Tres noches sin estrellas

 

Por Jorge de Arco

 

Desde una convicción de final de trayecto y pensado como su último libro, se edita “La negación de la luz” (Acantilado. Barcelona, 2017) de Juan Antonio Masoliver Ródenas. El volumen incluye dos poemarios: el ya citado, que da título al conjunto y “El cementerio de los dioses”.

En esta doble entrega, el autor barcelonés (1939) despliega un verso de honda sabiduría donde trata de manera valiente la realidad de la vida y de la muerte. Con un lenguaje meridiano en su intención, ajeno a paradojas, va sintetizando las coordenadas del espacio y el de tiempo ya vividas, a la vez que va saciando la verdad de tantos instantes como la vida le fue brindando:

 

Tres noches sin estrellas
es demasiada oscuridad
para los que vivimos días
de luz y de almas. Es
como un tañido perdido
en el silencio, como un desierto

de agua habitado

por la memoria de lo nunca vivido

ni conocido ni amado. Saciedad

de la nada, palacios ajenos
a la luz y al deseo

de tu presencia, que es hoy

búsqueda y anhelo y dolor

en un cielo para siempre

vacío de estrellas.

 

Masoliver Ródenas busca a través de su yo poético un cobijo para el vacío, una lumbre frente a la oscuridad, un recuerdo queTres noches... Portada niegue la ausencia…, y, todo ello, lo tatúa en el horizonte de un corazón desnudo, inacabado, con el que quisiera aplacar el dolor de lo perdido. La autenticidad de su palabra radica en la manera en la que indaga en la raíz de su ser. Hombre y lenguaje forman una alianza de días y de memoria que late en el umbral más puro del deseo. Su existencia es posesión, luz perdurable, nostálgico enigma, ayer:

 

El niño que vive todavía en mí

está destrozado, sin saber
ni siquiera por qué vive,
por qué llegan las noches

con ruidos que han de herirnos

para siempre.
No hay reposo
en la magra vida del anciano

en la amenaza de sus días

funestos.

Y al abrir la cancela
el niño es una lápida sin nombre,

pues carecen de nombre
las cosas que han dejado de existir.

 

En “El cementerio de los dioses”, el autor catalán se reconoce en la guarida que signa el amor y quiere comprender los rostros que nacen detrás del rumor del verbo, entre los sueños del asombro, bajo la nieve inocente. La soledad se aparece como un tigre acechante y habita como música en el aire muy cerca de la edad de su espíritu:

 

Vivo la tristeza de no saber  tocar la cítara

a mis setenta y cinco años. De no saber

besar con los ojos abiertos, ni tejer,

ni entender lo que pienso, cada vez

mi cerebro más lleno de barro

y de tentaciones que no puedo

cumplir.

 

Mediante una alquimia de homogéneas cavilaciones, de vívidas creencias, de empíricos sentimientos, Masoliver Ródenas escribe el trayecto de su destino, el íntimo mapa de su mañana. Tan íntimo devenir recorre la realidad de quien anhela reconocerse y anudar su conciencia a la estatura de su vívido acontecer.

En suma, un volumen que brilla entre las sombras de expresividad versal, que abraza la voz de un poeta mayor y solidario:

Voy al cementerio de los dioses

Donde me espera todo el pasado,

el mal vivido y el mal escrito.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *