Almodóvar: “Dolor y gloria”

“Dolor y gloria” es el último trabajo de Pedro Almodóvar, seguramente el más internacional de los directores españoles y también, uno de los más controvertidos. El realizador manchego posee legiones de seguidores, de admiradores dentro y fuera de España, que valorarán siempre sus trabajos con una pasión y un frenesí desenfrenados, adhiriendo, sin tregua, a la causa almodovariana. Pero, también, existen muchos, entre los que me encuentro, a los que no convence ni su forma de hacer cine, ni su planteamiento fílmico, ni sus temáticas. Si bien, al principio de su carrera, realizó obras de gran frescura, espontaneidad y originalidad, como “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” o “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, que le valieron ser catapultado como un creador nuevo, divertido y diferente, en los últimos años, Pedro Almodóvar no deja de repetirse.

Ya en “Julieta”, su anterior película, el realizador daba muestras de agotamiento creativo, enfocando, además, su historia en una línea muy melodramática, con pinceladas de su chispa pero que quedaba enfangada por el “déjà vu”. En “Dolor y gloria”, siendo más interesante que “Julieta” por su temática, prosigue el mismo camino, ahondando, ahora de una manera muy patente en sus propias vivencias autobiográficas. Pero lo que debería haber sido un viaje a los más profundo y doloroso del alma humano, con la huella del paso y del peso de la vida,  se queda en poco. Demasiado dramatismo, escenas inconexas, mal hiladas en muchas ocasiones, obsesiones reiteradas y poco humor. ¿Obra crepuscular? ¿Ajuste de cuentas con la vida o, por el contrario, aceptación de la misma? ¿Nostalgia de alguien acabado? Todas estas preguntas nos las hacemos al ver “Dolor y gloria”, sin encontrar una auténtica respuesta, porque lo que prima es la confusión. El dilema al que nos enfrentamos ante el film es que si bien la historia de melancolía, de recuerdos de la infancia, de traumas y de juego entre la realidad y la ficción  podría prometer algo emocionante y atractivo intelectualmente, se nos queda, al final, en un rompecabezas de escenas sin mucho sentido.

Su “alter ego”en la película, un director de cine en crisis creativa y existencial, interpretado por Antonio Banderas, no consigue reflejar la profundidad que se supone podría haber tenido esta historia de recovecos psicológicos y de cicatrices profundas. Banderas quizás logre una actuación más estudiada que las que suele realizar habitualmente pero resulta bastante plana. Tampoco me parece notable Penélope Cruz, en el papel de madre del protagonista, recordando demasiado a otras de sus interpretaciones, en su tipo de campesina, siempre desgreñada, con reminiscencias neorrealistas italianas. No ocurre esto con Asier Etxeandia, en su papel de actor medio fracasado, enganchado a varias dependencias, que realmente llena la pantalla.

“Dolor y gloria” resulta ser una obra falta de aliento, desigual y monótona. En ningún momento, empatizamos con el sufrimiento del protagonista y eso que Almodóvar, y esto es innegable, parece “abrirse en canal”, queriendo mostrarnos su yo más vulnerable, a través de un personaje, que, sin embargo, se nos queda muy lejano.

Carmen Pineda