Elena Poniatowska Premio Cervantes 2013, a través de sus dedicatorias

elena en negro

 

Por María José López de Arenosa

 

Escribir sobre Elena Poniatowska con motivo de la concesión del Premio Cervantes 2013, plantea el problema de aportar algo nuevo sobre una escritora de la que ya se ha dicho prácticamente todo, con especial énfasis en su compromiso con México y sus gentes.

Tengo la fortuna de albergar en mi biblioteca tres libros suyos con dedicatorias, si bien una de ellas no era para mí. Deseo compartir esas líneas escuetas, rápidas, escritas con bolígrafo con la premura del momento, que reflejan rasgos de su personalidad y de su trayectoria.

 

Hasta no verte Jesús mío – La Revolución Mexicana y el lenguaje de la calle

Encontré un ejemplar dedicado de esta obra en el año 2005, junto a otros libros viejos y sucios extendidos sobre la acera para su venta, paseando con mi hija por las inmediaciones del mercado de artesanías La Ciudadela, uno de nuestros lugares favoritos de la Ciudad de México. Mi gozo fue completo al abrirlo y reconocer la letra y la firma de la autora en la primera página. ¡Bingo! La dedicatoria resume la historia en una frase:

«A Enriqueta y a Sergio: La vida de esta mujer, Jesusa Palancares, quien hizo la Revolución Mexicana y a quien la Revolución nada le dio a cambio, salvo mayor pobreza y aislamiento. Con 100 saludos más cordiales y afectuosos de su amiga Elena Poniatowska. 31 de mayo 1983.»

Ignoro quienes eran Enriqueta y Sergio, pero desde aquí quiero agradecerles que se deshicieran de un libro que no valoraban para que yo diera con él. Había escuchado algunos fragmentos de esta obra en una clase magistral en boca de la autora, durante los Cursos de Verano de El Escorial, titulada “El lenguaje de la calle”.

Según ha declarado, Poniatowska aprendió el español de su nana, Magdalena Castillo. Y lo aprendió tan bien, que no se quedó sólo con los aspectos más o menos folclóricos del lenguaje de la calle, sino que extrajo la poesía del sudor y el esfuerzo de unas manos morenas que amasan tortillas y muelen chiles, que trabajan en el campo, en las fábricas, que soportan todo, pero que no se resignan a la violencia. En Jesusa Palancares, narradora y protagonista de esta historia real novelada, se concentran los abusos de quienes se aprovecharon de los sueños y anhelos de una tierra propia y de un México más justo. Pero, parafraseando al príncipe Salina de Gatopardo, se cambió todo para que muchos siguieran igual, o peor; como reza la dedicatoria a Enriqueta y Sergio.elena poniatowska

“Creo que fue una guerra a lo pendejo porque eso de matarse unos a otros, padres contra hijos, hermano contra hermano; carrancistas, villistas, zapatistas, todos éramos los mismos pelados y muertos de hambre,” dice Jesusa Palancares. ¡Cuánta sabiduría por boca de una analfabeta! No necesitó saber y escribir para hacer una perfecta radiografía de la manipulación de un pueblo ignorante y hambriento en las luchas de poder.

El habla popular, rebosante de imágenes y matices, se convierte en esta obra, escrita en 1969, en la melodía de una fiesta de las palabras que el finísimo oído de Poniatowska reproduce en negro sobre blanco sin perder el compás. Sumemos a esta música el culto a la muerte, tan mexicano, y lo sobrenatural, y vislumbraremos algunos elementos del realismo mágico. La historia empieza en Tehuantepec, estado de Oaxaca, donde también sitúa Elena Garro Los recuerdos del porvenir, una de las primeras obras del realismo mágico mexicano. Pero ninguna de las dos autoras ha sido considerada parte del boom, en el que parece que sólo cabían los hombres.

Las siete cabritas – O las siete cabronas (con perdón)

«A María José, que hace preguntas muy inteligentes, todo el cariño de su amiga, Elena Poniatowska Amor, en El Escorial, 28 de agosto de 2003.»

Esta dedicatoria, en la que firma con su apellido materno, es del día que la conocí, en una conferencia que dio en El Escorial durante los Cursos de Verano. Habló de México y también de ella, de sus orígenes aristocráticos polacos y de su familia materna, los Amor. La literatura es el arte de plantear interrogantes al lector y, llegado el turno de preguntas, no dejé escapar la oportunidad.

Preguntando y escuchando, así es cómo Elena Poniatowska recopilar los testimonios de la matanza de 1968 en La noche de Tlatelolco, documento periodístico indispensable sobre aquella tragedia.  Pero, en El Escorial, esa tarde, a la narradora, cronista y entrevistadora, le tocaba estar al otro lado del micrófono con la certeza de que sin preguntas no hay crónica ni relato que contar.

