Hojas de vida

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

Dos años atrás y desde este mismo espacio, daba cuenta y noticia del poemario de Emilio González Martínez,  “Escoba de quince -abecedario de la poesía-”.

 

Este bonaerense del 45, que reside en España desde hace casi cuatro décadas, llevaba por aquel entonces más de trece años sin editar un nuevo libro de versos.

 

Al hilo del citado volumen, comenté que su decir nacía rotundo y sonoro, mas con la intención de hallar refugio en un sujeto ajeno que pudiera hacerse cómplice de su mensaje; además, su cantico aunaba el fulgor de un verbo grácil y bien armado con la mesura de un discurso que apostaba por el compromiso del hombre con su devenir.

 

Y traigo a colación aquellas frases tras la lectura de “Palabrando” (Vitruvio. Madrid, 2016), un volumen donde el vate argentino vuelve a manifestar su predilección por un verso tenso, de humana eficacia, donde la emoción de lo pretérito conjugue con sus señas de identidad presentes:

Sobria armonía del viento,Portada hojas de...

herencia de huellas sin fecha,

ensayo una sonrisa,

escalo los sótanos del alma,

vuelvo a envejecer

y los charcos encendidos

y los humeantes carbones

se apartan de mis pies.

 

Con la inocente nostalgia que nombra las remembranzas, más allá de las dóciles manos que amasaron la dicha, frente a la cadena de abismos y anhelos que conforman la existencia, González Martínez va afilando su quehacer y va escribiendo su propia ausencia y su propio acontecer.

Desde un yo lírico que penetra hasta los adentros de su quimera, su voz se torna azar y vuelo, sombra y alba para confesar, a su vez, cuanto angustia y cuanta luz caben en las deshoras de cada día:

 

Esta mañana,

setenta y dos juncos trepan

-escasos de tormento-

por mi cuerpo al sol.

 

Sobrevivo,

por ahora,

a la tierra y al cielo.

 

Soy todo amanecer.

 

La precisión de su lenguaje, la simbología que envuelven sus palabras y el oculto romanticismo que respira su mensaje, son, al cabo, las claves dominantes que asoman por estos poemas desnudos y cómplices, celestes y navegantes, íntimos y plenos de sabor intemporal y letra cotidiana.

 

Dividido en tres apartados, “de las maneras”, “hacia los amores” y “en una palabra: palabrando”, el poemario crece de forma armónica, sostenida, y sabe equilibrarse desde un tiempo y un espacio comunes al lector.

Vida, amor y muerte (como las  tres heridas que atravesaran el pulso de Miguel Hernández), se aúnan y se orillan en estas páginas que laten corazón adentro en busca de una brizna de sol, de una hoja de vida, de un afán de inextinguible y límpida verdad:

Me fui de ti

como se huye

de lo que no existe

y, sin embargo,

cuando quise irme

-también de mí-

estabas ahí

para impedirlo.

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