Larrahona y la poesía breve

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Por Jorge de Arco

Alfonso Larrahona Kästen  (Valparaíso, 1931), Profesor Emérito de la Universidad de Chile, poeta, ensayista, investigador, antólogo, viene realizando, desde hace muchos años, una labor admirable como difusor de la poesía de nuestra lengua. En septiembre de 1982, fundó la revista trimestral “Correo de la Poesía”, ya por su número 136, y la ha mantenido viva, contra viento y marea hasta nuestros días. Sonetista tenaz, hace escasas semanas vio la luz “Travesía interior”, una abundosa colección de sonetos, auspiciada por el “Frente de Afirmación Hispanista”, de México, con motivo de cumplirse veinticinco años de la concesión al poeta chileno del premio “José Vasconcelos”, que otorga dicha Institución.

“Sonetos maestros y perdurables -escribió su compatriota María Silva-, que obligan al lector a releerlos, porque se siente interpretado en sus dudas y pesares-“.

LARRAHONA...

Y ahora, a renglón seguido, nos llega la generosa antología que ha preparado sobre “Poesía breve hispanoamericana”, bajo el título de “Colmenar de Música”. Es curiosa la dilección que Larrahona muestra por este tipo de poesía, en la que naturalmente tiene su sitio el haiku. En una nota inicial, “A manera de prólogo”, anota Larrahona que, respecto a la poesía breve ha propiciado nueve “Bienales Internacionales”, varios números completos dedicados a ella y cuatro volúmenes”, con el fin de mostrar su existencia en casi todos los países del mundo desde tiempos muy lejanos”; y añade que “Colmenar de Música” es “un homenaje a quienes la han cultivado, muchos de ellos pertenecientes al Tercer Milenio”.

 

No hay como es lógico, una medida exacta, un determinado número de versos, para encuadrar esta poesía. Puede tener cinco, como en el caso del propio Larrahona, cuyo “Autorretrato sin rostro”, reproduzco:

“Soy esta nota gris, este bullicio

de aleteos, de páginas gastadas,

este caer de lágrimas sin árbol

y esta moneda azul con que cancelo

la ingenua pretensión de conocerme”.

 

 

O sólo dos palabras, como en el “Soneto” de Almena Adriazola -chilena fallecida en 2014-:

 

“Catorce barrotes”

 

(Definición de la que respetuosamente disiento, ya que todo poeta que “vea” barrotes en los catorce versos de esta forma reina, debe dejar de practicarla; Vicente Gaos lo resumió muy bien: “No me encadenas, me desencadenas”).

 

En su revista, como en sus florilegios, Alfonso Larrahona ha prestado siempre atención especial  a los poetas españoles; en este colmenar no es excepción, y en él hallamos los versos y los nombres de San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, Antonio Machado, Rafael Montesinos, Carlos Murciano, Manuel Ríos Ruiz, Odón Betanzos, Antonio Gamoneda, Nicolás del Hierro, José Jurado Morales, Cristina Lacasa, Ángel Urrutia, Jesús Tomé, y un largo etcétera.

 

Quede como muestra, un último botón de Pablo Picasso:

“Las horas caen en el pozo
y se quedan dormidas para siempre

cada reloj que toca sus campanas

ya sabe lo que es

y no se hace ilusiones”

 

Como alguien ha dicho, “Alfonso Larrahona es un artífice del fervor”. Y en éste, su último libro, lo pone a prueba.

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