Francisco Madariaga: criollo del universo

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Por Jorge de Arco

Francisco Madariaga nació en Buenos Aires en 1927. A los pocos días de su nacimiento, fue llevado a Corrientes, provincia del nordeste argentino. Durante quince años, “vivió entre esteros, lagunas, palmeras salvajes y los gauchos más arcaicos que aún quedan en la Cuenca del Plata”. Con estos mimbres biográficos, imprescindibles, al cabo, para entender la existencia y el decir del autor bonaerense, se presenta la espléndida antología que bajo el título de “Criollo del Universo. (1954 – 1998)”, ha dado a la luz la editorial Pre-Textos, en su colección “La Cruz del Sur”.

 

Rodrigo Galarza se ha encargado de la selección de los textos, la cual abarca una significativa muestra de los catorce libros editados en vida por el poeta. En su prefacio, Galarza ahonda en las claves vitales y literarias de Francisco Madariaga, y hace saber al lector que se trasladó a Buenos Aires en 1942 y que allí pasó el resto de sus días, hasta su fallecimiento en el año 2000.

Influido de manera poderosa por las dos estéticas dominantes de la poesía argentina en los años 50, el surrealismo y el invencionismo, “su discurso se sustenta a través de un alucinante caleidoscopio cuya constante trasposición de imágenes funda la realidad dentro de unas coordenadas (espacio/tiempo) que cuando son nombradas dejan de ser para resurgir en un nuevo plano de intensificación lírica”.

 

En su poema, “Carta de Enero”, escribe Madariaga: “Me sangra la poesía por la boca”, y a fe que su cántico se derrama torrencial, barroco, revelador, al hilo de una sucesión de originales imágenes, de extremas metáforas, de sorpresivos juegos verbales: “Un hombre natal mira mi precipicio con su justicia de tabaco y hambre./ Es el mediodía junto al río inclemente,/ el río sin pecado,/ el río rojo de pecho pronunciado hacia mi boca./ Escuchemos la memoria del celo absoluto./ Es la hora del bárbaro.”criollo universo

 

No es casual, que el vate argentino reconociera que “para mí, el surrealismo no fue protesta, sino celebración”, y que su filiación a tal estética le abriera caminos harto renovadores que lo convierten en un claro exponente de la vanguardia hispanoamericana del pasado siglo.

La lengua guaraní, que aprendiera en su infancia, lo acompañó de manera fiel, al igual que la acordanza de un tiempo vivido con intensidad, y revivido, a golpe de verso. En esa dicotomía entre sus arraigados paisajes interiores (“Entre gauchos te quedaste, hermanita,/ y chinas que rezaban en el alba de lujosa comunión popular:/ tristes ariscas, hijas de la poesía,/ llenas de flores y duelo de justicia”) y los territorios urbanos y descarnados de la gran urbe, develan, a su vez, su condición de “criollo del universo”, certera definición de sí mismo,  que le sirviera como título de su último poemario (1998).

 

     En esta, su primera antología editada en España, puede hallarse la realidad de un escritor total, comprometido y de solvente honestidad lírica. En sus poemas, hay ocurrente sensualidad (“Una muchacha cantaba en una calle con lavanderas que olían a piraguas”), súbitas confesiones (“Se es poeta por una amplia sonrisa de las aguas”),  asertos llenos de lirismo (“Los caballos nacen para amar secretamente como las madrugadas”).

 

      Una excelente oportunidad, pues, para acercarse hasta el  río de una poesía de notable vigencia y brindar junto al cromatismo de sus textos: “Estoy con el monte al alcance de la mano./ un río inmenso y rojo./ Selva liviana caída en verde y sangre”.

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