Vivir la Navidad en Carcasona

Por Ana Lucía Ortega

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Fachada de la entrada de la ciudadela, en el centro, la Puerta Narbona.

Las torres cónicas del castillo Comtal, símbolo de la villa francesa de Carcasona (Carcassonne, en francés), materializan la magia de la Navidad. Esta población histórica del Languedoc francés, al sur del país galo, atesora lo más parecido a un mundo de cuento, protegido por una muralla milenaria que actúa como bombonera, y cada año es visitada por más de tres millones de turistas.

Calle y comercios en la ciudadela

En el interior de la Citè Mèdièvale aún habitada, hay restaurantes, hoteles, el castillo condal, una iglesia gótica que en sus inicios fue una catedral carolingia (Basílica Saint-Nazaire ss. X, XIV y XIX), galerías de arte, y tiendas de caprichosos recuerdos como ballestas, armaduras caballerescas o tocados medievales, bajo las luces de neón de los adornos de esta época del año.

Tras franquear la Puerta de Narbona, el principal acceso a la ciudadela, ahora tapizada de guirnaldas navideñas, sorprende la presencia de otra muralla galoromana abrigando al castillo, probablemente edificado en el año mil. Desaparece el espejismo de ese pueblo de película que suplanta, para el deleite de sus visitantes contemporáneos, un inigualable modelo de arquitectura militar de la edad media, que le ha hecho merecer a Carcasona la distinción de Patrimonio de la Humanidad en 1997.

Atravesando el puente sobre el río Aude, a los pies de la Citè medieval, cientos de farolillos led hacen resplandecer los mercadillos navideños en la Bastide Saint-Louis, también conocida como la ciudad baja, desarrollada a partir del siglo trece, tras la decadencia de la poderosa e inexpugnable urbe fortificada.

La entrada a la Cité vestida de Navidad, por la puerta Narbona, a la izquierda.

Las tradicionales celebraciones navideñas de esta zona de Francia, presumen cada año de espectáculos únicos para niños y adultos que comenzaron el 6 de diciembre y se prolongaron hasta el 5 de enero.

Hasta nueve emplazamientos oficiales de la villa estuvieron dedicados a celebrar la Navidad. En la Plaza Carnot los puestos de productos artesanales exhibieron y vendieron figuras de belenes, aderezos hogareños, accesorios o bisuterías originales, así como una amplia variedad de alimentos, destacándose el vino caliente, los pretzels o los célebres turrones de la alpina región de Montélimar, en sus variedades más codiciadas como la almendra, el pistacho o los frutos rojos.  

Treinta quioscos atiborrados de mercancías y comensales que sacian el apetito y confraternizan con amigos y colegas, rodeaban la pista de hielo repleta de niños alborotadores, que se deslizaban bordeando la Fuente de Neptuno. Una de las calles aledañas a esta glorieta es la peatonal Courtejaire, colmada de tiendas de moda o de comestibles apetitosos, boutiques de ropa cara y centros de belleza con fachadas muy coquetas.

Enormes robots con una corte de muchachos detrás, y el desfile de las mascotas más populares de los programas infantiles, amenizaban el núcleo citadino en determinadas franjas horarias.

Al otro extremo de la ciudad, en la Plaza del General de Gaulle, frente a la famosa Puerta de los Jacobinos (s. XVIII), se hallaba el mundo embriagador de la realidad virtual, así como la opción de practicar deportes de tabla, con quads y motos de nieve en pistas de hielo, entre otras opciones. En el lado opuesto, la plaza André Chénier daba la bienvenida a la epifanía con una noria espléndida, que ofrecía una inmejorable panorámica del conjunto de la Bastide Saint-Louis y la Citè.

El derroche de actividades para vivir “La magia de Noël”, comenzó con representaciones históricas de la antigua villa medieval, encarnada por trovadores, herreros y malabaristas; y continuaron con obras teatrales; desfile de automóviles y motocicletas antiguos y hasta una interesante exposición en el Museo de la Escuela, donde participaba todo el público.

Esta última comprendía la “búsqueda del tesoro” que es un código QR, y se basaba en revelar la influencia de los recursos audiovisuales e informáticos en el aprendizaje escolar a lo largo de los últimos 50 años, propiciando que el visitante tuviera una retrospectiva de su evolución a través de impresoras, televisiones o grabadoras analógicas.

La Cité de Carcasona vista desde el puente de piedra, Puente Viejo (s. XIV) sobre el río Aude

Carcasona es un pueblecito francés rodeado de viñedos que además de presumir de La Citè, su mayor reliquia, seduce con sus callejuelas adoquinadas y atractivos cafés, patisseries, tiendas de licores y delicatesen. Los ejemplares de arquitectura religiosa salpicados por la villa, incluyendo una catedral (la de Saint-Michel ss. XVI y XVIII); el Museo de Bellas Artes con obras flamencas, holandesas, y de pintores locales; y el navegable Canal du Midi, obra marítima del siglo XVII que une el Atlántico y el Mediterráneo con esclusas y puentes (cerrado en invierno para travesías), bien valen una escapada en cualquier época del año.

Excepcional ejemplo de la arquitectura militar del medioevo es el Castillo Comtal de la ciudadela
Plaza Juana de Arco de Tolousse

Es muy recomendable hacer una hora de viaje para encontrarse con la atractiva Toulouse, conocida como la ciudad rosa, por el color del ladrillo de sus inmuebles. Es famosa por exponer la historia de la aviación con naves de leyenda como el Concorde o el Super Guppy en su Museo Aeroscopia y por ser la cuna del reconocido cantante de tangos Carlos Gardel, aunque sea un hecho que también se lo atribuye Uruguay.

Tanto Carcasona como Toulouse comparten el suelo de la Occitania francesa, el carácter de sus vinos espumosos y el consumo del hígado y pechuga de pato (foie et magret de canard). Además, y no hay que olvidarlo, comparten un viento endémico, que en algunos meses del año –como en este período invernal–, llega a ser intenso y muy frío, predisponiendo el talante de su estilo arquitectónico.

No obstante, Toulouse, merece otra crónica.

La ciudadela de Carcasona

A principios del siglo XII, la familia de los Trencavel, (Condes de Carcasona) construyó su palacio condal fortificado con una barbacana –muro defensivo semicircular que precede al castillo–, y unas almenas interiores que constituían la segunda línea de resistencia contra el enemigo que conseguía cruzar la barbacana. A continuación aparecía un foso, solo salvable a través del puente levadizo. La historia de esta singular edificación, excepcional ejemplo de la arquitectura militar del medioevo, se vio intervenida cuando se inicia a partir de 1209 la cruzada de la iglesia romana contra los cátaros de esta zona del Languedoc francés, protegidos por los nobles propietarios del castillo, quienes también consentían y practicaban comportamientos heréticos.

La iglesia de Roma asedió a Carcasona en agosto de ese año, y el Conde de Trencavel fue hecho prisionero en su propio fuerte. Veinte años más tarde, la corona de Francia para  asegurar su dominación, edificó la segunda muralla alrededor del palacio condal, lo que propició el posicionamiento de la ciudadela como un enclave fronterizo inexpugnable entre los reinos de Aragón y Francia.

Entrada del Castillo Comtal, precedido por su barbacana

En 1844 el arquitecto y arqueólogo francés Eugène Viollet-le-Duc se dispuso a restaurar la ruinosa Citè de Carcasona, obra que no vio culminada, pero facilitó el legado de aquellos años para la humanidad.

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