La boca sola es alma

Jorge de Arco

De poesía iberoamericana

     No siempre en poesía se canta lo que se pierde, si bien es sabidos que desde el lado de la tristura pareciese más propicio relatar duelos y ausencias. Por eso, cuando uno se acerca hasta un poemario que celebra los sentidos, que desnuda la algarabía de reconocerse más vivo que esquivo, agradece sumergirse en ese discurso común en donde la conciencia no tiene los límites acostumbrados.

Y tal es el caso de “Los corazones recios” (Vitruvio. Madrid, 2019) de Antonio Daganzo. Es este el sexto poemario del autor madrileño, quien en 2004 iniciase su andadura lírica con “Siento en ti aire y oscuro”. Ahora, su voz ha conquistado ya un espacio propio, desde el cual dispone un decir madurado y candente:

Siento un latido,

aguardo el azul hondo del que llega:

en este solo instante

-valiente encrucijada de mi pecho-

cabe el mar.

     Sobresale en el discurrir de estos textos, la capacidad de introspección con la que Antonio Daganzo recrea el secreto de su palabra. Frente al silencio que sustantiva en muchas ocasiones la belleza de lo universal, su verso se yergue sobre una esfera solidaria que designa una naturaleza arquetípica. La solidez de su estructura poemática legitima su aspiración de identificar la pureza de los deseos:

Arena queda aún en el reloj por escurrirse,

tañe la lira el padre Tiempo,

seguro de armonía tan difícil;

mas los cuerpos que bailan,

pueden rasgar las telas, y aun la noche.

Yo lo pido:

así el Placer me llama

como un sueño sin fin.

     En su anterior poemario, “Juventud definitiva” (2015), su cántico fluía de manera armónica, apoyado en una dicción que hacía sentir muy próximos los territorios y protagonistas que integraban el volumen. En esta ocasión, esos mismos mimbres sostienen el grueso del conjunto y confirman las constantes con las cuales va trazando una lírica explícita, construida frente a  una semántica seductora. Con una mesurada trascendencia, el yo no renuncia en ningún instante a asir una realidad que revele lo vigente de su acordanza y de su inminente filiación:

La mineral franqueza,

la mineral entrega,

el mineral crecerse

(…)

Instinto de la roca para arrancarme humana

anterior a los sexos y a los años,

todo amor,

nunca pueden mentir dos miradas tan fijas:

la sola boca es alma

de un beso sin otoño.

     Y entre los espacios de la corpórea existencia, incesante, vívida, la presencia de lo almado, de todo aquello que el recio corazón es capaz de convertir en materia de pensamiento y sentimiento. Las razones amatorias de Antonio Daganzo caminan entre lo efímero y lo espiritual, entre lo ideal y lo posible. La percepción de su cotidianeidad no le decepciona ni le engaña, tan solo lo hace más consciente de la plenitud que aurora los instantes futuros.

Su progresiva identificación con el prodigio de lo íntimo restalla en este libro sereno y humanizado, que brota desde los adentros del autor:

Que salte el corazón

como recién nacida agua

por tu cuerpo,

como veloz bravura resbalando.

(…)

Que tu región exacta,

tu desnudo feliz y fabuloso

continúe sus curvas

allí donde los valles se perdieron.

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