Siguiendo las Huellas de Jorge de Arco

Por Juana Rosa Pita

                            …la verdad y la libertad son amantes exigentes, porque tienen pocos novios.

                                                                                                                                Albert Camus

 

Un poeta que desde los inicios asume con garbo apasionado las exigencias de verdad y libertad, que en la poesía lírica son tan difíles como impresindibles, nos hace un regalo innombrable al entregarnos, como acaba de hacer Jorge de Arco (1969), una hermosa y reveladora selección personal de sus primeros casi cinco lustros de trayectoria poética. Poesía portadora de esas certidumbres que solo a fuerza de fervor logra el poeta para sí y sus lectores:  “poemas que han ido surgiendo” –en sus propias palabras– “de la mano de lo vivido”.

 
Ya desde el título austero, Huellas/ Antología 1996-2018 (Ars poetica, Colección Beatus Ille: Oviedo, 2018)  promete la desarmante autenticidad que le concede a todo el que se ha acercado anteriormente a sus versos.  Ocho libros representados por un total de treinta y seis poemas, reunidos por el autor a modo de ofrenda, con urgencia conmovedora, tras el “duelo incurable” de haber perdido a su madre, como nos confiesa en su liminar: “Yo creí que con tanta luz no se atrevería la muerte y, sin embargo, ahora tengo que dejarle aquí encendidos estos poemas –estas huellas suyas y mías– para que su memoria me siga alumbrando”.
La memoria es la clave de este volumen en que los recuerdos van iluminando desde el inicio lo que sin ella sería solo oscura residencia del olvido. Función de la poesía es retomarla mediante la luz del alma y el sonido, convertirla en casa iluminada, no solo porque la oscuridad es capaz de entristecer hasta a los ángeles, sino “para saber qué piel o qué perdón/ nos va poniendo a salvo del silencio”. Estos versos son de Lenguaje de la culpa (1998), segundo poemario del autor de La casa que habitaste (Premio “San Juan de la Cruz2 2009), ese “ámbito oscuro” en que sólo se oyen ya pisadas fantasmales. Poesía como punta de bastón o brújula. Porque la memoria a la que aspiran “Los hijos del alba” es, acaso, la inalcanzable memoria viva que libere de las sombras y la melancolía, dando al corazón “la verdad de cada hora”.

 

Y sucede que “Agua es el hombre”, y si trata de alzar en torno a sí una cárcel verbal, casa d efulgor perdurable, es para remediar, con su “feraz constancia” (La constancia del agua, 2007), el hecho de que él mismo es río, cuando no diluvio, que tiende a arrastrar todo (escaleras de infancia, playas, azoteas entrañables, y hasta “la piel del paraíso”) en su corriente. Si cómplice es la llama doble del amor y el erotismo que ondea en versos de intensa delicadeza desde De fiebres y desiertos (1999): “Condéname a tus manos (. . .) no me concedas ya nunca clemencia”, hasta otros de Las horas sumergidas (Premio “José Zorrilla” 2013): “Hay una isla al borde de tus ojos,/ un inmenso país/ de ofrendas y caricias”.

 

Decía Borges que le bastaría ser recordado por algún verso. Huellas está sembrado de versos definitivos, inolvidables, como “La dicha es el recuerdo de lo que no se tuvo”,  “Es la hora del trigo y los arcángeles”, “¿Quién sabe del misterio de las islas?”: plenos de hallazgo y sugerencias. Hay que celebrar la generosa constancia vital e imaginaria de Jorge de Arco: novio fiel  de la verdad y la libertad bajo palabra.

 

DOS POEMAS DE “HUELLAS”,  de Jorge de Arco

Foto Jorge de Arco 2017
Jorge de Arco

 

ESTÍO

 

MI voz es la campana

que rompe

el cristal de la tarde

abandonada.

De mis ropajes van cayendo

las tercas gaviotas del estío,

y el resol que se cuela en mi garganta

es un bordón repleto de vendimias,

de frutos y de rezos,

de palabras añiles y lunares.

 

Hacia el Sur se dirigen los vencejos,

los siglos más hermosos de mi infancia.

Rebusco en los andenes, las alcobas,

los puentes de mi piel,

y vuelve

el tacto ardiente y julio de la cal,

el mismo aroma a abuela y albahaca,

la calima febril de sus abrazos.

 

Un pueblo se despierta en mis adentros,

y en mis venas, sus calles;

voy diciendo su rubia melodía,

la luz caliente y sepia de mi ayer.

 

UNA SED IMPOSIBLE DE AZOTEAS

 YO te esperaba al filo

de las tardes calladas, asomado

a la reja que el cielo

apoyaba en mi frente.

El otoño era dócil con nosotros,

con el paisaje tímido

que velaban mis labios.

Olía a incienso

cuando la lluvia hacía fantasmal

el coraje de amarnos

y un fulgor lacerante

se clavaba en el norte de mi cuerpo.

 

Yo te esperaba

del brazo de las calles,

sorbiendo en las aceras aquel frío

que helaba el corazón cansado de otro tiempo.

Quisiera haber vivido entonces

en una casa sin

años, sin escaleras,

sin sombras, sin las alas

de los vencejos idos, recordando

el silencio de un hombre,

la lenta muerte de los días. SoloCubierta Huellas-01

de tu piel y de tu boca,

aguardaba el instante

exacto del reloj

para asomar mi vida a ese cristal

de agua que devolviera tu figura.

 

Yo te esperaba,

te he esperado tantas

veces, tantos abrazos, tantos siglos,

que cada tarde

seguirá siendo

un pedazo de tierra por morder,

una sed misteriosa de azoteas,

la imposible codicia

de un futuro perfecto.

 

La autora, Juana Rosa Pita, es escritora y crítica cubana

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