«Perder el tiempo»

De poesía IBEROAMERICANA                                              Jorge de Arco

Eduardo Camacho o La naturaleza del tiempo.

     La reciente aparición de “Perder el tiempo” (Icono. Bogotá. Colombia) trae hasta el lector la voz honda y sugeridora de Eduardo Camacho (1937 – 2019). Del eco póstumo de su lírica deviene su personal perspectiva de entender el mundo y de entender los domésticos territorios que giraron en derredor de sus afanes.

     Profesor, novelista, crítico, dramaturgo, ensayista, el escritor colombiano supo exprimir la mejor esencia de cada una de todas estas actividades y convertir en comunión su pasión por la palabra. Y, aún más, cuando se trataba de poesía. Lector impenitente, amante de grandes como Góngora, Neruda, Darío…, su decir fue modulándose al par de un aprendizaje riguroso y variado.

Ahora, este “Perder el tiempo”, refleja entre sus páginas la dicha y la sombra de lo vivido y testimonia el referido intervalo vital donde todo lo sucedido no regresa, o si acaso, fiel, reaparece.Porque al par de sus deshoras, el reloj de la conciencia fue haciéndose empírica sustancia, mudanza de una conciencia con nuevos interrogantes:

Pero, ¿qué hago yo con este saco de cáscaras

con este costal de peladuras

con esta bolsa de desperdicios

con esta sentina de minutos?

¿Dónde voy a arrojar quemar desaparecer

todas estas gotas

que de mi frente han ido cayendo

hasta formar un charco de óxido y herrumbre

donde se ahogan los bostezos?

      Dividido en dos apartados, “Matando el tiempo” y “Días de rosas y espinas”, el volumen gira en torno al nexo común de la duración. Tal y como trazara Bergson, “el universo perdura y cuanto más profundicemos en la naturaleza del tiempo, más comprenderemos que duración significa invención, creación de formas, elaboración continua de lo absolutamente nuevo”.

Eduardo Camacho fue consciente de que su aventura literaria y vital no era un mesurado paréntesis, un efímero lapso. Él quiso y supo aprehender la consciencia de su alma, como realidad visible y contable. Desde su privilegiada intuición, fue articulando un universo personal y solidario, creado en los adentros de un yo que identificaba su verdad ulterior y que sabía consciente de una homogénea ecuación amatoria sin posible rendición:

Sólo el relámpago

y el trueno sigue

cae sobre tu nieve
El amor relampaguea

Solo eso

Relampaguea entre la lluvia

entre la noche

Mas no te abandones.

Ízate a ti mismo.

     Tras la tibieza de algunos instantes, tras las auroras con que musita y sostiene su cántico, Eduardo Camacho dibuja la simbología de sus versos como alegoría de su propio destino. La significación coral de este conjunto acentúa, en ocasiones, un tono confesional y, en otras, postula un diálogo frente a lo ilimitado del verbo. Esa constante pulsión deriva en un intercambio diegético en el que el yo lírico se reencuentra con su edad y sus juveniles ojos. De ahí, que el poeta llegue a confesar: “puedo vivir en presente vivir en futuro y vivir en pasado”.

     Escribió Neruda en su “Oda al tiempo”, que “por dentro de nosotros,/ aparece/ como un agua profunda/ en la mirada”. Crecida, también, al filo de su hondura, el poeta colombiano contempló y contempla el contratiempo de su devenir. Y lo hace, “allá,/ lejos, en la colina de la infancia”, donde anida la paz de las horas y tocan a rebato las campanas de la nostalgia.

     Un poemario, en suma, dador de certidumbres y de albores, y en cuyo eco susurra la voz de un hombre que celebra jubiloso la ventura de haber sido luna y sol crecientes:

   Ah tiempo único infinito

devuélveme lo que he perdido

o exime lo que me queda por perder

dame un amor que sea correspondido

sácame la muerte aquí del pecho.

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