Las uvas de la victoria

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

En el año 2008, Luis Pérez Oramas (1960), daba a la luz, en la editorial Pre-Textos, su octavo poemario, “Prisionero del aire”. De aquella entrega, memoro estos versos:

“Como una tromba de agua
como una lluvia seca
ayuna de silencios
vendrá la vida turbia de los días de abril
en las canciones que otros cantan”.

Aquella “vida turbia”, que el vate venezolano relataba siete años atrás, tiene ahora, su preciso y personal contrapunto.
Bajo el título de “La dulce astilla”, y editado por el citado sello, el lector tiene ante sí un sugeridor volumen donde se proclama una poesía honda y confesional, plena de humanismo y de certidumbres.
En el poema que sirve de pórtico, anota:

“Voy a escribir
sobre las uvaslas uvas
de la victoria
las uvas del odio
y de la luz
cuando flotaba
sobre el agua la alegría”.

Esa dicotomía -odio/alegría- que se señala inicialmente, se extiende, a su vez, por otra serie de estampas interiores que dibujan un mapa de sentimientos donde se alternan el compromiso, la verdad y la nostalgia:

“Escribo para estar
junto al tibio pulso de lo que hemos sido
escribo
para impregnarme de canciones solares
y pasadas.
(…)
Escribo
para sentir la mano
tierna de mi padre en la mejilla
la paciencia de su voz”.

El discurso del yo poético se sustenta sobre una naturalidad que le permite expresarse con una sobria transparencia. La memoria del ayer, la evocación de paisajes y personajes cercanos a su palpitante realidad, y la cercana presencia de una Naturaleza que se torna cómplice de sus experiencias, convierten estos versos en un refugio cálido “donde se pone el sol/sobre la modestia de su arco”.

Pérez Lamas sabe cómo exprimir su lenguaje y dotarlo de una potente expresividad, pues sus imágenes surgen profundas, poderosas, y llevan en sí mismas un aliento pleno de simbología:

“Llegaran los delfines a los bosques
y ocuparán el alto de los arboles
(…)
Llegarán como el deseo
llega a su residencia en paraíso”.

Al cabo, un cuaderno almado y de fulgurante intimidad, que guarda en la promesa coral de su palabra, la compleja sencillez de la poesía que es revelación. Y es lumbre:

“Vivir

ganar la luz con vida.
Vivir menos
cada día
para añadirle vida”.

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