Desde que tú viniste 

De poesía IBEROAMERICANA                                            Jorge de Arco

    Conocí la poesía de Amaya Blanco (1979) hace ya más de una década. En 2009, vio la luz su primer libro, “Letras de tierra”, que venía avalado por la concesión del premio “El Ermitaño”. Por entonces, su voz derramaba el ímpetu juvenil y emotivo que suele acompañar los inicios líricos, pero, a su vez, ya se adivinaba un decir sugestivo, sincero, desde el cual se articulaba un discurso pleno de coherencia:

Soy yo

te hablo

desde los minerales.

Mi voz de savia y clorofila

se alimenta de luz

de lluvia

y de recuerdos.

   Tras la aparición en 2010 de “Materia viva”, un breve e intenso cuaderno lírico, Amaya Blanco ha estado formando y alimentando su voz a través de lecturas, traducciones, …, de muy diversa índole, además de acercarse a la docencia a través de la enseñanza de Escritura Creativa. Todos estos años se han visto ahora aunados en torno a “La voz encinta” (Ayuntamiento de Talavera de la Reina, 2019), premio “Joaquín Benito de Lucas” de Poesía.

A través de él, y como anota en su introducción Mercedes Escolano, sabe el lector que “tras un primer intento frustrado de maternidad, por fin el hijo ansiado va creciendo en su interior, pequeña semilla de la Naturaleza, átomo girando en su inverso”. Dicha frustración lleva a la poeta malagueña a reconocer:

Abajo, más abajo,

donde ya no se puede ir más hondo

allí está mi tristeza,

tan sólo yo lo sé

y eso me basta.

    Dividido en cinco apartados, “La búsqueda”, “La ilusión”, La desesperanza”, “La buena esperanza” y “El hallazgo”, el volumen signa el atlas íntimo de un proceso de reconstrucción personal en el que la sombra y la dicha se reparten las deshoras de un complejo laberinto emocional. Con sabia tensión versal y con un ritmo muy bien trenzado Amaya Blanco va puliendo su verbo y dejando entrever el gozo de la procreación y del descenso que provoca su ruptura:


No importa que te sigan

otros hermanos tuyos.

Tú eres mi primogénito,

no consiento olvidarte.

     A sabiendas de que habrá otra oportunidad para que el corazón abrigue un nuevo latido, el yo lírico se afana en rescatar alma y cuerpo, y tornar ese triste adiós en un lazo posible y deseado con los seres que vendrán. Al cabo, como ya nos enseñase Antígona, cuidar a los que se fueron es integrarlos aún más en nuestro acontecer.

Sin dar la espalda a lo común, sus consiguientes poemas van abriendo las puertas a un mañana que anhela una semántica más feliz:

Ya nada me importuna

porque estoy habitada

      y sólo eso importa.

    En uno de sus poemas, Emily Dickinson dejó escrito: “Perdemos al ganar./ Y, al saberlo, tiramos/ nuestros dados de nuevo”. Amaya Blanco lanza, sí, los dados de su poesía y de sus deseos y en las dos últimas secciones remonta un vuelo que nace desde sus adentros. Su batalla contra el tiempo y el espacio da sus frutos y su palabra se encarama hasta el bordón de su alquimia mejor:

Todo el vocabulario,

el tremendo y sublime,

de todos los idiomas de la Tierra

debería reunirse para hacer una alquimia

e inventar un vocablo poderoso,

infinito, irrompible,

que expresara siquiera una centésima

cómo ha cambiado el mundo

desde que tú viniste a hacerlo cierto.

     En suma, un poemario envuelto en una delicada materia humana, que respira, siente y se vertebra sobre un verso sólido y confesional.