Una mirada profunda a la pandemia

La psicóloga Sonia Yacosa Bruno dialoga con el semiólogo Fernando Ardacht y con la psicóloga clínica Mariela Michel en relación a las múltiples situaciones a la que nos ha llevado esta inesperada pandemia.

“Desde esta ribera del Atlántico, más precisamente desde Uruguay, que vive una situación particular en esta dolida América, nos interpela cómo entender este momento humano que parece borrar fronteras aunque por momentos ahonda grietas y lejanías.

Nos pareció bueno consultar y compartir con los lectores, la mirada que sobre los pensares acerca de la “pandemia” tiene el doctor Fernando Andacht, semiólogo, Director del Instituto de Comunicación, Profesor Titular del Departamento de Teoría, Investigador (SNI-ANII, Nivel II) de la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República (UdelaR).  Junto a la Doctora Mariela Michel, Psicóloga Clínica especializada en Niños y Adolescentes, Docente Universitaria, Psicodramatista, accedieron responder a nuestra inquietud.

Preguntamos al Dr. Andacht y a la Dra. Michel  cómo entendían este tiempo, que parece transitarse entre la paranoia y la desmentida.

Nos gustaría hablar de un fenómeno que podríamos llamar “más acá de los senderos que se bifurcan”. A ambos nos llamó mucho la atención la imagen que nos llegó el 16 de agosto (el 16A), de la Plaza Colón de Madrid, que a simple vista parecía extraída de la canción de J. M. Serrat. En esta época tan tenebrosa, Madrid “se vistió de fiesta”. Apenas pronunciamos la palabra “fiesta” se dispara una alarma en nuestro cuerpo. Pensamos enseguida en la posible pregunta de muchas personas: ¿de fiesta? o ¿de alarma?

¿Por qué la ambivalencia?

Para algunos, parecía ser un motivo de alegría. Las imágenes en vivo mostraban  un ambiente  festivo, una alegría contagiosa. Contagiosa para algunos, pero, para otros, no era nada más ni nada menos que otra grave amenaza de contagios masivos, un temor muy amplificado. ¿Cómo pueden ser tan opuestas las interpretaciones de la misma visión panorámica de una multitud que coreaba energéticamente bajo el cielo estival español?

Para responder, sería fácil recurrir a las teorías que sostienen que la verdad es siempre subjetiva, que es una mera y arbitraria construcción (social). Y entonces, como reza el proverbio, todo dependería “del cristal con que se lo mire”. Pero, hay otras teorías más optimistas sobre la posibilidad de conocer la verdad, sin que eso implique tener una total certeza de que la obtenemos de modo individual y para siempre, en un momento dado. La verdad, escribió hace más de un siglo C. S. Peirce, el filósofo que desarrolló la teoría semiótica, es siempre una empresa colectiva, permanente y falible que se basa en la comunicación.

si no hay una verdad, cómo  se da  hoy la comunicación?  Sonia, nos parece con Mariela, que no queda del todo claro el significado de la pregunta, tal vez, si fuera:  ¿en qué se basaría hoy la comunicación, si no hay una verdad que comunicar?

Justamente, desde la perspectiva semiótica sí la hay, pero no se accede directamente a ella, sino a través de signos. Eso significa que se accede de modo colectivo, gradual y  nunca definitivo a la verdad a través de la comunicación entre quienes tienen diferentes perspectivas. Para que algo merezca el nombre de ‘comunicación’,  los signos que la componen deben necesariamente ser dialógicos, es decir, deben permanecer abiertos a la posición contraria. No se trata de apenas tolerar esa diferencia, sino de ser hospitalario, de darle la bienvenida la opinión contraria, y por ende al Otro (Derrida). Pero en el caso de esta “pandemia”, los procesos de comunicación parecen estar seriamente obstaculizados, y en algunos momentos hasta bloqueados. Podríamos incluso decir: un fantasma recorre el mundo del Covid19, es el fantasma del dualismo. El dualismo es la ideología en la que se basa la ruptura radical del diálogo, de la comprensión mutua posible, porque se apoya en una concepción del universo en la que las dicotomías son irreconciliables. Es necesario abrir de par en par la puerta a la comunicación no temida del Otro, que de lo contrario, estaría, siempre, a priori, equivocado. 

De demonizar sus ideas a demonizar su persona, hay un paso que, en un período agitado como el actual, se da con bríos y auto-satisfacción. Y así pululan en la vida cotidiana y en los medios los epítetos descalificadores. 

¿Habría entonces dos pensamientos radicalmente enfrentados? 

Por un lado, se encuentran  los que proponen que es necesario dejar de lado nuestra vida “normal” en función de una amenaza a la salud de la humanidad. Por el otro, los que consideran que la amenaza sanitaria no es de tal magnitud que justifique dejar de lado la “normalidad”, para aplicar medidas que conllevarían riesgos mayores. Pero, muchos integrantes de ambos bandos al distanciar enormemente a los-Otros de nosotros y tildarlos de  “negacionistas”, descalifican al oponente dialéctico y así impiden el diálogo. Por ejemplo,  en las redes sociales ha circulado mucho esa idea, y algunos artículos de prensa la apoyan, al afirmar que muchos de aquellos llamados “negacionistas” son sumamente egoístas, y a causa del “ego se abonan a las teorías conspiracionistas” Entre ellos, estaría incluido el organizador de la manifestación del 16A, según una columna de El País de Madrid del 18 de agosto, de 2020, en su sección Psicología.

