De poesía iberoamericana

Jorge de Arco                       

Homero Aridjis,como un pedazo de mediodía.

     Con su habitual esmero, la editorial Cátedra acerca al lector la obra de Homero Aridjis (Contepec, Michoacán, 1940). Bajo el título de “Antología Poética (1960 – 2018), se reúne una extensa muestra del decir del escritor mexicano. Son más de veinte los poemarios editados hasta la fecha, desde que en 1960 viera la luz “Los ojos desdoblados”. Era aquel un volumen que apuntaba muy buenas maneras y descubría la voz de un jovencísimo autor. Con ese título, precisamente, se abre esta compilación, donde puede leerse, p.ej. su bello “Tercer poema de ausencia”:

“`Tú has escondido la luz en alguna parte´

y me niegas el retorno,

sé que esta oscuridad no es cierta

porque antes mis manos volaban las luciérnagas

y yo te buscaba

y tú eras tú

y éramos unos ojos

en un mismo lecho

y nadie de nosotros pensaba en el eclipse,

pero nos hicimos fríos y conocidos

y la noche se hizo inaccesible

para bajarla juntos”.

     Aníbal Salázar Anglada ha estado a cargo de una edición, cuyo estudio introductorio resulta revelador para conocer el universo de Homero Aridjis. Más de un centenar de páginas que delimitan una manera de creación que para el propio compilador resulta “una escritura extraordinariamente visual, como hija y nieta que es de las vanguardias europeas, originales o trasplantadas al ámbito de la lengua castellana”. Una poesía -añade- “multiforme, cambiante, desigual, y que por ello ofrece registros y motivos muy diversos”.

    Y, en efecto, esa variedad de temas, de tonos y de versos, hacen de este florilegio una ventana abierta y sugeridora para cualquiera que se asome a ella. El yo que camina por estos lúcidos territorios articula un canto a la naturaleza y a su imprescindible comunión con el ser humano. Con un intencionado mestizaje de raíces y alas, de luces y anhelos, espejea en su cántico la simbología de su geografía vital:


Dormí en lechos de piedra.

Tuve por cabecera una serpiente de piedra

en un cuarto de plumas

en el que todos los muros reflejaban a la muerte.

Mi techo fue un charco de lodo.

La tierra estuvo encima de mi cabeza

y mis piernas fueron el azul del cielo.

A la izquierda de mi sueño un colibrí salió volando

como un pedazo de mediodía.


     El fulgor de Homero Aridjis recrea la trascendencia de la dimensión humana, la danza y el cromatismo en donde anida un horizonte a contraluz. El compás de su lenguaje singulariza lo espiritual y lo visible y lo conceptual.  Los vaivenes de su alma se hacen confesión mediante un decir directo, sin ambages, que revela su mejor perfil cuando el texto se reconoce en la febril frontera de una expresividad trasparente:

Con palabras compraré el tiempo,

con palabras compraré a la muerte,

con palabras compraré palabras,

con palabras pintaré el día blanco.

     Casi seis décadas de vida, de pasión literaria, se abrochan, pues, en esta antología que sabe de la certidumbre del olvido, de lo alado de lo cotidiano y que renombra el pulso que se orilla en cada asombro. Y de su plural inventario nace una autenticidad serena, un mítico lugar donde los sueños puedan llegar a cumplirse:

La noche de siete minutos comenzó.

El eclipse del milenio cobró forma.

La corona radiante rodeó al Sol.

Plumas de oro cubrieron el espacio.

El ojo negro de la totalidad miró hacia abajo.

Rojo. Verde. Blanco. Azul.

Unos segundos.

Eso fue todo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *