Vargas Llosa, ponente estelar sobre Roger Casement

 

Por María José López de Arenosa

 

La presentación, el pasado 10 de octubre, en la madrileña Casa de América, de la exposición Roger Casement en Iberoamérica: El caucho, la Amazonía y el mundo atlántico, 1884-1916, se organizó con una mesa redonda en la que Mario Vargas Llosa, como ponente estelar, ofreció una disertación sobre este irlandés, luchador por los derechos de los pueblos indígenas.

Como ya hiciera años antes en el Congo belga, Roger Casement recogió testimonios e imágenes de la explotación y crueldad a la que se sometió a las poblaciones indígenas de la región cauchera del río Tupumayo, en la selva peruana. Torturas, amputaciones, asesinatos, explotación infantil… son algunas de las atrocidades cometidas en la obtención del caucho, materia prima codiciada para la industria en una incipiente globalización. Atrocidades que fueron minuciosamente narradas por Casement en su Informe sobre el Putumayo, tras recoger los testimonios de víctimas, verdugos y testigos. En la exposición de Casa de América, en colaboración con la Embajada de Irlanda y la Secretaría General Iberoamericana, pueden verse algunos de los documentos y fotografías (muchas tomadas por el propio Casement) que le sirvieron como base para dicho informe.

 

casement

Al hilo de este acto, me parece oportuno hacer un paralelismo que ofrezca una nueva dimensión al tema, trayendo la figura de Joseph Conrad, quien comparó a Roger Casement con Bartolomé de las Casas. Poco tienen en común Conrad y Casement, salvo que ambos habían hecho, por separado, la travesía en barco de vapor hacia el alto Congo. Un mismo viaje, con consecuencias y relatos muy distintos. La travesía de Marlow, protagonista de la novela El Corazón de las tinieblas, por el río Congo, catapultó a Conrad al altar de las letras inglesas. El joven irlandés Casement, por su parte, culminó sus veinte años en el corazón de África remontando ese mismo río para recoger testimonios para su Informe sobre el Congo, encomendado por el británico Foreign Office y publicado en 1903, que lo convertiría en un precursor en la lucha por los derechos humanos.

Si en el viaje de Marlow por el río Congo, Conrad nos muestra, en clave de ficción literaria, a los nativos como salvajes que sirven de telón de fondo al horror de la pesadilla vivida por un occidental, en el Informe sobre el Congo, de Casement, son los nativos, en su papel de víctimas, los verdaderos protagonistas de una realidad desconocida para la mayoría de los europeos, que convulsionaría a la autocomplaciente sociedad británica. La presión internacional que generó este documento fue tal, que obligó al rey Leopoldo II (a quien Vargas Llosa se refirió en su disertación como el primer gran genocida del siglo XX) a renunciar a este territorio como su propiedad particular, en favor del Estado belga.

Un mismo viaje, dos visiones distintas y un antes y un después en las vidas de ambos y en la Historia. Conrad fue elevado a los altares de las letras inglesas gracias; en buena parte, al influyente crítico literario F.R. Leavis, para quien era uno de los cuatro mejores novelistas de la literatura inglesa, junto a Jane Austen, Henry James y George Eliot. Algo notorio para un polaco que aprendió inglés a los veinte años. En ese panteón de novelistas ilustres permaneció sin discusión hasta que Chinua Achebe lo vapuleó en su artículo Una imagen de África: racismo en «El corazón de las tinieblas» de Conrad, publicado en 1977. El escritor nigeriano lo acusó de “racista flagrante” por presentar una imagen de África distorsionada y estereotipada que niega a los africanos de identidad, cultura y lengua. A partir de ahí, la crítica literaria postcolonial lo ha atacado sin tregua.

Por su parte, a Casement, su Informe del Congo, publicado en 1903, su experiencia en horrores lo convirtió en una celebridad y lo llevaría después a América, enviado por el Foreign Office, para investigar, también allí, los abusos en la extracción del caucho. De vuelta a Europa dedicó los últimos años de su vida a la independencia de Irlanda. Tras su ejecución en la horca, acusado de alta traición, al considerarlo las autoridades británicas agente provocador en el denominado Levantamiento de Semana Santa, el nombre de Roger Casement caería en el olvido, incluso en su patria, Irlanda.

No voy a valorar ahora las acusaciones de Chinua Achebe, que merecen un análisis literario y tratamiento académico que no corresponden a este espacio. Pero sí me gustaría resaltar, siguiendo con este paralelismo entre los respectivos legados de Conrad y Casement, que la publicación de la biografía novelada de este último, El sueño del celta, en 2010, escrita por Mario Vargas Llosa, lo rescató, según palabras de Angus Mitchell, comisario de la exposición, del basurero de la historia para situarlo en el lugar que le corresponde.

Sirvan esta exposición en Casa de América, la mesa redonda organizada por esta misma institución y la novela de Vargas Llosa para recordarnos que, aunque hayan transcurrido más de cien años, la esclavitud infantil sigue vigente en algunas zonas del mundo, que todavía ciertas materias primas se obtienen con la explotación y tortura de poblaciones indefensas y que los derechos humanos aún no son universales. Como exclamó Kurtz, antes de morir en El corazón de las tinieblas: “¡El horror! ¡El horror!”

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