Una atmósfera sutil evocada por la canción francesa

Sabine Devieilhe y Alexandre Tharaud en el Teatro de la Zarzuela

SABINE DEVIEILHE y ALEXANDRE THARAUD. Foto de Rafa MARTÍN

Norma Sturniolo

Desde que estalló la Covid 19, el arte se ha convertido en una fuente de renovada energía, en un recordatorio jubiloso de la capacidad creadora del ser humano, de su capacidad de iluminar los rincones más oscuros del alma y de propiciar un sentimiento fraterno. Este sentimiento se manifestó con intensidad cuando todo el público asistente en el Teatro de la Zarzuela se puso en pie para ovacionar a la soprano Sabine Devieilhe y al pianista Alexandre Tharaud en el recital que ofrecieron dentro del XXVII ciclo de Lied. El público y los artistas compartieron la emoción de una noche memorable, una emoción que fue una mezcla de agradecimiento y alegría y que pareció convertirse en una ofrenda reparadora en estos tiempos desasosegantes.

La sobresaliente soprano ligera Sabine Devieilhe con un profundo conocimiento musical, perfecta línea vocal, agradable timbre, excelente capacidad expresiva y el sutil y exquisito pianista Alexandre Tharaud merecieron sobradamente el fervor con el que el público los acogió.

Los compositores elegidos para este recital de canción francesa fueron: Claude Debussy(1862-1918), Gabriel Fauré (1845-1924), Maurice Ravel y Francis Poulenc (1899-1963).

Música exquisita para unos textos de alta calidad literaria como los de: Théodore de Banville, Paul Bourget, Stéphane Mallarmé, Louis Aragón, con predominio de los poemas de Paul Verlaine. El poeta simbolista Paul Verlaine (1844-1896) fue uno de los poetas preferidos de Debussy, así como Stéphane Mallarmé (1842-1898)cuyo poema L´après midi d´un faune le inspiró el poema sinfónico Prèlude à l´après -midi d´un fauno.

SABINE DEVIEILHE. Foto de Rafa MARTÍN

La canción francesa vivió uno de sus épocas más brillantes entre finales del s.XIX y comienzos del XX. La música como la pintura impresionista buscaba crear impresiones. Debussy es el más relevante exponente de esa revolución. Desde muy pronto mostró interés por la literatura y los poetas simbolistas desempeñaron un importante papel en la renovación estética, no solo de la poesía sino también de la música. Tanto la poesía simbolista como la música de Debussy suelen evocar un estado de ánimo, un sentimiento, una atmósfera o una escena.  El musicólogo J. Peter Burkholder señala que en la música de Debussy “como en la poesía simbolista, la sintaxis normal se ve a menudo trastocada, mientras que nuestra atención es arrastrada hacia imágenes individuales que portan la estructura y el significado de la obra.”

El concierto comenzó con Nuit d’étoiles de Debussy que el compositor publicó con tan solo dieciocho años. Y, enseguida, el tánden Devieilhe- Tharaud sedujo al auditorio comunicando delicadeza, elegancia y sugiriendo perfectamente la melancolía y nostalgia de la composición. Le siguieron dos  canciones de Francis Poulenc con textos del surrealista Louis Aragon (1897-1982): C y Fêtes Galantes, unas composiciones muy diferentes a la anterior.  Con ellas, Poulenc quiso dar una respuesta a la invasión y conquista nazi de Francia. La canción C alude a un puente en el cual los galos fueron derrotados por los romanos y en ese mismo lugar en el s. XX aparecieron los alemanes y derrotaron a los franceses. A C, le siguió  Fêtes galantes que, irónicamente, recuerda a la pintura de Watteau, pero en la canción de Poulenc se habla de la fealdad y el absurdo del periodo de la ocupación nazi, de una serie rápida de horrores.Dmitri Shostakóvich dijo que en esa composición Poulenc enfrentaba la monotonía, la falta de valor de la vida bajo una dictadura con el lugar común, la banalidad y con el sonido de un bajo cabaret. De esta inquietante pareja de canciones, cuyo espíritu quedó perfectamente plasmado por Sabine Devieilhe y Alexandre Tharaud, se pasó a la música refinada de Gabriel Fauré  y antes del broche final  con Ariettes oubliés de Debussy, se interpretaron las  Cinque mélodies popularaires grecques de Ravel.  Maurice Ravel se inspiró en el folclore griego para componer estas canciones. Mientras estudiaba en el conservatorio de París, conoció al crítico musical griego francés Michel-Dimitri Calvocoressi quien le enseñó algunas canciones folclóricas de la isla de Chios. Ravel escribió los acordes correspondientes a esas melodías y muy pronto obtuvo un gran éxito. Devieilhe impresionó con su voz cristalina ya desde la primera canción, Le réveil de la mariée  hasta la última, la festiva danza Tout gai!, que acompañó con una grácil gesticulación.

SABINE DEVIEILHE y ALEXANDRE THARAUD. Foto de Rafa MARTÍN

Se reservaron para el final las seis Ariettes oubliés de Debussy, canciones basadas en seis poemas de Romances sans paroles de Paul Verlaine, el llamado Príncipe de los poetas, cuya escritura está impregnada de sutil musicalidad. Verlaine fue capaz de crear una poesía sublime con palabras sencillas que crean un efecto emocional en el lector. Supo expresar con delicadeza el sentimiento doloroso del amor y comunicar los contrastes propios de una dulzura inquieta y de un éxtasis amargo. Tanto S. Deveieilhe como A. Tharaud comunicaron la sutil atmósfera de estas composiciones en las que aparecen los elementos de la naturaleza, los evanescentes reflejos en las aguas brumosas de un río, la melancolía, la ternura, la animación de los objetos, los ecos de una canción popular y un abatimiento que, por momentos, se tiñe de un suave dramatismo. El sentimiento que anima al yo poético de estas canciones podemos encontrarlo en Il pleure dans mon coeur (Llora en mi corazón). En ella la tristeza, la languidez, la apatía del yo poético se relaciona con la lluvia que cae en la ciudad. Hubo una perfecta compenetración entre la soprano y el pianista para hacer presente ese mundo delicado de suaves tonalidades. La excelencia de ambos provocó, como se dijo más arriba, una calurosa ovación y eso dio como resultado tres propinas en las que Sabine Devieilhe demostró la maravillosa soprano de coloratura que es. Primero cantó el Aria del Fuego de El niño y los sortilegios de Ravel, luego un maravilloso fragmento de Las indias galantes del compositor barroco Jean Philippe Rameau. Tanto ella como su acompañante al piano son avezados intérpretes de la música barroca. Y la tercera propina correspondió a la intensa canción popular Youkali de Kurt Weill.

En la presentación de la soprano Sabine Devieilhe se la calificaba de alada, ligera pero con carne, de buen metal, de agudo brillante y fácil, y un bien asentado arte de canto. No se exageraba en absoluto. En cuanto a Tharaud es un pianista excelso. Por algo, el director de cine austríaco, Michael Hanecke, lo eligió para la banda sonora schubertiana de su poética película Amour.

Un sentimiento de alegría y de gozo inundó al público. La voz y el piano de estos excepcionales intérpretes se unieron para despertar la esperanza.

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