Una luz que irradia esperanza

De Poesía Iberoamericana                                               Jorge de Arco

Una luz que irradia esperanza

Hace tiempo que la poesía de Ezequías Blanco viene acompañando de manera fiel a un amplio grupo de lectores. Quienes hemos seguido su obra, sabemos de su fidelidad por su manera de ahondar en el conocimiento del alma humana, de aprehender los asombros que oculta el corazón, de enraizar en sus adentros la metamorfosis del amor, de reconstruir, en suma, la médula vital del pasado, del presente y del mañana.

Cuando en 2013 vio la luz su antología “La realidad desentendida (1978 – 2012)”, descubrí que entre las esquinas de su contemplación se divisaba siempre una sutil admiración, un cotidiano avatar que sostenía firme un verso honesto y solidario: “Nadie hable de destrucción o desencanto/ mientras haya manos que puedan impedirlo”.

Ahora, con “Tierra de luz blanda” (Los Libros del Mississipi. Madrid, 2020), su voz vuelve a sonar por entre las páginas de un libro que relata una doliente experiencia hospitalaria. Desde ese ingrato escenario, y sin embargo sanador, el poeta zamorano traza el diario revelador de aquel tiempo:

Te llevan por espacios trasparentes

donde no hay nada a qué aferrarse

(…)

El temblor es el dueño de toda vanidad

del palacio que ayer fuera tu cuerpo

y de la que hoy yace entre sus ruinas.

 Los ecos del desasosiego resuenan con insistencia y dejan paso a espacios donde las heridas quedan abiertas, donde el temor de un adiós definitivo se torna vívida presencia.

En cierta manera, la existencia se convierte en tiempo en blanco, tiempo para el silencio. Porque los instantes que se relatan carecen de color. Ni el día ni la noche ofrecen diferencia. Es tiempo, sí, que se ha hecho fragilidad, fugaz relumbre:

Nunca las agujas del reloj

asesinaron al tiempo de una forma tan lenta.

Nos empobrecen las horas cuando no se pasan.

Al miedo le has arrancado casi todo lo que tienes

y no estás hoy para proclamaciones.

Los sentidos te anulan, te aferran a la tierra

a través del dolor.

 Claro que tras las aristas del sufrimiento, queda el anhelo de volver a ser, de despertar de ese letargo involuntario y reconocerse en lo que otrora fuera fortaleza e ímpetu. Y así, Ezequías Blanco, se afanará en proclamar la sólida urdimbre de saberse triunfador en la batalla contra el acabamiento. Y no simple huésped, visitante de efímero de este universo:

Cuando nada se espera

y la vida parece un túnel sin salida

siempre surge una luz

que irradia la esperanza.

 Y, de ese modo, el habitar con su circunstancia será suficiente para poner en pie los deseos y conseguir aunar el espíritu y la contemplación. En la paz de su interior, encontrará el yo poético la corteza terrenal que sustantive y justifique su vivir.

 En suma, un poemario hondo y sugeridor, envuelto en la precisión de una palabra bien acordada y cómplice en su humano mensaje:



Buscaré cada día los lugares

donde nadie confunde los caminos

donde muy poco importan las derrotas

….Y sobre un viejo banco

dormiré eternamente soñando con palmeras