Julian Assange nuevo icono del prusés

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Tribulaciones  de un peluquero charnego

Por María José López de Arenosa – Opinión

Contactar con el autor: mjarenosa@hotmail.com

 

 

Después de cumplir con los encargos de Eutimia, Andrés González, nuestro peluquero  más cotizado, aprovechó que había salido el sol para pasear por los alrededores de Harrods antes de su cita en el 10 de Downing Street para cardar la melena de la primera ministra.

Se sobresaltó al ver tras los visillos de un balcón un espectro extraño, una figura fantasmal. ¿Sería el niño fotofóbico de Los otros, ya crecidito?  Una docena de curiosos, casi todos periodistas, se había congregado en aquella esquina y un cámara de la televisión catalana le puso al corriente.

—Assange apoya el prusés— le dijo satisfecho.

El señor de Murcia se quedó absorto mirando aquella pálida figura y sintió lástima.  Más de cinco años de encierro viendo pasar la vida entre las brumas de Londres, tras los visillos de un balcón en la esquina del culo de saco donde está la embajada de Ecuador, habían nublado la visión de la realidad al fundador de Wikileaks.  Se sorprendió más de los estragos que había causado el aburrimiento en el okupa más famoso del mundo, que el hecho de que las aguerridas feministas de la CUP se hicieran las suecas  y no estuvieran  allí protestando por la intromisión oportunista de alguien acusado por violación que, para colmo, había apoyado a Marie Le Pen.

—Al menos habrá pagado los cinco euros.

—¿Cuáles?— preguntó el cámara.

—Los de la colecta solidaria para pagar la multa de Artur Mas.

Pensó en la alegría de Raül Romeva.  Puigdemont le comentó en una ocasión, mientras le recortaba el flequillo, los desvelos del Consejero de Asuntos Exteriores, Relaciones Institucionales y Transparencia de la Generalidad de Cataluña para encontrar una figura carismática y de fama mundial que apoyase el prusés.

—Copito de Nieve, el gorila albino, icono de Barcelona, era independentista y decía una y otra vez que Espanya ens roba, pero se nos murió justo cuando estaba aprendiendo a decirlo en catalán— dijo el President a su peluquero, sin ocultar su desolación.

—Será difícil encontrar a alguien con ese perfil, President.

Romeva no estaba entre sus clientes ni tenía visos de llegar a serlo. Pero sabía que, quizás por tener la mollera a la intemperie, don Raül era un hombre muy sensible. Su propia madre declaró en una entrevista: “es una de esas personas que si le llaman tonto se pasa toda la noche sin dormir”.

Un hito en la gloriosa historia de la diplomacia catalana

El consejero calvo había sabido invertir bien el tiempo ahorrado en el sillón de la barbería. Había recorrido el mundo buscando una figura icónica, reconocible en todas partes y capaz de aprender catalán o por lo menos que pudiera decir con soltura que Barcelona és bona si la bossa sona.  Por fin, cientos de miles de euros y veinte meses de trabajo rendían su fruto: un apoyo en Europa para el prusés, de un australiano acogido a sagrado en territorio ecuatoriano de Kensington.  Un hito en la gloriosa historia de la diplomacia catalana que Raül Romeva, madrileño por nacimiento y catalán por adopción, habría de celebrar descorchando una botella de cava del Penedés.  Don Raül podía dormir, por fin, a pierna suelta.

Andrés miraba absorto a aquella alma en pena. No era la primera personalidad internacional en sumarse al proceso independentista. Antes lo había hecho Nicolás Maduro, pero la pálida figura del australiano le daba un aire más cosmopolita y más respetable que la del ex conductor de autobuses y ahora conductor sin frenos de la gran ruina venezolana.

En honor a la verdad, no había sido el único apoyo en el continente europeo para la causa. Arnaldo Otegui, el terrorista y prócer de la nación vasca, ya había desfilado en la Diada con su ofrenda floral, como corresponde a un hombre de paz.  La vomitona que le dio a la pobre Eutimia viéndolo por televisión y acordándose de las 54 víctimas mortales y más de doscientos heridos de ETA en Cataluña, dejó la alfombra del cuarto de estar para tirarla.

Esto era diferente y más respetable.  Aunque estuviera acusado de violar a dos activistas suecas que, al contrario que las nuestras, eran implacables y no estaban dispuestas a que se fuera de rositas, Julian Assange le daba al prusés  una vitola…, un aire de glamour… un… no sabía qué del que carecía el etarra con su cara de bruto y su pasado sangriento. Otro a quien jamás cortaría el pelo, aunque por razones distintas a las de Romeva.

El fundador de Wikileaks no le parecía a Andrés tan inteligente y simpático como Copito de Nieve, pero comprendía el entusiasmo del consejero quien pensaría, de buena fe, que los catalanes llegarían a quererlo tanto como al añorado bípedo.

