La soledad «de las alturas»

Las alturas de la película “Samichay, en búsqueda de la felicidad”

Escribe: Juan Manuel Castañeda Chávez.

El largometraje “Samichay, en búsqueda de la felicidad”, del director peruano Mauricio Franco Tosso ha sido estrenado con mucho éxito en las plataformas virtuales y ha empezado satisfactoriamente su andadura por los festivales alzándose, por lo pronto, con menciones especiales en las categorías de Mejor Película Peruana y Mejor Opera Prima en el 24 Festival de Cine de Lima PUCP.

Esta película se orienta, de manera decidida, a exhibir un mundo lejano tanto geográfico como conceptual y lo hace apropiadamente. Para muchos, comprender el mundo andino, ha representado una gran dificultad y ha sido un mérito del director exponer este universo de manera tal que no se muestre como inaccesible sino hasta cercano. Junto con la película Wiñaypacha (2017), ambas cintas representan una mirada fílmica más intimista del mundo andino contemporáneo. Por su capacidad de comunicación, el cine es uno de los instrumentos más importantes de intercambio cultural de los pueblos y este film presenta, de modo certero, un ángulo genuino del Perú. 

Muchas de las vacaciones estivales durante la niñez las disfruté en el pueblo de Maranganí, en Cusco, donde mi abuela tenía una hacienda. Los recuerdos más coloridos giraban en torno al pueblo que yo consideraba de película; su pintoresca estación de tren, el río que discurría bullicioso por la parte baja, el templo y las ferias matutinas, los cerros circundantes, los campos de cultivo y toda la interacción social que la dinámica de estos elementos generaba.

Y entre todo ello, algunas veces la gente se refería a determinadas personas como “de las alturas”; si alguien ofrecía una libra de fibra de alpaca lo complementaban diciendo que provenía de las alturas, lo mismo si vendían papas o si tal vez arribaban a determinada celebración tradicional, igualmente provenían de las alturas.

Entonces aquella frase, en una infantil visión, adquirió un halo de misterio; aquellas personas a las que les llamaban “de las alturas” tenían un distintivo especial que por entonces no podía esclarecer, aunque sospechaba que habitarían muy cerca de las nubes.  

Por ello, fue una grata sorpresa descubrir que la película “Samichay, en búsqueda de la felicidad“  se enfoca en los pobladores de las alturas, en este caso concreto de la zona llamada Quispicanchis, una provincia de Cusco.

El perspicaz director Mauricio Franco Tosso, quien radica en Madrid, eligió un lugar situado a más de 4000 metros sobre el nivel del mar, para filmar su ópera prima, que se presenta como un ambicioso proyecto que intenta desentrañar algunos de los secretos que esconden las cumbres andinas.

La película está filmada en blanco y negro, lo cual nos remite obligatoriamente a aquel maestro estudioso de la luz, el fotógrafo puneño Martin Chambi (1891-1973) quien tuvo la habilidad de mostrar un universo andino.  Del mismo modo, la película usa esta técnica con soltura exponiendo con igual nivel semblantes y recovecos andinos, coherentes ambos con el hilo narrativo.

Según nuestro parecer, el director evita usar el formato de color con la finalidad de esquivar aquellas imponentes postales que lucen las montañas de los Andes y todo ese hipnótico paisaje natural de alrededor con la sola intención de conducir al espectador a la severidad propia de la historia que está narrando, acentuando de esta forma su intensidad.  Permite al público involucrarse de manera natural, lenta e inexorable, en la historia contada. Una apuesta con saldo positivo que el atento espectador podrá comprobar con creces.

Cuando se habla de los Andes el tiempo se diluye ante su inmensidad. El ritmo de la película, en aquellas alturas, se adecúa al medio ambiente y por ello no visualizamos prisas ni demoras, solo un continuo discurrir, sin más.  Y esa es una técnica que además envuelve en el universo de la cosmovisión andina que se quiere mostrar.

El actor puneño Amiel Cayo da vida al personaje de Celestino, quien con su vaca Samichay emprenden un camino poco convencional. Para entender este recorrido que no solo es geográfico, sino que sobretodo incluye una mística espiritual, hay que estar atentos a los detalles cuasi imperceptibles que el director va desplegando durante el film. El mundo andino es de tan grande hondura que la soledad de las alturas no es tal si tomamos en cuenta el animismo andino:  así, las grandes cumbres también son los Apus; los espíritus de la montaña, los dioses de las alturas, quienes tutelan este territorio y a los cuales hay que pedirles permiso para emprender nuevos caminos a los que la realidad empuja, como bien lo expone la cinta.

En las alturas todo adquiere su propio sentido, tocar la quena o el violín se muestran también como una conversación interior y puede haber espacio también para otras presencias que se manifiestan como protectoras. La cinta introduce lentamente al espectador en este mundo andino, que por momentos parece insondable, y en el cual hasta una apacheta (un montículo de piedras con diversos significados sagrados) puede fungir como una señal en el camino.

Si, por las propias condiciones geográficas, ascender a aquellas alturas resulta complicado, imaginamos que llevar un equipo para las filmaciones debió implicar un enorme trabajo. A juzgar por la escena de la ventisca de nieve en el camino, que rezuma verdad por todos sus poros, se concluye que el esfuerzo técnico tuvo su recompensa. 

El filme esta dialogado en quechua, un idioma coqueto y juguetón que en esta ocasión se muestra con tono grave, aunque por momentos luce calidez. Se asume con claridad el desenlace cuando se ha interiorizado el universo de la cosmovisión andina que la narración audiovisual propone porque se entrevé que en aquellas zonas altas los valores de las cosas no se traducen necesariamente en un sentido mercantil, sino en la relación de afecto que surge de la cotidianeidad, entonces se comprende la nobleza del protagonista.

El trabajo de Mauricio Franco Tosso se muestra como una contundente manifestación del carácter particular del mundo andino. “Samichay, en búsqueda de la felicidad”, es un filme armado a la medida de las grandes cumbres, tiene el cometido de desentrañar la interrogante que supone vivir en aquellas alturas andinas y esclarecer un modo propio de ser y existir.