El mundo en cuarentena

Colaboración desde Perú.

Dora Fernández Velasco


Esta es la primera vez que en todos los países del mundo se han impuesto restricciones a la circulación de sus habitantes, algunos como el Primer Ministro de Japón, amablemente han recomendado el distanciamiento social, otros han decretado cuarentenas e inclusive las calles son patrulladas por el ejército y la policía. El temor a ser contagiados por el virus se ha apoderado de millones de personas.


¿Por qué las personas nos hemos visto obligadas a aceptar voluntariamente ser confinadas en nuestras propias viviendas y que mediante un decreto presidencial se nos indique lo que podemos o no hacer dentro y fuera de nuestros espacios privados? Y que además estemos prohibidos durante
horas, días y semanas de poner un pie en la calle, fuera de esos estrictos horarios, bajo pena de arresto de parte de la autoridad civil y/o militar.

¿Qué delito hemos cometido para recibir este castigo que podemos encontrar hasta en la biblia? Felizmente que las herramientas virtuales se han puesto al servicio de nuestros afectos y han convertido en un mito la distancia. Gracias al móvil y las redes sociales podemos ver a quienes amamos. Pero estamos tristes por haber perdido la libertad de decidir, Cuándo, Cómo y Dónde dirigirnos cada día.

Imagínense, cómo se sentirán actualmente los italianos, españoles o latinoamericanos acostumbrados a expresar abiertamente sus emociones, donde las autoridades han tenido que aplicar sanciones, en nombre de la supervivencia. Estamos en confinamiento, nos aseguran que es lo mejor para nuestra vida. Aunque pensemos que el poder político es arbitrario, porque hemos perdido nuestra capacidad de decisión.

El COVID 19, es un enemigo invisible del cual se nos está protegiendo. Porque cada día se incrementan las cifras de víctimas y contagiados, parece incontrolable en algunas comunidades.
Además todavía no sabemos, ¿Dónde se oculta ese patógeno que amenaza nuestras vidas?

De improviso hemos cambiado nuestros hábitos y renunciamos a los besos, abrazos. Caminamos con temor, cada transeúnte es un posible foco de infección, no importa la clase social a que pertenezca, ni la mascarilla o guantes que use, somos potencialmente peligrosos en las calles. Nos
repelemos unos a otros.

Hemos perdido la capacidad de sentirnos seguros, y el hogar que era un refugio personal se ha convertido en improvisada prisión y extremamos las rutinas de limpieza. Retornas del supermercado y dejas el calzado fuera de casa, igual que los suecos. Te cambias de ropa y vas directo a la ducha, te
sientes inseguro. Y piensas. ¿Qué sucede si algún microbio se posó en mi ropa o cuerpo? Desinfectas el baño varias veces al día, te lavas muchas veces las manos con jabón.

Nos hemos subordinado a estas indicaciones, y ni siquiera protestamos. Renunciamos al libre albedrío. No somos leprosos, ni llevamos campanilla, pero estamos obligados a usar mascarilla,guantes y debemos caminar o hacer compras a metro y medio de distancia, es la regla para que no
nos contagiemos y minimicemos los riesgos.

Estamos viviendo una pandemia, que confiere superpoderes a demócratas y dictadores que justifican estas y otras medidas. Y no importa que éstas transgredan nuestros derechos elementales,
se trata de preservar a la humanidad entera de mayores contagios.

Durante la epidemia de gripe en 1918 murieron 40 millones de personas, no existía el internet, el mundo no estaba globalizado, los medios eran anacrónicos y en plena guerra, miles de soldados iban a la batalla ignorando que no morirían por las balas del enemigo sino por la peste que asolaba a los pueblos de sus contrarios.

Justamente por la preservación de la especie, seamos solidarios, aceptemos que dentro de esta angustiosa situación existen fuerzas invisibles superiores que pueden mover millones de vidas,
pensemos que “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”, y seamos positivos aunque todavía no exista la fórmula mágica que pueda salvarnos.

Es el momento de acudir a nuestro control mental, tener una fe infinita, usar nuestras fuerzas internas, orar, creer, pensar, meditar, movernos aunque sea en espacios reducidos, como si fuésemos el mismo Mandela en prisión y esperar confiados. Por lo pronto, este día anochece,mañana será un día diferente, esa es nuestra esperanza.

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