Hoy es Navidad

 

MISA DE GALLO

 Opinión

María José López de Arenosa

Mis recuerdos de infancia navideños se centran en una casa de Arturo Soria.  Nuestra condición de nietos únicos por parte de padre y madre nos brindaba a mis hermanos a mí la oportunidad de celebrar las fiestas con abuelos y tíos de las dos familias.  Una fiesta que terminaba con villancicos después de la cena.  Acabado nuestro amplio repertorio navideño –que incluye algún villancico que no he oído nunca fuera del ámbito familiar,- seguíamos con el cancionero popular con canciones de todas las regiones españolas.  Teníamos hasta alguna escenificación de canciones de los años 20 con la que nos obsequiaban las abuelas y cuyas letras no somos capaces de recordar mis hermanos y yo.

Cuando crecimos, la fiesta se interrumpía para ir a la Policlínica Naval, a la Misa de Gallo, a unos 300 metros de casa. A mi madre le emocionaba escuchar al coro de marineros y monjas. Además de los villancicos de rigor, no faltaban la Salve Marinera, la Oración del ocaso y la Ofrenda del marino, una preciosa canción, hoy relegada y casi olvidada, cuyos últimos versos rezan:

Bendícenos, Señor, bendice a España,

danos hambre de gloria y sed de amor.

Dales viento propicios a nuestras naves,

sirviendo a España, luchan por Vos,

Señor, Señor.

 

El capellán oficiaba una ceremonia muy sencilla y emotiva. La feligresía la componían los acompañantes de los enfermos, el personal sanitario, los jóvenes que hacían allí la mili y algunas familias de la Armada, como la nuestra, que vivían en la zona.  El ambiente era muy familiar y aprovechábamos para saludar y felicitar a la comunidad de religiosas, con las que manteníamos estrecha relación. Aprovecho y hago un inciso para recordar desde estas líneas a aquellas monjas que en el año 71 me cuidaron y consolaron durante los largos y dolorosos meses que pasé allí hospitalizada: Sor Antonia, Sor Ángeles, Sor Purificación, Sor Visitación, Sor Consolación… son algunos de sus nombres. Seguí visitándolas durante años e incluso vinieron a mi boda. Su pista se perdió tras el cierre de la Policlínica, pero su recuerdo permanece para siempre.

En el año 1978 nos mudamos a vivir a Washington.  Sin la compañía de los abuelos y de los tíos, seguimos yendo a Misa de Gallo a nuestra parroquia, Our Lady of the Little Flower, en Bethesda.  En Estados Unidos los católicos, quizás por ser una minoría responsable del sostenimiento de su Iglesia, viven la vida parroquial con gran entrega y dedicación. Monseñor Coyne, nuestro párroco, tenía a gala que su comunidad era la que más aportaba a la archidiócesis de Washington, lo que permitía sostener a otras más pobres y era implacable a la hora de sacar dinero a su pudiente feligresía.

Además de sacar los cuartos con gran entusiasmo a sus parroquianos, Monseñor Coyne, una institución en la vida católica estadounidense, se esmeraba para celebrar el Nacimiento de Jesús con una brillante ceremonia de gran solemnidad con la iglesia impecablemente engalanada y atiborrada por un público ataviado en consonancia para la ocasión.

En apariencia, nada tenía que ver el esplendor de aquella Misa de Gallo con la sencillez de la capilla de nuestra entrañable Policlínica Naval, empezando por los concelebrantes y asistentes.

Pero ambas ceremonias compartían lo esencial.  En distinto idioma y ambiente, con diferentes modos de vida, todos celebrábamos el Nacimiento de Dios compartiendo la alegría de esta Buena Nueva con deseos de amor, de paz y de ser mejores. Una alegría reflejada en nuestro entusiasmo cantando villancicos y a la salida con las felicitaciones a nuestros amigos y conocidos.  El hecho de que cristianos de todas las razas, en todos los idiomas y con distinta condición social compartamos la misma fe y celebramos juntos en distintos países y circunstancias, cada uno según sus propios ritos y tradiciones, la llegada del Salvador, es parte de la grandeza y del espíritu universal de la Navidad.

En el repertorio de villancicos del magnífico coro parroquial de Little Flower,  –nombre abreviado de la parroquia y su colegio-, no faltaba Campana sobre campana, un guiño con el que nuestro párroco homenajeaba a sus pocos feligreses de habla española.  Tampoco faltaba nunca God Bless America, la canción patriótica con la que los estadounidenses se encomiendan a Dios y que traduzco para el lector:

Dios bendiga a América

Tierra que amo

Permanezca a su lado

y la guíe

a través de la noche

con una luz desde lo alto.

 

Desde las montañas

a las praderas

hasta los océanos

blancos de espuma,

Dios bendiga América,

mi hogar, dulce hogar

 

Y aquí viene otra de las semejanzas con nuestra Policlínica Naval. Nosotros cantábamos “bendícenos Señor, bendice a España,” encomendando a Dios la protección de nuestras naves y los americanos lo hacían lo propio, rogándole, con el mismo fervor, protección para su país.

Son recuerdos que en estos días tan difíciles para nuestra nación invitan a seguir pidiendo la protección divina para que la proteja de las ambiciones y debilidades humanas de quienes tienen el deber (aunque no todos lo sientan) de prestar un servicio leal a la nación.

Deseo de corazón una feliz Navidad, tanto a quienes leen estas líneas como a quienes no lleguen a hacerlo. Y que Dios bendiga a España y dé vientos propicios a nuestras naves y a nuestros marinos que, mientras cantamos en nuestros hogares los villancicos al Niño Dios, están navegando lejos de sus familias y de nuestras costas. A ellos dedico la Oración del ocaso que se canta en las misas de la Armada y con la que cierro estas reflexiones navideñas.

Tú que dispones,

de Cielo y Mar

haces la calma,

la tempestad.

Ten de nosotros, Señor

piedad.

Piedad, señor.

Señor, piedad.

 

 

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