imprescindible en el siglo XXI

Hablar inglés no es un adorno en el currículum, sino algo que se da por supuesto en cualquier ámbito profesional; salvo en la política, lo cual no  honra a nuestros representantes, cuyos traductores e intérpretes pagamos todos para que negocien nuestros intereses en foros internacionales. Es un idioma imprescindible para estar en la vanguardia del conocimiento y participar en congresos científicos y leer o publicar descubrimientos en revistas especializadas que, mal que les pese a algunos, se escriben en inglés. Su desconocimiento supone un hándicap casi comparable al analfabetismo en otros tiempos felizmente superados.

Invito a los miembros del sanedrín de Izquierda Unida a viajar y leer más, sin descuidar su español que, a juzgar por este estudio, necesita un repaso. Vayan a Londres, señores, y vean cómo nuestros graduados universitarios que hablan inglés desarrollan sus carreras profesionales compitiendo con sus colegas en igualdad de condiciones, mientras quienes no pueden hacerlo trabajan como mano de obra barata no cualificada; muchos con el solo propósito de costearse la estancia y las clases de un idioma que necesitan para ejercer su profesión.

Y de vuelta a España apresúrense a matricular a sus hijos en clases de wólof o amazigh, si les place.  O en pitjantjatjara, idioma del desierto de Australia y que tiene en su haber el topónimo más largo de ese país: ‘Mamungkukumpurangkuntjunya, que significa “donde el diablo orina”. Ignoro cómo se llama el lugar donde el diablo echa sus cagadas, pero después de leer el informe sobre bilingüismo de IU ya sé dónde encontrar algunas.

Del Rif a la Patagonia y retorno a España

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Por: Vicente López Pérez

La historia que nos relata Liliana es parte de la vida de tres generaciones de Rodríguez que estuvieron vertebradas por un símbolo, un trozo de tela que los acompañó a lo largo y ancho del planeta, que fue testigo de guerras, desarraigos e injusticias pero también testimonio de alegrías, reencuentros y logros conseguidos. Este, es el relato de una bandera española de Mochila o Percha, que escoltó los rumbos de esta familia gallega en la búsqueda de una mejor oportunidad de vida.

 

El abuelo César Rodríguez Pardo, como en casi todas las familias del norte de España, respondía mejor a su mote que a su apellido, allá por Orense en la aldea de la Bugariña “Los Candongos”; eran conocidos por ser alegres y divertidos además de por ser los panaderos de la comarca. César El Candongo, era el mayor de siete hermanos y se correspondía en su forma de ser y vivir perfectamente con su mote.

 

 

Pero todo cambia cuando en 1921 con apenas 20 años, las necesidades del Ejército Español deciden reclutar masivamente hombres jóvenes y fuertes en la zona para transformarlos en soldados. Las posesiones españolas del norte de África habían estallado en guerra y así el panadero transformado en cabo Rodríguez llega al Batallón de Cazadores en la ciudad de Melilla donde le entregaron junto con su mísero equipo la bandera de mochila o percha que le serviría para marcar siempre su posición, elevar la moral y en caso de muerte como mortaja.

 

En esos tiempos … la firma del Tratado de Fez con Francia que concedía la soberanía del norte de Marruecos a España desata las iras de Abdelkrim, un poderoso líder del Rif marroquí, conocedor de las estrategias y pensamiento español por haber trabajado anteriormente para ellos como funcionario. España contaba con un ejército desabastecido, mal armado y con soldados campesinos apenas entrenados y desmoralizados, en cambio el líder rifeño tenía hombres altamente motivados y dispuestos a todo por conservar su territorio independiente.

