Carlos Fuentes, con “Gringo Viejo”, puso final literario al periodista amargo, Ambrose Bierce

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Por José Manuel González Torga

 

La desaparición del escritor mexicano Carlos Fuentes, el pasado mes de mayo, ha tenido la natural repercusión en los medios de comunicación social, a la que me tienta unir una pequeña aportación más.

Vi un par de veces a Fuentes y le escuché disertar en unos cursos de verano de San Lorenzo de El Escorial. Además he leído varias de sus obras así como diversas cosas escritas sobre él; por ejemplo, la parte que le dedicó, en “¡Ay vida, no me mereces!”, Elena Poniatowska, con quien compartí un almuerzo, amplio de conversación, dentro del mismo tipo de programación académica estival.

En una entrevista realizada por María Victoria Reyzabal, con ocasión del Premio Miguel de Cervantes que recibió Carlos Fuentes, éste le manifestaba: “México será un país maduro el día que haya una estatua a Hernán Cortés en el paseo de la Reforma”. Efectivamente, él era muy capaz de relativizar tópicos y complejos, un mérito muy a tomar en consideración.

Hay uno de sus libros que me interesa especialmente por el personaje que lo inspiró. Me refiero a “Gringo Viejo”, como apoda, en su enigmática incursión final en la Revolución mexicana, al celebérrimo periodista y escritor estadounidense Ambrose Bierce.

Bierce trabajó en el diario “San Francisco Examiner”, órgano causante, al recibirlo en herencia, de la iniciación morbosa en el cuarto poder por parte de William Randolph Hearst, a quien inmortalizó, para el séptimo arte, Orson Welles, en “Ciudadano Kane”. El columnista Ambrose Bierce tuvo a su cargo la sección titulada “Prattle” (Charla). Sus artículos aparecieron también en la cadena de periódicos de Hearts, que estuvo encabezada por el “New York Journal”. Utilizó el seudónimo “Bitter”, traducible, como es sabido, del inglés al castellano, por “amargo”, igual que “Gorki”, del ruso.

William R. Hearst, entre sus muchas acciones extremadas, llevó a cabo una belicosa campaña contra la reelección presidencial de William McKinley, por cierto el inquilino de la Casa Blanca que metió a Estados Unidos en la Guerra de Cuba, contra España, intervención inducida al máximo por aquel editor sensacionalista. Bierce, secundando a su patrón, como hizo durante años, a gusto o a disgusto, escribió en el “Journal”, refiriéndose al asesinato de un gobernador de Kentucky, apellidado Goebel : “La bala que atrvesó el pecho de Goebel no puede ser hallada en todo el Oeste; la razón es que viene hacia acá rápidamente, para tender a McKinley en su féretro”. Pocas semanas después, un editorial del mismo diario amarillista no tenía empacho en remachar, amenazando: “Si para librarse de instituciones malas y de hombres malos es preciso matarlos, entonces debe matárseles”. Pasados sólo unos meses, en setiembre de 1901, el presidente McKinley resultó herido mortalmente, en atentado, por un anarquista. Entonces, “Ciudadano Kane” pretendió hacer olvidar su señalamiento criminal cambiando la cabecera de su cotidiano neoyorquino con el término “American”, pero el sambenito colgó ya siempre de su nombre de empresario de medios de comunicación de masas.

 

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Espantosos avatares

En cuanto a Ambrose Gwinet Alarico Bierce, nacido en Ohio, en 1842, contó con un entorno familiar tan tremendista que resulta casi inverosímil. Fue el benjamín de nueve hermanos, criados bajo la férula de una madre autoritaria, temperamento que no le impidió abandonarlos. El padre terminó ahorcándose. Una hermana marchó de misionera a África, donde acabó trágicamente, devorada por caníbales. Otro hermano, con mejor suerte, simplemente adquirió un perfil anecdótico al encontrar su medio de vida exhibiéndose como forzudo de feria.
Ambrose se inicia en la vida amorosa con una mujer culta que, al parecer, aún conservaba atractivos suficientes después de haber rebasado la edad de setenta años.

Alumno, por breve tiempo, de la Escuela Militar de Kentucky, participa en la Guerra de Secesión, en la que resulta gravemente herido.
Contrajo matrimonio en 1871, aunque las fuentes bibliográficas no coinciden en el nombre de la esposa: en unas, figura como Mary Ellen Day; y en otras como Escarlata Lee Stuart, mestiza chiricahua. Sí hay concordia sobre el hecho de que la pareja marcha a Londres, donde reside unos años. Allí nacen sus dos hijos, para quienes eligen los nombres de Montaigne y Montesquieu; ya adultos, uno perecerá en una reyerta tabernaria y el otro, víctima de las drogas.

El bohemio escritor viajó a Bosnia y a Turquía, país éste último donde hizo amistad con Bakunin.
De vuelta a California, ejerce el Periodismo y publica relatos. Vive una aventura con una actriz, que luego le abandona. Su matrimonio se rompe y él se entrega a la bebida.

La obra más conocida de Bierce es el “Diccionario del diablo”, que reúne textos antes aparecidos en la Prensa y que, en parte, también ha sido editado bajo el título de “El vocabulario del cínico”. Busquemos un par de términos, a título de ejemplo: ( Elector: “El que goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros”. Yanqui: “En Europa, un norteamericano. En los Estados norteños, habitante de Nueva Inglaterra. En los Estados sureños, la palabra es desconocida en su forma principal, aunque no en su variante fuerayanqui”).
Jinete hacia su apocalipsis

En “Gringo Viejo”, Carlos Fuentes imagina la aventura final de Bierce, ya de vuelta de cuanto ha vivido, decepcionado de su país, donde no quiere morir y que abandona por El Paso, para adentrarse, a caballo, en un México hecatómbico. Era noviembre de 1913 y puso, con valor de epitafio, en su última carta: “Ser un gringo en México, eso es eutanasia”.

El resto lo aporta la fantasía de Fuentes y ha dado lugar, como un verdadero plus, a una película que conserva el título de la novela originaria. Gregory Peck y Jane Fonda encarnaron los papeles estelares, con Jimmy Smits como parte del terceto; el director del filme es Luis Puenzo, el cual firma al alimón con Aida Bortnik la obra cinematográfica; en cuanto a acción y a diálogos, el resultado en la pantalla va más allá de lo que uno lee en el texto que sirvió como modelo literario.

Bierce, después de haber servido a Hearts, probablemente despreciándolo en su fuero interno, pudo aseverar, según recogía Fuentes, (que morir despedazado delante de un paredón mexicano no era una mala manera de despedirse del mundo. Sonreía: “Es mejor que morirse de anciano, de enfermedades o porque se cayó uno por la escalera”).

Aludiendo a la participación de Estados Unidos en la Guerra de Cuba y a la provocación para suscitar el “casus belli” por parte de Hearts, en la película “Gringo Viejo”, el personaje inspirado en Bierce habla de “guerra vergonzosa, inventada por un periódico”. Por tales desafueros como lastre en alguna parte alícuota sobre su conciencia, el viejo gringo llega a decir, vengativamente: “No pienso comprar otro periódico en toda mi vida”. Y asimismo respira por sus propias heridas, causadas por la daga de la mentira tan vivida, cuando exclama: “Un hombre merece saber la verdad, por lo menos una vez antes de morir”. Su pesimismo insondable, representado por expresiones de ese jaez, ayuda a comprender la decisión de Bierce de alejarse de su pasado para buscar su fin más allá de la frontera, en una vorágine revolucionaria.

En realidad, nadie tiene certeza de cómo, dónde y cuando murió Ambrose Bierce. Aquel ingenio un tanto tenebroso eligió un final de tinieblas. Aunque existe una tumba con su nombre, no se cuenta con datos que argumenten la autenticidad de la misma. Un factor más para excitar la curiosidad de algunos. Como se columbra por la recreación de Carlos Fuentes.

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