Un tibio anochecer en compañía

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

Resulta variada y sorprendente, la forma y manera en que los distintos autores llegan -llegaron- a la poesía.  Complejo sería, por tanto, hallar concomitancias, pero si hubiera que buscar un factor común, podría hablarse de la sonora pulcritud y de la respetuosa inocencia con la que la gran mayoría de los escritores dieron sus primeros pasos en este género.

Y escribo esto, tras la grata lectura de “Testamento involuntario” (Pre-Textos. Valencia, 2015), de Héctor Abad (Medellín, 1958), cuyos versos humanos y confesionales cantan y cuentan de su verdad más íntima y más lírica.

 

En su epílogo, el vate colombiano, anota: “Mi mejor amigo de la adolescencia, Daniel Echevarría y yo,  empezamos a escribir poesía a los 13 años y escribíamos a escondidas como si se tratara de un pecado (…) Daniel se hundió en un pozo de palabras endemoniadas de tristezas y amores imaginados, y no pudo soportar lo que sintió. Una mañana nefasta cogió la escopeta de su padre, la apoyó en el suelo, puso el cañón detrás de la oreja, tembló levemente, y se voló la cabeza. Para no matarme, como Daniel, desde entonces abandoné la poesía y me refugié en la serena superficie de la prosa. De vez en cuando, sin decírselo a nadie, y sólo cuando no he podido evitarlo, he escrito poesía. Lo he hecho con miedo, como quien sufre de vértigo y se asoma al vacío de un acantilado”.

 

Sin embargo, Héctor Abad ha sabido convertir ese temor, esa incertidumbre, en un personal universo donde el mundo y el idioma se tocan en la soledad de las palabras, y con un verso delicado, combativo, emocionado, ha vertebrado un atlas de la conciencia y el corazón:

 

“Vida, en lo que me falte por vivir, no me quites

la ilusión de que vale la pena haber vivido.

No me des el deseo, es mi único ruego

de nunca haber nacido.

Mira que no te pido ni un renacer ni un cielo.

¿Qué te cuesta brindarme

un tibio anochecer en compañía

y, al fin, un suelo eterno en un profundo sueño?”.

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Dividido en siete apartados, “Poemas ensimismados”, “Casi poemas de amor”, “Poemas de viaje”, “Poemas de la tierra”, “Poemas desesperados”, “Poemas políticos” y “Poemas familiares”, el volumen sumerge al lector en un ideario común: hacer de la poesía una duradera invitación a la reflexión, tornarla asombro en mitad de la cotidiana existencia: No en vano, el propio autor, advierte en el citado epílogo:  “De todos los géneros literarios, el que yo más quiero es la poesía (…) La poesía representa la verdad instintiva del lenguaje despojada de la tiranía de la razón”.

Y desde esos mimbres, nacen, viven y sueñan estos textos que encuentran acomodo en una isla oculta en el Báltico, en la magia de Cartagena de Indias, en la romántica Verona, en el madrileño barrio de Lavapiés,  en la pessoana Lisboa…, que memoran instantes de la pretérita infancia, que hablan de la sed del amor, que abrigan lo ido hasta casi volver a rozarlo:

“Mi padre era doctor y olía a limpio.

Me gustaba el recuerdo de su olor

sobre la almohada

cuando se iba de viaje,

y miraba hechizado

cuando estaba en la casa

su brocha de afeitar

(…)

Yo lo quería tanto que, de niño,

había decidido morir si él moría”.

 

Héctor Abad ha publicado seis novelas, dos libros de cuentos y tres libros de ensayos. Dice tener intención de seguir “publicando (aumentado o disminuido), este mismo libro, este `Testamento involuntario´, hasta que efectivamente su título cumpla su promesa de ser una especie de despedida”.

 

Quedamos a la espera, pues, sus lectores.

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