Juancito Duarte: de las pompas de jabones (Guereño y Lux) al drama personal y político

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Por José Manuel González Torga

 

En 2004 publiqué un amplio trabajo académico titulado “Eva Perón recreada en medio siglo de obras audiovisuales”. Lo firmaba conmigo la Dra. Aida Otero Ramos, que también compartía docencia universitaria sobre Periodismo audiovisual. Aquel estudio vió la luz en la revista de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, Torre de los Lujanes (fue editado, además, como separata, que ya está en el mercado de ocasión, pero no barato).

No extrañará, pues, que haya mantenido el interés por el personaje y su entorno, puesto de manifiesto con algún artículo posterior.

Al escribir aquel texto, fruto de la investigación académica, no podía disponer de una película que ahora ha llegado a mi poder. Es del mismo año 2004, después de redactado el artículo de 18 páginas impresas. Esta producción cinematográfica, bajo el título de “Ay Juancito” está centrada sobre Juan Ramón Duarte, el único hermano varón de Eva.

Farmacia y jabones

Juancito, mal estudiante, enamoradizo y juerguista, trabajó de mancebo o de repartidor de botica y pasó a ser viajante de comercio para la empresa de jabones Guereño, por la zona norte de la provincia de Buenos Aires.
Juan Duarte, se dice en “La vida de Eva Perón”, por Otelo Borroni y Roberto Vacca que, “aprovechando sus relaciones en la empresa Guereño , la vincularía a esa industria, consiguiéndole, poco más tarde, un contrato para ser locutora de los avisos comerciales de Jabón Radical”. Había alguna cuña bien pedestre: “Guereño es una pompa de jabón, turururú”. Un “jingle” hacía pegadizo el mensaje: “Guereño es una pompa de jabón / que suaviza las manos al lavar…”. Lo cierto es que bastantes lustros en el tramo central del siglo XX y aún después, el nombre de Guereño y sus marcas Radical y Federal estaban en la memoria colectiva de los argentinos. Y con ellos había comenzado a colarse el nombre de Evita Duarte, luego Evita Perón.

Después, en la misma obra, aparece el siguiente testimonio de Mauricio Rubinstein, que fue redactor de la revista Sintonía: “Entre 1939 y 1940, Eva ubicó a su hermano en la Caja Nacional de Ahorro Postal, recurriendo a influyentes amigos. La gente de Guereño ayudó mucho a Eva: Raimundo López, familiar del viejo Guereño, se vinculó a Eva Duarte; poco después, siendo él gerente general de la firma Jabón Radical, auspició un programa de Eva por Radio Prieto”. Todo había evolucionado; ahora bien, los comienzos estuvieron signados por una elementalidad y una modestia total. Eva, según algunos testimonios, percibía le remuneración de los patrocinadores, en especie, o sea, en jabones, que necesitaba vender para disponer de dinero en efectivo. ¿Y quién mejor que su hermano Juancito, ducho en colocar remesas de jabones, para dar salida comercial al producto?

Diferentes pasajes, leídos aisladamente, pueden hacer dudar sobre quien conecta a quien con la empresa Guereño. Entiendo que, cronológicamente, empieza Juan a prestar sus servicios comerciales para el fabricante de jabones y es él quien busca el patrocinio publicitario de la marca Guereño para su hermana en la Radio.

“A mediados de 1941, Eva Duarte firmó el primer contrato importante, en su incipiente carrera; por cinco años trabajaría en forma exclusiva para la empresa Guereño, patrocinadora de sus ciclos radiales. El primer programa radial se tituló “La hora de las sorpresas” que se trasmitiría en Radio Argentina”.

Cabe pensar que ese proceso de lanzamiento radiofónico contribuyó, como algo determinante, para la fama de Evita Duarte y, posiblemente, para el encuentro con Perón.

Los años de la Radio

En la cinta “Ay, Juancito”, Evita, siendo ya la Señora de la Casa Rosada, le dice a su hermano, secretario privado del Presidente: “Vos me cuidaste mucho en los años de la Radio ¿Te acordás?”

Juan Duarte, cuando estaba en los círculos del poder político, manejaba hilos del cine argentino y disponía de un palco reservado en el cabaret “Tabarís”. Eran conocidas sus relaciones con actrices y se le apodó Jabón Lux, jugando al doble sentido con el eslogan de la firma “9 de cada diez estrellas lo usan”. Juancito ya dio materia para una bibliografía que lo sitúa en primer término o junto al papel estelar: “Prontuario de un perdedor”, libro de kiosko por Eloy Rébora; “Fanny Navarro, un melodrama argentino, de Carlos Maranghello y Andrés Insaurralde; o “La última noche de Juan Duarte”, versión novelada de Jorge Camarasa.

La película de Hector Olivera, con guión en colaboración con José Pablo Feimann, marca las referencias de la vida del hermanísimo, entre los jabones Guereño y el jabón Lux. Incorpora al protagonista, un actor formado en los escenarios teatrales y elegido para hacer aquí sus primeras armas en el campo fílmico. Inés Estévez intenta traer el recuerdo, bajo otro nombre, de la actriz Elina Colomer; así como Leticia Bredice evocaría a Fanny Navarro, que sufrió durísimas consecuencias por su relación con Juan Duarte y con Eva Perón. Jorge Marralde encarna a un General Perón, algo más relleno (al menos uno lo vio un par de veces en España con rostro enjuto). Laura Novoa no resulta suficientemente convincente como Eva Perón. Alejandro Awada pone físico a alguien que llegó a presidente más tarde: Héctor J. Cámpora (Camporita).

