Escribo porque me salva, porque es lo único que me queda

 

Escribo porque me salva, porque es lo único que me queda

Javier Lostalé

 

Redacción

Con la primera frase de la Confesión* del poeta Javier Lostalé, la representante de la Biblioteca pública Clara Santiró de Valencia, Cristina Delgado Moyano, animaba a las tres escritoras a que contasen al auditorio el motivo que las inspiró a ellas para escribir sus novelas.

Fue el pasado 8 de Marzo, el Día Internacional de la Mujer en el que muchas féminas salieron, a las calles, a pedir que se las oyera, alto y claro.

Aquel 8 de marzo fue un día tan especial, como la presentación que hiciera de las obras de las tres escritoras, la presidenta de la Asociación de Corresponsales de Prensa iberoamericana (ACPI) Sully Fuentes Ciocca, quien las definió como mujeres que tienen algo en común, creativas, emprendedoras, que han delineado en sus obras personajes femeninos especiales, criaturas propias, y momentos tan rotundos y complejos, que nos atrapan desde el primer momento.

Ana Lucía Ortega, autora de Vivir fingiendo, María M. Campos, de Alicia lo sabe y María Villamayor de Años Muertos, representaron por segunda vez en lo que va de año, el evento “Tres Mujeres, tres miradas, un encuentro” que tiene el propósito de visibilizar las obras escritas por mujeres en un entorno iberoamericano, tanto en lo referido a los personajes como a los escenarios geográficos donde transcurren las historias narradas.

Las tres novelas presumen de descubrir personajes femeninos de gran calado. «Los personajes —reflexionaba la presidenta de ACPI— están en esa línea entre la vulnerabilidad y la fortaleza, en esa lucha por salir adelante, aunque  muchas veces se quedan atrapados en esa especie de sufrimiento o autocastigo hasta que encuentran el qué y el cómo para dar un paso adelante, y salir de una situación incómoda o límite, y superarla».

«Una de nuestras funciones —reafirmaba Cristina Delgado aludiendo a las bibliotecas públicas — es brindar posibilidades para un desarrollo personal creativo, estimular la imaginación y la creatividad (…) la gente necesita tener acceso al conocimiento y a las obras de la imaginación. Aquí están, (…) para que de forma libre, gratuita y democrática todas las personas puedan acceder a los principales fondos de la literatura y la sabiduría del mundo».

ACPI_Biblioteca con mujeres al fondo

Ana Lucía Ortega, habanera y madrileña, inició el coloquio comentando las dos partes contenidas en Vivir fingiendo, su primera novela de ficción. El hilo argumental comienza en Cuba, refiriendo hechos históricos como el primer éxodo masivo de cubanos de la década del ochenta del pasado siglo —primera muestra pública contraria a la revolución cubana— y el periodo especial en tiempo de paz, una década más tarde. El cordón umbilical es Paula, un personaje femenino que finge para lograr sus objetivos apoyándose en su sensualidad. Esta mujer, se tiene que enfrentar a las situaciones que todo emigrante sufre cuando sale de su tierra. Entre sus trabajos aparece la línea erótica, donde conoce a personajes perturbadores que la hacen sufrir y soñar. Ideal para quienes adoren conocer detalles morbosos o singulares, disfruten con el erotismo, y deseen desde el principio, conocer el final.

«Cuando conoció a Paula, vio a un ejemplar de ser humano único y excepcional. Paula era ambigua, delicada y a la vez hombruna. Un binomio que lo excitó tanto física como intelectualmente. Sin embargo, esta chica comenzó a acudir a las mismas reuniones de intelectuales a las que él acudía, y tardó mucho en reconocer en ella un cuerpo apetecible. No fue solo Oscar quien adivinó las cualidades de Paula, otros muchos de los varones que allí acudían a descargar sabiduría y talento, acechaban a la nueva tertuliana con objetivos deshonestos. Pero fue ella quien se acercó a Oscar, contra todo pronóstico. El único macho macilento que había en aquel grupo de hombres cubanos, bebedores de ron y bailadores de salsa. Cuando digirió que había sido elegido por aquella hembra rica, su orgullo se subió por las paredes y durante un tiempo —un par de meses— parecía otra persona. La vanidad de Oscar creció como una enredadera y cada miércoles lanzaba ideas tan inverosímiles como geniales, que lo hacían descollar en las mesas de té.  Cuando entregó su cuerpo y mente a Paula, no sospechó que su acercamiento contenía dobleces».  

