José Angel Buesa, como lluvia en el alma

 

Por Jorge de Arco

 

Con buen criterio, la editorial Betania da a la luz una compilación de José Ángel Buesa (1910 – 1982) y, bajo el título de “Sus mejores poesías”, reúne una amplia muestra del decir del vate cubano.

 

La edición y selección ha corrido a cargo de Carlos Manuel Taracido, quien en su introducción afirma: “Fue un poeta natural, no escritor para minorías. Su verso, melodioso y atrayente, se pega al oído. Hilvanaba el verso con una destreza que debiera ser irrefutable, como irrefutable ha de ser su condición de poeta. Fue por muchos años el poeta más leído y recitado en toda Hispanoamérica y el único que logró vender un millón de copias de los más de veinte cuadernillos que conformaron sus libros, una hazaña que no ha podido superar poeta alguno en nuestra lengua”.

   Buesa editó su primer poemario en 1932, “La fuga de las horas”. Contaba entonces con veintidós años y en la siguiente década publicó otros diez volúmenes: “Misas paganas”, 1933; “Babel”, 1936; “Canto final”, 1938; “Oasis”, 1943: “Hyacinthus”, 1943: “Prometeo”, 1943: “La vejez de don Juan”, 1943; “Odas por la Victoria”, 1943; “Muerte divina”, 1943 y “Cantos de Proteo”, 1944.

Esta etapa de febril creación coincidió con la complicidad de la crítica y de los lectores, quienes aclamaron la emotividad de su poesía y la solidaridad afectiva de un verso que nacía desde el corazón:

 

Gracias, amor, si hiciste que llovieraBUESA antologia

en el último instante de este día,
pues, por ser una lluvia triste y fría,

hubo un rayo de sol sobre una hoguera.

 

Gracias, amor, si tu designio era

que lloviera del modo que llovía

para ofrecerme en una flor tardía

todo el perfume de la primavera.

 

Gracias, amor, si no la merecía,

gracias, amor, aunque la mereciera;

gracias también por la melancolía.

 

Que llueve dentro cuando escampa afuera,

y haz que vuelva a llover de esa manera

como llueve en mi alma todavía.

     El autor isleño viaja con su verbo por referencias temporales y espaciales varias. Y éstas, a su vez, le sirven para alumbrar los estados de ánimo que generan las edades. En algunas ocasiones, pretende sacudirse la enredadera vital que conduce hacia la inquebrantable finitud, el habitual fatalismo del ser humano. Y, en su ánima, reconoce que queda lugar para vertebrar la tristura, pero también la dicha que escriba con su duradera la llama los dones de la existencia:

 

Mi corazón, un día, soñó un sueño sonoro,

en un fugaz anhelo de gloria y de poder;

Subió la escalinata de un palacio de oro
y quiso abrir las puertas… Pero no pudo ser.


y quiso abrir las puertas… Pero no pudo ser.

 

Mi corazón, un día, se convirtió en hoguera,
por vivir plenamente la fiebre del placer;
Ansiaba el goce nuevo de una emoción cualquiera,

un goce para él solo… Pero no pudo ser.

 

La sensación de embriagador latido que envuelve el conjunto de estos versos se une a su íntima sensación de anhelo y residencia en la tierra. El yo lírico se cobija en un existir donde las heridas pretenden ser  efímeras, ajenas a cuanto la vida conjuga en su multiplicidad y progreso ontológicos. El amor, el olvido y la muerte se van presentando como tipologías temáticas recurrentes y sobre esta materia irán alzándose textos de calado hondo y sugestivo.

     En suma, una compilación donde lo romántico ahonda sin premura en la cotidiana realidad y dinamiza la  meditación de lo perdurable, muy cerca del profundo sentimiento:

En el áureo esplendor de la mañana,

viendo crecer la enredadera verde,

mi alegría no sabe lo que pierde


y mi dolor no sabe lo que gana.

 

Yo fui una vez como ese pozo oscuro,

y fui como la forma de esa nube,

como ese gajo verde que ahora sube

mientras su sombra baja por el muro.

 

La vida entonces era diferente,

y, en mi claro alborozo matutino,


yo era como la rueda de un molino

que finge darle impulso a la corriente.

 

Pero la vida es una cosa vaga,
y el corazón va desconfiando de ella.

 

webmaster: Ana Lucía Ortega

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