Carta al padre

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Por Jorge de Arco

Con “Carta al padre” (Fundación José Manuel Lara. Colección Vandalia. Sevilla, 2016), Jesús Aguado añade un título más a su polifacética trayectoria. Desde la obtención en 1990 del Premio “Hiperión”, su obra ha crecido a la par de su tarea como traductor, crítico y antólogo, al margen de su espléndida labor en favor del conocimiento de la lírica india, a la cual ha dedicado dos bellísimas antologías.CARTA_AL_PADRE-200x240 poesia iberoamericana

 

En alguna otra ocasión, me he referido a su quehacer, advirtiendo de la ductilidad con que circunda la pretérita condición del yo poético y cómo sus versos saben abrir la puerta del lector hasta un íntimo ahora. En su poemario, “Heridas”, editado en 2004, escribía: “Duelen desde el ayer, desde el mañana/ duelen desde la mano que las puso/ a germinar en el presente.” Aquel tono doliente lo dominaba todo, y a través de su palabra confesional, se adivinaba el esforzado intento del poeta en pos de un consolador futuro: “Esta palabra rota/ la que vas a tirar/ dámela a mí;/ yo puedo/ coserla al corazón de las palomas”.

En esta “Carta al padre”, que ahora me ocupa, el vate -“casi”- sevillano ha querido responder y responderse a una serie de preguntas personales y literarias que estaban muy ligadas a la compleja relación paterno-filial. Ajeno a cualquier escenario o postura que linden con el patetismo y vertebrado mediante un discurso donde sobresale la austeridad enunciativa, el volumen es un diálogo personal y valiente, que enfrenta la complejidad que representa el enigma de la figura paterna.

Si bien todo el conjunto no puede considerarse por completo autobiográfico, sí que hay una buena parte de él que pertenece a las difíciles experiencias que el mismo autor ha ido guardando celosamente en su conciencia. Pero este era, a su entender, el momento adecuado para “sacar fuera una obsesión” que le ha turbado más de media vida, y que gracias al “autoconocimiento y la autoexposición”, va consiguiendo solventar.

Dividido en cuatro apartados, el poemario alterna el verso y la prosa -al igual que ocurriera en el ya citado “Heridas”-. En los dos primeros, la narrativa directa y evocadora de Jesús Aguado revela la descarnada dureza de cuanto acontecía y aconteció, la insensible condición de un padre, en algunos casos, compasivo y cercano, y en muchas otras, inhumano e insolidario: “Mi padre es alto. Mi padre es bajo. Mi padre fuma. Mi padre no fuma. Mi padre pega. Mi padre acaricia. Tengo dos padres. No tengo ninguno”.

La tercera parte, “Un padre muere”, se detiene en aquellos objetos que le rodearon cuando su fallecimiento estaba próximo, y que evidencian el distanciamiento del que el propio hijo quería ser consciente: “Un padre muere dices y sus manos/ reptan hacia mí mano digo y tú/ despacio la retiras y sus manos/ se detienen al borde de las sábanas/ se detienen se crispan dos arañas/ venenosas sus manos transparentes”.

El apéndice, incluye dos textos ya publicados, “Oración por mis padres” y “Un poema de la tribu Nila de la India”, donde pueden encontrarse respectivamente, un himno de agradecimiento a la vida y una honda y cruda reflexión sobre la muerte, y que concluye así: “Vete lejos del poblado y no vuelvas, padre,/ porque si lo haces/ nuestras mujeres se acostarán con nuestros enemigos/ y les darán tantos hijos que nos derrotarán./ Estás muerto, padre,/ márchate de nuestras cabezas/ y déjanos en paz”.

En suma, un poemario de muy alta temperatura, que da la exacta medida del poder sanador de la palabra escrita, del poder turbador de la lírica que brota desde el alma.

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