Fragmento de Vivir fingiendo

María M. Campos, madrileña, refirió los detalles estructurales de su novela, Alicia lo sabe, dividida en tres partes. Todos se preguntan ¿qué es lo que sabe esta terapeuta y dónde está instalada para conocer tanto de todos? La autora desvela que su historia no tiene un personaje definido, sino tres visiones de un solo hecho, relatado por tres personas distintas. Campos asegura que todos disfrutamos la existencia según nuestro pasado, y tanto las experiencias vitales como los acontecimientos, son interpretados según la perspectiva de quién lo mire y según lo que exista, en cada uno de nosotros. Alicia lo sabe es una novela coral, costumbrista y con un toque psicológico, que hará las delicias del lector amante de la intriga.

«Inclinó la cabeza hacia atrás, bebió más agua, la escupió, sacudió la cabeza, recordando el accidente. Volvió el dolor. Se tocó el pecho. Esa cicatriz que dividía su pecho en dos bajo el vello canoso. De arriba a abajo, casi vertical, del cuello hasta el ombligo. No era un dolor físico. Sus ojos se humedecieron, las lágrimas querían salir. Las detuvo con un movimiento brusco de su cabeza. Dio un manotazo en la pared, bajo el agua. Gritó. Un grito sordo y callado. Volvió a gritar. Esta vez fuerte, sin acallar el tormento que su mente quería dejar salir. Cuatro manotazos más en la pared bajo el agua.

Salió de la ducha y se envolvió de cintura para abajo en su toalla azul de siempre. Se miró al espejo. Ya no se le notaban las cicatrices. No era su cara. ¡La mierda puta del accidente! Le había jodido la vida. Su cara, su puta cara no era la misma».

Fragmento de Alicia lo sabe

María Villamayor, valenciana, se declaró honrada por «contribuir a fortalecer los lazos de unión entre las naciones iberoamericanas, dar a conocer nuestras obras, y que éstas no tengan fronteras». Recordó a propósito del 8 de marzo que la valentía es una cualidad que caracteriza a la mujer y por ello es patente la indignación ante los titulares de acoso sexual y discriminación que leemos en los medios de comunicación. En su tercera novela,  Años Muertos, María reivindica a la mujer, y hace que aflore el respeto que a veces no tiene.  En los “años perdidos” a los que alude en su obra, se esconde la esencia de querer vivir, con dignidad y respeto. «Esa positividad es la que me gusta trasmitir a mis personajes»—concluyó.

«El calor de la noche había agrupado a decenas de mosquitos que revoloteaban en una farola de la calle principal del Puerto de Santa María. Su amarillenta luz se filtraba por una ventana del primer piso, dejando la estancia llena de sombras que, mezcladas con el desorden de la habitación, hacían brillar la hoja de un cúter manchado de sangre. Un llanto, apenas perceptible, se escuchaba en un rincón. Una mujer, acurrucada en el suelo, con la cabeza escondida entre sus rodillas, permanecía inmóvil, salvo el vibrar de su espalda al sollozar.  Nadie la consolaba.

Levantó la cabeza con lentitud, delatando su corta edad. Con la mirada perdida, las mejillas tiznadas de rímel, los cabellos enmarañados, y el labio inferior hinchado estiró las piernas y gritó de dolor. Se llevó las manos al vientre, como si con ese gesto, pudiera calmar su mal. Y con torpes movimientos, se incorporó camino del baño. La luz la cegó por unos instantes, acentuando el escozor de sus ojos, el espejo le devolvió su rostro y los moratones de su cuerpo. Tenía la boca seca y pastosa, abrió el grifo, se enjuagó y escupió en la pila. Debía poner fin a esa situación». Fragmento de Años Muertos

De izquierda a derecha: María Villmayor, Cleo Costa (periodista iberomericana) Sully Fuentes Ciocca, Cristina Delgado, Ana Lucía Ortega y María M. Campos
De izquierda a derecha: María Villmayor, Cleo Costa (periodista iberomericana) Sully Fuentes Ciocca, Cristina Delgado, Ana Lucía Ortega y María M. Campos

 

 

 

 

 

ACPI agrade la colaboración de Cristina Delgado Moyano y la biblioteca Clara Santiró del Centro Cultural La Rambleta, Valencia

*Javier Lostalé, La rosa inclinada (poesía 1976-2001), Calambur, Madrid, 2002, p. 143.

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