El cámara de TV3 le contó que el famoso inquilino de la sede diplomática llevaba muchos años preparándose para el momento de la verdad —que ya había llegado—, estudiando a fondo la Historia de España y los agravios cometidos contra Cataluña. En su debut se hizo un pequeño lío con Sancho Panza y Pedro Sánchez, pero ahí estaba Pérez-Reverte para darle clases a golpe de twit y aclararle que el escudero de Don Quijote no se llamaba Pancho Sánchez.  Y gracias a un manual de catalán sin esfuerzo podía lanzar twits en esa lengua con una soltura que era la envidia de Donald Trump.

La manutención del fichaje estelar era un punto delicado que se había resuelto con inteligencia. No corría a cargo de las mermadas (e intervenidas) arcas del ayuntamiento ni de la Generalidad, sino del erario ecuatoriano.  Todo un detalle que él, como contribuyente, le agradecía. La pela es la pela, en Badalona o en Caravaca de la Cruz.

Un acuerdo ventajoso para todos

El arreglo con Assange parecía muy ventajoso para todas las partes implicadas y confirmaba que el pseudoministro de Asuntos Exteriores de la Generalidad no tenía un pelo de tonto.  ¿Había algo más congruente para ganar credibilidad que fichar a alguien con experiencia —según dos suecas—  en violaciones, para violar la Constitución española?

El australiano también obtenía buenos réditos del acuerdo.  Había encontrado una vía para salir –sin pisar la acera—  del callejón del olvido de la mano de sus nuevos amigos sin necesidad de pagar una campaña en los medios.

—Un artista— pensó Andrés, acordándose de que Iberdrola le había subido la factura de la luz y Assange tenía calefacción gratis.

La condición de albino que el fundador de Wikileaks compartía con Copito de Nieve, el llorado gorila de Barcelona, le daba un aspecto de recién salido de un baño de lejía. No podía decirse de él que daba el toque de color a la gesta independentista, pero de eso se encargaba la CUP.

—Este chico necesita un poco de sol en Castelldefels, un bañito en el mar y un horizonte más amplio.

La brisa marina y la luz mediterránea, pensaba Andrés, harían milagros y le darían una visión más clara de las bondades de nuestro Estado de Derecho para que no tuviera que pisar los charcos del patio de aquel edificio y chapotear en el fango del odio a España que, a fin de cuentas, no le había hecho nada.

—Incluso en la jaula vacía del zoo de Barcelona estaría mejor que aquí—pensó. Los niños le alegrarían la vida tanto como a Copito, aunque no sé si lleguen a quererlo tanto.

Ahora que volvía a estar en el centro de la atención mundial, el señor Assange necesitaba un peluquero para representar a los catalanes dignamente.  Sus guedejas desaliñadas pedían a gritos un toque de tinte.  El castaño claro le daría un aire a Putin que le sentaría francamente bien y él mismo podría aplicárselo a buen precio.

Mientras, a unas manzanas de allí, las campanas del Big Ben daban los cuartos — Sol, Fa, Mi, Si…—,  en la esquina de Hans Cres se abrió el ventanal.  Julian Assange saludó a la multitud, la docena de personas allí congregadas que aplaudía entusiasmada.  Al señor de Murcia la escena le recordó a la del edificio de La Equitativa, en Madrid, frente al Congreso de los Diputados, cuyas simpáticas figuras se asoman al balcón cuando el reloj da las doce del mediodía. Carlos III, la duquesa de Alba, Goya, el torero Pedro Romero y una manola dan una vuelta, saludan a los madrileños con una coreografía perfectamente orquestada y vuelven a resguardarse del bullicio de la ciudad.  Además de echar en falta la música del carrillón, se quedó esperando la aparición del resto del elenco para completar el cuadro:  Artur Mas, Carme Forcadell, Raül Romeva y la madre superiora de la congregación con el misal en la mano. Seguramente estaban dentro, en un salón, dando buena cuenta del ceviche que les servía  el mayordomo de la embajada mientras redactaban el siguiente twit en la cuenta de Julian.

—Míster Assange, míster Assange! ¡Un toque de color! A little color for your hair!, gritó, atusándose la cabeza por si acaso no le entendía.

Julian Assange puso su mejor cara de whaat???  Y el peluquero, hombre de recursos, abrió su maletín y alzó las tijeras para ofrecerle sus servicios.

Todo fue muy rápido.  La gente corría despavorida y los policías que custodiaban la legación ecuatoriana lo tiraron al suelo, donde quedaron esparcidos los peines, cepillos, lacas, la maquinilla y todas armas del supuesto terrorista que no entendía a qué venía tanto revuelo.