Un homenaje tardío. Un merecido reconocimiento a Patricia de Souza

Por Sully Fuentes

Al filo de la medianoche del 23, me asaltó un deseo irrefrenable de leer «un libro completo». Quizás porque era el Día Internacional del Libro. Estiré las manos sobre aquella pila desordenada de obras selectas que esperaban un nuevo destino. Tenía que decidir si las mantenía conmigo o era el momento de donarlas. Estaba pensando en espíritus más expeditivos que yo, pero sedientos de textos llenos de vida. Elegí un libro, que me atraía por su agreste portada, pero sin poner atención en su título y ni en su creador. Me lo llevé a la cama. Y de pronto vino a mi mente la escena lejana de quien me lo había recomendado. Allí estaba de pie, Máximo Higuera, con una elegancia y una cortesía exquisita, tendiéndome un sobre con el libro que saldría al siguiente mes en España. Recuerdo que hacía hincapié en que si me gustaba, se lo hiciera saber a mis colegas en Francia. No ataba cabos, pero le dije que apenas pudiese lo haría. Me propuse leerlo a la brevedad. Sin embargo la vida me distrajo con una tempestad de obligaciones consentidas y 1000 y una noche, a medio dormir. Pasaban a tal velocidad, que se las tragaba el olvido. Pero hoy, había encontrado una inquietud sin dueño, que respondiese por ella. Algo difícil de definir. como cuando se presienten hechos que uno ni conoce. Una actitud pro-activa hacia retener el tiempo y asirme a algo que me llena de vitalidad. Una prisa por acortar etapas. Un obsesión por no perder el tiempo. Por lo que decidí mimarme con un postre de frutos tropicales y en cuestión de minutos estaba entre cojines dispuesta a leer.

Ahora sí, recordé esas travesuras de cuando uno es niño y los gruesos tentáculos de los árboles te abrazan para que leas un libro de cuentos o una enciclopedia que sabes que tienes que devolver. Mi árbol era en un Siempreverde, Antorchasis;  aunque le llamábamos Transparente. Con esa sensación virginal y de capricho de niña comencé a leer. Iba a ser más fácil que aquellos aparatosos tomos con lomos dorados, era más ligero y se sentía más cerca la última página que cerraba en 132. «Mujeres que trepan a los árboles,» me cautivó desde el principio , ya en la primera página después del prólogo. Se titulaba ese primer capítulo «La sombra de un árbol » 13 de abril. Esto parece un diario de vida, me dije. Aunque ese trece de abril se parecía mucho a este 23 de abril…De pronto comenzaba a sentir señales, pero no conocía la trayectoria de la escritora. Solo una breve reseña editorial. Quiero abarcar mucho y a veces me quedo tan solo con lo que me emociona intensamente y no avanzo. No vislumbro lo que vendrá. Es cierto que en este caso no se había disparado todavía un solo vínculo con mi hipotálamo. Estaba vacía de emociones al no tener la trayectoria literaria, e incluso su formación académica o su integración familiar. Sin embargo me entusiasmó, una vez más, lo desconocido. Abracé el libro. La lectura se fue dando con tal fluidez que no hubo tiempo para tomar alguna nota. Lo suelo hacer para fijar las perlas en ese atiborrado collar que cubre mi memoria. Así fui dejando Madrid, la noche y mis necesidades de estos tiempos inciertos, para corretear por Perú. Inicié un sorprendente periplo, para asomarme por las ventanas de las casas en la sierra andina,para otear por los estrechas calles de Lima, para zigzaguear en las carreteras que trasladan a otras ciudades e incluso por aeropuertos que me llevaron a otros países. Pero lo que más me enganchaba eran los personajes que describía «Matildita» como la llamaba su padre. Seres únicos, delineados cuidadosamente y aderezados con virtudes y defectos que perfectamente animan esa realidad, la que casi siempre se asienta en un contexto político cambiante con luces y sombras. Según los iba insertando en clases sociales muy diversas iban creciendo en interés por su diversidad cultural y social.También me alimentaba la tensión, la manera curiosa con la que la autora nos despistaba al querer simultanear los tiempos y los sucesos. Me sentía viva con esa narrativa de pendular el ayer con el presente, las localizaciones e incluso las diferentes lenguas desde el quechua hasta el francés. Cada minuto parecía ir a más rápido que el anterior con una insaciable voracidad de contenido narrativo.Cada mini-relato deslizaba un tiempo ante los ojos de un lector ansioso. Era una medida temporal que se enriquecía con diferentes seres y sus peculiares circunstancias. Sin su expreso consentimiento iban dando colorido a los escenarios donde los situaba. Ponía el foco de reflexión en el papel de la mujer, la que trasmitía las costumbres, la que luchaba por superar las barreras de la escasa inclusión social, la que mantenía ( muchas veces a su pesar) las tradiciones muy arraigadas en los hombres en cuanto al papel que debía cumplir cada uno. Los sufrimientos, las intimidaciones, el abuso tampoco faltaba. Todo componía un universo caleidoscópico con sello identitario. Solo algo refrescante, aliviaba el clima espeso que emerge por momentos del hacinamiento en las grandes ciudades. Descubrí como una naturaleza silenciosa se hacía muy presente. Los árboles y las plantas asumen en este relato una vida real y de ficción. Aflojan las tensiones. Por otra parte, un sutil hilo conductor lo vertebra un espacio multidimensional Está omnipresente una escritora, pensadora socialista y feminista francesa de ascendencia peruana. Es Flora Célestine Thérèse Henriette Tristán y Moscoso Lesnais, más conocida como Flora Tristan.


