El himno de las cosas leves


De poesía iberoamericana

Jorge de Arco

Joaquín Antonio Peñalosa o el Himno de las cosas leves

      La colección Adonáis acaba de dar a la luz “Todavía hay primavera, todavía”, una atractiva antología de Joaquín Antonio Peñalosa (1921 – 1999).

Este mexicano nacido y fallecido en San Luis de Potosí, dejó escrita una obra abundante y notoria. Sacerdote católico, profesor universitario, académico y fundador del orfanato El Hogar del Niño, su quehacer tiene un acentuado sabor a esperanza, a solidario anhelo. Su contemplación serena y humana se detiene en elementos cotidianos, sensibles y, en cierta manera, de leve condición, si bien la profundidad de su sentimiento realza la verdad de su palabra:

Anticipo mi entierro ya enterrado,

de vida y muerte en peligroso reto,

y así voy por dudosas primaveras 

a pena de sepulcros condenado,

en sangre ayer, mañana en esqueleto,

pero tumbas las dos, tumbas de veras.

    La selección reúne muestras de sus diez libros, desde el primero editado en 1945, “Pájaros de la tarde. Canciones litúrgicas”, hasta el aparecido en 2011, “Río paisano”. Entre medias, quedan otros ocho títulos:  “Ejercicios para las bestezuelas de Dios” (1951), “Canciones para entretener la Nochebuena” (1961), “Sonetos desde la esperanza” (1962), “La cuarta hoja de trébol” (1966), “Museo de cera” (1977), “Sin decir adiós” (1986), “Agua señora” (1992), “Copa del Mundo. (Cántigas de Santa María)” (1995) y “Río paisano” (2011).

    Fernando Arredondo se ha encargado de esta compilación, además de haber elaborado un prólogo donde se da cuenta de los aspectos más relevantes de la vida y obra del autor.

“Nada escapa a la paternidad de Dios y todo nos puede dar noticia de su acción creadora. Mas el Dios-papá de Peñalosa no es el Dios oscurecido por la poesía existencialista que se desarrolla coetáneamente por toda Hispanoamérica, sino que su Dios es Padre (…): el padre de un adulto pequeño, no de un adulto desengañado”, afirma el antólogo. Sin duda, los ojos que signan el decir del yo lírico se abren y confraternizan con la belleza que sostiene nuestro universo. La Naturaleza en su más amplio espectro (plantas, animales, paisajes…) se torna tema recurrente en sus textos y conjugan de manera exacta con el espíritu deseante y dichoso del poeta :

Pequeño caracol, cerrado huerto,

por tus persianas de cristal el mundo

se mira poco y, como es, pequeño;

(…)

Te tiendes en tu celda solo y pobre

ahorrando espacio por ganar sosiego;

como los pobres ruedas por el mundo,

viejo sistema de medir suelo.

Si tu tanque blindado movilizas 

un centímetro crece universo.

     La voz más reconocible de Joaquín Antonio Peñalosa se halla en los poemas que tratan la felicidad a través de la palabra divina. Frente a la desesperación o desesperanza, frente a lo vacuo y lo superficial que tantas veces tienta al ser humano, se contrapone el asombro, el amor, la bondad…, pilares que sriven para vertebrar la ventura de hoy y del mañana.

Su verso se articula entre lo ferviente y lo tierno, y se reafirma en la libertad de cada individuo para vertebrar una ventura colectiva y vitalista: “Cantemos el himno de las cosas leves, de las criaturillas  que alcanzaron el último soplo de Dios”.

     Al cabo, un volumen pleno de humilde honestidad y de entrañable

sabiduría, que acerca la obra de un poeta con letras mayúsculas:

Si ya vas a  venir, hazlo más tarde,

aunque mi luz apenas parpadea,

no es que a vivir me aferre, no es que crea

que convertirme en polvo me acobarde.


En mi invierno, el jardín florece y arde

y, a pesar de mi noche, el sol flamea;

deja que se retarde tu tarea,

deja mi río y que tu mar guarde.

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