La estatua de Cieza de León, Cronista del Perú de los Incas, en Llerena

cieza2

 

Por José Manuel González Torga

 

Entre los celebérrimos cronistas de Indias, tan periodistas como historiadores, cuenta mucho Pedro Cieza de León. El que fuera profesor de la Facultad de Derecho y miembro del Instituto de Etnología de París, Louis Baudin, autor del libro “El Imperio Socialista de los Incas”, bebió en los escritos de Cieza de León, como una de sus fuentes obligadas. Arrima el francés el ascua a su sardina; pero, en lo que viene al caso, reconoce: “Pedro Cieza de León es, a no dudarlo, uno de los más ilustres cronistas de la América Latina…Es el magnífico pintor de esa época que llamamos de transición, entre la de las grandes luchas del comienzo contra los indios y contra los españoles mismos, y la de la organización metódica de la colonia por los virreyes”.

Pedro Cieza figuró, por mor de algunos autores de catálogos, entre los hijos ilustres de Sevilla. Así lo recogía, si bien como mera probabilidad, la enciclopedia Espasa, que también apuntaba, alternativamente, a Llerena. Esta localidad de la provincia de Badajoz, consolida ya la atribución como cuna del viajero, mílite y escritor. Sí parece, en cambio, que retornó del Nuevo Continente, a la capital hispalense, en 1551, donde vivió en la calle de las Armas, casó con Isabel López de Abreu, y fallecieron pronto los dos, en 1554; él sólo dos meses después que ella. Parte de la obra de Cieza tardaría siglos en ver la luz; murió, además, sin haber cumplido los 35 años.cieza1

A Cieza de León se le considera ponderado en sus juicios. Particularmente trataría de evitar la ligereza que afeaba en otros: “En estos descuidos caen -puntualizaba- todos los que escriben por relación y cartapacios, sin ver ni saber la tierra de donde escriben, para poder afirmar la verdad”.

Aunque uno había recorrido, hace bastantes años, una buena parte de la extensa provincia de Badajoz, no recaló por entonces en este tramo sureño de la campiña llerenense. Pues resulta que, para quien no conoce esta localidad, la primera impresión puede ser de natural sorpresa, por una fisonomía tan original al desembocar en la Plaza Mayor. Enseguida vendrá la admiración, que deja huella indeleble, una vez contemplados algunos de los lugares y motivos con atractivo singular.

Ciertamente, no hay nada casual. El discurrir histórico explica esa personalidad distintiva, hecha piedra, ladrillo, rejería, retablos, vidrieras, escudos, artesonados, frescos y lienzos pictóricos… Restos de murallas defensivas, arquitectura civil y religiosa, dan abolengo a Llerena.

Tal riqueza motivó hasta una antigua copla que permitía tenérselas tiesas, en un folclore de tono lúdico, con la capital de la provincia.

Llerena con ser ciudad
vale más que Badajoz:
Llerena tiene la Orden
de San Marcos de León

En efecto, aquí radicó el Priorato de San Marcos de León, con extensos dominios. Antes ya era residencia maestral de la Orden de Santiago. Por si fuera poco, encabezó una jurisdicción regional del temible Tribunal del Santo Oficio.

La Plaza Mayor, escenario histórico

El carácter singular de la Plaza Mayor hace detenerse a cualquiera para recrear la mirada con parsimonia.cieza

La doble línea de arcos, que adornan al exterior sendas galerías del templo de la patrona, la Virgen de la Granada, permitía a los parroquianos contemplar actos desarrollados en esa Plaza Mayor que queda delante. Desde las populares corridas de toros hasta sobrecogedoras actuaciones de la Inquisición.

Los juicios contra Iluminados o Alumbrados – clérigos y monjas que practicaban entre ellos relaciones sexuales, como engañoso método para el éxtasis místico – incluyen en su historial el nombre de Llerena. No obstante, Luis Garraín, cronista oficial de la ciudad – este es el título de la población, más por protagonismo a través del tiempo que por censo de habitantes – aclara que los juzgados por aquellas conductas pertenecían a una jurisdicción territorial muy amplia y que sólo dos consta que fueran llerenenses.

La actual sede del Juzgado ocupa una parte de la que fuera residencia de don Luís de Zapata, consejero de los Reyes Católicos. De las soberbias dimensiones de la construcción da idea lo alejada que está la portada principal; así pudo reconocer el propio Zapata, con todo realismo, que el suyo era “el mejor palacio de caballero”.

Fachadas y patios mudéjares ofrecen más variantes. Sin olvidar los restos de la muralla, cuyo origen fue árabe, con incorporaciones posteriores, como en la Puerta de Montemolín, que bajo la torre luce, incrustado, el escudo de armas de Felipe II.

El gran pintor Francisco de Zurbarán, nacido en Fuente de Cantos, estuvo vinculado a Llerena por residencia y por dos de sus tres bodas. En el escudo local figura la fuente que él diseñó y que se conserva en la plaza, ante la que fue su vivienda. Su Cristo Crucificado, merced a la restauración que eliminó capas de pintura añadidas, se muestra ahora como una verdadera joya en el convento de Clarisas. La suma de razones justifica el monumento con que cuenta el artista en lugar privilegiado.

“El Tumbaíto” descansaba poco

Alejada del centro, ante la muralla, está la estatua de Pedro Cieza de León. Si el Doncel de Sigüenza figura recostado leyendo, aquí el autor de páginas de incalculable valor sobre el mundo de los Incas, aparece escribiendo, en postura similar y rodeado de elementos de su condición de soldado. Aunque la chispa popular apode al monumento, “El Tumbaíto”, lo cierto es que Cieza de León, añadió, a su esfuerzo armado, el trabajo literario. Así pudo dejar constancia, con la mayor naturalidad, de que “muchas veces, cuando los otros soldados descansaban, cansaba yo escribiendo”. No debemos fiarnos de las apariencias, sin más. Tampoco al de Sigüenza le correspondía el apelativo por el que es más conocido que por su propio nombre; en realidad fue padre, con lo que, evidentemente, abandonó la condición de doncel.

Uno de tantos párrafos antológicos de Pedro Cieza de León describe las postas oficiales de corredores, implantadas por Inca Yupanqui: “y con demasiada presteza andaban al trote sin parar aquella media legua; porque los indios que allí ponían y mandaban estar, de creer es que serían ligeros y los más sueltos de todos. Y como llegaba junto a la otra posta, comenzaba a apellidar al que está en ella y a le decir: “Parte luego y ve a tal parte y avisa de esto que ha acaecido, o de eso y esto que tal gobernador hace saber al Inca”. Y así, como el que está lo ha oído, parte con mayor priesa y entra, el que viene, a descansar, en la casilla y a comer y beber de lo que siempre en ella está, y el que va corriendo hace lo mesmo”. Ahí queda un retazo imperecedero sobre lo que fueron los correos y portadores de información imperial.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *