Angel Bonomini o la vital metáfora

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Por Jorge de Arco

 

Nacido en Buenos Aires en 1929 y fallecido en 1994, Ángel Bonomini comenzó a publicar sus primeros poemas en la prestigiosa revista “Sur”, que dirigiera Victoria Ocampo.

Encuadrado dentro de la llamada “Generación del 40”, compartió estética y amistad con  algunas de las voces más altas de la poesía argentina. A pesar de lo complejo que ha resultado para la crítica establecer unos nexos comunes que aglutinasen el sentir de aquella hornada de escritores, en todos ellos, pareció anidar una notable inquietud metafísica, una aroma de existencialismo religioso y, por ende, un retorno al humanismo tradicional.

Otro rasgo de esta generación poética fue el hallarse formada por poetas provenientes de distintas regiones argentinas, y el integrarse, al mismo tiempo, en revistas de Buenos Aires y del interior del país. Luis Soler Cañas, uno de los estudiosos de esa generación, anotó al respecto, que el signo común vendría dado por construir una poesía de esencias nacionales, ligada en profundidad a lo entrañable de la patria. De ahí, la apuesta por una lírica que abarcara el sentimiento geográfico y el espiritual, sin dejar lado, una poesía no deshumanizada ni ajena a las más cálidas o íntimas vivencias del hombre.

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Ángel Bonomini fue periodista, crítico de arte, traductor, cuentista -está incluido en la famosa “Antología de cuentos argentinos”, preparada por Bioy Casares-, y poeta de obra escasa pero sobresaliente. Ahora, la editorial Pre-Textos, da a la luz, “Torres para el silencio y otros poemas”, una atractiva muestra de los poemas del vate bonaerense. En el volumen, se integran además, textos de su libro, “De lo culto y lo manifiesto” (1991) y de su breve plaquette, “Poética”.

 

El aliento lírico de Bonomini parte de una doble coartada: el poder del silencio y la reivindicación del alma humana como fuerza creadora.

Consciente de que el hombre necesita un espacio distinto y cómplice para completar su diálogo con su existencia, escribe: “En otra realidad/ cuyo espacio es de piedra/ estamos socavados,/ en hueco y en vacío,/ sin tiempo, pero con nuestro rostro verdadero/ en la forma acabada de nuestra libertad,/ el resultado final de nuestros actos”.

 

El discurso de Ángel Bonomini viene signado por un decir preciso, sobrio, ajeno a cualquier retoricismo, y en donde sobresale una voz unívoca y solidaria frente al entorno que lo rodea: “Hay playas vacías/ donde el sol cae confuso/ en forma de castigo o de consuelo,/ pero estamos preparados/ para esa confusión/ y en ella nos gozamos.

 

Además, su verso, es un autorretrato de su propio devenir vital y poético, del mensaje inspirador que guarda su almado cántico: “Se trata de buscar la palabra/ para callarla”.

Detrás de esa intención, Bonomini dibuja un bello paisaje desde donde inventariar la sed y la certeza que culmine el proceso lírico: “Consiste en crear una ventana:/ súbitamente surgirá un paisaje/ único, infinito/ y el misterio trepará a los ojos”.

 

En su citado, “De lo oculto y lo manifiesto”, perdura la intención de que su verbo siga creciendo y madurando junto a su mensaje primigenio: “Así la poesía/ ha de buscar la voz modificada/ por la materia del silencio”.

Con un aire nostálgico, de reveladora sabiduría, Bonomini pretende desvelar la esencia de su propio destino y, por ello, su mirada se detiene en su mejor verdad:  “Vivir/ es sólo metáfora”.

 

En suma, una bella compilación, que enriquece los sentidos y se refugia en la esperanza del corazón como memoria íntima del ser humano.

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