Hotel de France, el hotel de los colibríes

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Por Vicente López Pérez

 

Cuentan, que en una ciudad cercana a la Cordillera de los Andes, una Sra. todos los días paseaba por un cerro próximo al Hotel que regentaba. Un día durante su caminata, observó debajo de un Chilco en flor, algo colgando de una ramita, que le extrañó. Se fijó asombrada en eso que nunca antes había visto, y era un nido de colibríes; en su interior un pichón se debatía entre la vida y la muerte. La Sra. se sintió observada y al girarse vio en una rama cercana a la que sin duda era la dueña de aquel nido, y madre del pichón enfermo, también ella no parecía encontrase en muy buen estado, apenas le brillaba el plumaje. Algo hizo que nuestra dama entendiera lo que allí pasaba, y fue hasta su Hotel y en un vasito diluyo un poco de miel en agua tibia y regresó hasta el nido. El pichón ansioso empezó a comer de la punta de un palito las gotitas de agua-miel que la Sra. le acercaba. Así día a día, fue recuperándose y al poco tiempo se transformó en un adulto sano. Este episodio había sido todo un acontecimiento que cambiaría las tranquilas vidas de este matrimonio, ambas personas mayores que se dedicaban casi exclusivamente al cuidado de su Hotel. Dentro de este, en un patio interno cercano al hall, tenían un mínimo jardín interior rodeado de cristaleras que daban luz y color por igual, a la entrada y el salón comedor. Por las tardes después de la siesta, la dueña se sentaba a contemplar a través de los cristales sus macetas llenas de flores, mientras oía música clásica, su preferida! Una tarde, recién comenzado el invierno austral, en pleno Concierto de Aranjuez, se presentó haciendo gala de provocadoras destrezas aéreas una diminuta ave que ella creyó reconocer al instante, sin duda era la madre de aquel pichón que ella había alimentado.

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Inmediatamente le puso una tacita llena de agua-miel entre las plantas y así fue el comienzo de una larga amistad. Los colibríes veranean en plena Cordillera, consiguiendo allí los mejores y más inaccesibles néctares, pero no siempre todo es así de fácil, la vuelta de la migración es larga y agotadora cuando el frío empieza a arreciar en las cumbres. Así fue como el pequeño jardín interior del Hotel se convirtió en resguardo y recupero de la colibrí matriarca y su descendencia, a sus regresos a la ciudad. Cada año La Pepa, así la habían bautizado, volvía con su nueva prole que constaba generalmente de solo un pichón. Así se fueron agregando en sucesivos años Pepín, Georgi, Pelayo y un largo etc., como nuevos huéspedes del Hotel al regresar de las cumbres. Pasaron muchos inviernos, una docena ó más tal vez, hasta que un día recién llegados, mientras se alimentaban los colibríes acompasados por la música del Maestro Rodrigo, La Pepa cayó desmayada en medio del jardín, causándole un gran impacto a la Sra., que inmediatamente fue a socorrerla, pero esta vez nada pudo hacer por su vida, el esfuerzo del largo viaje y la edad habían podido con ella y murió al día siguiente. En un cestito, preparó una cama de pétalos de rosa y la colocó en el medio del patio para que toda la familia pudiera despedirse de su matriarca. Al día siguiente la enterró en el Cerro debajo del Chilco donde se habían visto por primera vez.

Esta historia que bien podría parecer un cuento, es real y nos relata como a veces la vida silvestre y la civilización pueden convivir si se saben respetar, El lugar es el Hotel de France, que está ubicado en la ciudad de Temuco (Sur de Chile), el matrimonio que lo regenta son Felicia y Gustavo Falloux, y el cerro es el Ñielol un fabuloso reducto de vida originaria vegetal y animal que sobrevivió en pleno radio urbano al crecimiento de la gran ciudad que hoy en día es Temuco. Los descendientes de La Pepa, a finales del pasado mes de Marzo, cuando empezó el invierno austral, llegaron como todos los años según me contaba Doña Felicia días pasados, a recuperar fuerzas y bríos al jardín del Hotel de France, el Hotel de los Colibríes.

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