El enunciado sobre los “negacionistas” trae el triste recuerdo de lo que en épocas lejanas se decía y hacía con los herejes, con aquellos que se atrevían a poner en duda la palabra verdadera en posesión exclusiva de la todopoderosa Iglesia. Asociado a esa descalificación, se comienza a censurar discursos considerados heréticos.  Las  voces  que aparecen como consagradas de la “comunidad científica” en los medios masivos son el resultado de una estricta y no explicitada selección, de un cuidadoso filtrado. Apenas en algunos intersticios de las redes sociales, se consigue acceder de modo acotado y, con frecuencia, fugaz a las voces alternativas, a la de aquellos especialistas que disienten con la versión oficial respaldada por medios masivos y gobiernos. No obstante, entre los acallados e invisibilizados muchos poseen una gran reputación en su especialidad científica (inmunólogos, bioquímicos, epidemiólogos, etc.).

No es posible el diálogo cuando quienes se erigen en guardianes del bien pensar (des)califican de modo absoluto y automático a los Otros como negacionistas, conspiracionistas o irracionales seres anti-vacunas.

Por otro lado, quienes expresan  dudas sobre la legitimidad y la magnitud de la imposición de las medidas, en general, sólo consiguen expresarse mediante las redes sociales. También en ese ámbito, se leen comentarios que a menudo obturan el diálogo. Se trata generalmente de comentarios desesperanzados: “ellos están en negación por tanta angustia”; “es inútil, están cerrados, no vale la pena conversar”, “nos van a tildar de conspiracionistas”, “que cada uno piense lo que le parezca mejor”.

El principio de toda práctica discriminatoria es la convicción irrevocable de que hay un solo Otro en una relación: el que es absolutamente diferente, ajeno a la norma. No se comprende algo que parece evidente: siempre se es un Otro para el Otro, la mujer para el hombre y el hombre para la mujer. De igual modo, estarían quienes buscan protegerse de un potencial riesgo mortal, y quienes tienen  dudas sobre la letalidad de este coronavirus, o sobre las tan anunciadas y publicitadas vacunas. Estos últimos son el Otro para los que tienen la firme convicción sobre el peligro de una feroz pandemia, y la segura salvación a través de ese medicamento que estaría siendo preparado a gran velocidad por algunas empresas farmacéuticas.

Ambos son el Otro recíproco, el negacionista de la posición contraria.  Sin embargo, si eso no se comprende, el flujo bidireccional, que es la vida del diálogo para la humanidad, muere. Sin ese puente que funda la humanidad, no es factible, literalmente, llegar a ver al semejante más que como un irremediable Otro perdido, alguien cuyo pensamiento y acción están irremediablemente equivocados.

Esta radicalización parece irreconciliable o ¿cabe la esperanza de  encontrar un camino que no se bifurque en  direcciones sin un encuentro posible, sin diálogo en su horizonte?

El mismo día, el 18 de agosto, el editorial sobre el 16A de El País culmina en una frase prometedora, pero que no llega a dar el paso necesario, no logra  abrirse totalmente y de una vez por todas a la postura contraria. Se trata de un enunciado esclarecedor para algunos y descalificador para otros: “Nadie obliga a pensar diferente. Pero sí estamos obligados, también los negacionistas, a no hacer daño.”

No obligar a pensar diferente es precisamente lo que permite el diálogo. Sin embargo, la frase siguiente  clausura y niega esta esperanzadora apertura al Otro, cuando utiliza el (des)calificativo de  “negacionista” junto a la acusación de  “hacer daño”. 

Allí muere irremediablemente toda simetría o reciprocidad dialógica.

¿Podremos dialogar?

¿Creen que pueda instalarse el diálogo?  Sonia, ¿ acá sería una de las dos ? Si es solo una de las interrogantes, nos parece más clara la segunda.

No hay Otro válido en el discurso descalificador: dialogar es transitar un puente de dos manos hacia el interlocutor válido, ese que nace cada vez que toma la palabra. Esto necesita de una palabra abierta, potente gracias a su libre circulación. Ese esquema está en el origen de la democracia, a pesar de su imperfección, si  vemos desde el hoy las exclusiones que existían en aquella Atenas de antes de Cristo. Toda persona tiene derecho a ejercer su voz, y cuando lo hace, tiene derecho a ser considerada inocente (de daño), hasta probar lo contrario. El daño no anida en un solo lado de esta grieta social que debemos reparar con urgencia, pues nadie tiene la exclusiva propiedad de la verdad. Nuestra firme convicción de un momento, bien puede ser nuestro humilde reconocimiento del error en el otro, en un mundo cuya complejidad no cesa de crecer. La fe en nuestra humana imperfección al pensar y actuar puede convertirse en el firme cimiento de senderos que ya no se bifurquen.

Finalizamos esta entrevista dando las gracias a quienes seguramente hoy abren una  ventana  a lo posible en la incertidumbre que transitamos: “Nadie tiene la exclusiva propiedad de la verdad”  Gracias Mariela, Fernando…

Enlaces

El País de Madrid. Editorial del 18 de agosto, 2020. Sin hacer daño. Nada impide el derecho de manifestación, pero el deber de proteger la salud obliga también a los negacionistas https://elpais.com/opinion/2020-08-18/sin-hacer-dano.html

El País. Cinco días. Sección Psicología del 18 de agosto, 2020. El ego, la clave para que los famosos se abonen a las teorías de la conspiración.

https://cincodias.elpais.com/cincodias/2020/08/17/fortunas/1597688947_921055.html?fbclid=IwAR2EFhgcMU2HM5RE8sHGn0_thtCq1_Z3eSW7auJB2KCGBLZzrEyvI8LS-5Q

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