Panamá, una apuesta de futuro en su V Centenario

Por Luis Bruzón. Directivo de ACPI. Coordinación Educativa y Cultural del Sistema de Integración Centroamericana.

El rey de España, Felipe VI, visita oficialmente Panamá en lo que supone su sexto viaje a América Latina desde que asumió su reinado hace cinco años. En esta ocasión, su presencia en el país centroamericano une 500 años de historia. Su asistencia a la toma de posesión de Laurentino Cortizo como nuevo presidente del país coincide con la celebración de los cinco siglos de existencia de Panamá Viejo, la primera ciudad fundada por los españoles en el litoral del Pacífico americano.

Aquel acontecimiento ocurrió en agosto de 1519 y su artífice fue Pedro Arias de Ávila, más conocido como Pedrarias, un conquistador temido tanto por los indígenas como por los propios españoles, no solo por su apariencia física -medir 1,90 en aquella época no era tan común-, sino por su mano implacable a la hora de tomar decisiones. No en vano, siete meses antes ejecutó al descubridor del gran Océano Pacífico, Vasco Núñez de Balboa, acusado de traición. Ni el hecho de ser su yerno atenuó la firmeza de la condena.

Panamá Viejo se exhibe hoy como un conjunto de ruinas debidamente protegidas, mediante la gestión de un Patronato. Sus restos permanecen enclavados en un área de gran riqueza natural, preámbulo de un abigarrado escenario de rascacielos que despuntan como icono de un emporio económico y comercial imparable. Es en lo que se ha convertido esta gran capital en el centro del continente, un destino inimaginable para aquellos españoles del siglo XVI.

La antigua Panamá fue ubicada en un lugar estratégico, hasta entonces el hábitat de los indios cuevas, así llamados quizá por su tipo de viviendas, horadadas en troncos de árboles o en la espesura de la vegetación. El vocablo Panamá deriva de la lengua original y su etimología puede desvelar la “abundancia de peces” que atesoraba el área. Desde allí se realizaron expediciones para la conquista de Sudamérica a partir de 1520. Poco después, su emplazamiento fue utilizado como puerto receptor de todos los barcos que provenían del Perú con los cargamentos del oro y la plata saqueados por los conquistadores. Atracaban en las islas de Perico, Naos y Flamenco, hoy unidas por un moderno paseo turístico, en la Calzada Amador.

Aquellas embarcaciones eran vigiladas desde la torre principal de la ciudad, que cumplía también la función de campanario de la iglesia principal. Hoy es el edificio mejor conservado de aquel enclave urbano que tuvo un trazado ortogonal, en el que habitaron famosos personajes de la historia de la conquista, como Francisco Pizarro, quien vivió allí 20 años y formó parte del cabildo. Quedan escasos retazos de lo que fueron estas dependencias, y otras como las Casas Reales, el convento de Santo Domingo o la Compañía de Jesús, entre otros inmuebles emblemáticos. Mejor conservado está el Puente del Rey, inicio del Camino Real que, junto con el Camino de Cruces, conformaban las dos rutas por las que toda esa carga de oro y plata debía ser transportada de costa a costa a lomos de esclavos negros, traídos de África, ante la ausencia del moderno canal inteoceánico que hoy le da fama mundial a Panamá.

El punto de destino eran los puertos de Nombre de Dios y Portobelo, en el Océano Atlántico, donde nuevos barcos esperaban para transportar las riquezas hasta España. El sufrido itinerario por la franja ístmica supuso la muerte de cientos de esclavos, aunque también el surgimiento de la cultura cimarrona, nacida en los palenques o comunidades clandestinas que lograron fundar aquellos que escaparon del yugo español. Hoy se exhibe ese legado afrodescendiente como cultura viva en torno al Ritual Congo, una manifestación colorista y musical.

En el interesante museo del Patronato de Panamá Viejo puede contemplarse una recreación de lo que fue la ciudad en forma de maqueta. Se advierte la sobriedad de su construcción colonial y la magnitud que fue cobrando la urbe, reflejo de su paulatina prosperidad. Fueron tantas las riquezas que acaparó la ciudad, tanto el material precioso que aglutinó, que no tardó en ser presa codiciada por los piratas. El más famoso, el inglés Henry Morgan, no paró de intentarlo hasta que logró conquistar la ciudad en 1671. Para ello fue capaz de sortear los cañones que los españoles habían dispuesto en Portobelo y surcar el río Chagres hasta Panamá, con 1.200 hombres a su mando.

Algunas teorías sostienen que la afrenta de Morgan pudo impactar de forma más dramática en las conquistas de España en América, si no hubiera sido por la acción del gobernador español, Juan Pérez de Guzmán, quien dio orden de explotar las reservas de pólvora de Panamá Viejo con el fin de evitar el saqueo total y el control absoluto por parte del pirata inglés. El descomunal incendio que provocó tal decisión destruyó buena parte de su patrimonio arquitectónico. La parte restante fue llevada por los exhaustos habitantes que sobrevivieron al latrocinio de Morgan hacia la nueva fundación de la ciudad, hacia 1673, en lo que hoy es el Casco Antiguo de Panamá, a unos ocho kilómetros de distancia.

Tanto el desmantelado y ruinoso Panamá Viejo, como el deslumbrante y restaurado Casco Antiguo, gozan del honor de ostentar la declaratoria de la UNESCO de Patrimonio de la Humanidad. En el caso de Panamá Viejo, los interminables rascacielos circundantes y la autopista que a pocos metros conduce hacia la modernidad más acuciante, no han anulado el prístino aspecto en el que yacen sus restos, haciendo valer su condición añadida de patrimonio natural. Es un ecosistema en el que numerosas aves migratorias procedentes de Estados Unidos, como la cigüeñuela cuellinegra, el playero aliblanco, las garzas, los pelícanos y así hasta 25 especies diferentes, hacen escala en su tránsito hacia Sudamérica. Hoy en día conviven con impactos ambientales indeseables, producto de los desechos que emana el gran núcleo urbano, pero su presencia se mantiene desde que los indios cuevas pescaban en los alrededores.

Panamá Viejo conecta de esta manera el pasado y el presente. Y los 500 años de existencia que ahora se conmemoran con la presencia del rey Felipe VI suponen una oportunidad para mirar hacia el futuro con actitud reflexiva. La asunción del nuevo presidente del país coadyuva a esa circunstancia. Panamá es una encrucijada de caminos y formas de vida, un ejemplo de progreso no exento de desigualdades, todavía visibles incluso en la capital. El gran canal interoceánico genera pingües beneficios a una nación que ofrece un disparejo panorama en su desarrollo, con amplias áreas de su realidad territorial rezagadas, a pesar de su riquezas naturales y su diversidad cultural.

Panamá, no solo como ciudad antigua y actual, sino también como un país de sempiterno interés geoestratégico, debe emprender una apuesta clara por su devenir nacional y regional. Porque Panamá es y siempre será un punto de encuentro ineludible para toda la comunidad iberoamericana.

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