“El Gran Gatsby”: ¿se repite la historia?

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Por María José López de Arenosa

 

De la mano de Baz Luhrmann, vuelve al cine “El gran Gatsby”, la novela de F. Scott Fitzgerald más representativa de los años veinte en Nueva York. Con Leonardo di Caprio en el papel de Gatsby, cuenta la historia del misterioso y excéntrico habitante de una fabulosa mansión de Long Island que organiza fiestas multitudinarias con el sólo fin de reencontrarse con Daisy (interpretada por Carey Mulligan), su primer amor, a la sazón casada con Tom Buchanann (Joel Edgerton), un millonario de rancio abolengo y pocas luces.

La primera versión cinematográfica, protagonizada por Warner Baxter, y hoy perdida, se estrenó en 1926. Le siguieron la de 1949, con Alan Ladd a la cabeza del reparto y la tercera, en 1974, con Robert Redford y Mia Farrow como protagonistas, considerada, hasta ahora, la definitiva.
Captando el espíritu de la novela

Con un uso meticuloso de la cámara, Luhrmann pone el énfasis en los símbolos de la obra literaria. Los detalles se tornan así en imágenes de alto contenido artístico que trascienden más allá de la acción, como la luz verde del embarcadero de Daisy o los ojos del Doctor Eckberg, del gigantesco anuncio publicitario que parecen vigilar la desolación y la miseria del valle de las cenizas, donde viven marginadas las víctimas indefensas de la historia.gatsby

Pero, además, el guión de Luhrmann incorpora un personaje y un marco narrativo que no existen en la novela: el psiquiatra y el sanatorio donde el narrador, Nick Carraway (Tobey Maguire) cuenta la historia de su amigo Gatsby y la escribe, animado por su médico, dando origen al libro. Los fragmentos de éste, mecanografiados y acompañados por su voz en “off”, aparecen esporádicamente formando líneas en la pantalla, en lo que parece un intento por demostrarnos su lealtad al texto original. Este recurso es vistoso, pero sumado al formato 3D de la película, a ratos recuerda esas exasperantes presentaciones de powerpoint en las que las palabras aparecen poco a poco. Unos efectos especiales que parecen ideados con fines didácticos, para acercar la obra de Fitzgerald a una nueva generación de espectadores más acostumbrada a los excesos visuales que a la lectura sosegada.

El balance final, sin embargo, es muy positivo. La película capta y comunica el espíritu de la novela y de los “roaring twenties”, los rugientes años veinte, tan idealizados por las siguientes generaciones. Aunque los brillos y luces de las fiestas de Gatsby puedan resultar exagerados, Leonardo di Caprio transmite el candor e ingenuidad de alguien capaz de convertir su mansión en un parque de atracciones para llamar la atención de Daisy, cualidades que se le escaparon a un Robert Redford demasiado almidonado y distante en su papel de Gatsby.

Los felices (e insensatos) años veinte

“El Gran Gatsby” se mantiene tan joven y moderno como sus protagonistas, sin que los grandes temas que plantea hayan perdido vigencia. Llega a las salas de cine, precisamente, en un momento en que los españoles desayunamos, almorzamos y cenamos con escándalos de corrupción y noticias de pérdidas millonarias en los mercados financieros.

Detrás de la historia de un amor truncado se encuentra la trastienda de intereses en una sociedad decadente que, después de la Primera Guerra Mundial, cambió los valores que consideraba caducos como el esfuerzo y el sacrificio por el “carpe diem”. Fitzgerald nos presenta un catálogo de novedades tecnológicas recién estrenados como la electricidad, el teléfono, los rascacielos y los automóviles, pero también los cambios culturales y sociales de y una bonanza económica a la sombra de Wall Street donde el que el dinero parecía fácil de ganar con unos buenos contactos y un teléfono.

Y como telón de fondo, el contrabando de alcohol en los tiempos de la ley seca. Escrita en 1925, cuatro años antes del “crack” del 29, el trágico final de su protagonista pasó a la historia de la literatura como anticipo del abismo al que condujo la insensatez colectiva. El sueño americano, que parecía al alcance de la mano, resultó tan inasible como la luz verde del embarcadero de Daisy.

gatsby cinedor.esBailando al ritmo de charlestón, las nuevas mujeres de los años 20, aparentemente liberadas, fuman, se cortan el pelo y el largo de las faldas, pero pintan poco en un mundo de hombres. “Espero que sea tontita, es lo mejor que una chica puede ser: una tontita bella”, dice Daisy de su hija, dejando entrever que es imposible ser mujer objeto y pensante al mismo tiempo.

Bajo un cielo estrellado de verano, y de espaldas a una pobreza que les es ajena, en los jardines de Gatsby brillan las lentejuelas y desfilan las celebridades de la farándula, banqueros, empresarios, políticos… convertidos en cómplices necesarios de una corrupción generalizada en una sociedad hedonista e insaciable de nuevas experiencias. Una comparsa de la que se hicieron eco algunos periodistas valientes de la época, los ”muckrackers”, escarbadores de basura, como llamó Teodoro Roosvelt a los pioneros del periodismo de investigación, entre los que destacó Lincoln Steffens.

Modernidad, lujo y jazz en Nueva York… pero, al fin y al cabo, unos habitantes con los mismos anhelos y miserias que han acompañado a la especie humana desde el principio de los tiempos, en una sucesión de valores contrapuestos hasta llegar a la afirmación de Tom Buchannan a Gatsby: “somos diferentes”. Diferentes en los orígenes y, sobre todo, en la responsabilidad por sus actos, que Daisy y él pueden evadir, quedando impunes. Los felices años veinte lo no fueron para todos y por eso la historia de Jay Gatsby nos sigue cautivando.

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