Las siete cabritas, escrito en el año 2000, recoge siete retratos de siete mujeres icónicas de la cultura mexicana del siglo XX: Frida Kahlo (pintora que no necesita presentación), la pintora Nahui Olin, la poetisa Pita Amor (tía de Elena Poniatowska), y las escritoras Rosario Castellanos, Elena Garro, María Izquierdo y Nellie Campobello.  Siete mujeres bien cabronas (¡con perdón!), que desafiaron a la sociedad de su tiempo, a los prejuicios y al machismo, además de sus propios cónyuges; reivindicaron su singularidad para ser ellas mismas. Mujeres que nunca se resignaron a su papel de “la mujer de”, aunque detrás de ese “de” estuvieran Octavio Paz o Diego Rivera.

Cuando me retiraba del salón de actos de Euroforum con mi libro autografiado, la directora del curso, profesora de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Complutense, se acercó para invitarme a la última sesión, al día siguiente. “Elena va a dar una clase magistral y te va a encantar”, me dijo. No se equivocó y de eso hablo a continuación.

Tinísima – Vida bohemia y lucha

Ni corta ni perezosa, gracias a la generosa invitación, volví a El Escorial para “colarme” en la última sesión del curso de Literatura Hispanoamericana, que empezó con una ponencia de Elena Poniatowska, titulada “El lenguaje de la calle”. Leyó algún fragmento de Hasta no verte Jesús mío, con la misma entonación que imaginamos en Jesusa Palancares. Pero no estábamos ante buena imitadora ni una actriz. No, no… no era pose ni histrionismo. Elena Poniatowska, la princesa polaca de madre mexicana nacida en Francia que aprendió español a los ocho años, lo había perfeccionado con los campesinos de México, los indígenas del México profundo en Chiapas y Oaxaca, escuchando a los taxistas del DF, a los vendedores ambulantes, a las cajeras del supermercado… Escuchar, escuchar y escuchar. Aguzar el oído y abrir la mente para conocer la realidad del otro. Ese ha sido su secreto para recoger, no sólo el habla popular, sino algo mucho más difícil todavía: los latidos del alma de tantas Jesusas, silenciados a golpes bajo las enaguas.

Ante aquel reducido grupo de alumnos, la princesa polaca, vestida con huipil, calzada con guaraches y con sus cabellos canosos encrespados, sus ojos brillantes, alzó con, su voz vigorosa, el sentir de una tierra donde una raza buena, que ama, sufre y espera!, como diría Rómulo Gallegos sobre su tierra venezolana; expresión con la que termina Doña Bárbara y que igual podría aplicarse a México.

Tinísima, escrito en 1992, es la biografía novelada de Tina Modotti, activista comunista, fotógrafa y modelo de fotógrafos y pintores, cuyo periplo vital la llevó a Cuba, México y Rusia… pasando por España donde se incorporó a las Brigadas Internacionales. La parte más interesante es la que muestra aquel México bohemio de los años treinta y cuarenta, por el que desfilan personajes, hoy legendarios, como Frida Kahlo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros o Nahui Olín. Recoge, además, hechos históricos, como el asesinato de Trotsky en su casa de la calle Londres, por la que pasaba yo todos los días cuando vivía en México; una esquina espectral, donde el tiempo parece haberse detenido en 1940, y que aún conserva su garita y ventanas tapiadas, medidas con las que no se impidió que el español Ramón Mercader perpetrara su crimen con un picahielos.

Una vez clausurado el curso con la entrega de diplomas, la jornada se prolongó con una distendida charla en el pasillo. Pasamos revista a muchos de los personajes que han configurado la vida mexicana de las últimas décadas: Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Diego Rivera (de quien iba a inaugurarse en esos días una exposición en el Museo de América) y quien fuera la mayor coleccionista de Frida Kahlo, Dolores Olmedo. Repasamos el convulso último año de la presidencia de Carlos Salinas de Gortari y hablamos de la pasión que compartimos por los huipiles y el arte popular. Habríamos seguido horas, pero tocaba desalojar el edificio Felipe II, en la falda del monte Abantos.  Conservo su dedicatoria en Tinísima, de ese día (aunque puso la fecha del día anterior), como uno de los mayores halagos que me hayan hecho:

«A María José, que es muy linda y supo amar y entender a México, todo el cariño, también mexicano, de su amiga Elena Poniatowska Amor. 28 de agosto de 2003.»

Efectivamente, amo a México, y creo conocerlo y entender buena parte de su magia, oculta tras el humo de los coches del DF o en las altas copas de los bosques de oyamel, en Michoacán; invisible a quienes miran a este país con las pupilas del prejuicio. Y, ¿cómo no iba a ser así, teniendo, como tengo, dos hijos mexicanos?

Tres dedicatorias para tres libros con historias de mujeres valientes narradas por una escritora que no permitió que su lugar como periodista en los años cincuenta estuviera en la sección de cocina, moda o ecos de sociedad. Como lectora, sólo me queda felicitarla por su merecidísimo premio y agradecerle el regalo de toda su obra, en ficción, poesía y crónica. Gracias, Elena, por el recuerdo de dos días inolvidables de agosto, por tu conversación inteligente y amena. Y por tus dedicatorias, incluso por la que no era para mí.

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