Y el resto toma unos cambios inesperados y una huida hacia adelante.En todo momento la atención está vigilante. Pero ahora, le toca al lector asumir el entusiasmo por llegar al final.

Reconozco que una noche en vela tuvo su recompensa, por haber asistido a la construcción de un «yo» potente en lo femenino, con una intensidad desbordante y revalorizando por momentos la figura, algo cuestionable, del hombre en ese contexto. Una gran versatilidad de momentos que conectan a veces con la vida real de la escritora peruana Patricia de Souza.

Se preguntarán por qué este extenso relato. También, yo me lo pregunté.

Ya, a las 7 de la mañana, quise saber qué pulsión cultural me ha hecho no poder desconectar hasta haber terminado el libro. Sentí la necesidad de saber que impacto había tenido esta novela. Y me puse a buscar lo nuevo en su trayectoria. No podrán creerlo. La realidad ha sido más cruda de lo que podemos imaginar. He quedado de piedra.

La escritora peruana Patricia de Souza * falleció hace seis meses en la ciudad de París, en Francia, a los 55 años. Nos dejó el 24 de octubre de 2019, después de una larga enfermedad. Fue Olivier Guyonneau, su pareja desde hace 25 años, quien se encargó de dar a conocer la triste noticia a través de la cuenta de Facebook.


*Patricia de Souza había nacido en Ayacucho, PERÚ en 1964. Inquieta, pensadora rebelde siguió estudios de periodismo, filosofía y Ciencias Políticas. Vivió un tiempo en  Los Ángeles y después a París. En la capital francesa se quedó varias décadas, doctorándose en Literatura comparada y desarrollando allí la mayor parte de su carrera literaria. En la última década vivió también en Ciudad de México y Caracas, antes de volver a Francia, su última morada. Entre sus obras figuran Stabat Mater (2001), Electra en la ciudad (2006), Erótika. Escenas de la vida sexual (2008), Ellos dos (2009), Tristán (2010), Vergüenza (2014) o Mujeres que trepan a los árboles (2017). Sus ensayos Eva no tiene paraíso (2011), Decolonizar el lenguaje (2015) y Ecofeminismo colonial y crisis del patriarcado (2018) fundamentan una amplia reflexión sobre el uso y perjuicios del lenguaje como una de las formas del sometimiento de la mujer como ser pensante, la dificultad de estar armada con herramientas expresivas en igualdad con el hombre.