Blanca Varela, Música y Promesa

DE POESÍA IBEROAMERICANA                        JORGE DE ARCO

 Blanca Varela (1926 – 2009) representa una de las voces más sólidas de la poesía hispanoamericana de las últimas décadas. Durante sus estudios en la Universidad de San Marcos de Lima tuvo oportunidad de tomar contacto con la que sería la Generación del 50 peruana; es decir, Jorge Eduardo Eilson, Carlos Germán Belli, Sebastián Salazar Bondy… y, sobre todo, Emilio Adolfo Westphalen. En 1949 viajó a París, después a Florencia y tras una estancia en EEUU, regresó en 1962 a Lima, donde se instaló definitivamente.

    De su etapa parisina, nació su primer poemario, “Ese puerto existe” (1959), un libro derramado, ascético, donde se adivinan los múltiples interrogantes que cercaban por entonces la conciencia de la autora peruana. Ahora, gracias a la oportuna edición de “Y todo debe ser mentira” (Galaxia Guntenberg. Barcelona, 2020), puede el lector aproximarse a aquellos versos y a sus posteriores volúmenes, “Luz de día”, “Valses y otras falsas confesiones”, “Canto villano”, “Ejercicios materiales”, “El libro de barro” y “El falso teclado”.

     La selección de esta antología ha estado al cuidado de Olga Muñoz Carrasco, quien anota en su prólogo: “Abundancia y escasez conviven en poemas que se convierten en organismos sujetos a una contención y expansión continuas, y esa es su respiración poética: condensación, ajuste a un contorno que retiene, como una inspiración; o expansión, largas composiciones  que  como  en  una  espiración  se  abandonan de esta escritura donde nada permanece mucho tiempo en su sitio (…) Ajena a la búsqueda de reconocimiento,  siempre generosa con  quienes la buscaban para la poesía, su obra ejemplifica el lema de uno de sus versos: desesperación, asunción del fracaso y fe. De esta manera sus poemas enseñan a hacer de la caída, vuelo”.

Ese vuelo, al cabo, no era baladí, pues ya en 2001 este mismo sello, dio a la luz su poesía reunida bajo el título de “Donde todo termina abre las alas”.

     Su larga y fructífera amistad con Octavio Paz hizo que el vate mexicano se encargase del prefacio a su bautismo lírico. Y en él, anotaba: “Blanca no se complace con su canto (…) Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el amor, el tiempo y la soledad”. Aquel volumen iniciático, se abría con el mismo poema que este renovado florilegio, “Puerto supe”, un texto estremecedor, que mira hacia su niñez y territorios familiares:

Está mi infancia en esta costa,
bajo el cielo tan alto,
cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,

nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,

azules casas en el horizonte.

Junto a la gran morada

sin ventanas, junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.

(…)

Amo la costa, ese espejo muerto
en donde el aire gira como loco,
esa ola de fuego que arrasa corredores,

círculos de sombra y cristales perfectos.

     La poesía de Blanca estuvo impregnada de tintes surrealistas, para luego recrear su palabra en una suerte de agudos pensamientos, de concéntricas reflexiones. No hay grandilocuencia sino fe, no hay oropel sino esencia, porque su verbo es luz sincera que ilumina el desencanto y la dicha, la derrota y la esperanza:

El amor es como la música,
me devuelve con las manos vacías,

con el tiempo que se enciende de golpe

fuera del paraíso.
Conozco una isla,
mis recuerdos,
y una música futura,
la promesa.

Y voy hacia la muerte que no existe,

que se llama horizonte en mi pecho.

Siempre la eternidad a destiempo.

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