 

En 1921 las tropas españolas sufren su peor derrota conocida como el desastre de Annual, donde el líder

En el centro, con los cachorros, D. César Rodríguez Pardo
En el centro, con los cachorros, D. César Rodríguez Pardo

rifeño creyó haber conseguido la independencia  de la República del Rif. Finalmente terminaría rindiéndose y el sueño de un Rif libre se diluyó para siempre. En esta guerra destacó y se catapultó la carrera militar de otro joven gallego Francisco Franco que llegó a ser General a los 33 años. Las muertes se contaron por decenas de miles y para nuestro cabo Rodríguez la pesadilla, el hambre, la malaria y demás calamidades se terminan cuando en 1925 regresa a Galicia vivo y con la bandera que lo había acompañado en todo momento. Allí lo estaba esperando Perfecta González la novia que él había dejado al irse y que se mantuvo fiel a su promesa esperándolo. La boda se celebró inmediatamente.

 

El 18 de Junio de 1927 nace el segundo protagonista de esta historia César Rodríguez González, el alumbramiento sucede en la casa familiar de la aldea Soutelo parroquia de San Benito de Rabiño (Orense).

 

En Julio del mismo año César Rodríguez padre, embarca con destino a Argentina en busca de un futuro mejor para su familia. Solos en la aldea quedan Perfecta y su hijo César de un mes de vida. La cartas desde allí hablan de la tremenda soledad de César padre en Buenos Aires al estar lejos de su familia y Perfecta decide no dejar solo a su marido en esta empresa de abrir un nuevo camino al otro lado del charco. César hijo, con apenas un año, queda en la aldea al cuidado de su abuela Dolores y Perfecta marcha al encuentro de su esposo.

 

Es la abuela Dolores quien mantiene fresca en la infancia de César hijo la figura de sus padres. Es ella quien le cuenta las historias de la familia y de la guerra en la que participó su padre mientras le enseña la bandera que también había quedado junto al niño en la aldea como su custodia. Periódicamente Dolores llevaba a su nieto a una aldea cercana donde vivía una mujer pelirroja como su madre, y le recordaba “este será el color de pelo que tendrás que buscar cuando te llegue el momento, así lo tiene tu madre”.

 

Al borde de los 12 años recién terminada la Guerra Civil, con aquel joven General gallego transformado en Generalísimo Franco, es cuando llega el tan ansiado pasaje del reencuentro, César hijo debe viajar a Barcelona para embarcar en el buque Vulcania que procedía de Génova.

 

El 4 de Mayo de 1939 César hijo solo, embarcaba rumbo a Buenos Aires, con pantalones largos, una valija de cartón y la bandera que debería blandearla de popa a proa para que sus padres pudieran identificarlo al llegar a puerto. Por aquel entonces las fotografías no abundaban y el niño sabía que su padre era muy moreno y su madre pelirroja y poco más.

 

Casi 20 días duró el trayecto y el entusiasmo se desató al llegar.  El puerto de Buenos Aires estaba lleno y César agitó la bandera todo lo que pudo entre la multitud que poco a poco se disipaba y allí no había ninguna pelirroja acompañada de un moreno esperándolo. Desesperado, su primera intención fue esconderse en el barco para volver de polizón a España, pero el capitán que sabía de su existencia lo descubrió y  lo entregó a las autoridades argentinas. El Hotel de los Inmigrantes era el lugar indicado para casos como este y allí permaneció siempre con el salvoconducto de la bandera a mano para que lo identificasen si llegaba el caso y llorando sin consuelo lejos de la cálida austeridad de la casa de la abuela, sus mimos y la música de los bolillos que siempre la traían entretenida.

 

D. César Rodríguez Pardo Foto tomada al final de sus día.

 

Tres días después llega a la casa de César padre y Perfecta en Bs. As. la carta que avisaba de la llegada del niño (tres días atrás). Salen desesperados hacia el puerto y allí se produce el reencuentro. Ya no se separarían nunca más.

La traumática experiencia de César hijo lo transformó en un hombre fuerte y con las ideas claras. Seis años después de su llegada a Buenos Aires comenzaba sus estudios como alumno regular en la Universidad de Buenos Aires en la carrera de Farmacia y Bioquímica. Fue un alumno aventajado y supo aprovechar las oportunidades que se presentaban.  Después de tantos sufrimientos aprendió que no se podía perder el tiempo. Agradecido amó siempre a la Argentina y pareció un porteño más. Allí se casó, tuvo dos hijos un varón y una chica que es Liliana nuestra relatora, mujer comprometida, politóloga de profesión, escritora, con una mochila de vida llena de todo (bueno y malo), madre, abuela recolectora y amadora de perros y digna receptora de su linaje celta, orgullosa de su genética y temperamento gallego     y sin dudarlo, argentina de por vida.

 

Junto a su tercer esposo encontró el amor definitivo Angel Accinelli, también padre, abuelo, catedrático y fabricante de cerveza artesanal en los ratos libres.

 

Juntos buscaron vivir el resto que les quedaba en un nuevo entorno, solo que esta vez no hizo falta barco ninguno, La Patagonia se ofrecía como un destino perfecto para románticos, pioneros de mente o urbanitas de campo. El lugar San Martín de los Andes, alejados del centro del pueblo, arriba de la montaña rodeados de bosque nativo conviven con su traviesa manada de canes, las fotos de hijos y nietos, la música del piano, infinidad de libros, los barriles de cerveza, los blogueros seguidores de Liliana y la bandera del abuelo César.

 

Hasta que Liliana y Ángel en un acto de coherencia y conocedores de que esta noble insignia que los acompañó durante tres generaciones ya había cumplido sobradamente con su cometido, decidieron devolverla a su origen, a la cuidadosa tranquilidad y respeto del Museo del Ejército de Toledo. En un afectuoso acto el pasado 24 de Enero del 2017. Después de 96 años acompañando a los Rodríguez, la bandera de mochila del abuelo César, testigo de tantos avatares y paño de lágrimas de esta saga familiar que desafió a la adversidad,  encontró  el  sitio de privilegio que cierra un recorrido histórico y emocional, referente de tantos  otros combatientes españoles.

Museo del Ejército Coronel Pérez Garcia y Liliana Rodriguez 1

La emotiva entrega la realizó Liliana al Coronel Pérez García en Toledo, que en representación de la institución comprendió el tremendo valor sentimental que tenía la bandera para los donantes, lo agradeció y completó el acto recordando la historia de aquella sangrienta guerra y el significado castrense de la noble insignia.

La bandera del abuelo Cesar, o bisabuelo o tatarabuelo según quien lo diga, queda como testimonio de una historia del pasado en una vitrina recordando a los visitantes la historia oficial. La otra historia, la de los Rodríguez, está invisible, secretamente impregnada en cada fibra de la insignia.

 

 

Seguramente los hoy ausentes de esta historia, estarán contentos con el final. La vida continúa, ¡todo vuelve a comenzar!

 

El pasado día 26 de Enero después de haber leído esta historia publicada en el diario El País en un artículo del periodista Manuel Morales Ruiz, la Embajada de la República Argentina en Madrid toma conocimiento de la historia, se interesa y contacta telefónicamente con Liliana Rodríguez para manifestarle el deseo del Embajador Federico Ramón Puerta de recibirla y poder conocer el relato de primera mano, es decir contada por ella misma. El Embajador y el matrimonio Rodríguez-Accinelli empatizaron rápidamente y se resaltó el valor de la historia de esta familia como ejemplo de tantas otras no contadas, que habrán sufrido muchos de los inmigrantes que llegaban a la Argentina desde lejanos lugares a construir una nueva vida y un país, ¡el nuestro!.

 

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Durante la visita nos contó Liliana se sintieron como en casa, y compartieron charla, café y mate cocido en uno de los salones de la residencia del Embajador tanto con él como con algunos de los funcionarios allí presentes, un acercamiento no buscado entre la institución y los protagonistas que anónimamente y solo movidos por la coherencia, efectuaron este viaje de restitución del emblema que consideraron ya nos les correspondía y debían devolverlo. Agradecieron el interés de los integrantes de la Embajada por esta historia de su familia que no genera ningún tipo de réditos, es humana sin más. Contentos y agradecidos, Liliana y Ángel regresan para Argentina sin la bandera de mochila pero con la mochila cargada de satisfacciones. Tanto España como Argentina a través de su representante, los recibieron con los brazos abiertos y sin haberse ido aún, ya tienen ganas de volver. Eso sí, solo de visita.