La ambientación está muy cuidada, con secuencias rodadas en la Casa Rosada y otros edificios oficiales, así como en localizaciones de los fines de semana de la pareja presidencial. El vestuario parece haber constituido otra preocupación del equipo responsable, por el detalle demostrado al elegirlo.

El lenguaje chispeante de esta producción argentina califica al protagonista como “atorrante” y “bragueta desbocada”. Su inconsciencia – generalmente no se le imputa maldad – le conduce a la droga y a la corrupción. Su final trágico, desaparecida Eva, le llega cuando cae en desgracia políticamente y, además, siente las consecuencias físicas de la sífilis. Las dudas entre el suicidio y el crimen de Estado no han quedado despejadas. Pero lo cierto es que perdió la cabeza y no sólo en sentido figurado sino también en el literal. Esa testa con un balazo es paseada en vendeja, recubierta con paños, por el Capitán Gandhi, en secuencias del comienzo y del final de “Ay Juancito”. Una necrofilia /necrofobia que se ensañó aún mucho más con el cadáver de su hermana, traído y llevado por encima del Atlántico.

La peripecia vital de Juan Ramón Duarte deriva, evidentemente, de la ascensión y el prematuro final de la vida de Evita, todo un mito para seguidores y enemigos.

Guereño, en la rampa de lanzamiento

En la plataforma de lanzamiento de Eva Duarte está el nombre de Juan Guereño Rodríguez, natural del pueblo leonés de Crémenes, a orillas del rio Esla, en las estribaciones de los Picos de Europa.

Perdió a su padre cuando era sólo un niño y le tocó pastorear las veceras de ganado del vecindario. Decidido a buscarse otra vida, aquel chaval, con solo catorce años, marcha a Madrid y presta sus servicios en una tienda de verduras y en una panadería; mas no ve satisfechas sus aspiraciones y, sin cumplir los veinte años, se embarca para hacer las Américas. Durante la travesía conocería a Agustina López, quien habría de ser su primera esposa y la madre de sus hijos.

Algunas iniciativas preliminares con ganado, y de reparto a lomos de una bestia de carga, no prosperaron. Luego entró a trabajar en la industria jabonera y su iniciativa le llevó a convertirse en empresario de gran éxito en el sector.

En segundas nupcias casó con una riañesa, cuando esa localidad, cabeza de partido judicial, lucía sus praderas, antes de ser inundadas por el pantano.

Conocí en Crémenes a Guereño, por la segunda mitad de los años 50, siendo él un indiano maduro, y quien escribe, un adolescente. El adinerado fabricante de jabones en Argentina aparecía distanciado del peronismo. La vida da muchas vueltas y la política tornadiza había sufrido un vuelco.

En murales de iglesia

Guereño dio cobertura económica a la construcción de la nueva iglesia de Crémenes, una obra de armónica factura con inspiración románica. El antiguo arcipreste de la catedral de León y escritor, hijo icualmente de la villa de Crémenes, José González, propició la iniciativa y asesoró en todo su desarrollo. En pinturas murales de la iglesia, los rostros del canónigo y del mecenas quedaron para la posteridad, aplicados a supuestas figuras religiosas.

Juan Guereño se construyó también allí una casa, donde veraneaba con su segunda esposa. Le cedió el solar un vecino que en lugar de vendérselo, negoció para que, en el que conservaba colindante, le fuera construida una casa igual que la del indiano. Emilio González, conocido familiarmente por “Milines”, calculaba, con su cazurrería particular, que el industrial jabonero no edificaría una mala casa. La realidad produjo dos casas dignas, pero sin fantasías moriscas, acordes con la austeridad proverbial de los montañeses de León.

La vieja vivienda de Crémenes, donde había visto la luz el empresario que hizo fortuna en las riberas del Plata, sería reconstruida por sus descendientes para pasar temporadas, cara al Esla.

Último viaje de Guereño con vida

En el verano de 1961, Juan Guereño quiso volver a su pueblo de la montaña de Riaño, para respirar su aire y recordar, una vez más, las andanzas pastoriles por el monte. Su salud estaba muy quebrantada y los médicos desaconsejaron el viaje; pero su deseo se impuso contra viento y marea. Regresó por pocos días, para morir en la tierra de origen, aunque una cripta (la “Bóveda Juan Guereño”) esperaría sus restos en el cementerio de Flores, una de las necrópolis con las que cuenta el gran Buenos Aires.

Aparte del importante patrimonio que Juan Guereño amasó en la Argentina, la publicidad de sus jabones le dio un papel en la Radio de aquel país. Sin poder prever la trascendencia, ahí coincidió con dos personas, dos hermanos: Juan Ramón y Eva Duarte; con ésta a través del primero. Bajo los auspicios de Jabones Guereño, el nombre de Evita se popularizó a través de las ondas. Contribuyó, en buena parte, a encarrilar su destino. Y el nombre de Guereño, más allá del éxito económico, discurrió en un tramo que resultó tangencial a la política. A la historia de Argentina. Y al mito.

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