De una casa lírica y común

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

Manuel A. LópezLos poetas nunca pecan demasiado. Betania, 2013.

Con “Los poetas nunca pecan demasiado”(Betania, 2013), Manuel A. López (Morón, 1969), suma un nuevo poemario, tras la edición en 2011 de Yo, el arquero aquel. También narrador y promotor cultural, López reside en los EE.UU desde 1980. En 2006, fundó en Miami la Galeria Zu, espacio alternativo de tertulias artísticas y literarias, que mantuvo hasta el 2010. Actualmente, es director de Project Zu, unprograma de fomento y difusión de actividades culturales. En 2012 publicó, un libro de cuentos en inglés, Room at the Top.

En esta nueva entrega lírica que comento, el vate cubano ha trazado un itinerario personal por el que cruza de forma incesante el amor. Desde el poema que sirve de pórtico, hay un aliento común, un compartido aletear de almas: “En esta casa de paredes tiznadas de un verde raro/y ruidos que se oyen sólo de madrugada/ vivimos dos hombres y una gata/ rodeados de libros espíritus pinturas/ y el equipaje que ambos trajimos del pasado (…) En esta casa donde vivimos dos hombres y una gata/ celebramos a diario que todavía queremos Los poetas nuncacompartirla”.

Al par de esa torrencial corazón, el yo poético muestra el intento de abrirse camino por un espacio cálido que deje atrás el material humana más ingrato. Las cosas cotidianas -la  cercanía de su gata Fifí, la lírica silla de su escritorio, el inconfundible aroma de un nuevo aniversario…-, van poblando estas páginas de instantes cómplices y dichosos. Mas quedan, a su vez, momentos donde la remembranza y el presente traen hasta su decir dolientes imágenes: “Vendrá la soledad/ cuando me haya quedado sin recuerdos/ y el silencio imponga su presencia./ Si pudiera cortar de un tajo la memoria/ no podría soportar su peso… que me hunde”.

Con un verso derramado y un lenguaje directo, Manuel A. López sabe que, en cierta medida, aquellos tiempos juveniles, llenos de posibilidades, ya son pretérito y que su ahora es un universo de realidad al que debe enfrentarse. Y es entonces, cuando su discurso se torna algo más onírico, y sus palabras se convierten en fulgurante enredadera: “No es difícil el retroceso/ vivo en comunión con la humedad/ duermo sin ropa que me ate/ protejo al que merece esos lujos/ y me quedan sólo tres escalones/ que no provocan vértigo”.

El lector descubrirá aquí muchos contrastes: modernidad y sosegado clasicismo temático, felicidad y cierta frustración, delirio y ocasional tristura, amistad y traición:  “Soy culpable./ De un tajo he cortado a personas/ como si fueran racimos de frutas podridas (…) Ante los jueces de moda/ confieso que tuve que aplastar/ a cada uno de esos/ que después de comer de mi mano/ quisieron morderla”.

Escenarios y protagonistas, sí, que pretenden anudarse al mortal hechizo que traza el enigma del hombre, iluminar las huellas de una futura redención, en donde componer la exacta geografía del alma amante: “Haremos fiesta el próximo febrero./ Colgaré carteles por todo el barrio/ anunciando un año de libertad./ No voy a poder recordar todos los detalles/ sólo que desde entonces respiro/ camino descalzo por la calle/ y no hay horarios para el amor”.

En su coda, “Al fin, una respuesta”, Manuel A. López dibuja una evocación agridulce de su ayer, una feroz batalla contra la pasada incertidumbre, y desde sus adentros, hace brotar un turbador intento de contestación a tantas dudas que acaso se disiparon tras sentir “un dolor profundo/ un hueco que se abría en el pecho (…) para llevarme al principio y al final de mis días/ El silbido de  pájaros en la ventana/ que anunciaban el llamado de la poesía”.

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